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El fin del armario y el fundamentalismo recargado

Bruno Bimbi es un periodista y activista argentino que integró la campaña que culminó con la aprobación de la ley de matrimonio igualitario en su país en julio de 2010. Posteriormente, vivió casi una década en Brasil y actualmente reside en Barcelona, donde nos encontramos para conversar sobre su libro "El fin del armario".

Andrea D'Atri

@andreadatri

Martes 10 de marzo | 07:00

Bimbi nació en un barrio obrero que linda con el sur pobre de la Ciudad de Buenos Aires. Fue uno de los activistas de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT), que impulsó la ley del matrimonio igualitario, aprobada en 2010. En 2009, se trasladó a Río de Janeiro, donde trabajó como corresponsal para distintos medios y cursó el doctorado en Letras/Estudios del Lenguaje. Sin buscarlo, en Brasil, comenzó asistiendo al diputado Jean Wyllys del PSOL, en proyectos relacionados con los derechos de la comunidad LGTBI y terminó convirtiéndose en su principal asesor político.

Este martes 10 de marzo a las 19 hs, presentará en la librería Laie (Pau Claris 85, Barcelona) una nueva edición de su segundo libro, El fin del armario, publicado en Argentina en 2017, que aquí lanza editorial Anaconda, en una versión ampliada y con prólogo del escritor gaditano Eduardo Mendicutti. Su primer libro, Matrimonio igualitario. Intrigas, tensiones y secretos en el camino hacia la ley, fue publicado en Buenos Aires en 2010 y en Brasil en 2013, con un capítulo extra que narra la campaña por el matrimonio igualitario en ese país, que coordinó junto a otro activista, a pedido de Wyllys.

Desde aquella lucha por el matrimonio igualitario, nos hemos cruzado con Bruno en algunas movilizaciones frente al Congreso argentino y nos seguimos en Twitter donde, sabiendo de mi militancia y a pesar de las importantes diferencias políticas que tenemos, me ha enviado fotos de sus votos desde el consulado brasileño deseándome buena suerte con los resultados electorales o, más recientemente, nos descubrimos viviendo en la misma ciudad.

Pero su recalada en Catalunya no tiene motivos periodísticos ni editoriales. En el medio del clima homofóbico y la violencia cotidiana generados por la llegada a la presidencia de Jair Bolsonaro, más aún después del asesinato de la concejala carioca Marielle Franco, el diputado que Bruno Bimbi asesoraba recibió amenazas de muerte que lo empujaron al exilio. Bruno tomó la misma decisión y vino a Barcelona, donde actualmente cursa una maestría y sigue escribiendo para distintos medios.
A pesar de estas circunstancias que lo empujaron a decidir su propio exilio, la nueva edición de El fin del armario mantiene el mismo título esperanzador. Empiezo por ahí, entonces, una conversación que se prolongó varias horas en un café del barrio de L’Eixample.

–El título podría leerse de dos maneras –me aclara–. Por un lado, como una crónica de época, ya que por primera vez en la Historia algo empieza a cambiar en la percepción social sobre la homosexualidad y, en ese sentido, el título es una constatación de ese cambio que se está dando de una manera bastante rápida en el último medio siglo, y más en las últimas dos décadas, en una parte del mundo. Pero, a la vez, es una expresión de deseos, porque ese cambio no es igual en toda la geografía, ni para todo el mundo. Aquí donde estamos, en Barcelona, la alcadelsa dice abiertamente que es bisexual, el secretario del PSC se declaró gay hace muchos años... y al mismo tiempo, en más de la mitad de los países africanos la homosexualidad está criminalizada, igual que en más de setenta países, en distintos continentes.

Además de la mención al continente africano y a la mayoría de los países de Medio Oriente, Bruno señala a la Rusia de Putin, donde dice “se ha mezclado la herencia del régimen estalinista con el avance del fundamentalismo cristiano y el fundamentalismo islámico que conforman ese Frankestein político, que junta lo peor del estalinismo con lo peor del capitalismo”.

–Justamente de ese fundamentalismo cristiano quisiera que hablemos, ya que tus años en Brasil te hicieron conocedor del crecimiento de las iglesias pentecostales y de su imbrincada penetración en la política y el empresariado.

