SUPLEMENTO

Argentina: los retos del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT-U)

Andrea D’Atri

Ilustración: Diógenes Izquierdo

Argentina: los retos del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT-U)

Andrea D’Atri

Después de las elecciones primarias en la que millones de argentinas y argentinos castigaron al gobierno de ajuste y entrega de Mauricio Macri votando masivamente por el Frente de Todos (la alianza del peronismo con sectores de centroderecha y el kirchnerismo), el Frente de Izquierda y de los Trabajadores – Unidad (FIT-U) -consolidado como la cuarta fuerza política nacional- tiene el reto de obtener nuevos escaños en el Congreso Nacional, en los próximos comicios del 27 de octubre.

El FIT-U, integrado desde hace 8 años por las principales fuerzas de la izquierda argentina (PTS PO, IS) y al que se sumó recientemente el MST, defendió el espacio político de la izquierda en las primarias del pasado mes de agosto, en el marco de una enorme presión malmenorista. [1] Tiene el mérito de haberlo hecho sin demagogia, planteando que el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional sellado hace unos meses atrás–que ninguna de las otras fuerzas rechaza- implicará mayores ataques a las condiciones de vida de las masas. Desde esa posición consiguió un respaldo de 700.000 votos.

Ante una crisis anunciada y aunque las grandes mayorías no compartan aun esta visión, el FIT-U planteó en campaña la necesidad de invertir las prioridades y que la crisis la paguen los capitalistas, advirtiendo sobre los ataques que sobrevendrán. Pero, además, el FIT buscó amplificar la voz de la izquierda proponiendo, bajo un programa anticapitalista, la unidad con otras organizaciones que hoy constituyen el FIT-U. Su candidato a presidente, el actual diputado Nicolás del Caño (dirigente del Partido de los Trabajadores Socialistas- PTS), centró su campaña en proponer el rechazo de los aumentos de tarifas y establecer la estatización de los servicios públicos bajo gestión de trabajadores y control de usuarios; nacionalizar la banca, impugnar la precarización laboral y legalizar el aborto, entre otros puntos.

Los días posteriores a las primarias, la crisis orgánica en Argentina pegó un salto. A la derrota del oficialismo le siguió un sismo económico y político, con una devaluación de la moneda del 30%, fuga de capitales, estallido de agudas crisis provinciales, como en Chubut, por cesación de pagos de salarios y los intentos del gobierno y la oposición peronista que salió triunfante, de evitar el desarrollo de cualquier intento de movilizaciones, huelgas u otras medidas de protesta.

En este marco, la consolidación del FIT-U como la única alternativa de independencia de clase frente a los diferentes bloques políticos patronales, no sólo lo convierte en una experiencia inédita para la izquierda, sino que además le plantea el desafío de obtener nuevos escaños parlamentarios, pero, sobre todo, convertirse en un polo de atracción cada vez mayor para la organización y el desarrollo de la fuerza de la clase trabajadora, del movimiento de mujeres y de la juventud.

Frente a la grieta entre bandos capitalistas, con la clase trabajadora y el pueblo pobre

La presión del régimen democrático burgués sobre las izquierdas radicales se expresa en hostigamiento y cooptación para conseguir que éstas se alineen detrás de alguna fracción burguesa “progresista”. Serán respetables para el régimen político todas aquellas variantes de la izquierda que, a su vez, respeten los límites que el mismo régimen impone. El mito de que quien pretenda traspasar esas fronteras está condenado a la marginalidad es la excusa autojustificatoria de una izquierda que ha perdido toda capacidad de combate.

El FIT-U viene demostrando que es posible construir una opción política de independencia de clase y convertirse en un polo de referencia para millones de trabajadoras y trabajadores, de activistas de los movimientos de mujeres y juveniles, no sólo en el terreno electoral (estatal o sindical) sino también en las luchas sociales, políticas y, fundamentalmente, en la lucha de clases.

