Política Estado Español

DEBATES HACIA EL 20D

Demasiadas coincidencias en el “cara a cara” entre Pablo Iglesias y Albert Rivera

El programa de La Sexta, dirigido por Jordi Évole, entrevistó este domingo en un formato de “cara a cara” a los candidatos Pablo Iglesias de Podemos y Albert Rivera de Ciudadanos. El debate fue visto por un record de audiencia. La mesa para mostrar un programa regenerador del Régimen del ‘78 sin tocar sus pilares estaba servida.

Diego Lotito

@diegolotito

Ivan Vela

@Ivan_Borvba

Martes 20 de octubre de 2015

Foto: La Sexta

La cita tuvo lugar en un bar de Nou Barris, Barcelona. Durante más de una hora, los candidatos de los “partidos emergentes”, Iglesias y Rivera, debatieron sobre cuestiones centradas en la corrupción, la sanidad y el paro.

A lo largo del debate conducido con destreza por Jordi Évole, ambos candidatos buscaron mostrarse como serios presidenciables, como “hombres de estado” que discuten amistosamente sobre los grandes problemas del país.

El candidato de Ciudadanos intervino con más solidez y claridad, sin miedo a mostrar su estrategia liberal. Respondió a preguntas y expuso medidas con una narrativa desenfadada, echando mano a referencias birladas al contrincante, tales como “casta”, o del lenguaje político popular como “capitalismo de amiguetes”.

Iglesias, que insólitamente comenzó la entrevista diciendo que estaba “cansado”, fue superado en la mayor parte del debate por la iniciativa de su rival. Le costó en la ambigüedad de su discurso exponer medidas concretas con las cuales convencer. Medidas, dicho sea de paso, de un programa que Podemos todavía está cocinando cuando quedan sólo dos meses para las elecciones.

El inicio del debate giró en torno al paro y las medidas que defienden ambas formaciones. Rivera introdujo su propuesta de contrato único, común en algunos países de Europa. El líder de Podemos argumentó contra esta propuesta, asegurando que quitaría poder de negociación a los trabajadores. Por el contrario, propuso aumentar el salario mínimo a 750 u 800 euros, pero sin especificar como se llevaría a cabo este aumento, tanto para los trabajadores del sector público como del sector privado.

Esta falta concreción de Iglesias no se debe a un olvido o mala planificación de su discurso, aunque hay que reconocer que para la planificación milimétrica a la que nos tiene acostumbrados Iglesias este no fe su mejor momento. El hecho es que el pragmatismo del que ha hecho gala la formación morada para ir moderando aceleradamente su programa inicial, le impone también límites discursivos. Sobre todo frente a un candidato que se presenta como ajeno a “la casta” –uno de los puntos fuertes de Ciudadanos para presentarse como una derecha renovadora- y con el cual Iglesias coincidió en muchos puntos durante el debate y le dio la razón en otros tantos.

El mismo Pablo Iglesias comenta en forma de anécdota una frase con un contenido demoledor: “hay gente que nos dice que nos hemos moderado en el último año; pues claro, hemos adaptado nuestro programa económico para que sea viable”. En tal sentido, por ejemplo, volvió a apostar por defender la figura “de los pequeños y medianos comercios, que son los generan la gran mayoría de puestos de trabajo”, pero obvió que también son quienes aplican con mayor dureza la reforma laboral frente a los trabajadores.

En este aspecto resultó cuanto menos curioso que fuera el líder de Ciudadanos y no Iglesias quién criticara levemente a la “casta” sindical, asegurando que es inadmisible “que los sindicatos se beneficien de los despedidos, al igual que hace la patronal”. La cuestión de la burocracia sindical y el rol que las direcciones que los dos grandes sindicatos juegan en el mantenimiento del statu quo del régimen político son temas absolutamente ausentes en el discurso de Podemos. Ciudadanos expone una leve crítica, sí, pero centrada en un llamamiento a la “responsabilidad de los agentes sociales y económicos”. Su preocupación no es la democracia sindical ni mucho menos, sino que los aparatos sindicales burocráticos no se desprestigien a tal punto que los trabajadores se propongan recuperarlos para la lucha. Algo parecido a lo que defiende la CEOE.