–En America Latina, especialmente en Brasil, hay un crecimiento de determinado tipo de iglesias evangélicas. En Argentina, cuando fue la ley de matrimonio igualitario, podías ver que la Federación de Iglesias Evangélicas apoyó el proyecto y, del otro lado estaban las “iglesias clink-caja”, importadas de Estados Unidos y Brasil, como la Iglesia Universal del Reino de Dios, nucleadas en otra federación, ACIERA, la misma que ahora convoca a las movilizaciones contra la legalización del aborto. Ese modelo de evangelismo neopentecostal se exporta desde Estados Unidos y Brasil al resto de América, África y otros lugares del mundo. Aquí en Europa, los puedes encontrar en los barrios donde viven mayoritariamente inmigrantes latinoamericanos o africanos.
Yo conozco más de cerca el caso de Brasil, donde estas iglesias hace años que empezaron a acercarse a políticos de distintos sectores para ofrecerles su caudal de votos. Manejan un “mercado de almas” que pueden vender al mejor postor. Así van infiltrándose en todos los partidos, metiendo legisladores, diputados que llegan al parlamento por distintas listas y una vez que están en el Congreso, conforman un bloque transversal evangélico más poderoso que los partidos mayoritarios.

–Recuerdo algunos episodios en la política brasileña como la defensa de un proyecto de ley para establecer una “cura” a la homosexualidad, promovida por esta bancada transversal fundamentalista.

–Sí. Cuando hay que discutir derecho al aborto, derechos para la población LGTBI o educación sexual, actúan en bloque y negocian o chantajean al gobierno de turno. ¿El gobierno necesita aprobar el presupuesto? La bancada evangélica le ofrece los votos necesarios para aprobarlo y, a cambio, le pide cargos en lugares donde tiene acceso a caja: lotería, bancos... y, por otro lado, le exigen concesiones políticas en lo que hace a derechos de las mujeres, de la población LGTBI, etc. Así lograron un crecimiento muy fuerte en Brasil. Cuando el pastor Anthony Garotinho llegó a gobernador de Río de Janeiro por un partido aliado al PT, en 1996, le dio a estas iglesias el manejo de los planes de asistencia social.
Creo que, además, hay algo más profundo: si recorres los barrios periféricos de Rio de Janeiro, vas a encontrarte con que no hay ni un solo cine, ni un centro polideportivo, ni un teatro, ni bibliotecas, ni sociedades de vecinos; pero hay una iglesia neopentecostal cada doscientos metros. Entonces, la iglesia se transformó en un lugar de encuentro, de reunión y vida social. La gente concurre por la necesidad de tener un espacio de sociabilidad.

...estas iglesias hace años que empezaron a acercarse a políticos de distintos sectores para ofrecerles su caudal de votos. Manejan un ’mercado de almas’ que pueden vender al mejor postor. Así van infiltrándose en todos los partidos, metiendo legisladores, diputados que llegan al parlamento por distintas listas y una vez que están en el Congreso, conforman un bloque transversal evangélico más poderoso que los partidos mayoritarios.

Bimbi me señala que esta penetración social es profunda y cree que, mientras los partidos políticos tradicionales aprovechan esta situación para sus intereses electorales, la izquierda no termina de dimensionar este fenómeno, que también está vinculado a la inmensa población carcelaria que tiene Brasil.

–Las iglesias evangélicas hacen un enorme “trabajo de base” en las cárceles. En todas vas a encontrar a los pastores haciendo grupos de oración dentro de la prisión y a los fieles reclutando en la puerta, donde están los familiares que van a visitar a los presos. Estamos hablando de Brasil, que tiene la cuarta población carcelaria más grande del mundo, más de 700 mil personas presas, de las cuales más del 60% son jóvenes, de barrios pobres, negros. Las hileras de familiares, fuera de las cárceles, esperando para visitar a sus presos, son inmensas. Familias de todos los barrios pobres de las grandes ciudades de Brasil, concentradas en las puertas de los penales. Y ahí, siempre estará un miembro de una iglesia evangélica, repartiendo su periódico, ofreciendo asistencia jurídica, psicológica, etc. ¿Sabes cómo entra el Estado a las favelas?, me interpela.

