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Escándalo y operaciones políticas en el corazón del imperio

El presidente Donald Trump ha recibido dos bombazos en la misma semana. El New York Times y la “resistencia” burguesa contra Trump.

Viernes 7 de septiembre | 10:24

El miércoles 5 de septiembre, el diario New York Times, que actúa en los hechos como el partido de la oposición, publicó una columna de opinión sin firma, escrita en primera persona por un funcionario/a de alto rango de la Casa Blanca, quien desde el título se define como “parte de la resistencia dentro de la administración Trump”.

Como si hiciera falta, el autor de la nota del Times pone especial énfasis en aclarar que esta “resistencia” no es ni de “izquierda” ni “popular”. Reivindica las políticas más pro empresarias de Trump como la rebaja de impuestos a los ricos, las desregulaciones y el aumento del gasto militar. Critica a Trump por haberse alejado de los valores tradicionales del partido republicano, como el libre comercio. Y le rinde tributo obligado a John McCain, transformado post mortem en un héroe de la clase dominante norteamericana. Obviamente quedan fuera de esta “resistencia” las políticas contra los inmigrantes, los recortes sociales o el ataque a los derechos democráticos.

Apenas unos días antes se había dado a conocer un anticipo de Fear: Trump in the White House, el último libro de Bob Woodward, el legendario periodista de Washington Post que destapó el escándalo de Watergate. Este libro, escrito sobre la base del relato de cientos de fuentes, entre ellas funcionarios, asesores, empleados y periodistas acreditados en la Casa Blanca, es un retrato patético de la lucha encarnizada de camarillas y las disputas entre el presidente y sus funcionarios, muchos de los cuales ya no son parte de su gobierno. Como ha trascendido públicamente se dicen “idiota”, “inestable”, “imbécil”, “mentiroso profesional”, “retardado mental”, y otras delicias.

El libro sigue la línea de Fuego y Furia: En las entrañas de la Casa Blanca de Trump de Michael Wolff, publicado hace algunos meses, aunque por el prestigio de Woodward y la calidad de las fuentes seguramente tendrá una influencia mayor en el público, pero sobre todo en el establishment.

Tanto la nota del Times como el libro de Woodward describen con total naturalidad una situación dantesca, digna de alguna imaginaria república bananera dirigida por un lunático, solo que en este caso se trata de la principal potencia imperialista. En esta novela de la Casa Blanca, hay funcionarios y asesores del círculo íntimo del poder que roban documentos oficiales del escritorio de Trump, toman sus propias decisiones, o simplemente ignoran las órdenes presidenciales.

Entre los conspiradores están por ejemplo Gary Cohn, un exejecutivo de Goldman Sachs que ofició como asesor económico de Trump y que renunció cuando el presidente decidió lanzar diversas guerras económicas a través de la imposición de tarifas. Según le relató a Woodward, hizo desaparecer del despacho presidencial un memorándum que ponía fin al tratado de libre comercio entre Estados Unidos y Corea del Sur, porque lo consideraba un peligro para la seguridad nacional.

Pero no se trata solo de incidentes con funcionarios renunciados –como R. Tillerson o M. Flynn, sino de la máxima jerarquía del poder aún en ejercicio. Uno de los ejemplos más notables es del jefe del Pentágono, James Mattis, que según Woodward desobedeció la orden de Trump de lanzar un ataque masivo contra Siria y asesinar a Bashar Al Assad.

Como era de esperar Trump está hecho una furia. Tuiteó “Traición” y lanzó una caza de brujas para identificar el autor del anónimo. Acusa al “estado profundo” (es decir la comunidad de inteligencia y parte de la burocracia militar y política), a la “izquierda” (los demócratas) y a los “Fake News Media”. Estos sin dudas lo hostigan –por ejemplo con el Rusiagate- sin embargo, en este caso los conspiradores no serían liberales o monjes negros que operan desde la opacidad del estado, sino que están en el partido republicano.

Con las horas, suben las apuestas sobre los posibles autores. Hay especulaciones para todos los gustos. Algunos apuntan alto, al vicepresidente M. Pence, que como se sabe fue puesto como una suerte de “comisario político” que eventualmente podría reemplazar a Trump si prosperara alguna iniciativa destituyente. Otros señalan al secretario de Estado, Mike Pompeo. No faltan los que dicen que en realidad el escritor fantasma es una “she writer”, y que podría tratarse de Melania Trump. Pero también podría tratarse de una pieza polifónica, escrita a varias manos, que más que “opinión” entraría en las columnas de las operaciones políticas de los grandes medios.

Los analistas más lúcidos ponen el eje en interpretar la gravedad de los hechos en términos de una “crisis constitucional” o más aún de una crisis del propio sistema democrático burgués, empezando porque un medio prestigioso publique una denuncia de esas características sin firma. Incluso algunos consideran que los comportamientos descriptos por parte de funcionarios no elegidos, que buscan torcer la orientación política, como mínimo deberían ser considerados como un tipo de “golpismo en cuotas”.

