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DEBATE

Brasil: el PT como “mal menor” y cómo combatir al golpismo y la derecha

Reproducimos un debate de Diana Assunção, dirigente del Movimiento Revolucionario de los Trabajadores de Brasil y candidata a diputada nacional por San Pablo, en polémica con quienes defienden una candidatura del PT como mal menor frente al ascenso del candidato ultraderechista Jair Bolsonaro.

Diana Assunção

San Pablo

Viernes 7 de septiembre | 09:36

Amplios sectores de masas asocian hoy, sin reservas, el empeoramiento de sus condiciones de vida al golpe institucional y al gobierno golpista de Michel Temer. No solo sus condiciones económicas, sino la destrucción de todos los derechos sociales. La extrema derecha, encabezada por Jair Bolsonaro, lleva hasta las últimas consecuencias los efectos del golpe institucional: el trabajador debería elegir entre “tener menos derechos y algún trabajo, o tener los derechos y cero trabajo”, además del odio contra los negros y la comunidad sexodiversa.

Esa política de extrema derecha, que también defiende la reforma laboral, la tercerización irrestricta, las privatizaciones y la militarización de las escuelas, crea una base social reaccionaria, como surgió en la provincia de Roraima con la abominable xenofobia contra los venezolanos. El arco de la derecha se completa con golpistas como Geraldo Alckmin y su vice, la latifundista Ana Amélia, además de Marina Silva, que apoyó el golpismo de la justicia electoral que vetó la candidatura de Lula. Todos quieren terminar con cualquier regulación laboral, defensores de las reformas de Temer y de la arbitraria operación judicial Lava Jato.

Nosotros que luchamos en contra del autoritarismo judicial y defendemos el derecho de Lula a ser candidato y por lo tanto de que el pueblo decida a quién votar, también dejamos claro que no apoyamos el voto al PT. Y cuando lo decimos muchos contestan, “pero, ¿y Bolsonaro?” “¿Y Alckmin?” “¿No serían mucho peores?” Sin duda son los candidatos directos del golpe institucional, algunos más salvajes que otros. Sin embargo, reconocer el “mal menor” no valida la lógica del mal menor porque fue esa misma lógica la que nos condujo hasta aquí, al golpe institucional.

Cómo llegamos al golpe y al avance de la derecha

Llegamos aquí gracias a interminables acciones parlamentarias, empresariales y judiciales, gracias a arbitrariedades y una manito secreta y escondida de parte del capital imperialista. Pero vale pensar: ¿quién estuvo en el comando del Ejecutivo en los últimos 13 años?

Si es verdad que la alianza golpista entre la derecha, empresarios, medios y poder judicial destrozó derechos sociales y laborales, no es menos verdadero que Lula, Dilma y el PT gobernaron lado a lado con la derecha y los capitalistas antes del golpe de 2016, y ahora siguen buscando un “pacto de reconciliación” con el capital financiero y la derecha golpista que Lula dijo “perdonar”.

Aliarse al agronegocio, a Temer, o a otros políticos del régimen como los expresidentes Sarney y Collor, o los corruptos Maluf y Cunha, al diputado ultra conservador Marco Feliciano, a la bancada evangélica, etc. era parte de garantizar la “gobernabilidad” y un “mal menor”, así los acuerdos cerrados con el neoliberal PSDB del expresidente noventista Cardoso o realizar parte de la reforma previsional eran parte de lograr sostenerse ante las exigencias del mercado. Dar miles de millones del Banco Nacional de Desarrollo (BNDES) a capitalistas como Odebrecht y JBS, que se transformaron en dueños del país, u ofrecerse para ser parte de la ocupación de Haití y reprimir a los haitianos era parte de “avanzar en el escenario internacional” y sigue una larga lista. Estos hechos apuntan al pilar de lo que fue la hegemonía lulista y cómo ella misma le abrió camino a la derecha. Al mismo tiempo, el PT, a través de las centrales sindicales que dirige, como la CUT y la CTB, esta última dirigida por el PCdoB, actuó sistemáticamente para impedir que los trabajadores entraran en la escena y tirasen abajo las reformas de Temer y al propio golpista. Vale recordar el clima en el país en mayo y junio de 2017, cuando la CUT y demás centrales cancelaron la huelga general.