Claro que esta posición no surgió por generación espontánea: es el resultado de importantes luchas políticas previas incluso entre las fuerzas que integran el frente, todas ellas dadas públicamente, de cara a la vanguardia. Podemos citar tres ejemplos significativos: la ubicación del FIT frente al conflicto que enfrentó al gobierno de Cristina Kirchner con el agropower, la posición expresada alrededor de Venezuela y la opción tomada ante el ballotage mediante el cual se definieron las elecciones presidenciales de 2015, entre los candidatos del peronismo (Scioli) y del antiperonismo (Macri).

Uno de los principales acontecimientos que dividió al país, y que permitió al FIT visibilizarse como una opción independiente de los diferentes bandos burgueses, fue el conflicto que enfrentó al gobierno de Cristina Kirchner con los capitales concentrados del agro en 2008, por el aumento de las retenciones a las exportaciones. Mientras el kirchnerismo sostenía que su medida redundaría en una mayor redistribución de la riqueza –ocultando que esa renta diferencial financiaba fundamentalmente al empresariado amigo y las empresas de servicios privatizadas-, los grandes terratenientes y capitalistas agrarios lograron esconderse detrás de los pequeños productores y disfrazar su irritación de “malestar popular” (manifestado centralmente por las clases medias rurales y urbanas).

La mayoría de las corrientes de izquierda se perfilaron a uno y otro lado de la grieta nacional. “Apoyar lo bueno y criticar lo malo” del gobierno, fue la consigna con la que ciertos sectores que se reivindicaban de izquierda popular iniciaron un acercamiento al kirchnerismo, que hoy los encuentra integrando las listas del Frente de Todos con neoliberales, gobernadores que permitieron pasar el ajuste de Macri en las provincias, lo más rancio del PJ y la burocracia sindical, clericales antiderechos y amigos de la embajada norteamericana. Del otro lado, que la Sociedad Rural pudiera camuflar sus intereses detrás de los pequeños productores agrarios, fue motivo suficiente para que otros sectores de la izquierda se alistaran en sus filas contra el gobierno de Cristina Kirchner, confluyendo con coaliciones de centroizquierda reconocidamente antiobreras (incluyendo el Partido Socialista).

Fue en ese momento que, en el marco de una extrema polarización que dividió al país, el PTS, junto con el PO y un sector de intelectuales, peleó porque se oyera una tercera posición independiente de clase en asambleas de trabajadores y estudiantiles, con la creación de una plataforma y una declaración pública que reunió cientos de firmas conocida como “Ni K ni campo”. Lo que en su momento fue una pelea a contracorriente, permitió a este sector de la izquierda ganar peso con sus ideas en algunos sectores.

Esa misma ubicación ha permitido al FIT sostener un programa principista ante acontecimientos políticos internacionales como, por ejemplo, contra el golpe en Venezuela. Es decir, denunciar las maniobras del imperialismo norteamericano y la oposición burguesa de Guaidó, sin por ello dejar de ser duramente críticos con el régimen de Maduro, sosteniendo la perspectiva de luchar por un gobierno de trabajadores. Posicionamiento que no ha estado exento de fuertes discusiones también entre las fuerzas integrantes del FIT que, en ésta como en otras ocasiones, debatió sus diferencias públicamente y buscó mantenerse unido en lo esencial de un programa de independencia de clase y antiimperialista.

Cuando en 2015, excepcionalmente para la historia política argentina, el resultado de las elecciones presidenciales obligó a resolver el virtual empate entre Mauricio Macri y el candidato kirchnerista Daniel Scioli, en una segunda vuelta o balotaje, nuevamente se puso a prueba el programa de independencia de clase de la coalición de izquierdas. [2]

La decisión pública del FIT de no votar por ningún candidato que representara los intereses de los capitalistas le valió tener que resistir a las presiones malmenoristas que amenazaron con que quedaría “aislado de las masas” o sería funcional a la posible victoria de la derecha de Macri. Todas las fuerzas políticas del régimen –pero especialmente el kirchnerismo- montaron campañas para desprestigiar al FIT por esta decisión de no sucumbir al “mal menor” en un escenario totalmente antidemocrático como es el de los balotajes.

