Juventud

EXAMENES PRESENCIALES

Como si no pasara nada: sobre los exámenes presenciales

Publicamos una tribuna abierta en torno al debate sobre los exámenes presenciales a cargo de la estudiante de la Universidad de Barcelona, Nerea Benítez.

Jueves 14 de enero | 17:42

Una vez más, las mentes pensantes del país actúan como si no ocurriera nada –ojos que no ven, corazón que no siente-, como si la pandemia y la borrasca más significativa de las últimas décadas no existieran: actuar con normalidad, aun estando en medio de una situación extraordinaria.

Esta vez, estas decisiones tuertas van a recaer directamente sobre los estudiantes de la universidad pública. La diferencia con respecto a esas otras muchas veces en las que se ha dado la espalda –y sacado el dedo- al alumnado, es que, en esta ocasión, lo que estará en juego son nuestras vidas. Pero, en fin, siempre podemos encontrar consuelo en nuestros honestos y limpios exámenes: completamente libres de copia, ¿no es así?

Aún es necesario que insistamos en la irresponsabilidad de parte de las autoridades universitarias, ocupadas en pasarse el muerto entre ellas –un muerto que, esperemos, se quede en la metáfora-. Irresponsabilidad y, por supuesto, completa indiferencia hacia la calidad de la educación que, desde marzo del año pasado, los estudiantes recibimos; los que tenemos suerte de haber recibido algo.

No podemos culpar a las instituciones de no haber estado preparadas en el momento en el que la cuarentena se convirtió en necesaria. Sin embargo, después de varios meses de pseudoestabilidad en la que se tuvo tiempo suficiente para reflexionar sobre la retoma de las clases, así como para tratar de asegurar una enseñanza digna y de calidad para todos los estudiantes, nos encontramos con que los alumnos y alumnas no somos los únicos que no hemos aprendido gran cosa este año; las mentes pensantes tampoco.

Muchas universidades, como la Universitat de Barcelona, se mantienen cerradas hasta la fecha, dando clases online de calidad dudosa cuya recepción es aún más insegura –recordemos la situación precaria de muchos de los estudiantes de esta cara pero prestigiosa universidad-. La presencialidad segura no fue en ningún momento un objetivo para los rectores, salvo, de repente y sin consulta, a la hora de examinarse.

Pese a estas dificultades, algunos profesores se han solidarizado con las pésimas condiciones de los alumnos cambiando el prehistórico modelo de evaluación de los exámenes por las entregas de trabajos, lo que supone una ventaja en muchos aspectos, y no sólo para nosotros: tenemos más tiempo, más medios y más libertad para realizarlos, sí, pero también aseguran una investigación personal, un aprendizaje mucho más profundo y (¡atención, queridas mentes pensantes!) menos facilidades para copiar o plagiar.

Otra opción, perfectamente asumida en otros países, pero aún reticente a entrar en vigor en España, serían las exposiciones y los exámenes orales. Nos permitirían, por ejemplo, desarrollar otras capacidades además de la clásica engullición-regurgitación de un temario que, seamos honestos, vamos a olvidar unas horas después de acabar el examen.

El problema, también clásico en la educación pública, es que llevar a cabo estas formas de evaluación exigen más esfuerzo y, quizá, más medios y más profesores. La relación calidad-precio no sale a cuenta.

Después de meses de conocer la gravedad del virus y las condiciones deplorables de muchos de los estudiantes para poder estudiar y desplazarse hasta la universidad –recordemos el alto porcentaje de estudiantes que viven fuera de Barcelona o de Madrid, por señalar dos ejemplos-, la resolución sigue siendo la misma que sería en condiciones “normales”: exámenes presenciales.

Sin haber consultado en ningún momento a quienes tendremos que sufrir las consecuencias, aunque muchos debamos coger un tren para llegar a tiempo, aunque tengamos a alguien de riesgo en casa, aunque el frío en las aulas sea insoportable y aunque la distancia de seguridad sea una utopía.

Ante todo, no podemos dejar de exigir calidad y dignidad en la educación pública. Animo a mis compañeros y compañeras, así como a todo aquel que esté en desacuerdo con estas medidas insultantes y negligentes, a que sigamos publicando nuestro descontento y enfado, a que sigamos presionando hasta que tengamos voz y voto en lo que nos afecta única y directamente a nosotros.






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