–Creo que con ametralladoras.

–Sí, con ametralladoras. Las favelas son territorios disputados por traficantes de drogas, pastores evangélicos y bandas paramilitares conformadas por policías, expolicías, sicarios. Y los pastores se alían con quien tiene el poder en cada territorio. Tienes pastores que convirtieron a algunos narcotraficantes a su religión y, a cambio, éstos les ofrecieron expulsar violentamente a las otras religiones que les compiten en el territorio, como el candomblé. En cierto modo, se instaura un tipo de régimen neofeudal, donde el que tiene las armas y el poder impone la religión oficial.

Bimbi se empeña en distinguir las iglesias y religiones tradicionales de las nuevas conocidas como iglesias electrónicas o, como él las llama, “iglesias clink-caja”.

–La Iglesia Universal del Reino de Dios no es un culto religioso, es un grupo económico que controla una gran cantidad de empresas, como el segundo grupo mediático del país, con el segundo canal que compite con la red O Globo. Aparte de medios de comunicación, tienen financieras y otras empresas; pero además, han formado su propio partido político, el PRB (Partido Republicano Brasileño), cuyos legisladores son pastores o familiares de pastores, periodistas que trabajan en sus propios medios, directivos de sus empresas o todo junto. Y facturan millones de dólares por año, son una megacorporación, con denuncias por lavado de dinero y otros delitos económicos, incluso hubo denuncias de que hicieron negocios con el cartel de Cali.
Pero, durante mucho tiempo, los principales partidos políticos brasileños, en vez de frenarlos, intentaron llevarlos para su lado. Veías, en cada elección, que una parte de los pastores apoyaba a la derecha y otra parte apoyaba al PT. En las elecciones de 2010, el pastor Silas Malafaia apoyaba al candidato José Serra, que enfrentaba a Dilma Rousseff. Ella, por su lado, tenía el apoyo de la Iglesia Universal del Reino de Dios.

...durante mucho tiempo, los principales partidos políticos brasileños, en vez de frenarlos, intentaron llevarlos para su lado. Veías, en cada elección, que una parte de los pastores apoyaba a la derecha y otra parte apoyaba al PT...

Recordé que, en Argentina, había habido sectores del movimiento de mujeres entusiasmadas con la candidatura de Dilma, convencidas de que iba a avanzar con la legalización del aborto en un país donde la tasa de muertes de mujeres por consecuencia de los abortos clandestinos e inseguros es una de las más altas de la región.

–Hubo una campaña muy fuerte de la derecha contra Dilma por su simpatía con la legalización del aborto y esto empezó a tener impacto en las encuestas. Entonces, a último momento, Dilma lanzó una Carta al Pueblo de Dios, que era prácticamente una rendición. Como si dijeran “quédense tranquilos que mi gobierno no va a legalizar el aborto ni el matrimonio igualitario.”
Tanto la derecha política tradicional como el PT siempre buscaron seducir a estos grupos fundamentalistas y a su electorado, yendo a sus cultos, apareciendo en fotos con los pastores, poniéndolos en las listas de diputados. Hasta que estos lograron suficiente poder como para no depender más de los partidos y autonomizarse. El golpe contra Dilma, en cierta medida, es la culminación de ese proceso. No fue solo por los sectores fundamentalistas cristianos, pero la bancada transversal evangélica fue uno de los actores centrales del golpe.

Estando en el Estado español, la comparación de las derechas fundamentalistas se hace inevitable. Pero Bruno establece ciertas diferencias entre el fenómeno bolsonarista y el de Vox, al que ve más moderno en el plano comunicacional, aunque defendiendo valores tradicionales católicos, como el viejo nacionalismo de “tradición, familia y propiedad, o del Opus Dei, los mismos valores que defiende el PP, que se entregó a la extrema derecha. Cuando Casado deja de afeitarse, no sabes cuál es Casado y cuál es Abascal”, bromea. Y vuelve sobre Brasil.