A pesar de las críticas de 2015, en las actuales elecciones asistimos a una situación paradójica: el candidato del Frente de Todos, Alberto Fernández, en aquel entonces enfrentado a Cristina Kirchner –su actual compañera de fórmula- votó en blanco porque Mauricio Macri “no lo terminaba de convencer” como opción contra el kirchnerismo. Además, quienes se presentaban como el mal menor, el kirchnerismo y su candidato Scioli, van hoy de la mano de los gobernadores y diputados han estado dándole apoyo desde el Congreso a las grandes medidas ajustadoras de Macri.

La izquierda en Argentina: una historia oscilante alrededor del peronismo

Decíamos al inicio que la existencia del FIT (ahora FIT-U) desde poco menos de una década lo convierte en una experiencia política inédita en Argentina, porque el filoperonismo y el antiperonismo fueron los polos opuestos entre los que oscilaron las fuerzas políticas de la izquierda durante más de medio siglo. En “Apuntes sobre la consolidación del FIT-U, una novedad en la historia argentina”, Matías Maiello y Octavio Crivaro, desarrollan la historia de estos vaivenes pendulares que llevaron a la izquierda a subordinarse a uno u otro sector de las fuerzas políticas burguesas.

No vamos a desarrollar aquí lo que muy bien se describe en el artículo citado, pero sí queremos subrayar que, como marca de origen de esta tradición oscilante, se destaca la integración del Partido Socialista y el Partido Comunista Argentino a la Unión Democrática –la alianza electoral que enfrentaría a Perón en las elecciones de 1946- detrás de la cual se alineaban la oligarquía terrateniente de la Sociedad Rural, la Unión Industrial Argentina, la Bolsa de Comercio, sectores militares y la mismísima embajada norteamericana.

Y si el PS y el PC fraguaron así, fatalmente, su posterior exterioridad respecto de la clase trabajadora, en el otro extremo, las corrientes obreras que habían reivindicado la autonomía política o el sindicalismo revolucionario organizaron el Partido Laborista que sirvió de plataforma para la candidatura presidencial de Juan Domingo Perón. En aquellas elecciones, Perón ganó el apoyo de las amplias masas, lo que le permitió erigirse en árbitro entre éstas y las clases dominantes que temían a aquella poderosa clase obrera. Construyó así un movimiento político nacionalista burgués que permitió, en adelante, contener, desviar y derrotar el surgimiento de cualquier tendencia revolucionaria de la clase trabajadora argentina.

La extrema izquierda también pivotará bajo la acción gravitatoria de estos dos polos políticos signados por la opción nacionalista bonapartista del peronismo o la liberal antiobrera y antiperonista (gorila). Sin ahondar en los propios vaivenes que signaron su historia durante más de medio siglo, es de destacar que la izquierda trotskista argentina alcanzó, hacia finales de los años ’80, un desarrollo impensable en otras latitudes, sólo comparable quizás al de algunas corrientes de Gran Bretaña y Francia: cerca de 10 mil militantes con influencia en sectores del movimiento obrero y estudiantil e, incluso, representación parlamentaria. Sin embargo, privilegió una duradera alianza con el PC (y sectores de la izquierda peronista, figuras de la democracia cristiana, etc.) con un programa democratizante. Esa experiencia estalló por los aires y los años ’90 encontraron a la extrema izquierda relegada, prácticamente, a la marginalidad política y organizativa en la que permaneció durante más de una década.

Subordinación y cobardía o independencia de clase

Este racconto no pretende ser exhaustivo; solo tiene el objetivo de poder mensurar la novedad que significa la permanencia, desde 2011, de un polo político independiente de la clase trabajadora, como es el FIT-U. Claro que la novedad no es solo en comparación con otras experiencias históricas, ni tampoco se limita al territorio argentino.

Cuando la crisis capitalista abierta en 2008 arrastró a los partidos neoliberales, surgieron diferentes variantes políticas que se ubicaron a la izquierda de la socialdemocracia. Bajo el precepto de que la política de clase ha perimido y que para conquistar masividad (apenas electoralmente) es necesario rebajar el programa, combinado con una práctica que escinde “la calle y el Palacio”, en los últimos años han florecido las más variadas experiencias que se engloban, habitualmente, bajo la denominación de izquierdas neorreformistas. Son los casos de Syriza en Grecia o Podemos en el Estado Español que terminaron alimentando la ilusión de una salida posible para el pueblo trabajador y sus penurias, en el marco del estado capitalista.

