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El incidente entre China e India: ¿aviso de incendio con repercusión global?

En la última semana la atención mundial estuvo en Oriente. Mientras en Beijing comenzaba a insinuarse una probable segunda ola de coronavirus, en el otro extremo de China, en la frontera con la India, un evento peligroso hizo sonar las alarmas y todavía ocupa un lugar destacado en las columnas de análisis.

Viernes 19 de junio | 23:56

El pasado 16 de junio soldados indios y chinos se enfrentaron con piedras, palos y golpes de puño en el valle de Galwan, una inhóspita región en el corazón del Himalaya a más de 4000 metros de altura y temperaturas varios grados bajo cero. En los días previos, los gobiernos de ambos países habían acordado aflojar la tensión en la zona, que venía en alza desde fines de abril, pero algo salió mal.

El enfrentamiento, más digno de la edad de piedra que de dos potencias nucleares, dejó un saldo de 20 soldados indios muertos y un número no informado de bajas del lado chino aunque algunos informes hablan de más de 30. Con el correr de los días se van conociendo los detalles del altercado poco sofisticado tecnológicamente pero cargado de saña, lo que revela el grado de enemistad entre los dos gigantes asiáticos, que combinados representan el 40% de la población mundial.

El episodio es confuso, y a falta de cualquier reporte más o menos objetivo, lo que hay son los relatos de los gobiernos de la India y China culpándose mutuamente por haber incursionado a ambos lados de la disputada Línea de Control Real, que oficia como frontera desde fines de 1950 aunque recién fue reconocida en diversos acuerdos suscriptos en la década de 1990.

La realidad es que en los últimos años ambos países han buscado blindar sus posiciones, no solo con pertrechos militares, sino sobre todo con obras de infraestructura, rutas, líneas de comunicación, que sirven a su vez a su competencia comercial y geopolítica. La anulación por parte del gobierno indio de la autonomía de Cachemira, el único estado de la India con mayoría musulmana, y los ataques quirúrgicos contra Pakistán, deben interpretarse como parte de estos posicionamientos estratégicos agresivos.

El desencadenante inmediato puede ubicarse a fines de abril, cuando China envió miles de soldados y vehículos artillados a lo largo de la Línea de Control, con el objetivo aparente de frustrar esfuerzos del gobierno indio de reforzar su presencia en el territorio. Pero esto solo puede considerarse la causa eficiente. El conflicto fronterizo entre China y la India se remonta a la primera guerra mundial, aunque a lo largo de estos años hubo distintos momentos críticos. Uno fue en 1947 con la independencia de la India y la constitución de Bangladesh y Pakistán. Otro fue la guerra breve pero intensa de 1962 que culminó con una derrota de la India. La última vez que choques de este tipo terminaron con muertos fue en 1975. Desde entonces, las escaramuzas son frecuentes pero se trata más bien de choques de baja intensidad entre patrullas locales que no pasan a mayores. La gravedad del último incidente está en que es un quiebre del consenso precario que duró 45 años, más allá de que desde el punto de vista militar no haya involucrado ni siquiera el uso de armas convencionales.

Después de la gresca vino la diplomacia y la política. Tanto China como India insistieron en su compromiso de no escalar pero el incidente está lejos de haber agotado sus efectos.

La India se declaró como la parte agredida y denunció una acción premeditada de China para alterar por la fuerza el statu quo. Pero el primer ministro nacionalista indio, Narendra Modi, no salió bien parado y su gobierno ahora se encuentra bajo la doble presión de responder a la pandemia del coronavirus y al conflicto fronterizo con China.

Modi demoró dos días en hablar al país y cuando lo hizo solo reafirmó su decisión de defender la soberanía pero sin darle ningún valor concreto más que agitar el nacionalismo anti chino. Se han multiplicado las movilizaciones en las que se queman retratos del presidente chino Xi Jinping, clamando venganza. Ante la falta de opciones militares viables, el gobierno de Modi apeló a “equivalentes” no militares: llamó al boicot contra productos chinos, prometió bloquear inversiones y aumentar las tarifas a bienes importados desde China, además de prohibir la participación de compañías chinas en el negocio de las comunicaciones, en particular en la tecnología 5G.

Si bien la India y China tienen una fuerte relación comercial, e incluso han compartido instancias de cooperación como el bloque de los BRICS o el Banco Asiático de Infraestructura e Inversión, su relación está marcada por la rivalidad y la competencia. Esa rivalidad ha recrudecido con la llegada al gobierno del nacionalista Partido Popular Indio (Bharatiya Janata) y de Xi Jinping en China que ha significado el giro hacia una estrategia política y económica más agresiva plasmada en la llamada Ruta de la Seda.

Por la escala de los involucrados directos y sus sistemas de alianzas, el hecho tiene gravitación en la geopolítica mundial. Y se inscribe en el marco más general de rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China que dio un salto con la llegada de Trump a la Casa Blanca.

El cuadro es complejo porque a nivel regional opera una suerte de doble cerco: la India se percibe rodeada por China que ha profundizado lazos con Pakistán, Sri Lanka, Birmania y Nepal. Y a la vez, China se percibe rodeada por aliados de Estados Unidos en el Asia Pacífico, que no cesa de aumentar su presencia militar en el Mar del Sur de China. La avanzada sobre Hong Kong y el mensaje hacia Taiwan deben leerse en este marco.

Para compensar la debilidad relativa de India frente a China y la crisis causada por el coronavirus que ya dejó 120 millones de desempleados y podría significar una contracción del 5% de la economía, Modi ha decidido profundizar la cooperación estratégica y militar con Estados Unidos, facilitada por la afinidad político-ideológica que tiene con Donald Trump. Luego de retirarse del Tratado Transpacífico, Trump resucitó el llamado “cuadrilátero”, una alianza de seguridad anti China que Estados Unidos integra junto con, Japón, Australia y la India, y al que luego se sumaron Nueva Zelanda, Corea del Sur y Vietnam. El reciente incidente fronterizo sin dudas acelerará el acercamiento entre Nueva Deli y Washington, aunque por la escala económica, demográfica y por ser una potencia nuclear, la India tiene un juego propio lo que incluye sus lazos con la Rusia de Putin.

La hostilidad hacia China es uno de los ejes de la campaña presidencial de Donald Trump que ve peligrar su reelección en el marco de la crisis sanitaria y económica, producto del coronavirus, y de la crisis política abierta con la rebelión por el asesinato de George Floyd a manos de la policía racista. La política de Trump es responsabilizar a China por la pandemia y sus consecuencias en Estados Unidos y el mundo, y acusar a su rival demócrata, Joe Biden, de ser blando a la hora de enfrentar a China.

En una entrevista reciente, Steven Bannon, el ideólogo de la campaña de Trump de 2016 y promotor del populismo de derecha en el mundo (desde el Brexit hasta Jair Bolsonaro) subió la apuesta. Según Bannon, por una asociación libre entre coronavirus, fentanil, empleo precario y dinero falso, el Partido Comunista Chino sería responsable también del asesinato de George Floyd, algo que suena delirante pero no imposible de vender para el creador de las fake news.

La necesidad estratégica del imperialismo norteamericano de frenar el ascenso de China amplifica la potencialidad incendiaria del conflicto entre India y China.






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