–El crimen organizado es un componente importante de la ultraderecha brasileña. El origen de Bolsonaro está en la represión de la dictadura y su base social son las bandas paramilitares, las “milicias”. Un politólogo brasileño, Celso Rocha de Barros, dice que la ideología de Bolsonaro no es la de los generales de la dictadura, sino la de los torturadores de los sótanos. Para compararlo con Argentina, Bolsonaro no sería Videla [uno de los generales que dio el golpe militar de 1976, N. de R.], sino Miguel Etchecolatz ¡y ni siquiera! [Director de investigaciones de la Policía de la provincia de Buenos Aires durante la dictadura militar, a cuyo mando estuvieron los centros clandestinos de detención, N. de R.]. Porque Bolsonaro nunca tuvo un cargo relevante como el que tenía Etchecolatz en la policía. Sería más bien un admirador, un discípulo de Etchecolatz. Él dice que su héroe es Brilhante Ustra, el hombre que torturó a Dilma Rousseff cuando era una presa política.
Pero Bolsonaro descubrió, una década atrás, que ser “el diputado antigay” era más rentable que ser apenas “el diputado prodictadura”. El pin parental de Vox en España es una copia de lo que empezó Bolsonaro en Brasil en 2011. Es el mismo discurso: la “escuela sin partido”, “con mis hijos no te metas”... en diferentes países tiene distintos nombres. Diez años después, vengo a vivir aquí y es como ir diez años atrás, porque el discurso de Vox es el que tenía Bolsonaro en 2011, cuando no tenía su propio partido, era un diputado solo y se lo consideraba un payaso. Vox tiene mucho más peso político que el que tenía Bolsonaro entonces.
Y veo a la derecha del PP haciendo lo mismo que la derecha brasileña: radicalizando su discurso y legitimando el discurso de odio, blanqueándolo, como si fuera una opción más dentro del sistema. Entonces, cuando la derecha tradicional se copia de la ultraderecha, la gente se da cuenta que la está copiando y prefiere elegir el original y no la fotocopia.

La charla deriva en el brutal asesinato de la concejala Marielle Franco, del mismo partido que el diputado actualmente exiliado, al que asesoraba Bruno. Describe minuciosamente todas las hipótesis de investigación y las pruebas que demuestran quiénes fueron sus asesinos. Pero, además, que cierran el círculo sobre la familia Bolsonaro. “Eso no quiere decir que Bolsonaro haya ordenado el asesinato de Marielle, pero lo que demuestra es que sin duda, Jair Bolsonaro y su hijo tenían relación directa con los asesinos y la ’milicia’ a la que pertenecían, se conocían, formaban parte de su círculo íntimo”, remata convencido.

Hablamos del Papa y de los ataques que dirigió, cuando aún era arzobispo de Buenos Aires, contra la ley de matrimonio igualitario. “En Matrimonio igualitario, yo digo que Bergoglio estaba operando para ser Papa y que tenía miedo de que la aprobación de la ley le arruinara sus ambiciones en la carrera eclesiástica. Evidentemente, el miedo estaba injustificado, porque la ley se aprobó y él igual se convirtió en el Papa Francisco.” Juntos recordamos las acusaciones de Bergoglio contra Satanás a quien veía detrás del proyecto de ley. Bruno menciona el silencio sepulcral del Papa cuando fue la masacre en la disco gay de Orlando, que acabó con la vida de cincuenta personas.

Y de golpe nos enredamos en un debate sobre la situación política en Argentina, donde tenemos visiones encontradas. Sobre la propuesta del presidente Alberto Fernández de llevar al Congreso un nuevo proyecto de legalización del aborto, diferente al que durante más de una década movilizó a las mujeres argentinas, teníamos diferentes apreciaciones y valoraciones. Mi opinión es que el gobierno argentino negoció los términos de nuestros derechos, para no confrontar con los sectores más reaccionarios de las jerarquías eclesiásticas y por eso presenta un proyecto nuevo en vez de retomar el que obtuvo media sanción en 2018. Así y todo, no podemos olvidarnos de que los dinosaurios parlamentarios siguen vivos -no solo en la oposición de derecha- sino en la misma coalición gobernante. Por eso es clave no depositar confianza más que en nuestra movilización, que lleva más de una década y se redobló en 2018 con nuevas generaciones de jóvenes. Ante mis cuestionamientos, Bruno aprovechó para fundamentar por qué no le gusta hablar de “pinkwashing”, como hacen algunos sectores de los movimientos sociales.

