Cultura

SERIE MUJERES REVOLUCIONARIAS

Flora Tristán, aventurera y revolucionaria del siglo XIX

Antes que Marx y Engels, una mujer escribió sobre la necesidad de la unión obrera y defendió los derechos de las trabajadoras, “esclavas” en la sociedad moderna

Josefina L. Martínez

Historiadora | Madrid

Martes 5 de septiembre | 17:55

Una fuerte pulsión por la libertad la llevó a atravesar océanos, cruzar los Andes, compartir tertulias con socialistas utópicos y dedicar los últimos años de su vida a la organización de la clase trabajadora en Francia. Dotada de una gran fuerza de voluntad y dispuesta a no dejarse dominar por nadie. “Si quieres, puedes”, era uno de los lemas que guiaba su vida. Escritora, investigadora social, precursora del periodismo femenino y del socialismo moderno.

Una mujer que viaja sola

En abril de 1833 Flora Tristán se embarca en Burdeos rumbo a Perú, una travesía que durará 133 días en un barco con 15 tripulantes y 6 pasajeros, todos hombres. Flora Tristán es una mujer que viaja sola, lo hará toda su vida, rompiendo prejuicios que aún perduran dos siglos después. Flora va en búsqueda de su identidad: “Nací en Francia, pero soy del país de mi padre”, escribe después de su llegada a Arequipa. Hija natural de Mariano Tristán Moscoso y la francesa Anne Laisnay, Flora espera encontrar en su familia americana —que forma parte de la oligarquía peruana— el reconocimiento y el dinero que no tiene en París.

Desde la muerte de su padre, cuando tenía 3 años, Flora vive con su madre en un modesto barrio obrero de calles sucias, casas abarrotadas, mendigos y bodegones.Sin educación y sin recursos, se emplea en un taller de litografías, dirigido por André Chazal, un hombre que la perseguirá —literalmente— toda su vida. Presionada por su madre, se casa con él antes de cumplir los 18 años, un matrimonio que siente como una condena.

El Código Napoleónico de 1804 imponía a las mujeres casadas el estatuto de menores de edad, sometiéndolas a la autoridad del marido. El “deber conyugal” se convierte en obligación y el adulterio se considera un delito más grave en el caso de las mujeres. Finalmente, en 1816 la Restauración suprime el divorcio. En 1825, embarazada por tercera vez, Flora “solo desea una cosa: escapar del hombre que tiene poder absoluto sobre ella”, según cuenta su biógrafa Evelyne Bloch-Dano. Llevando a uno de sus hijos consigo, huye a casa de su madre. A partir de entonces vivirá separada de su esposo, soportando un acoso constante de su parte y el rechazo social. La mujer separada “no es, en esta sociedad que se vanagloria de su civilización, sino una desgraciada paria a la que se cree hacer un favor cuando no se la insulta”, escribe.

Obligada a escapar de la violencia de Chazal con nombre falso, urde la idea del viaje a Perú. Su tío la recibe y le ofrece una pensión de por vida, pero le niega su parte de la herencia, por ser hija ilegítima de su hermano. El viaje trae decepción, pero también crecimiento. La joven Flora, de ojos negros y larga cabellera con rulos, que seduce tanto al capitán del barco como a un joven coronel peruano —dejándolos a ambos con el corazón roto—, vuelve transformada. Durante toda su travesía escribe, registra lo que ve, construye un relato de viaje. En julio de 1834 regresa a Europa como una gran reportera de su tiempo.

Socialista utópica, romántica y soñadora

El gobierno de Thiers en Francia aplica leyes represivas contra los alzamientos obreros, como la rebelión de los canuts, los obreros de la seda, de Lyon en 1831. Socialistas utópicos, reformadores sociales, artistas y poetas alimentan las tertulias parisinas. Flora Tristán se integra a ese medio intelectual e intercambia correspondencia con el utopista Fourier. Parafraseándolo, escribe: “Se ha observado que el grado de civilización que las diferentes sociedades han alcanzado siempre ha sido proporcional al grado de independencia del que han gozado en ella las mujeres.”

