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Hace cien años en Berlín: los revolucionarios alemanes pisan el césped

Wladek Flakin

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Fotomontaje: Simon Zinnstein

Hace cien años en Berlín: los revolucionarios alemanes pisan el césped

Wladek Flakin

Hace 100 años, cuando la Primera Guerra Mundial se acercaba a su fin, el movimiento obrero en Alemania estaba preparando una insurrección contra el Káiser y los capitalistas.

Un viejo chiste dice que los alemanes nunca harían una revolución porque eso requeriría pisar el césped de los parques. Sin embargo, hace 100 años, cuando la Primera Guerra Mundial se acercaba a su fin, el movimiento obrero en Alemania estaba preparando una insurrección contra el Káiser y los capitalistas. El 9 de noviembre de 1918, después de años de preparación, comenzó la huelga general en Berlín.

“Quien esté en contra de la guerra, que vaya a Potsdamer Platz el 1° de mayo a las ocho de la noche. ¡Pan! ¡Libertad! ¡Paz!”.

Por toda la capital alemana se habían distribuido pequeños trozos de papel mecanografiados con esta consigna. Era abril de 1916 y el país había estado en guerra durante casi dos años. Berlín, esa grandiosa metrópoli imperialista, estaba espeluznantemente tranquila. La mitad de la población masculina adulta de Alemania ha sido reclutada en el ejército.

Desde 1890, el movimiento obrero alemán había organizado manifestaciones masivas el 1° de mayo. Pero en 1915 no hubo ninguna, y tampoco había nada previsto para 1916. Se había sacrificado el derecho de reunión a cambio de la “paz civil” acordada entre las autoridades militares y las burocracias sindicales.

El mitin en Potsdamer Platz, un centro comercial de Berlín usualmente muy ajetreado, era ilegal. Se hicieron presentes unos cuantos miles de personas. Un hombre de 45 años de edad, vestido con un uniforme gris de soldado, con gafas y finos cabellos, se elevó por sobre las cabezas de la multitud y gritó: “¡Abajo la guerra! ¡Abajo con el gobierno!”

El acto de Liebknecht el 1° de mayo fue un éxito solo en el sentido moral. Le quitaron su mandato parlamentario, fue condenado por alta traición y encarcelado. Sin embargo, el día del juicio de Liebknecht, al mes siguiente, más de 50.000 trabajadores de las fábricas metalúrgicas de Berlín se declararon en huelga. “¡Liberen a Liebknecht!” fue su consigna. Ni las autoridades militares ni el propio Liebknecht sabían quién había organizado la protesta.

Esta acción obrera contra la guerra, inspirada en el coraje de Liebknecht, marcó el comienzo de la Revolución de Noviembre en Alemania.

¿Una guerra civil alemana?

El 9 de noviembre de 1918, un levantamiento de masas del proletariado berlinés derrocó al Káiser Guillermo II y puso fin a la guerra. La dinastía Hohenzollern había gobernado Berlín, Prusia y el Imperio Alemán durante casi 500 años. Hoy en día, la Revolución de Noviembre es en gran parte olvidada. La mayoría de la gente en Alemania no está familiarizada con los términos “Revolución alemana” o “guerra civil alemana”. Sin embargo, los acontecimientos de finales de 1918 y 1919 representan un punto de inflexión no solo en la historia de Europa Central, sino también en la historia de la civilización humana.

Alemania a comienzos del siglo XX era el gran bastión del movimiento obrero mundial. Se trataba de un país industrial avanzado con el movimiento obrero mejor organizado y conducido por una organización poderosísima, con un enorme aparato y recursos, que se consideraba seguidora de las teorías de Marx y Engels. Los socialistas de todo el mundo consideraban al Partido Socialdemócrata como su modelo a seguir y celebraban sus avances electorales como propios.

Por ese motivo, el 4 de agosto de 1914, el día en que este partido puso todo su peso en la defensa de su propia burguesía imperialista para disputar la Primera Guerra Mundial, que fue seguido por la defección similar de sus “hermanos menores”, la mayoría de los partidos socialistas de los países beligerantes, fue una enorme derrota material y moral.

Pero el hilo de la continuidad histórica no se rompió del todo, y el ala de extrema izquierda de los socialistas alemanes, dirigida por Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, participó de los intentos, junto a internacionalistas rebeldes de los demás países en guerra, por reconstruir la Internacional y realizar la consigna del Congreso de Basilea de 1912 de la Segunda Internacional: “Intervenir a favor de un rápido término y con todos sus poderes utilizar la crisis económica y política creada por la guerra para levantar al pueblo y de esta forma acelerar la caída del poder de la clase capitalista”.

