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COVID19

Juventud, depresión y pandemia

La sensación de inseguridad respecto del futuro, la drástica caída de ingresos, el incremento del paro y la deficiente actuación de las instituciones educativas y los gobiernos son factores clave para cerca del 50% de los jóvenes del planeta que sufren posiblemente ansiedad o depresión.

Irene Olano

Madrid

Lunes 14 de septiembre | 17:26

La precariedad económica, generalizada en la juventud desde la crisis de hace una década, se está consolidando y agudizando con la pandemia. La sensación de inseguridad respecto del futuro, la drástica caída de ingresos, el incremento del paro y la deficiente actuación de las instituciones educativas y los gobiernos dibujan un futuro desolador para la juventud del Estado Español, que siente más que nunca que el actual sistema económico sólo tiene miseria que ofrecer.

Un informe de la OIT afirma que cerca del 50% de los jóvenes del planeta sufren posiblemente ansiedad o depresión y que otro 17% lo sufren probablemente, suponiendo un 67% total de jóvenes que ante afirmaciones tales como “Me he sentido optimista respecto del futuro”, “He afrontado bien los problemas”, “He pensado con claridad” o “He podido tomar decisiones sobre cosas” responderían negativamente.

Además, el informe señala que el estrés familiar, el aislamiento social, el riesgo de padecer violencia, la interrupción de la educación y la incertidumbre respecto del futuro son algunas causas de la merma de la salud mental de la juventud. Una juventud cuya segunda causa de mortalidad a nivel mundial es el suicidio (entre jóvenes de 15 a 29 años).

Hemos hablado con algunas estudiantes de estudios superiores que sufren ansiedad, depresión, así como de otras afecciones relativas al bienestar mental para preguntarles cómo afrontan el futuro y cómo creen que será este curso que comienza. Todas coinciden en la sensación de inseguridad y en la falta de comunicación con las instituciones educativas y centros universitarios, que parecen poner más obstáculos a un año que, de por sí, es para muchas el más complicado de sus vidas.

Vicente era estudiante de doctorado. Lo era hasta hace unas pocas semanas, que descubrió que le habían denegado una beca de investigación por tercera vez, de forma que no podía seguir investigando si quería pagar el alquiler. Señala que “como doctorando, los inicios de la pandemia fueron al mismo tiempo un dolor de cabeza tremendo y una bendición.

Un dolor de cabeza porque la UCM (Universidad Complutense de Madrid) mantuvo unos servicios mientras arbitrariamente detuvo otros. La bendición vino por no tener que continuar en el Programa de Doctorado y poder así trabajar lo suficiente como para no preocuparme por llegar a fin de mes durante el encierro”. El caso de Vicente es el de ese 21% de jóvenes que, según la OIT sienten que se está menoscabando su derecho a la vivienda, por las dificultades crecientes para afrontar su pago.

El abandono de estudios al que se ha visto obligado Vicente es una de las consecuencias más habituales de esta crisis. La pandemia, señala la OIT, ha dejado a uno de cada ocho estudiantes de estudios superiores sin acceso a los cursos o a la formación misma. El 9% de los encuestados señaló que su educación probablemente fracasaría. Este último caso, el de abandono, también fue en el que casi terminan los estudios de Cecilia, estudiante de postgrado.

Ella señala que “cancelaron las prácticas de mi máster un día después de habernos matriculado todos; por lo que tuvimos que cambiar la matrícula entera y coger más asignaturas. Yo pensaba pelear por tener unas prácticas remuneradas que me permitieran pagar el alquiler y estudiar a la vez. Pero ahora he tenido que coger un trabajo que me ha costado mucho encontrar y no sé si voy a tener tiempo para estudiar y trabajar al mismo tiempo. En agosto estuve a punto de abandonar el máster”.

Uno de cada seis jóvenes, a nivel mundial, que estaba trabajando antes del inicio de la pandemia dejó de trabajar totalmente, y las horas medias de trabajo se redujeron, situándose el paro juvenil en el Estado Español en un 40%. La reducción de ingresos asociada a esta disminución de horas de trabajo se ha dejado sentir en el bolsillo de muchos estudiantes, que deciden dejar de estudiar este curso.

La nefasta gestión de la pandemia, que ha dejado atrás a la clase trabajadora, está expulsando de los estudios superiores a las estudiantes a las que no logró expulsar la última crisis. La OIT señala, además, que aquellas personas cuya educación o trabajo se ha visto interrumpido, tendrían dos veces más probabilidades de sufrir ansiedad o depresión que aquellas que continuaron con sus actividades.

Carmen es una joven asturiana de 24 años que hasta hace pocos meses vivía en Madrid. Estudiaba un grado en la UNED con el que no tuvo demasiado problema, pero vivió en sus carnes las dificultades de compaginar el trabajo con la docencia de la universidad privada en la que estaba haciendo dos cursos.

Sin embargo, señala que fue su situación laboral posterior la gota que colmó el vaso: “La pandemia me empezó a afectar psicológicamente una vez se levantó el Estado de Alarma y ya se podía salir. Me resultaba muy frustrante no encontrar trabajo y no saber qué iba a ser de mí y de mi futuro. Empecé a estar más agobiada cuando me volví a Asturias en julio. Me agobia la situación en la que estoy por el hecho de que no hay trabajo para las cosas para las que me especialicé”. Con el tiempo, su agobio se fue convirtiendo en algo más: “Tengo problemas de ansiedad. Estoy permanentemente en alerta y teniendo que concentrarme mucho para no caer en una crisis. Esta mañana mismo me desperté con ansiedad. De hecho, me despertó la ansiedad”.

