Cultura

MARX Y LAS REVOLUCIONES DEL SIGLO XIX

Revoluciones del Siglo XIX: La Comuna de París (Parte II)

Reproducimos la segunda parte de la nota Revoluciones del Siglo XIX: La Comuna de París de Christian Castillo.

Christian Castillo

@chipicastillo

Viernes 18 de marzo de 2016 | 15:58

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Como vimos en la nota anterior, Napoleón III había lanzado la guerra contra Prusia, que rápidamente se transformó en una catástrofe, frente a la cual el pueblo parisino se lanzó a la insurrección el 4 de septiembre de 1870.

El gobierno de Defensa Nacional

Ese día, cuando la multitud -luego de conocerse la capitulación del Emperador en Sedán- invadió la Cámara de Diputados instando a la proclamación de la República, los veteranos de 1848 podían ver cómo el mismo tipo de hombres que había llegado a la cumbre del poder veintidós años antes con la revolución de febrero se montaban sobre la acción popular para evitar que ésta fuese conducida hacia un cambio de régimen social. Durante los mismos acontecimientos, estos hombres lograron evitar que la proclamación de la República fuese atribuida a la acción de los blanquistas, muchos de los cuales se encontraban a la cabeza de los manifestantes.

Por ello cuando Eugène Schneider, uno de los seguidores del veterano revolucionario, proclamó el derrocamiento del Imperio y el establecimiento de la República, vaciaron la Cámara con el argumento de que según la tradición, este evento debía realizarse en el Ayuntamiento de París, donde ya ondeaba la bandera roja. A pesar de la acción popular, el nuevo gobierno, que se autodenominó como “de Defensa Nacional”, reunía tanto monárquicos como republicanos. Incluso cinco de sus miembros habían contribuido directamente a derribar la Segunda República. Entre los monárquicos se contaban orleanistas como el general Le Flô, el almirante Fourichon y el general Trochu, que fue puesto al frente del gobierno. Había también quienes si la república se inclinaba hacia posiciones socializantes no vacilarían en sacrificarla por la monarquía, como Jules Favre –el redactor del decreto que ordenó la deportación sin juicio de los insurrectos de junio de 1848–, Jules Simon y Picard, mientras el ministerio de Obras Públicas quedó en manos del gran industrial Pierre Dorian.

Entre los republicanos se contaban León Gambetta, Eugène Pelletan, Garnier-Pagès, Arago y Henri Rochefort. Este último, al igual que los blanquistas Eudes y Brideau, habían sido liberados por el levantamiento popular. Es decir, salvo excepciones, un conjunto de aventureros políticos que apenas se diferenciaban del personal político que ocupó el poder durante la fase liberal del Segundo Imperio ocupó posiciones, cuyo objetivo principal era evitar una revolución social. Como señaló Trotsky, el 4 de septiembre “el poder cayó en manos de los charlatanes democráticos, los diputados de París. El proletariado parisino no tenía ni un partido ni jefes a los que hubiera estado estrechamente vinculado por anteriores luchas. Los patriotas pequeño burgueses, que se creían socialistas y buscaban el apoyo de los obreros, carecían por completo de confianza en ellos. No hacían más que socavar la confianza del proletariado en sí mismo, buscando continuamente abogados célebres, periodistas, diputados, cuyo único bagaje consistía en una docena de frases vagamente revolucionarias, para confiarles la dirección del movimiento”1.

Los meses de doble poder

La mayoría del nuevo gobierno estaba más preocupado por apaciguar al proletariado de París que enfrentar a los prusianos. Desde un principio, comenzó a preparar la capitulación. Tiempo después, Trochu, quien estaba a cargo de la defensa de París, confesaría en una reunión con los alcaldes de París:
“La primera cuestión que mis colegas me plantearon, la misma noche del 4 de septiembre, fue ésta: ¿Puede París resistir con alguna probabilidad de éxito un asedio de las tropas prusianas? No vacilé en contestar negativamente. Algunos de mis colegas, aquí presentes certificarán la verdad de mis palabras y la persistencia de mi opinión. Les dije –en estos mismos términos- que, con el actual estado de cosas, el intento de París de afrontar un asedio del ejército prusiano, sería una locura. Una locura heroica –añadía-, sin duda alguna; pero nada más…Los hechos no han dado un mentís a mis previsiones”2.

De ahí que mientras Jules Favre, ministro de Asuntos Exteriores, fue enviado a entrevistarse con Bismarck, Thiers se paseaba por las cortes europeas buscando forzar un armisticio.

Pero sitiada por los prusianos y traicionada por sus gobernantes, París igualmente resistía. Poco a poco, desde los batallones de la Guardia Nacional, se va ir constituyendo una suerte de poder alternativo al del gobierno. El llamado Comité de los Veinte Distritos de la Guardia Nacional va a exigir una serie de medidas para enfrentar el sitio: la leva en masa, el envío de comisarios para promover el levantamiento en las provincias, el racionamiento, el armamento de todo el pueblo y el inmediato llamado a elecciones municipales. Ninguna de estas medidas va a ser implementada por el gobierno.

Marx, por su parte, alertaba sobre los peligros de una insurrección prematura: “Como vemos, la clase obrera de Francia tiene que hacer frente a condiciones dificilísimas. Cualquier intento de derribar al nuevo Gobierno en el trance actual, con el enemigo llamando casi a las puertas de París, sería una locura desesperada. Los obreros franceses deben cumplir con su deber de ciudadanos; pero, al mismo tiempo, no deben dejarse llevar por las tradiciones nacionales de 1792, como los campesinos franceses se dejaron engañar por las tradiciones nacionales del Primer Imperio. Su misión no es repetir el pasado, sino construir el futuro. Que aprovechen serena y resueltamente las oportunidades que les brinda la libertad republicana para trabajar más a fondo en la organización de su propia clase”3.

