HISTORIA REBELDE

Cuando las mujeres ocuparon una iglesia para ganar una huelga

El encierro de las mujeres de la Motor Ibérica, junto a sus hijos e hijas, en la iglesia de Sant Andreu fue pieza fundamental de una de las huelgas más largas de la Transición. Hablamos con una de ellas, Maruja Ruiz, que sigue a sus 83 años “al pie del cañón”.

Santiago Lupe

@SantiagoLupeBCN

Martes 25 de febrero | 16:09

Foto: Manifestación de mujeres, hijos e hijas de los huelguistas de la Motor Ibérica - Arxiu Fotogràfic de Barcelona

Una fotografía, dos niños que no deben pasar de los 11, sosteniendo una pancarta que dice “Las mujeres de Motor Ibérica no queremos despidos ni sanciones”. Detrás están ellas, esas mujeres, ataviadas con las chaquetillas de una empresa en la que nunca habían trabajado, pero de cuya huelga más importante fueron pieza fundamental.

Durante 96 días los 3.500 trabajadores de las tres factorías de Poble Nou, Zona Franca y Moncada no fabricaron ninguno de los camiones Ebro que por entonces la actual Nissan hacía en Barcelona.

¿Como pudieron aguantar? El País cuenta en su edición del 7 de agosto de 1976 que la caja de resistencia llegó a reunir 17 millones de pesetas. Llenar esa caja, romper el cerco mediático y suscitar la solidaridad con la lucha de sus compañeros, fueron algunas de las tareas que se echaron a los hombros las mujeres de la Motor Ibérica para intentar ganar la huelga.

Un “trocito” de la historia del movimiento obrero y vecinal

Había oído hablar de una de ellas, Maruja Ruíz. Algunos la conocen como Maruja “la de la Motor Ibérica”, pero realmente ha estado presente en la mayoría de las luchas obreras y vecinales que han dado forma a Nou Barris, su barrio que es también el mío.

Por una serie de fortunios conseguí su teléfono, la llamé y le pedí un ratito. Quería que me contara la historia detrás de esa foto. Ella aceptó enseguida, “el martes tengo "despacho" (turno) en el casal ¿te va bien pasarte?”.

Llega risueña, con su pelo lila y un ramo de flores que le acaba de entregar una vecina. “¿Y este regalo?” le pregunto, “es por el carnaval, el sábado nos disfrazamos de payasos e hicimos aquí una fiesta, la gente está muy agradecida”.

Ahí me entero que ella es la presidenta del casal de la gent gran de la Prosperitat, donde hemos quedado, una de las últimas conquistas de su generación. “Más de 17 años de lucha nos costó que lo abrieran. Querían hacer casas, pero nosotros les bloqueábamos las obras, los camiones... y al final lo conseguimos. Como los semáforos, las plazas, el casal del barri, el metro...”.

Maruja es toda una institución del movimiento vecinal de la ciudad. El Ayuntamiento quiso galardonarla con una medalla en 2011, en plena ola de recortes y contestación social. Cuando el entonces alcalde, Xavier Trias de CiU, intentó ponérsela pidió pronunciar unas palabras: “personalmente no la puedo aceptar de un gobierno que nos está recortando por lo que yo he luchado todos estos años” y dejó al covergente plantado y con cara de acelga.

Este espíritu contestatario se expresa también en el casal que preside. Es el único que ha resistido la gestión privatizada, el modelo impulsado tanto por la Generalitat como por los diferentes consistorios, incluído el actual de Ada Colau. “Las empresas son unos ladrones, aquí lo llevamos todo los socios, pagamos 6 euros al año y hacemos más de 40 talleres, el carnaval, la nochevieja, cenas... todo es para la gente, no para el beneficio de un empresario”.

Una rebeldía que viene desde la cuna

Su rebeldía se podría decir que la mamó desde niña. Nació en Guadíx (Granada), en noviembre de 1936, y como tantas otras familias andaluzas migró a Catalunya. Al hambre de un campo que como bien explica “da tres cosechas al año, pero si los capitalistas tienen los campos y los usan para correr a caballo, pues no lo tenemos los pobres para patatas”, se sumó ser hija de “rojos”.