Un hombre tan fuerte como un roble

Se suponía que la guerra terminaría en unas pocas semanas; aquellos jóvenes estarían en casa para Navidad. Pero a medida que pasaban los meses y las trincheras se extendían por toda Europa, más y más hombres jóvenes volvían en ataúdes. El gobierno alemán renunció a cualquier pretensión de “guerra defensiva” cuando ocupó a la neutral Bélgica. Los ministros del gobierno (y también los principales políticos del SPD) comenzaron a hablar abiertamente sobre la anexión de territorios en Bélgica o en el norte de Francia para cuando finalizara la guerra.

En diciembre, el Reichstag debía votar un segundo tramo de los créditos de guerra. Liebknecht había estado de gira por Bélgica, hablando con los socialistas. Esta vez, rompió la disciplina, declarando que la guerra no era por la defensa nacional: “Es una guerra imperialista, una guerra por el control imperialista del mercado mundial”. Liebknecht votó “Nein!”. Por fin, se alzó una voz −una sola voz− contra la matanza. Liebknecht se convirtió en un héroe para millones. Una canción de los obreros alemanes lo llamó, más tarde, un “hombre tan fuerte como un roble”. Cuando se llamó a una tercera votación, en marzo de 1915, tanto Liebknecht como Otto Rühle votaron en contra de los créditos de guerra, y Liebknecht fue enviado al frente a cavar trincheras, lo que le impidió participar en toda actividad política por fuera del parlamento.

Centristas y revolucionarios

El descontento creciente se reflejó también en el grupo parlamentario del SPD. En enero de 1916, el número de diputados que votaron en contra de los nuevos créditos de guerra aumentó a 20, y pronto fueron expulsados del partido. Se constituyeron en el parlamento como “Grupo de Trabajo Socialdemócrata”. En la Pascua de 1917 fundaron el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD). El otro grupo del partido pasó a llamarse Partido Socialdemócrata Mayoritario de Alemania (MSPD).

Rosa Luxemburg calificó al USPD de “partido de medias tintas y ambigüedades”. Los independientes –que incluía al antiguo centro del partido alrededor de Karl Kautsky, pero también a revisionistas como Eduard Bernstein− eran pacifistas, no revolucionarios. Querían que la guerra terminara para poder volver a la vieja socialdemocracia y sus “tácticas probadas” −pero no tenían intención de luchar para terminar con la guerra por medio de una insurrección. Kautsky declaró que “la Internacional no es un instrumento útil en la guerra; es fundamentalmente un instrumento para la paz”. Estos centristas rompieron con la mayoría socialimperialista de su partido solo cuando fueron expulsados.

La izquierda de la vieja socialdemocracia, en cambio, se organizó tan pronto como estalló la guerra. Un núcleo que incluía a Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg, Franz Mehring, de casi 70 años, Julian Marchlewski (Karski), Ernst Meyer y Clara Zetkin fundaron el grupo “Internacional” a principios de 1915. Publicaron un número de una revista legal que fue inmediatamente confiscada por las autoridades militares. Luxemburg había sido encarcelada antes de la guerra por “insultar al Káiser” en un discurso. Solo estuvo en libertad brevemente, y luego fue puesta en “custodia preventiva” (es decir, sin cargos concretos) hasta la revolución. Sin embargo, con su energía ilimitada y su talento literario, Luxemburg dirigió la izquierda revolucionaria por medio de cartas que escribía en la cárcel y eran sacadas desde allí. Sus partidarios pronto comenzaron a distribuir volantes ilegales. Ernst Meyer, a cargo de la imprenta, inventó el nombre de “Spartacus”. Luxemburg pensaba que ese nombre era horrible, pero los volantes circulaban por toda Alemania y “Spartacus” se convirtió en un símbolo para millones de personas. El día de Año Nuevo de 1916 se fundó la Liga Espartaco en el bufete de Karl Liebknecht.

Los espartaquistas se unieron al USPD cuando se fundó, un año y medio después. Este partido ofrecía a los revolucionarios, que sufrían constantes detenciones por parte de la policía y el ejército, un marco legal en el que operar. La Liga Espartaco nunca tuvo más de unos pocos cientos de miembros −tenían la intención de usar el USPD para llegar a los cientos de miles de trabajadores organizados allí. Los textos de Luxemburg nunca dejaron de criticar las posiciones vacilantes y cobardes de los dirigentes del USPD. En algunas ciudades donde la izquierda era relativamente fuerte, como Stuttgart o Chemnitz, los espartaquistas locales se resistieron a unirse al nuevo partido centrista. Fue el principal dirigente de la Liga durante la guerra, el compañero de toda la vida de Luxemburg, Leo Jogiches, quien logró convencerlos a todos de que entraran al USPD. En una ciudad, Bremen, la izquierda radical había sido lo suficientemente fuerte como para tomar el control de la organización del partido socialdemócrata local, expulsando a los reformistas y centristas. Esta “Izquierda radical de Bremen” alrededor de Johann Knief y Paul Frölich nunca se unieron a Espartaco, precisamente porque rechazaban unirse al USPD y, en cambio, luchaban por un nuevo partido revolucionario −este grupo se convirtió en los Comunistas Internacionales de Alemania (IKD).

