Cultura

A 127 años de la fundación de la Segunda Internacional

La fundación de la Segunda Internacional, sus comienzos y el surgimiento de las distintas estrategias en su seno hasta su debacle frente al estallido de la Primera Guerra Mundial.

Emilio Salgado

Delegado ATE-INDEC @EmilioSalgadoQ

Jazmín Jimenez

Lic. en Sociología / @JazminesRoja

Sábado 4 de junio de 2016

  • A 126 años de la fundación de la Segunda Internacional

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La fundación

Luego de la fundación de la Primera Internacional, durante el primer centenario de la Gran Revolución Francesa y en medio de los festejos, un 4 de junio de 1889, se funda en París la Segunda Internacional. Casi dos décadas después de la derrota de la Comuna de París, 17 años pasarían para que la clase obrera tenga la fuerza necesaria para poner en pie una nueva organización internacional. El crecimiento económico, de fines del siglo XIX, aumenta la cantidad de trabajadores, y el movimiento obrero, que avanza, políticamente, se convierte en una importante fuerza que necesita una organización a nivel internacional.

Los años previos están marcados por la reorganización de la clase obrera europea. Se construyen Partidos Socialistas en los distintos países, siendo el alemán y francés los más importantes. Cuando finalmente a nivel internacional este movimiento se desarrolla con fuerza, después de la muerte de Marx, entonces es su gran amigo y compañero Engels quién participa de su fundación, tomando la participación más activa en casi todos los países de Europa. En sus últimos años, además de continuar la tarea teórica del socialismo científico aconseja a cada partido marxista nuevo que surge.

Para Lenin la II Internacional marca la época de la preparación del terreno para una amplia extensión del movimiento entre las masas en una serie de países. Se caracteriza como la Internacional de la organización. Pone en pie amplias masas de trabajadores en numerosos países y los organiza en sindicatos y partidos políticos obreros.

Es importante destacar, por la situación política que estamos atravesando en la actualidad, producto de la enorme movilización de mujeres en contra de la violencia y los femicidios, que la Segunda Internacional tiene el gran logro de haber organizado internacionalmente a las mujeres socialistas en la lucha por la igualdad de los derechos y establece el 8 de marzo como día internacional de la mujer.

Reforma o Revolución

Durante su primera década, la Internacional crece constantemente, aumentan los votos de elección en elección, las organizaciones obreras se extienden, se conquistan aumentos salariales y leyes laborales, la miseria pierde terreno, esta mejora parece imparable. Todas esas conquistas son producto de la expansión del capitalismo a nivel internacional, que atenúa temporalmente las contradicciones socioeconómicas en los países más desarrollados económicamente, a costa de la expoliación a los países coloniales y semicoloniales.

En sus congresos, los dirigentes socialistas debaten en torno a los principales problemas de la política mundial, haciendo que los grandes temas que afectan a los trabajadores fuesen patrimonio común de los obreros más avanzados de todos los países.

Uno de los debates más importantes es el de la relación entre reforma y revolución. Bebel, Kautsky y Luxemburgo derrotan al sector revisionista de derecha dirigido por Bernstein, que impresionados por las conquistas y ante la ausencia de revoluciones en los 30 años que pasaron desde la derrota de la Comuna de Paris, proclaman que ya no hay que luchar para conquistar el poder sino que la tarea son las reformas graduales que “abrirían el camino al socialismo”.

Rosa Luxemburgo en este debate plantea que: “¿Debemos oponer la revolución social, la transformación del orden existente, última meta a la que aspiramos, a las reformas sociales? Por supuesto que no. La lucha diaria por las reformas, por el mejoramiento de la condición de los trabajadores dentro del sistema social y por las instituciones democráticas, ofrece a la socialdemocracia el único medio de tomar parte activa en la lucha de clases al lado del proletariado y de trabajar en dirección a su objetivo final: la conquista del poder político y la supresión del trabajo asalariado. Entre las reformas sociales y la revolución, existe para la socialdemocracia un lazo indisoluble: la lucha por las reformas es su medio; la revolución social, su fin”.

En suma, los primeros años de la Segunda Internacional, determinan el triunfo de las ideas del marxismo sobre las del revisionismo de derecha, marcan el triunfo de la voluntad del proletariado por la destrucción del capitalismo sobre la tendencia a adaptarse al marco de la democracia parlamentaria. Fue el punto más alto, más brillante para la Internacional. En 1905 estalla la primera Revolución Rusa, la joven clase obrera de ese país, dirigida por la socialdemocracia, despliega ante el mundo sus hazañas revolucionarias, con la huelga general, la insurrección y poniendo en pie por primera vez en la historia los sóviets como órgano de poder obrero y popular. Este proceso le da la razón al ala revolucionaria que había enfrentado a la reformista.