Su padre pasó 12 años en la cárcel, se fugó escapando de la condena de 30 años y un día y las dos penas de muerte que pesaban contra él. Logró sobrevivir con una identidad falsa en la clandestinidad y trabajando en la RENFE. Su madre pasó 8 años en prisión, también por “roja”. Al poco de salir ella, se vinieron a Barcelona, corría el año 1949.

Las mujeres habían ocupado una iglesia para intentar ganar la huelga. Maruja explica “queríamos que pararan la SEAT, la Pegaso, que hubiera un ola de huelgas de solidaridad”.

Vivieron en las barracas cercanas al Palau de Pedralbes, hasta que las desalojaron con motivo del Congreso Eucarístico de 1952. “Con todos los curas, obispos y el Papa por allí, no nos iban a dejar seguir, y nos trajeron aquí a Nou Barris, a unas casas, que eran barracas verticales y que las llamaban las “viviendas del gobernador””. Después de pasar un tiempo con su padre en Alsasua, y con una compañera de militancia de él – ambos en el PCE- en Madrid, volvió a Nou Barris donde se instaló definitivamente.

Aquí fue una de las fundadoras de la asociación de vecinos de Nou Barris en 1970, de la que saldrían después otras muchas, y tomó parte de las grandes luchas que fueron transformando este barrio de aluvión. Las escuelas, el instituto, la llegada del metro, el realojamiento de las familias barraquistas, las plazas, el casal... todo fue una pelea tras otra que incluyeron manifestaciones, encierros, barricadas, sabotajes de obras y hasta secuestros de autobuses.

La huelga de la Motor Ibérica y el encierro de las mujeres

El 28 de abril de 1976, en pleno conflicto del metal de Barcelona y en medio del gran ascenso obrero tras la muerte de Franco, los obreros de la Motor Ibérica se declararon en huelga. Lo hacían en exigencia de la readmisión de 18 despedidos a raíz de un conflicto de 1974, una subida lineal de 4.000 pesetas y la retirada de 200 sanciones por participar en paros parciales.

El compañero de Maruja era parte de esos despedidos por los que se pedía la “amnistía laboral”, así que desde el principio ambos fueron parte de la lucha. Él en las asambleas de trabajadores, en el viejo sindicato del régimen de Vía Laietana que CCOO había recuperado en las elecciones sindicales de 1975 con la táctica del “copar el vertical”. Ella organizando a las mujeres de los obreros, la casi totalidad con nula experiencia política o sindical previa.

Maruja Ruiz, en el encierro de las mujeres de la Motor Ibérica

Tras una tanda de sanciones contra 1.800 huelguistas y visto el cerco informativo que los medios estaban haciendo del conflicto, Maruja y otras 100 mujeres decidieron encerrarse en la Iglesia de Sant Andreu de Palomar. La elección de esta parroquia estuvo bien pensada “era un barrio obrero, teníamos cerca grandes empresas como la Fabra i Coats, la Maquinista, la Pegaso... y en frente un ambulatorio por lo que pudiera pasar”.

El encierro arrancó el 1 de junio y se extendió durante 28 días. Llegaron a sumarse 300 personas, entre mujeres y niños y niñas de los obreros. La sacristía se convirtió en un almacén de alimentos y medicamentos, e instalaron una cocina con grandes ollas donadas por las mujeres de CCOO del textil. Los aportes en especies y dinero fueron enormes, “todo el barrio se volcaba. Un día pusimos un cartel de que había un brote de piojos entre los niños y a la tarde teníamos tantos champús de farmacia que no nos cabían”.

Sacristía de la iglesia de Sant Andreu de Palomar, convertida en cocina y banco de alimentos

Durante estas semanas las mujeres se organizaron por turnos y en asambleas. Además de las tareas cotidianas de todo encierro “había grupos que salían a repartir octavillas en las fábricas de alrededor, o en el barrio, otras vigilaban o hacían pintadas, y por la tarde tocábamos las campana a rebato y en la plaza Orfila se juntaban un “puñao” de vecinos, a la policía la traíamos loca”.