Todo esto planteó debates sobre la necesidad de fundar un partido independiente claramente revolucionario, perspectiva en la cuál insistía Lenin y a la que se negaba Rosa, lo cual sería definitorio para el futuro de la revolución. Este es un tema que desarrollaremos en los artículos siguientes de esta serie.

La primera huelga

En junio de 1916, cuando Liebknecht fue juzgado por alta traición, más de 50.000 trabajadores berlineses se declararon en huelga para exigir su liberación. Nadie sabía quién había organizado esta acción de masas. No fue sino hasta la insurrección, más de dos años después, que salió a la luz este grupo conspirativo −que carecía de una publicación, de un vocero o incluso de un nombre.

Al comienzo de la guerra, varios delegados sindicales de Berlín (trabajadores elegidos en las fábricas para representar a sus compañeros, conocidos como Obleute) comenzaron a reunirse porque se oponían a la “paz civil”, es decir, a evitar la lucha de clases interna para dejar las manos libres al Estado para la guerra, y a la prohibición de las huelgas. Bajo el liderazgo del metalúrgico Richard Müller, se radicalizaron rápidamente y se opusieron a la guerra. Cada una de las varias docenas de miembros de este grupo era delegado de una fábrica. Así, podían medir el estado de ánimo de todo el proletariado de Berlín y llamar a la acción en todos los lugares de trabajo, todo ello sin hacerse nunca conocidos en público. Alguien llamó a este grupo con el nombre de “Delegados Revolucionarios”.

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Cada invierno, los trabajadores morían de hambre mientras los capitalistas obtenían beneficios obscenos. Como dijo Luxemburg: “Los proletarios caen y los dividendos aumentan”. Después de la huelga por la libertad de Liebknecht de 1916, los Delegados Revolucionarios organizaron acciones cada vez más grandes. Cien mil trabajadores salieron a las calles de Berlín en abril de 1917 (las “Huelgas del Pan”). En enero siguiente, 250 mil trabajadores llevaron a cabo una huelga de una semana de duración (las “Huelgas de los Trabajadores de Municiones”). A medida que las protestas crecían, también se volvieron más políticas, exigiendo mejores raciones para los trabajadores, pero también paz inmediata y reformas democráticas. Las mujeres, que habían entrado masivamente a las fábricas para reemplazar a los millones de hombres enviados al frente, desempeñaron un papel enorme en estas huelgas, a las que, en gran medida, se les prestó poca atención, tanto entonces como hoy.

El final de la guerra

A finales del verano de 1918, el Estado Mayor alemán decidió que la guerra estaba liquidada. Había muchas razones: los EE.UU. habían entrado en la guerra, enviando millones de nuevas tropas norteamericanas a Francia. La guerra submarina alemana en el Atlántico había fracasado. Austria-Hungría se estaba derrumbando por los disturbios por hambre en la capital y los movimientos nacionales en la periferia. Los generales esperaban que el tratado de Brest-Litovsk, que obligaba al gobierno soviético de Rusia a ceder enormes territorios a los protectorados alemanes, les permitiera retirar fuerzas del frente oriental y redireccionarlas por completo contra Occidente. Sin embargo, la lucha revolucionaria partisana en Ucrania fue tan intensa, que los ejércitos alemanes se quedaron atrapados allí y comenzaron a contagiarse de ideas revolucionarias.

Las protestas en el Imperio Alemán se desataron cuando la clase obrera vio que el nuevo gobierno revolucionario obrero y campesino en Rusia llamaba a una paz inmediata e incondicional. ¿Qué queda entonces de la “guerra defensiva” contra el Zar? Después de dos ofensivas fallidas en Francia, con cientos de miles de muertos en cada lado, los generales decidieron que simplemente no había posibilidad de victoria alemana.