Pero mientras Flora Tristán se va ganando un nombre propio como mujer de letras, un hombrecito resentido siente crecer su odio. Andrè Chazal planifica durante meses el asesinato de su (ex) esposa, compra dos armas y las mantiene cargadas. Varios testigos lo ven frecuentar un bar frente a la casa de Flora, la acosa y la espía. Finalmente, el 10 de septiembre de 1838, Flora lo ve avanzar hacia ella en la calle. Se le acerca y le dispara, Flora cae de rodillas, con un tiro por debajo del hombro. Chazal es arrestado y condenado a varios años de prisión. Pocos días después Flora escribe: “Por fin soy libre”.

Un viaje a Londres, en 1839, proyecta a Flora Tristán hacia la cuestión social. Sus relatos serán publicados en Paseos por Londres. Le impactan las dos ciudades que pinta Dickens: los barrios opulentos de la elite, las barriadas miserables de los trabajadores. Se produce una nueva transformación, la escritora no solo quiere ver todo con sus propios ojos, también quiere transformar la realidad. Con una mezcla de idealismo, utopismo y misticismo, se ve a sí misma como una “profeta”, “hermana de la humanidad” y de los trabajadores.

Flora conoce las tres grandes tendencias utópicas, pero dice que ella no es “ni sansimoniana, ni fourierista, ni oweniana”. A diferencia de aquellos, que prefiguran sociedades igualitarias donde participen por igual obreros y patrones, Flora Tristán aporta una novedad. La clase obrera es la “clase más numerosa y la más útil”, y los trabajadores se tienen que unir por sus propios medios. Se inspira en las compagnonnage, sociedades de oficio que existían en ese entonces, pero busca una unión para todos los obreros. “Crear esa unión sería crear el partido de los obreros”, afirma con preocupación un político liberal.

Flora es doblemente precursora. Dedica un capítulo entero de su libro La Unión obrera a la “mitad del género humano”. “Los últimos esclavos que todavía quedan en la sociedad francesa”: las mujeres. Ellas son las proletarias de los proletarios. Clase y género se cruzan: Flora Tristán inaugura así la tradición del feminismo socialista.

Durante cinco meses recorre más de veinte ciudades, participa en mítines y conferencias, suma suscripciones, publica folletos. La gira por Francia tiene momentos frustrantes y amargos, pero muchos otros son inspiradores. En Lyon, la ciudad de los canuts, Flora se queda dos meses enteros, los obreros de la seda la reciben en sus talleres, se agolpan para escuchar a esa mujer morena que les resulta fascinante. Flora está “muerta de cansancio”, pero encantada.

Con el paso de los días nota que su cuerpo no le responde como quisiera, en ocasiones se ve obligada a detener la gira, extenuada, pasa horas con fiebre, pero se repone y continúa. Consume toda su energía, no sabe que la enfermedad la acosa. En septiembre de 1844 disfruta por última vez de un concierto de Franz Liszt, pero cuando vuelve a su casa se acuesta y ya no se vuelve a levantar. Es fiebre tifoidea, la está liquidando por dentro. El 14 de noviembre, a los cuarenta y un años, muere acompañada de algunos amigos, como la obrera Elèonore Blanc. Los trabajadores se turnan para llevar su féretro y le construyen un monumento. Flora Tristán no llega a vivir las revoluciones del 48, no puede ver la Comuna de París. Pero su nombre resuena con fuerza desde entonces en las organizaciones obreras y en el movimiento de mujeres. Su vida es breve y luminosa: “¿Hubo alguna vez una vida más variada que la mía? En estos cuarenta años, ¡cuántos siglos he vivido!”

Este artículo fue publicado originalmente en CTXT (Contexto y Acción)






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