–No estoy de acuerdo con el concepto de "pinkwashing" porque subestima lo más importante, que es la acción de los movimientos sociales. Es no darse cuenta de que el matrimonio igualitario se aprobó en Argentina porque Cristina y Néstor Kirchner tomaron la decisión de darle impulso, sí; pero si no lo hacían, seguramente lo hubiéramos aprobado pocos años después, porque el proceso social ya estaba dado. Se llegó al lugar que se llegó porque tuvimos una buena estrategia, que funcionó y que consiguió construir una mayoría social. Después se consiguió un diálogo con los sectores políticos que vieron que esa mayoría existía, que se sintieron presionados, por eso apoyaron. En algunos casos puede haber sido por convicción y en otros, por oportunismo, porque vieron que la ola iba para ese lado y dijeron “vamos...”.

El movimiento feminista hizo lo mismo con el derecho al aborto. El mérito de la legalización del aborto va a ser del movimiento de mujeres. Si conseguimos la legalización del aborto, el presidente Alberto Fernández quedará en los libros de Historia y creo que debemos reconocerle el coraje de ponerle el cuerpo como presidente, presentando un proyecto y dándole el apoyo de su gobierno, en vez de estafar a las mujeres, como al final hizo Macri. Yo lo banco mucho a Alberto por ponerle el cuerpo y bancarse el debate. Pero eso no quita que si llegamos hasta ahí, fue porque el movimiento de mujeres conquistó a la mayoría de la sociedad. Si no fuera por esto, probablemente, aun estando a favor, Fernández no se habría animado a impulsarlo.

Si conseguimos la legalización del aborto, el presidente Alberto Fernández quedará en los libros de Historia (...). Pero eso no quita que si llegamos hasta ahí, fue porque el movimiento de mujeres conquistó a la mayoría de la sociedad.

Ya hacia el final de la extensa charla, vuelvo sobre lo que le plantee al inicio. La positividad del título de su libro no se condice con todas las cuestiones que conversamos: el crecimiento de la derecha, el retroceso en algunos derechos conquistados y lo que aún nos falta conquistar. Me parecía contradictorio celebrar el fin del armario, en estas condiciones.

–¿Vos crees que estamos en un camino ascendente, en el que inexorablemente, vamos conquistando más derechos?

–¡No! –se ríe, le parece disparatada semejante afirmación. Y continúa haciéndome un guiño político– Eso no existe. En eso estoy de acuerdo con Trotsky, ¡es una revolución permanente! Es una batalla que se sigue jugando. Cada nueva conquista te pone la necesidad de profundizarla y, al mismo tiempo, te crea nuevos obstáculos. Pero cuando discutíamos la ley de matrimonio igualitario en Argentina y mencionábamos todos los cambios en la vida cotidiana que íbamos a poder conseguir para miles de parejas homosexuales, sobre todo las parejas de trabajadores, de personas pobres que tienen que resolver la tenencia de los hijos, la cobertura médica, la residencia de alguno de ellos si es extranjero, etc., yo insistía en que el cambio más profundo iba a ser el cultural. Ese cambio lo generó el debate previo a la ley.
Yo creo que el movimiento por el derecho al aborto está generando lo mismo, incluso más fuerte. Porque es más transversal, es más masivo, afecta a la mitad de la población. Cuando el Senado argentino rechazó el proyecto que ya tenía media sanción de la cámara de Diputados, estaba en la movilización, bajo la lluvia torrencial. Nos habían invitado al diputado Wyllys y a mí a presenciar la sesión, pero quisimos estar en la calle, como todo el mundo. Recuerdo que había llegado en bus, desde la casa de mi madre, al sur de la ciudad y, cuando vi que las adolescentes salían de las escuelas con los pañuelos verdes desde aquel barrio obrero, pobre y se iban al Congreso, pensé que aunque no se votara ese mismo día, algo ya había cambiado profundamente.






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