La Internacional luego de la derrota de la primera Revolución Rusa

Luego de la derrota de la Revolución Rusa de 1905, comienza un período de retroceso político, no sólo en Rusia sino en toda Europa, y las alas derecha de los partidos socialistas ganan peso. En las principales economías de Europa, prima la idea de desarrollo continuo del capitalismo porque los salarios mejoran, se consiguen leyes de protección laboral y la miseria disminuye. A su vez, los partidos socialistas aumentan los votos en cada elección y ganan bancas en los parlamentos.

Sin embargo, lejos de un desarrollo pacífico, las contradicciones no se atenúan: es el umbral de una era de guerras imperialistas, guerras civiles y revoluciones sociales.
Como demuestra Lenin, con la exportación de capitales y sus cuantiosas ganancias, las burguesías de los países imperialistas corrompen a los dirigentes obreros y a la capa superior de la “aristocracia obrera”, que pasan a ser verdaderos agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero, portadores del reformismo y del nacionalismo, y dividen al proletariado.

Sobre esta base, gana mucho peso el revisionismo teórico y el reformismo práctico. Kautsky y Bebel, principales dirigentes del ala centro,que antes apoyan a la izquierda, giran y terminan fortaleciendo una estrategia reformista, consistente en presionar a los gobiernos capitalistas para obtener concesiones, dejando sólo para los discursos la lucha para destruir el orden existente. En tanto el ala izquierda, encabezada por Luxemburgo, Liebknecht, Lenin y Trotsky, enfrenta a estas tendencias desde una estrategia revolucionaria.

La Guerra Mundial y la debacle de la Segunda Internacional

El mundo, dividido entre unas pocas potencias imperialistas que compiten de forma cada vez más violenta, aumentan la tendencia hacia una gran guerra interimperialista. La discusión sobre cuál debe ser la actitud de los revolucionarios frente a la guerra, atraviesa los distintos Congresos de la Segunda Internacional, desde que la revolución de 1905, desencadenada por la guerra ruso-japonesa, plantea la relación entre guerra y revolución en la nueva época.

En los distintos congresos, las resoluciones proclaman que deben enfrentar la posible guerra, y si ésta estalla, utilizar las crisis económicas y políticas, para movilizar a los sectores populares que precipiten la caída de la dominación capitalista. En 1912 se denuncia por primera vez el carácter imperialista de la guerra. Cuando en julio de 1914 la guerra estalla, la socialdemocracia alemana exige al gobierno no entrar y organiza mítines en los que participan millones de obreros. Pero no convoca a una huelga general.

Mientras la mayoría de los dirigentes garantizan que no se desarrolle la lucha de clases al interior de sus países, haciendo un favor a la burguesía para que pueda ir a la guerra sin preocuparse por los asuntos internos; Lenin, en cambio, plantea que había que transformar la guerra imperialista en guerra civil. Política conocida como “derrotismo revolucionario”, que consiste en que, la clase obrera no debe detener la lucha revolucionaria contra el gobierno de su país, frente a la posibilidad de que éste sea derrotado en la guerra. Para Lenin, la revolución en tiempos de guerra es la guerra civil.

El 4 de agosto de 1914 marca el derrumbe de la Segunda Internacional, los parlamentarios del Partido Socialdemócrata Alemán, aprueban los créditos que el gobierno solicita para ir a la guerra, lo mismo hacen del otro lado de la frontera los socialistas franceses, llevando a los trabajadores a una carnicería. Renuncian a la lucha de clases en nombre de la “defensa de la patria atacada” y rompen la solidaridad internacional del proletariado, rindiéndose ante sus burguesías y traicionando la causa del socialismo. La Segunda Internacional llega a su bancarrota.
Pero Lenin, Trotsky, Liebknecht, Luxemburgo y el ala izquierda de la Internacional, se oponen a la guerra, y luego organizan las Conferencias de Zimmerwald y Kienthal, que sientan las bases para una nueva Internacional.

Con la guerra, el mapa europeo se convierte en un escenario infernal: hambrunas, canibalismo, epidemias, destrucción y millones de muertos reflejan la dimensión de esta carnicería. Como afirma Lenin, la guerra crea condiciones de sufrimiento muy superiores a las habituales para las masas. En este contexto, el triunfo de la revolución rusa en 1917, termina de sepultar a la Segunda Internacional y sienta las bases para la construcción por parte de los revolucionarios de la Tercera, más conocida como la Internacional Comunista.

* Artículo publicado en LID digital el 4 de junio de 2015.






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