El lulismo sentó las bases para la derecha y para el golpe

Además de la actuación concreta en la lucha de clases de los últimos dos o tres años, podemos trazar las raíces para el avance de la derecha y el golpismo en la propia hegemonía lulista. El enigma del inmenso consenso y “paz social” en el país rindió libros y vivos debates hace algunos años. Había incluso un exministro de Lula, André Singer, que arriesgaba la predicción de una hegemonía de décadas. Para nosotros siempre fue un impresionante castillo erigido sobre una base de arena, y cada paso lo fue hundiendo más.

El lulismo era un gran consenso nacional que ofrecía a todas las clases y sectores sociales un “proyecto de país” sostenido sobre tres pilares: conciliación, commodities y consumo. La crisis internacional –con un atraso, cobro su precio- desmoronando el pilar económico del boom de las materias primas que se combinaba con crédito barato y abundante en el mercado internacional. Las jornadas de junio de 2013, donde sectores de masas de la juventud salieron a las calles, y la oleada de huelgas con elementos salvajes de sectores precarios y de servicios urbanos que las antecedieron y sucedieron, mostraron la bancarrota del PT como conciliador y su función de freno a la lucha de clases. El PT comenzó a descargar la crisis sobre la espalda de los trabajadores y el pueblo pobre, mostrando que el pilar del consumo no tenía más cómo sostenerse.

La burguesía demandaba ataques mayores que los que el PT podía realizar, y por más que los realizara, no tenían la intensidad y rapidez requeridas por los que abrazaron el programa “Puente al futuro” y otros que hoy abrazan el racismo, el machismo y el autoritarismo del candidato y exmilitar Jair Bolsonaro como alternativa para aumentar la represión y sus tasas de ganancia.

Toda la hegemonía basada en cuánto iba a consumir el trabajador basado en empleo precario y crédito, tenía como función subordinada un gran aprecio por el “orden”, por la “estabilidad” y un individualismo avanzado a galope. El emprendedorismo del presidenciable intendente de San Pablo João Dória no vino con un portaaviones yanqui, ni el reaccionarismo de Bolsonaro surgió de la nada. Estaban allí en las pantallas de TV todas las noches y con mil y un aliados y ministros de Lula y Dilma.

Una hegemonía basada también en el pago de la ilegal, ilegítima y fraudulenta deuda pública. Los gobiernos del PT fueron los que más pagaron este robo a los banqueros internacionales: si sumamos el pago de intereses y amortiguaciones de la deuda pública en los gobiernos de Lula y Dilma, llegamos a la increible cifra de 13 billones de reales (más de 3,1 billones de dólares). Los gastos sociales del presupuesto federal siguieron siendo rehenes del enriquecimiento de banqueros extranjeros. Antes de ser depuesta, Dilma había pagado 6 billones de reales (cerca de 1,4 billones de dólares) en intereses de la deuda a los especuladores financieros, lo que desmienta la idea fantasiosa de Singer de que “Dilma le hizo la guerra a las finanzas”. Otra herencia de la década de Cardoso en los 9 asumida por el PT.

Cada aspecto hoy visible estaba allí germinando bajo las alas del lulismo. Eran el “mal menor”, el “precio a pagar”.

Mal menor, capitulación de a poco y abrir mano de construir una alternativa

El golpe de 2016 comienza a ser leído por parte de la intelectualidad petista debido a la “radicalización” de Dilma a tomar medidas en contra de los bancos privados y otros sectores monopolistas del capital nacional y extranjero, o porque “gobiernan para los pobres” (sic) –cuando incluso Lula afirmó que los banqueron nunca ganaron tanco como en su gobierno. El programa pos golpe, ¿es el de radicalizar en ese supuesto camino? No. Es el de buscar más conciliación, prometer alguna reforma previsional, prometer respetar nuevamente la Ley de Responsabilidad Fiscal, seguir el criminal pago de la deuda pública, etc.

Las promesas de hoy no ofrecen un impulso de ningún sueño reformista de ayer, ofrecen el intento de volver a un pasado que ya no tiene bases materiales. Ya no hay sostén económico y social para la vieja hegemonía lulista.

Lo que ofrecen es “mal menor” y ese es el camino para entregar todo -no de una vez- pero de a poco, e incluso si la Red Globo y el poder judicial sean derrotados en las urnas, un nuevo gobierno “mal menor” en otra situación económica solo tendría para ofrecer una versión igual o aumentada de los “ajustes” del segundo gobierno de Dilma.

