Política Estado Español

DEBATES EN LA IZQUIERDA

De elecciones, primarias y programas; una lectura inconformista

La frustración del intento de una candidatura única de la izquierda. Las visiones sobre los debates. Primarias y programa ausente. El ejemplo del Frente de Izquierda en Argentina y la necesidad de una nueva hipótesis anticapitalista en el Estado español.

Diego Lotito

@diegolotito

Jueves 15 de octubre de 2015

Las últimas semanas han sido particularmente agitadas en la izquierda española. Las discusiones sobre candidaturas, alianzas, rupturas y desencuentros han ocupado buena parte de la prensa. El culebrón, del cual Podemos e Izquierda Unida fueron los protagonistas estelares, terminó en ruptura. Mucho se ha escrito al respecto. Intentaremos aquí profundizar en nuestra interpretación del fenómeno.

Frente al debate electoral se han estructurado, por llamarles de algún modo, tres “escuelas de pensamiento”, cada una con su propia interpretación del debate y con objetivos políticos propios.

Por un lado, la escuela podemista, la cual no necesita mayor presentación. La lectura de este sector es que Podemos es el motor, los genuinos representantes “del cambio”, del cual Pablo Iglesias es el líder indiscutido y su política ubicarse en el centro, el famoso "ni de izquierdas ni de derechas". El debate desde su visión se sintetizaba en sumarse “a las listas del cambio” o perecer. Partía de una buena posición de fuerzas tras su emergencia fulgurante tras las europeas. Pero su estrella comenzó a declinar con el desgaste de los últimos meses, el ascenso de la nueva derecha moderna de Ciudadanos, y malos resultados como el de Catalunya. Así y todo, el podemismo mantuvo su bandera hasta el final: con nosotros o contra nosotros. Y punto.

Por otro lado, está la vasta escuela “izquierdaunionista”, si es que se permite el término. Atrapada en una crisis profunda tras años de adaptación a las reglas de juego del Régimen, casos de corrupción en sus filas y pactos insostenibles como con el PSOE en Andalucía, la política de Izquierda Unida ha sido completamente errática. Justo ahora comienza a cuajar, sin otra alternativa y culpando a Podemos por impedir la tan mentada “unidad”, en una versión remixada de su línea histórica: autoproclamarse como la izquierda realmente existente, pero con nuevos aires ciudadanos tras haber copado Ahora en Común como marca blanca para su supervivencia política.

Por último, está la escuela que podríamos llamar del activismo independiente, o de aquellos que no se encuentran claramente encuadrados en ninguna organización política. Su visión es que la izquierda debe unirse como sea para echar al PP de la Moncloa y evitar que lleguen el PSOE o Ciudadanos. En este sector podemos agrupar también los sectores “autónomos” (como los impulsores iniciales de Ahora en Común) que se ubicaron en el rol de facilitadores de la confluencia entre las amplias izquierdas y la ciudadanía, pero fracasaron en su intento. Su lectura ante la deriva de los debates es que faltó vocación de unidad y que primaron los personalismos y las peleas “de aparato”. La mayor o menor frustración y el desencanto es la sensación que hoy recorre mayoritariamente a este sector heterogéneo.

La arena en la que operan estos tres sectores es un amplísimo mundo de trabajadores, jóvenes, mayores, mujeres, que se reivindican en términos generales de izquierdas y buscan una alternativa política al PP-PSOE. Pero aunque pueden distinguirse claramente, no se conoce cuáles son las diferencias sustanciales entre ellos desde el punto de vista del contenido. Durante los debates electorales se ha hablado del cambio, de la unidad (popular, ciudadana, desde abajo, desde arriba), pero lo central fue un debate de figuras y figurones, de fichajes, de “marcas”. Nada de programa, nada de táctica, nada de estrategia política.

Esta situación, no obstante, es esencialmente una responsabilidad de las escuelas de Podemos e Izquierda Unida. Entre los sectores de activistas independientes hubo (y hay) infinitamente más voluntad de debatir los grandes problemas del programa que entre los líderes.

En lo que sí se han visto diferencias es en las formas, los procedimientos. Pero los contrastes en este terreno no mejoran mucho las cosas.

Primarias abiertas y programas ausentes

En el complicado mundo de las primarias de la izquierda hay una distinción de forma que vale resaltar entre Podemos e Izquierda Unida. Podemos hizo en julio unas primarias blindadas en las que no podía resultar otro ganador que el aparato de Pablo Iglesias. Como experiencia de democracia interna es claramente la más burocrática.

Ahora en Común hace en estos días sus primarias, para las cuales se han presentado sólo en Madrid seis listas y la favorita es claramente la de Alberto Garzón. Pero estas tienen lugar después de que la iniciativa se transformara en la marca blanca de IU y sus distintas familias.

El sistema de votación que se seguirá es el mismo que se utilizó en el Ahora Madrid, el llamado sistema Dowdall, que permite votar a la lista completa pero también a cada candidato de forma independiente. Esto, que aparenta ser el método más democrático posible, raya el absurdo cuando las listas que compiten lo hacen con representantes de los más variados programas e ideas.