El debate discurrió con un Albert Rivera que se cree más fuerte que su oponente y un Pablo Iglesias timorato en su discurso, demasiado abstracto y falto de iniciativa, muy en contraposición a su discurso habitual filoso y bañado en pragmatismo. Con esta disposición de roles se puso sobre la arena la cuestión de la Sanidad Pública y la atención a los inmigrantes. En este aspecto el candidato de Ciudadanos no dudó en apostar por mantener las directrices de la reforma ejecutada por el Partido Popular, reforma que según señalan diferentes estudios ha dejado sin asistencia sanitaria básica a más de 1.500 personas sin papeles en apenas año y medio, cuando prácticamente el 70% de éstas tenían derecho según las cláusulas de la propia reforma. Para justificar su cara más reaccionaria, el joven candidato no dudo en hacer referencia a Europa, sosteniendo que en la mayoría de países “modernos se actúa de ese modo”.

Pablo Iglesias construyó una respuesta sobre este punto en torno al derecho de la sanidad básica universal y a la diferenciación entre “turistas alemanes e inmigrantes sin papeles, que lo son por una injusticia administrativa”. Pero nada dijo de lo sustancial del asunto, es decir, de cómo salvar de la “injusticia administrativa”, según su definición, a esos inmigrantes que actualmente carecen de derecho a la sanidad, pero también al trabajo, a la educación o cualquier aspecto que posibilite una vida en condiciones dignas.

Dentro de la cordialidad del debate, hubo momentos de mayor enfrentamiento, pero siempre manteniendo las formas y el tono distendido. Por ejemplo, cuando Jordi Évole mostró un fragmento de una entrevista a Francisco González, presidente del BBVA, en la que el banquero alaba con fruición a Rivera y ataca con dureza a Podemos. El disparador tuvo resultado. Iglesias aprovechó el guiño del entrevistador para atacar uno de los pocos flancos débiles que mostró Rivera en el debate. A Podemos no lo alaban los empresarios ni Esperanza Aguirre, dijo el líder de Podemos. Pero sí lo hace Maduro, le recriminó Rivera, obviando sin embargo que la última vez que el sucesor de Hugo Chávez habló de Podemos fue para tildarles de traidores.

Con cierta agilidad, Rivera puso freno a ese intercambio para mostrarse como defensor de “los intereses de todos”: empresarios, trabajadores, agentes civiles. Expresó de forma explícita su confianza en el libre mercado, en la competencia y en el capitalismo, pero no en “este capitalismo de amiguetes”. Y en este punto atacó al líder de Podemos de oponerse a los empresarios y la banca, una imagen que nada gusta en la formación reformista y que Iglesias trato de limitar rápidamente. Y lo hizo dejando al descubierto los aspectos más moderados de su programa, que vistos objetivamente, lo acercan a Ciudadanos posiblemente mucho más de lo que el líder de Podemos quisiera.

Lejos de desmarcarse de Rivera como lo que es (o quiere ser), una cara nueva para representar mejor de los intereses de los capitalistas, Iglesias respondió a la crítica reafirmando su apoyo a la figura del empresario, no sólo del pequeño y mediano, sino también del grande, al cual también considera “necesario”. Y para que no quedaran dudas de su defensa de la economía de mercado y las “reglas de juego” del capitalismo, sobre la posibilidad de nacionalizar sectores estratégicos de la economía, el candidato de Podemos no dudó en defender que estos se llevarían a cabo “pagando el precio de mercado que tiene su (haciendo referencia al dueño capitalista) empresa”. Una posición que recuerda a medidas ya empleadas por gobiernos capitalistas como el de Cristina Kirchner en Argentina, muy lejos de ser una respuesta a favor de los intereses generales de los trabajadores y las clases populares.