El confinamiento también afectó a la calidad de los estudios y a la salud mental de Paloma, una estudiante que está terminando un grado en la UAM y que señala que la universidad sólo puso trabas para los estudiantes: “Por lo general, creo que las universidades no han sabido adaptarse al modelo no presencial y han sobrecargado de trabajo”.

Carmen también señala que sus exámenes en la UNED fueron más difíciles de lo habitual y para Vicente la gestión educativa se mezcló con el propio drama de la pandemia. El Programa de Doctorado y la competitividad por las becas era tal que cuando logró tener tiempo para investigar descubrió que estaba bloqueado: “entre la incertidumbre, las cifras diarias [del COVID-19]… me di cuenta de que cuando cogía un libro ya no podía leer, y tampoco podía escribir”.

Por otro lado, uno de cada tres jóvenes encuestados por la OIT observó que se había menoscabado considerablemente su derecho a participar en los asuntos públicos. En este sentido, nos escribe Julia, que fue representante estudiantil el año pasado para su clase, y que sigue siéndolo en funciones. Señala que en la UAM (Universidad Autónoma de Madrid) la gestión ha sido “nefasta”: “No se nos consultó nada. En la reunión en la que, supuestamente, íbamos a poder aportar ideas y dar nuestra opinión fue solamente para comunicarnos las medidas que ya habían tomado ellos sin tener en cuenta a los estudiantes. Medidas que parecen una broma y que ni siquiera tienen un motivo aparente. Aún nadie ha sido capaz de explicarnos por qué el césped tan grande y al aire libre como el que tenemos no es un buen lugar para pasar tiempo entre clases”.

Pese a que la crítica a las medidas arbitrarias de la UAM parece un consenso entre los estudiantes, como se indica en la viralización de varias críticas en redes sociales, para Julia lo más duro de este curso es estar separada se sus amistades tras seis meses de dificultades para mantener su vida social; así como la falta de planificación de la universidad para indicar cómo va a ser la docencia no presencial: “Ansiedad, estrés y depresión son los pilares de mi vida ahora mismo. Todo lo malo se intensifica con el comienzo de un curso que no sabemos cómo va a ser y que genera una división que me separa de todo mi grupo de amigos. Estoy en 4º. No voy a poder dar bien el temario y apenas vamos a tener vida universitaria”.

Carmen añade que no tiene sentido que las universidades estén disminuyendo sus horas de docencia, pero que estén cobrando exactamente lo mismo a los estudiantes: “No me parece justo pagar exactamente lo mismo, como algunos amigos míos que siguen estudiando, para ir un día a la semana a clase y tener que pagar, además, un piso en Madrid”.

Ante toda esta situación, que claramente afecta muy negativamente a las personas jóvenes, Cecilia señala que le parece “indignante” que el gobierno esté culpabilizando a la juventud de la pandemia: “Se pretende explicar el aumento de los contagios por una cuestión de responsabilidad individual. Yo no me voy de fiesta desde enero, pero he tenido que coger numerosas veces el metro en hora punta para ir a trabajar. Creo que nos culpabilizan para no poner atención sobre la verdadera causa del aumento de contagios: que las empresas no cumplen las medidas de seguridad, que los jóvenes tenemos empleos precarios e inseguros y que los que trabajamos en negro no podemos dejar de ir a trabajar si estamos enfermos, porque de algo hay que vivir”. Coincide con Julia en que es inadmisible que se normalicen las medidas que pretenden evitar todo contacto entre los estudiantes, y señala que “sirven más para evitar que nos organicemos que para evitar contagios”.

Pero la ansiedad y la depresión que sienten los y las jóvenes no se trata –como la cultura neoliberal del esfuerzo pretende vendernos–, de un problema individual fruto del fracaso personal, que puede resolverse “cambiando de actitud”. Se trata de una respuesta natural a un continuo empeoramiento de sus condiciones de vida, a la necesidad de adaptarse a un sistema carroñero basado en la velocidad, la productividad y la falta de empatía hacia los demás. Revolverse hacia todo eso no es sólo un síntoma de salud, sino un primer paso para subvertir las lógicas asesinas del capital que han demostrado, especialmente en esta crisis, ser despiadadas.

La precariedad y la falta de perspectivas de futuro tampoco forman parte de un orden natural que tengamos que aceptar, como nos quieren hacer creer los gobiernos, donde “todos tenemos que hacer sacrificios”. La clase trabajadora y la juventud no puede sacrificar más, porque lo que está en juego es su salud y su vida. La pandemia es una catástrofe, pero la drástica caída de ingresos es producto de decisiones políticas. Debemos convertir la incertidumbre y el miedo en rabia, para organizarnos y responder a toda decisión que pretenda arrebatarnos aun más nuestro futuro.

La juventud del 8M, de FridaysxFuture, de Black Lives Matter y de las revueltas en Chile, así como el resto de la juventud que se revuelve contra el sistema no debe vivir sumida en la desesperanza.
Por eso, los compañeros y compañeras de Contracorriente que participamos en la redacción de Izquierda Diario animamos a la juventud a organizarse con nosotras. Escríbenos para denunciar cómo está siendo para ti la vuelta a las aulas y qué medidas creen que harían falta. Generemos espacios de debate estudiantil y sigamos pensando juntos y juntas en cómo enfrentar este capitalismo al que no le debemos nada.

Recogeremos los testimonios con el hashtag #IzquierdaDiarioJuventud y también puedes escribirnos al 633617548, al email [email protected] y las redes @Contrac_Mad.






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