Syriza prometió un gobierno “anti-austeridad” y terminó aplicando salvajemente los planes de la troika. Hemos visto a Podemos reclamar, rastreramente, ser considerados para integrar un gobierno con el PSOE. Muchas veces estas “izquierdas” se referenciaron en los gobiernos latinoamericanos como los de Chávez y Maduro en Venezuela, los de Lula o Dilma en Brasil, los del matrimonio Kirchner en Argentina o Evo Morales en Bolivia. Todos han mostrado su impotencia para poner en pie la unidad latinoamericana, emanciparse del imperialismo y desarrollar las fuerzas productivas, subordinándose –de una y otra manera- a los intereses de sectores de las clases dominantes de sus países. Parafraseando el lema del ejército argentino de “subordinación y valor”, podemos decir que la subordinación de los neorreformistas a los intereses capitalistas sólo deja al desnudo la más vergonzante cobardía.

La extrema izquierda no debería subordinarse a estos proyectos políticos neorreformistas que, en última instancia, cumplen el deshonroso y trágico papel de contener y desviar la radicalización de las masas en su enfrentamiento a los planes de austeridad y ajuste de los gobiernos neoliberales. Contra esa perspectiva que se justifica con la falsa dicotomía de “subordinación o marginalidad”, la existencia del FIT-U en Argentina es auspiciosa.

Alentar y apoyar esta experiencia significa no sólo tomar partido frente a una importante lucha política como la que está planteada hacia el escenario electoral de octubre, dominado mayoritariamente por los partidos burgueses, sino también fortalecer al único polo de independencia política de la clase trabajadora que hoy apoya e impulsa sin dobleces la lucha del movimiento de mujeres por el derecho al aborto, de los trabajadores ocupados y desocupados contra el plan de guerra que el capital y sus gobiernos le declararon a las masas. La única voz que, frente a la crisis de enorme magnitud que se cierne sobre Argentina, propone una salida independiente planteando que no hay que pagar la deuda externa, que hay que romper con el FMI, nacionalizar la banca y el comercio exterior para que la crisis la paguen los capitalistas y luchar por un gobierno obrero y socialista.

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NOTAS AL PIE

[1El sistema electoral argentino incluye elecciones primarias, abiertas y obligatorias para toda la población. En esa instancia deben presentarse todos los partidos (aunque tengan una sola lista). Para poder pasar a las elecciones generales, los partidos deben superar el umbral del 1,5% de los votos. Las primarias abiertas se realizaron el pasado 11 de agosto, donde el gobierno de Mauricio Macri recibió una derrota contundente con la que debe encarar aún las elecciones generales del 27 de octubre.

[2El sistema electoral argentino es presidencialista y el cargo se elige por sufragio directo en elecciones nacionales, estableciéndose que el candidato o candidata más votado debe obtener al menos el 45% de los votos o más del 40% con una diferencia de diez puntos porcentuales con el siguiente más votado. Cuando eso no ocurre, se debe convocar a una “segunda vuelta” (balotaje) en la que participan sólo esas dos candidaturas, resultando presidente o presidenta el más votado.
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Andrea D’Atri

@andreadatri
Nació en Buenos Aires. Se especializó en Estudios de la Mujer, dedicándose a la docencia, la investigación y la comunicación. Es dirigente del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Con una reconocida militancia en el movimiento de mujeres, en 2003 fundó la agrupación Pan y Rosas de Argentina, que también tiene presencia en Chile, Brasil, México, Bolivia, Uruguay, Perú, Costa Rica, Venezuela, EE.UU., Estado Español, Francia, Alemania e Italia. Ha dictado conferencias y seminarios en América Latina y Europa. Es autora de Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo (2004), publicado en Buenos Aires y reeditado en San Pablo, Caracas, Barcelona, México, Roma, Berlín y París y compiladora de Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia (2006), reeditado en San Pablo, Caracas y Barcelona.
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