¿No tiene este sistema algo de perverso, políticamente hablando? Porque si la candidatura final es resultante de la ponderación de los votos de los integrantes de cada lista, significa que en última instancia no hay programa que valga. Este será, con suerte, el programa que imponga IU, o en el peor de los casos, un engendro ecléctico que surja del extravagante producto que de la suma de los más votados. Para que se entienda, en Madrid por ejemplo podría darse el caso de que Alberto Garzón acabe en una misma candidatura con miembros de la federación madrileña de IU… los mismos que la dirección federal del partido expulsó en junio.

¿No tendría más sentido que sobre la base de un programa común, se establecieran primarias entre quienes serían las y los mejores representantes de dicho programa? Evidentemente sí. Pero para ello había que discutir previamente de programa y no de cargos.

Que el sistema es un arma de doble filo lo demostró, contradictoriamente, el ejemplo que todos ponen para defenderlo: Ahora Madrid. De sus primarias resultó electa Manuela Carmena como cabeza de lista, junto con una variopinta lista de candidatos a concejales de distintas extracciones e ideas políticas. Actualmente, cada concejal de Ahora Madrid defiende más o menos lo que considera (aunque no se ven muchas diferencias internas). Pero la que dirige es la alcaldesa Carmena, que al poco de andar dijo que el programa eran sólo sugerencias, se reunió con empresarios para aclarar que ella no es comunista, propuso poner a los jóvenes a barrer las calles y, sólo por nombrar una de sus últimas perlas, celebró con el Rey, Mariano Rajoy y la plana mayor del PP el infame 12 de octubre. Y después, se sentó a comer con el embajador israelí. Tela.

Si hubo una excepción a este método, fue la iniciativa Sindicalistas por la Unidad Popular, que dio lugar a un proceso de debate programático que culminó con su votación en una Asamblea General el pasado 3 de octubre. Sin embargo, el programa que definió el colectivo tras el debate terminó siendo más limitado que el de las Marchas del 22M, cuyas consignas congregaron hace dos años nada menos que a 1 millón y medio de personas. En el camino, aunque fueron defendidas por algunos sectores, quedaron medidas tan elementales –al menos para quienes nos consideremos tributarios de una izquierda obrera y anticapitalista- como el no pago de la deuda, la denuncia a la burocracia sindical o al imperialismo español.

Algunos de sus representantes se presentan hoy como candidatos en las listas de Alberto Garzón y como independientes en las primarias de Ahora en Común para defender dicho programa, pero atrapados en la lógica de un proceso en el que el programa no tuvo importancia y que finalmente se impondrá desde arriba.

Un ejemplo político-práctico y una nueva hipótesis política

Ante la falta de un debate profundo y la moderación de las principales organizaciones de la izquierda española, una experiencia política de otras latitudes emerge como un ejemplo aleccionador. Es el caso del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT), integrado por tres corrientes de la extrema izquierda trotskista en Argentina: el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), el Partido Obrero (PO) e Izquierda Socialista (IS).

El FIT se constituyó como frente político-electoral en el año 2011 para enfrentar una proscriptiva reforma electoral impulsada por el gobierno kirchnerista. Desde entonces emergió como una gran fuerza política independiente de los partidos capitalistas, conquistando en 2013 con 1 millón 300 mil votos diputados en el Congreso Nacional (y varias bancas legislativas a nivel provincial y municipal), defendiendo un programa claramente anticapitalista y antiimperialista y promoviendo la lucha de clases como método para que los trabajadores conquisten sus demandas.

Recientemente tuvo lugar en el FIT un proceso de primarias en el que se desarrolló un amplio debate interno sobre cuál era la mejor política para desarrollar el Frente y quienes sus mejores representantes para ser candidatos. Los debates fueron públicos y sin ninguna diplomacia, pero se realizaron sobre la base de la defensa de un programa común.

En dichas primarias resultó electo como candidato presidencial Nicolás Del Caño, joven dirigente del PTS, junto a Myriam Bregman (también del PTS), con la propuesta de “renovar y fortalecer el FIT con la fuerza de los trabajadores, las mujeres y la juventud”, que hoy se propone conquistar nuevas posiciones.

Este ejemplo viene a cuento porque el FIT de Argentina es una referencia para la que podríamos llamar, siguiendo la clasificación inicial, una “cuarta escuela” en el debate de la izquierda española, a la que adscribimos quienes hacemos Izquierda Diario. Numéricamente, este sector es todavía pequeño –al menos en el Estado español-, pero políticamente muy significativo. Lo componemos quienes defendemos la necesidad de que surja una izquierda distinta a la que se propone humanizar el capitalismo integrada en el régimen político y se desenvuelva una nueva hipótesis anticapitalista y de clase.

Una izquierda que “ponga el eje en la lucha de clases, en fortalecer la organización y la movilización de la clase trabajadora, las mujeres y la juventud, para enfrentar los ajustes que vendrán después del 20D” y levantar “un programa para que la crisis la paguen los capitalistas”.

El próximo período plantea el desafío de que se desarrolle este espacio y surja una verdadera alternativa política de independencia de clase en el Estado español.






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