Pareciera que últimamente el equipo de campaña de Iglesias ha hecho de la defensa de “ricos y pobres” un eje de campaña. Ya en una entrevista concedida el pasado viernes al diario “20minutos”, Iglesias señalaba que “no estaban en contra de los ricos” y aún más, sostenía que la medida de nacionalizar sectores críticos de la economía es una “medida extrema” y que preferían el “diálogo”.

En el turno del debate sobre Cataluña, concretamente sobre el juicio a Artur Mas, el candidato de Ciudadanos volvió a utilizar la receta de la legalidad. Desvirtuando con apelaciones a proclamas del más trillado liberalismo como que “todos somos iguales ante la Ley” o “no es un juicio político sino un juicio por actuar por fuera de la Ley”, el candidato de Ciudadanos reafirmó su imagen españolista y conservadora, adjetivos que suele otorgar al Partido Popular, pero que en esencia lo definen con precisión.

Pablo Iglesias criticó la imputación a Artur Mas por haber convocado un referéndum, asegurando que no se puede condenar en democracia a nadie por promover votaciones y retomó la fórmula del “derecho a decidir”, diciendo que permitiría un referéndum en Catalunya. Aunque aseguró que con un presidente diferente en la Moncloa, el pueblo catalán aceptaría un proyecto común con el resto del Estado Español. Pero la inevitable dosis de ambigüedad sobre la cuestión catalana a la que nos tiene acostumbrados el líder de Podemos llegó cuando comentó que en caso de una victoria del “sí” a la independencia “ya se vería como se articulaba eso dentro de los márgenes de la Constitución”, texto que para ser modificado requiere de las 2/3 partes del Congreso de los Diputados. Un auténtico candado para las aspiraciones democráticas del pueblo catalán.

La cuestión vasca también tuvo su momento en el debate. “¿Indultarían a Arnaldo Otegi? (líder de Batasuna encarcelado por el caso Bateragune que saldrá de prisión en abril de 2016)”, preguntó Évole. El candidato de Ciudadanos se opuso claramente y dijo que eliminarán “los indultos a políticos”. Iglesias por su parte dijo que, “como Felipe González”, cree que Otegi debería ser excarcelado. Pero lo curioso no fue que utilizara un subterfugio para defender el indulto al líder de la izquierda vasca, sino que para decirlo haya advertido: “En esto me voy a mojar”. Todo un reconocimiento de que su opción por no mojarse casi nunca en temas espinosos donde las posiciones de medias tintas no tienen cabida y suelen alejarse el tan ansiado “centro político”.

El debate finalizó con una rápida encuesta entre ambos en las que Rivera volvió a mostrarse conciso y claro, contestando siempre según la legalidad vigente, y Pablo Iglesias aprovechó, una vez más, para mostrar su retórica, pero con poca claridad y, sobre todo, poca diferenciación con su contrincante.

En la mesa del bar de Nou Barris escogido como escenario hubo dos sillas vacías, la de los ausentes Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, que se negaron a participar en este debate. Pero visto el conjunto del debate, los representantes del bipartidismo no fueron los únicos ausentes. También lo fueron grandes ejes políticos como la violencia género, las reformas educativas, las leyes represivas como la Ley Mordaza y la represión a la juventud (más allá de una referencia al final el programa), la Ley de Dependencia, el Ambiente, la Unión Europea, la Corona y otros tantos asuntos centrales que no fueron siquiera mencionados en la hora y cuarto que duró el encuentro.

El debate conducido por Évole se propuso mostrar ante más de 5 millones de espectadores los dos relatos emergentes que se proponen como alternativa a los partidos tradicionales del bipartidismo. Dos relatos, sin embargo, entre los que hubo demasiadas coincidencias. Esto es así porque, si bien Podemos y Ciudadanos no son lo mismo, ambos parten de una premisa común. A pesar de sus diferencias, ninguno de ellos cuestionan profundamente los pilares que sostienen al régimen capitalista español: la Corona, la Banca y los grandes capitalistas, las burocracias sindicales y la sacrosanta unidad de España.

En definitiva, dos versiones, una por derecha y otra por izquierda, de una estrategia de regeneración democrática del Régimen del ’78.






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