Cultura

CRÍTICA DE CINE

“El conformista” de Bernardo Bertolucci, un clásico moderno

“El conformista” pertenece a una etapa de transición en la carrera de Bernardo Bertolucci y sigue siendo una de sus películas más completas y complejas, cuyos ecos no dejan de sonar en el imaginario de la Europa contemporánea. Un filme sobre la arquitectura mental de Marcello (hierático Jean-Louis Trintignant) y el movimiento de una cédula al servicio del fascismo antes de la caída de Mussolini.

Eduardo Nabal

Periodista y crítico de cine, Burgos

Martes 24 de julio | 17:00

Con una elegante puesta en escena, dosificando la tensión, la ironía y el erotismo, estamos ante un estudio psicológico de un hombre que busca de forma peculiar “ser un sujeto corriente” mientras deja sin solucionar las mimbres de las que está hecho su carácter inseguro y siniestro marcado por una fidelidad cegata a las órdenes de los superiores en las oscuras operaciones contra la gente considerada “subversiva” y por una herencia familiar y una serie de impulsos reprimidos que no le dejan ser aquello que quiere ser.

Ambientada con cuidado, alternando escenarios de gran belleza plástica (fotografiados con detalle por Vittorio Storaro) con lugares que alternan el surrealismo kakfiano y la sordidez del momento sociopolítico, la película de Bertolucci consigue mantener el ritmo, el interés y la densidad a partir de un personaje de temperamento agresivo que está muy lejos de ser simpático al espectador. Una figura que viene de la novela homónima del comprometido Alberto Moravia quien realiza aquí un personalísimo y vigente análisis de la mentalidad fascista de ciertos resortes del poder y las instituciones que lo sustentan, no solo en la época que retrata con sumo cuidado y elegancia sino en todo su alcance. En este sentido Bertolucci sabe fundir con maestría el drama individual y la historia colectiva.

Junto a Trintignant, bordando la ambigüedad, destaca la aparición en la segunda parte del filme de una excelente Dominique Sanda que hace tambalearse las firmes y casi supersticiosas creencias en su causa del protagonista casado con una joven a la que desprecia (encarnada por Stefania Sandrelli) y marcado por episodios vitales que saltan a la pantalla en una inteligente construcción en flash-backs que aborda la infancia del protagonista y distintos episodios que acabarán tomando un cariz insospechado en su laberinto de amor, locura y muerte, trazado con precisos movimientos de la cámara en espacios complementarios u opuestos.

Magnificas composiciones audiovisuales que deben mucho a Storaro (habitual de Bertolucci en la época en filmes como “El último tango...”) y a la banda sonora de Georges Deleure en su mejor momento como compositor, dando una forma bella, geométrica e inquietante a una historia sórdida que no deja de ser la historia de un psicópata que ha abrazado la causa del totalitarismo y se ha puesto al servicio del espionaje y de la ejecución de los disidentes. Aparecen de refilón aspectos como la extraña relación de Marcelo con la religión y la Iglesia, la homosexualidad reprimida desde la infancia y el miedo y la fascinación por la violencia y las armas.

Un filme que, por otro lado, recobra fuerza en la Europa de hoy salpicada por la sombra del auge de la extrema derecha (que toma ahora su forma también en la derechona del estado español) y sus ambiguos movimientos en un enloquecido tablero de ajedrez que respalda el fanatismo y el temor cuasipatologico a la diferencia y a la libertad.

Bertolucci, todavía en activo, ha transitado los terrenos cinematográficos más dispares sin temor a la polémica. Pero “El conformista” es una muestra de la solidez e intemporalidad de algunos de los trabajos del mejor cine italiano de los setenta que llega hasta hoy a la vez hermoso, inquietante y comprometido.






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