A favor de esta interpretación está el hecho de que el autor desconocido de la nota de New York Times habla de una “presidencia paralela”, pone como ejemplo la dualidad entre la política amigable de Trump hacia Putin y la política oficial de sanciones contra Rusia. Y hace referencia explícita a los “rumores” en el gabinete de que podrían invocar la “Enmienda 25”. Esta referencia está cargada de sentido. Hay dos vías constitucionales para destituir a un presidente. La más divulgada es el impeachment o juicio político que requiere para aprobarse dos tercios del Senado. La otra es la enmienda 25 introducida en 1967 que le da el poder destituyente al gabinete –el vicepresidente u otros funcionarios de máxima jerarquía-, que deben demostrar que el presidente no está en sus facultades para ejercer la primera magistratura.

Pero si bien la crisis es profunda, por el momento no parece ser este el escenario más probable. La vía del Senado está clausurada porque no existe la mayoría requerida. Y tampoco parece estar en curso un golpe de gabinete. El o los que escriben la nota, si realmente integran la administración Trump, por ahora parecen tener una estrategia de desgaste contra el presidente, a la vez que buscan ponerse en posición ganadora: si la empresa fracasa por ser los que alertaron y si triunfa por ser los “normalizadores” que evitaron resultados catastróficos por tener al frente de la Casa Blanca a un irresponsable.
Más allá de la anécdota, el nivel de virulencia de las intrigas palaciegas, la utilización de las agencias de inteligencia como el FBI y la CIA, y de mecanismos extraordinarios como la investigación del fiscal especial R. Muller sobre el “Rusiagate”, hablan de una profunda división en el aparato estatal, en la clase dominante y sus partidos.
Cuatro de los colaboradores más cercanos a Trump que dirigieron su campaña hoy están bajo proceso judicial o detenidos. Su antiguo abogado personal Michael Cohen ahora es un arrepentido que colabora con el FBI en la investigación por presunta violación a la ley de financiamiento de las campañas políticas por el caso de la actriz Stormy Daniels a la que Trump le habría pagado para ocultar una relación extramatrimonial.

La situación invita a la analogía con el final de la presidencia de Richard Nixon, que se vio obligado a renunciar para evitar el impeachment, acorralado por el escándalo de Watergate y el desenlace inminente de la guerra de Vietnam. Aunque por ahora priman las diferencias. Estados Unidos no ha sufrido una derrota de la envergadura de Vietnam. Y además, la economía todavía exhibe buenos números, en particular, las grandes corporaciones vienen teniendo ganancias récord, lo que disminuye el apetito destituyente de la clase dominante, que en su gran mayoría había apostado por Hillary.

La presidencia de Trump es un gobierno bonapartista cada vez más débil. O más precisamente, es el gobierno de una fracción, con una base social estrecha, que disputa con otras fracciones orientaciones estatales estratégicas, económicas y geopolíticas, tanto en el plano interno como en la política exterior. Esta debilidad de origen se fue profundizando y es cada vez más evidente, incluso antes de que tomaran estado público las conspiraciones que hoy parecen ser la regla en la Casa Blanca. Esto no es menor en un régimen presidencialista como el norteamericano.

La política de Trump por ahora es subir la apuesta de las guerras comerciales y las políticas poco “hegemónicas”. La postulación del conservador Brett Kavanaugh para la Corte Suprema que por estas horas se está discutiendo en el Senado, de aprobarse sería un avance para el autoritarismo y el ataque a derechos democráticos. El objetivo es consolidar su base electoral y evitar perder el Congreso. Hasta ahora viene logrando que sus candidatos se impongan en las primarias del partido republicano, aunque para noviembre todavía falta un mundo.

Mientras que los republicanos conspiran en la Casa Blanca, con el objetivo al menos de moderar las tendencias más polarizantes de Trump que ven peligrosas para los intereses del capital norteamericano, los demócratas promueven en sordina el impeachment y usan el argumento posibilista de ganar la mayoría en las cámaras en las próximas elecciones de medio término. Con eso pretenden matar dos pájaros de un tiro: canalizar el descontento eventualmente de las calles al voto, aunque más no sea como “mal menor”; y preparar las condiciones para volver al poder o al menos garantizar que la de Trump sea una presidencia de un solo mandato.

Tienen un pequeño inconveniente. Después de la derrota frente a Trump no ha surgido una alternativa de centro que reemplace al liderazgo de los Clinton y le dé garantías a Wall Street. En este relativo vacío emergió un ala izquierda que juega por adentro y por afuera del partido demócrata, y que es en cierto sentido continuidad del fenómeno que se había expresado a través de la candidatura de Bernie Sanders, y que disputa con éxito el voto progre en algunas primarias. Es el caso, por ejemplo, de Alexandria Ocasio Cortez, la joven de origen latino que le ganó la primaria a un candidato del riñón del aparato en el corazón del Bronx. Esta tendencia por ahora choca con la estrategia electoral demócrata de que para ganarles a los republicanos la clave es tener posiciones moderadas.
No es todavía el momento de la radicalización política ni de la lucha de clases aguda, pero ya abundan los síntomas, por derecha y por izquierda, de que se están creando las condiciones para escenarios convulsivos.

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