El marxista italiano Antonio Gramci, en su 16º Cuaderno de la cárcel afirma sobre el mal menor:

“Un mal menor es siempre menor que uno subsecuente posiblemente mayor. Todo mal resulta menor en comparación con otro que se anuncia mayor y así hasta el infinito. La fórmula del mal menor, del menos peor, no es más que la forma que asume el proceso de adaptación a un movimiento históricamente regresivo cuyo desarrollo es guiado por una fuerza audazmente eficaz, mientras que las fuerzas antagónicas (o mejor, los jefes de las mismas) están decididas a capitular progresivamente, en pequeñas etapas y no de una sola vez (lo que tendría un significado muy distinto por el efecto psicológico condensado ypodría hacer surgir una fuerza competidora activa y contraria a aquella que pasivamente se adapta a la “fatalidad” o reforzaría [esa fuera] si ya existiese)”.

La actuación del PT es justamente esta arriba descripta.

Una capitulación de a poco lleva día a día a incorporar el programa de adversarios a su derecha, con el agravante de seguir haciendolo no en cualquier democracia liberal burguesa, sino en un régimen político degradado por el golpismo, con el líder de las encuestas preso arbitrariamente, consuma de a poco y cierra caminos para el surgimiento de una alternativa al PT, reforzando el poder de lo que quieren los sostenedores de Moro, Bolsonaro y Alckmin.

Con toda la estructura del Estado (empresarios y sus parlamentarios, jueces, los medios, etc) en manos de los grandes grupos capitalistas, mientras los trabajadores sigan apoyando al “mal menor”, es decir, a gobiernos como el del PT que entran en este Estado de los ricos, incorporan todos los métodos corruptos de gobernar –inclusive las alianzas con golpistas y aplicando ajustes que los banqueros presionan, descargando la crisis en las espaldas de los trabajadores, solo se abre espacio al fortalecimiento de la derecha, porque fue así como llegamos hasta aquí.

Aun cuando Bolsonaro no gane, su programa, su reaccionarismo al servicio de aumentar la explotación de los trabajadores en Brasil ya genera una base social más a derecha. Aun si el privatismo tucano no triunfe, se asienta una mayor base para que los que gobiernen sean “obligados” a ceder “alguna privatización” como “mal menor” frente a ceder varias de una sola vez. Incluso si el juez de la Lava Jato, Sergio Moro, o el fiscal federal Deltan Dellagnol y la Corte Suprema son callados por las urnas, su poder arbitrario está lejos de ser derrotado. Vive en el el 40% de presos sin juicio en el país y en haber logrado –hasta este momento- robar el miserable derecho a votar libremente a presidente. Por eso, para nosotros, la lucha va mucho más allá de las elecciones.

Los avances obtenidos por los capitalistas, por los golpistas y por la derecha no serán deshechos sin combates. Y el “mal menor” lleva a todo menos al combate y a la construcción de una fuerza que se prepare para eso.

Para combatir a la derecha, al golpismo y a los capitalistas se necesita lo opuesto al “mal menor”. Se necesita crear una fuerza de izquierda, con peso en los lugares de trabajo yestudio, que quite a los sindicatos de la conciliación y traición, que se apoye en la fuerza de las mujeres, de los negros, de la juventud y de los reabajadores. Hay que dedicar energía para dar cuerpo y mente a un partido revolucionario que contribuya a la clase trabajadora a sacar estas lecciones y esté preparada y con fuerza en los lugares de trabajo y estudio para ser una “fuerza competidora activa y contraria” a la conciliación petista. En medio a elecciones manipuladas, es tarea de esta fuerza que busca superar al PT por izquierda defender el derecho de que Lula sea candidato y, por lo tanto, el derecho del pueblo a decidir a quién vota.

El proletariado brasileño, segundo mayor del mundo occidental, junto a las grandes masas populares urbanas y rurales, puede mucho más que el “mal menor”, pude mucho más que lo que que fue aceptable para la presidenta de la Corte Suprema Carmen Lúcia, para la cámara patronal Fiesp y Wall Street. Poder soñar –y acutar sistemática y enérgicamente- para abrir en nuestras tierras un nuevo camino a la humanidad avanzando en la ruptura con el capitalismo. Sin eso, no derrotaremos ni al golpismo ni a la derecha.






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