El segundo al mando del Comando Supremo del Ejército alemán (OHL), el fanático reaccionario Erich Ludendorff, tenía una preocupación central: Después de la inevitable derrota, ¿cómo podría hacer el cuerpo de oficiales aristocráticos para mantener su poder y su prestigio? Durante cuatro años, los generales habían gobernado el país como una dictadura; ahora, Ludendorff convenció al Káiser de que era necesario establecer un gobierno “democrático”. Por primera vez, el Primer Ministro no sería nombrado por el Káiser, sino que sería elegido por una mayoría del Reichstag. Un aristócrata liberal, el Príncipe Max de Baden, fue nombrado para encabezar un gobierno que incluía a un ministro socialdemócrata sin cartera. La dirección del SPD había logrado la “democratización” del Imperio, junto con una pequeña porción de poder.

Este nuevo gobierno “democrático” tendría que negociar con las potencias aliadas las humillantes condiciones de la rendición. De repente, los generales −que acababan de declarar en privado que era imposible torcer el rumbo de la guerra− proclamaron que estas condiciones eran inaceptables y que lucharían hasta el final. El cálculo de Ludendorff era astuto: aunque él mismo había determinado que habían perdido la guerra, ahora podría crear la leyenda de que “el ejército alemán nunca fue derrotado en el campo de batalla”. Ahora afirmaba que el ejército alemán solo perdió porque fue “apuñalado por la espalda” por los socialistas que protestaban en el frente interno. Este “mito de la puñalada por la espalda” se extendió en Alemania durante muchas décadas.

Los marinos de Kiel

Había pasado un mes desde que el nuevo gobierno de Alemania intercambió notas diplomáticas con el gobierno norteamericano de Wilson. Los soldados permanecían en las trincheras, pero la lucha había cesado mayormente. Se corrió la voz: la paz solo era cuestión de tiempo.

El almirantazgo alemán tenía otros planes. Desde el colapso de la guerra submarina en 1916, no habían tenido mucho que hacer. Sus hermosos acorazados habían quedado inmóviles, amarrados en el puerto, indefensos frente a la flota británica, inmensamente superior. El almirante Reinhard Scheer decidió que esta no era una forma de terminar la guerra. Ordenó a la flota alemana que zarpara hacia una batalla final desesperada: 80.000 marinos debían ahogarse para salvar el honor de sus oficiales aristocráticos.

La armada había sido durante años un semillero de organización socialista. Los marinos necesarios para operar estos enormes barcos de guerra eran reclutados entre trabajadores calificados, donde las organizaciones socialistas eran más fuertes. En ninguna otra parte se mostraron tan patentemente las contradicciones de clase de las fuerzas armadas imperialistas: en los estrechos confines de un barco, un puñado de oficiales aristocráticos comandaba a cientos de marineros proletarios. Ya había habido una serie de motines en 1917, reprimidos mediante fusilamientos.

Cuando, a finales de octubre de 1918, llegó a la flota esta orden final, los marinos se rebelaron. En los barcos anclados frente a la ciudad costera de Wilhelmshaven arrestaron a sus oficiales e izaron banderas rojas. Estos primeros amotinados finalmente fueron arrestados y transportados a la ciudad de Kiel. Aquí se produjeron motines de mayor envergadura cuando los marinos se negaron a hacer zarpar los barcos. Por el contrario, desembarcaron y marcharon por la ciudad, vinculándose con los trabajadores locales y exigiendo la libertad de sus camaradas encarcelados. Hubo batallas callejeras con la policía y al menos nueve muertos. El 4 de noviembre, un consejo de soldados declaró haber tomado el poder en la ciudad. Al día siguiente, los trabajadores lanzaron una huelga general, paralizando la ciudad, y creando un órgano que definiría la Revolución alemana: el Consejo de Obreros y Soldados.

Desde Kiel se enviaron emisarios a todo el país. La insurrección se extendió de ciudad en ciudad. Cada día, más ciudades ponían en pie consejos de obreros y soldados. Un día tras otro, los monarcas de los 22 estados que formaban el Imperio Alemán se veían obligados a renunciar al trono. Pero nadie sabía cuándo sería el momento en que la ola revolucionaria llegaría a Berlín, bastión de la burocracia y el militarismo prusianos.

Por otra parte, los alemanes no estaban solos: el gobierno de obreros y campesinos, dirigido por el Partido Bolchevique en Rusia desde hacía un año, así como los socialistas internacionalistas de todo el mundo, seguían de cerca los acontecimientos en Alemania con una esperanza renovada: la de expandir la revolución a Occidente para asaltar las verdaderas Bastillas del capitalismo mundial y dar pasos decisivos en transformar al comunismo en una tarea práctica de la hora.

Dentro de una semana, un nuevo artículo sobre la insurrección en Berlín. Tanto la revolución como la contrarrevolución reunieron sus fuerzas para medirse en la lucha.

Traducción: Guillermo Iturbide.

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Wladek Flakin

Berlín
Periodista freelance e historiador. Vive en Berlín y es redactor del portal Klasse gegen Klasse.
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