Sociedad

TRIBUNA ABIERTA

“El joven atenta contra la salud de todos” y otras fantasías de la mitología madrileña

La campaña de “prevención” de contagios de la Comunidad de Madrid vuelve a culpabilizar a la juventud. Esta vez, se han superado con lemas como “esa ronda de chupitos tumba a tu abuelo”. Una táctica para seguir cargando todo en la responsabilidad individual y distraer de la falta de medidas de fondo por su parte.

Jueves 19 de noviembre | 08:44

“Si vas de fiesta la próxima estación puede ser el tanatorio”, “esa ronda de chupitos tumba a tu abuelo”, “el botellón de esta noche lo paga tu crush”, o “si sales de fiesta, quien se la coge es tu padre”. Estos han sido algunos de los esperpénticos ejemplos de la publicidad institucional de la Comunidad de Madrid que miles de personas han tenido que presenciar desde el día de ayer en la red de Metro Madrid en su camino al trabajo, a una de las pocas clases presenciales permitidas, al centro de salud o a la cola del INEM. Podría hacer algún comentario de crítica subido de tono ante la retórica del “Ayusismo” o ante su gestión de la pandemia y añadirlo a la larga lista de tweets sobre temas reincidentes de política. En este caso, optaré por hacer un análisis más profundo: ¿cuál es la verdadera intención de esta campaña propagandística? ¿Es toda la culpa individual o realmente el componente estructural debe atender a una responsabilidad moral?

Atendamos al contenido del mensaje de estas oraciones. El lema recurrente en todos los posts publicitarios es “si te saltas las medidas, lo paga quien más quieres”. En resumidas cuentas: la culpa de que alguien de tu entorno enferme de la COVID es tuya. Aquí es donde aparece la figura del joven irresponsable: ese inmaduro insurrecto ante el sistema que no cumple las reglas impuestas y se rebela del sistema yendo a botellones todos los días y poniendo en riesgo la salud colectiva. No solo se inventan un relato con el cual culpabilizarte de una situación que en la mayoría de casos no depende (solo) de ti, sino que se asocia el desacuerdo y cuestionamiento del status quo como signo de inmoralidad e indecencia. Es decir, que la disensión política “mata”. Sin embargo, la creación de este personaje maléfico llamado estudiante no es diferente al resto de personajes malignos creados por la Nueva Derecha.

Ya vivimos estos fenómenos de forma frecuente. Si hay violencia en un barrio, se culpa a los menores no acompañados, aún si la represión y el ejercicio de la violencia policial son uno de los principales contribuidores a dicha violencia. Si hay un problema político, económico o social, se le culpa a un colectivo o a un fenómeno ya oprimido y listo, trabajo hecho. De esta forma no solo generas odio y resentimiento social contra esos colectivos, sino que fomenta que la opinión general olvide y se invisibilicen por completo los componentes estructurales, que son los verdaderos causantes de los procesos sociales y los cuales dependen intrínsecamente de la acción política. De esta forma, el papel de las instituciones y el gobierno no parecerá responsable porque la culpa siempre es de esos “irresponsables” o esas “minorías peligrosas”. Cabe destacar que esta estrategia de actuación política, donde se enfoca la causa de un problema en un sujeto social oprimido y minoritario, es una estrategia heredada directamente de los principios de Goebbels y la propaganda nazi. Ahora, parece que la usa también el gobierno de la Comunidad de Madrid e incluso el gobierno central.

Es necesario destacar un detalle que no hay que pasar a la ligera. La culpabilidad al individuo forma parte de la apelación al individuo. Es decir: dar al individuo toda la responsabilidad de sus actos a partir de asumir que el individuo decide sobre su propio destino. Esta actitud es típica del sistema neoliberal, que apela no solo a la libertad de mercado, sino a una libertad individual sin una dependencia de agentes externos. La realidad es que esta premisa ideológica tiene el objetivo de invisibilizar todo tipo de opresión o desigualdad estructural, apelando a una jerarquización darwiniana ligado al trabajo y, por tanto, al prestigio y a la clase social: si eres pobre, es porque eres vago; y si eres millonario, es porque te lo has ganado. Una clara meritocracia errónea que predica una movilidad social que solo se da en un mínimo porcentaje de los casos. La realidad es que los condicionantes previos son importantes: si eres una chica adolescente de 15 años en Burkina Faso tus probabilidades de llegar a ser directora de una multinacional son nulas en términos relativos comparadas con las de un chico blanco de esa misma edad americano de familia adinerada. Y esta situación es similar en todos los estratos sociales.

¿Pero es realmente culpa del individuo? Lo cierto es que sí y no. Si conociendo unos riesgos te expones de forma imprudente está claro que algo de determinación has llevado. Ahora bien, es inconcebible pensar que todos los contagios de COVID se dan por esta vía si consideramos los niveles de ocupación del transporte público, las colas kilométricas en las puertas de los centros de salud o el absoluto descontrol en cuanto a la realización de pruebas y el seguimiento de los casos activos. Y como ya he comentado, se están ignorando todos los factores estructurales. Hay entornos donde el riesgo de contagio es mayor. Los barrios con menor densidad de población (que suelen ser de rentas altas) tienen menor riesgo de contagios por el simple hecho de que hay gran distancia entre la propiedad privada de los individuos: están construidos con ese papel. Esta ventaja en un barrio obrero no ocurre. Una renta más alta implica además la posibilidad de comprar material higiénico con frecuencia, de tener transporte privado, de teletrabajar o de ir a hospitales privados que no se encuentren al borde del colapso.

Por tanto, ¿será la causa de los contagios un hecho minoritario o un entorno realmente problemático? ¿Dónde se producen realmente los contagios: en los “botellones” fantasmales de las paranoias políticas o en el propio transporte público, donde a falta de más frecuencias y de medidas de seguridad se encuentra a diario como una lata de sardinas? ¿Dónde se producen los contagios: en las bibliotecas (gran parte de ellas, por cierto, clausuradas) o en las salas de espera de la sanidad pública, donde los ingeniosos médicos deben practicar al Tetris si quieren encontrar espacio para más pacientes? ¿Qué es realmente útil para evitar los contagios: cerrar los espacios verdes o eliminar el trabajo precario, el cual además debe estar obligado a exponerse al riesgo de forma continuada?

Este es el panorama político actual de la Comunidad de Madrid, un escenario donde pese a que son los principales ámbitos institucionales quienes realmente han impuesto o no medidas sanitarias y cuyas actuaciones son determinantes a la hora de producirse o detectarse los contagios, se señala al pueblo como responsable del caos de la situación actual. Y mientras tanto, deberemos comernos las palabras y seguir contemplando esas obras de arte a la hipocresía, mientras intentamos encontrar un espacio donde colarnos en el vagón de vuelta a nuestros hogares y rezar por no contagiarnos.






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