Las acciones de las mujeres fueron más allá de Sant Andreu y los polígonos, “hacíamos manifestaciones en la Sagrada Familia, en la plaza Catalunya, las Ramblas... donde sabíamos que había bien de gente”. Justamente de una de esas movilizaciones es la fotografía con la que empezaba esta historia.

"Grises" contra mujeres y niños

El foco de solidaridad en que se había convertido el encierro no podía ser tolerado por la dictadura. Finalmente el 28 de junio la Policía Armada asaltó la iglesia desde diferentes entradas, arrasando con puertas, ventanas y mobiliario. Llegaron incluso a pisotear los alimentos y medicamentos que almacenaban en la sacristía y comenzaron a sacar por la fuerza a mujeres, niños y niñas.

Maruja explica una anécdota curiosa de este momento tan tenso. Ella les había dicho a sus compañeras que se quitaran los sostenes y se quedaran solo con las chaquetillas de la empresa. Si algo le molestaba a Motor Ibérica es que esas mujeres usaran la ropa corporativa, tanto que a Maruja llegaron a denunciarla por ello.

Cuando los policías empezaron a agarrarlas una a una, les ordenaron que se quitaran la ropa de trabajo. Una de ellas lo hizo, dejando sus senos al descubierto. Los “grises” se espantaron. Sacar de los pelos a mujeres en topless... todo tenía un límite. Les permitieron dejárselas puestas, y cuando quedaron todas en la calle, lograron reconcentrarse en el metro de Fabra i Puig y bajar hasta el centro de la ciudad para hacer una nueva manifestación, bien identificadas con la ropa de la empresa, que terminó en la Iglesia de Santa María del Mar.

"A los jóvenes hoy no les gustan los partidos y los sindicatos que hay, y lo puedo entender, pero que los cambien o hagan los suyos. No podemos estar siempre empezando de cero, por eso todas estas experiencias es importante que no se olviden, que la juventud las conozca”

La huelga todavía duró hasta el 6 de agosto. No terminó en victoria, 33 trabajadores quedaron afuera. La solidaridad generada con el encierro, logró romper el cerco mediático y un apoyo económico vital para resistir, pero no consiguió el objetivo de las mujeres, ellas habían ocupado una iglesia para intentar ganar la huelga. Para ello Maruja explica “queríamos que pararan la SEAT, la Pegaso, que hubiera un ola de huelgas de solidaridad”.

La consignas de las direcciones obreras de la oposición antifranquista ya eran otras, bloquear cualquier tendencia hacia la huelga general y “aprender a terminar una huelga” como repetirían en los meses siguientes. Esto significó que muchas de estas gestas del movimiento obrero acabarían entre el desgaste y la derrota. La Transición pactada ya se estaba cocinando a fuego lento.

Pero a pesar de ello, Maruja saca lecciones optimistas de aquella experiencia que forjó lo que fue y sigue siendo. Recuerda como muchas de esas mujeres que nunca antes “se habían movido”, después “se metieron en las AMPAs, las asociaciones de vecinos, sindicatos y hasta algunas decidieron militar en partidos de izquierda”.

Antes de despedirnos me invita a dar una vuelta por el casal. Me enseña los talleres de costura, de memoria, el huerto urbano que han montado en la terraza y la exposición de fotos de las comparsas de carnaval de la “gent gran” de los últimos años. Falta la de este sábado pasado que aún no está colgada, esa por la que le acababan de dar un ramo de flores un rato antes.

Termina nuestra conversación con una reflexión sobre el futuro y las presentes generaciones, “otro mundo claro que es posible, yo ya no lo veré, pero hasta que esté aquí seguiré peleando por él. A los jóvenes hoy no les gustan los partidos y los sindicatos que hay, y lo puedo entender, pero ¡que los cambien o hagan los suyos! No podemos estar siempre empezando de cero, por eso todas estas experiencias es importante que no se olviden, que la juventud las conozca”.






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