Blanqui, que inicialmente vuelca junto a sus partidarios todas sus energías a la organización de la defensa, escribe en su periódico La Patria en peligro, el 19 de septiembre, que el gobierno no era más que “una pálida falsificación del Imperio. También él teme más la Revolución que a Prusia, y toma sus precauciones contra París, antes de tomarlas contra Guillermo [el rey prusiano, NdeR]”.

Frente a la confirmación de la rendición en Metz del general Bezaine, tiene lugar el 31 de octubre un levantamiento fracasado, que va culminar con una depuración de oficiales blanquistas de la Guardia Nacional y el nombramiento del reaccionario general Clément Thomas al frente de la misma. El gobierno había reforzado sus posiciones, pero el descontento continuaba. El 16 de enero, una proclama del Comité de los Veinte Distritos afirmaba respecto al gobierno: “Con su lentitud, su indecisión, los que nos gobiernan nos han conducido al borde del abismo. No han sabido ni administrar ni combatir… La gente se muere de frío, ya casi de hambre…La perpetuación de este régimen es la capitulación… La política, la estrategia, la administración del 4 de septiembre, continuación del Imperio, están juzgadas. ¡Paso al pueblo! ¡Paso a la Comuna!”.

El 22 de enero se produce un nuevo intento insurreccional, que también termina en una derrota, que permitió al gobierno tomar una serie de medidas represivas (prohibición de periódicos, cierre de los clubes, detenciones de revolucionarios) e imponer la capitulación. París se rindió finalmente el 28 de enero de 1871. El armisticio establecía una tregua para que el gobierno francés convocara a elecciones para una Asamblea Nacional que ratifique las condiciones de paz, las que incluían el desarme del ejército francés, la rendición de varios fuertes, el pago de una indemnización de 200 millones de francos y la cesión a Prusia de Alsacia y Lorena.

Las elecciones se realizaron el 8 de febrero de 1871, consiguiendo un amplio triunfo los sectores monárquicos: entre orleanistas y legitimistas se quedaron con dos tercios del total de las 630 bancas. Aunque París había votado predominantemente candidatos republicanos, el mundo rural apoyaba a los representantes de la reacción, de ahí el mote de “asamblea de los rurales” que recibió este organismo.

La insurrección del 18 de marzo

Los prusianos entrarán en París el 1º de marzo, pero se ubicarán en un pequeño lugar de la ciudad, fundamentalmente en los fuertes del norte y del este, alejados de los distritos obreros. Poco antes, a mediados de febrero, se había conformado la Federación de los batallones de la Guardia Nacional, reemplazando al entonces debilitado Comité de los Veinte Distritos. El 15 de marzo los delegados de los diferentes batallones constituirán finalmente el Comité Central de la Guardia Nacional. El Comité, aunque decide no resistir a los prusianos, resuelve no entregar sus armas, especialmente los 227 cañones y ametralladoras que fueron comprados por el pueblo. Estas armas son trasladadas a los distritos populares de Montmartre y Belleville.

Mientras tanto, la Asamblea Nacional rechaza instalarse en la capital y se traslada a Versalles. Su real objetivo es lograr el desarme de París. Nombra como comandante de la Guardia Nacional, cuyos jefes eran tradicionalmente electos por la tropa, al bonapartista Aurelle de Paladines, y pone fin a la moratoria de todas las deudas comerciales vigente durante la guerra, con lo cual amenazaba con la ruina a la pequeña burguesía comerciante y artesana. También se opone a dar un nuevo plazo para el pago de los alquileres atrasados debido al sitio y suprimir el sueldo de un franco y medio diario que recibían los miembros de la Guardia Nacional.

Finalmente, Thiers llega a París el 16 de marzo y pretende que el ejército regular tome el control de los cañones de la Guardia Nacional. Un día después, Blanqui, que se encontraba en la clandestinidad, va a ser detenido y encerrado en la prisión de Figeac. Llegado este punto decía Marx: “París sólo tenía ahora dos caminos: o rendir las armas, siguiendo las órdenes humillantes de los esclavistas amotinados en Burdeos y reconocer que su revolución del 4 de septiembre no significaba más que un simple traspaso de poderes de Luis Bonaparte a sus rivales monárquicos, o seguir luchando como campeón abnegado de Francia, cuya salvación de la ruina y cuya regeneración eran imposibles si no se derribaban revolucionariamente las condiciones políticas y sociales que habían engendrado el Segundo Imperio […]. París no dudó, extenuado por cinco meses de hambre, no vaciló un instante. Heroicamente, decidió correr todos los riesgos de una resistencia contra los conspiradores franceses, aún con los cañones prusianos amenazándole desde sus propios frentes.”4

En la mañana del 18 de marzo, con las mujeres a la cabeza, el pueblo de París se insurrecciona, estableciendo desde entonces esta fecha en el calendario revolucionario del proletariado mundial. Los generales Lecomte y Clément Thomas, que habían ordenado tirar contra el pueblo, fueron fusilados por la multitud. La burguesía huye atemorizada frente al pueblo insurrecto, sin dar batalla. El ejército estaba totalmente desmoralizado, miles de soldados se encontraban prisioneros de los alemanes. El ejército prusiano, por su parte, no interviene en un primer momento, porque quiere mostrarse relativamente neutral frente a los acontecimientos que sacudían a la sociedad parisina.

Marx como señalamos, había desaconsejado inicialmente la insurrección, advirtiendo que París estaba muy aislado del resto de Francia. Pero una vez desatado el levantamiento es uno de los más ardientes defensores de la Comuna. En abril de 1871 escribe a otro miembro de la Internacional sobre los comuneros: “¡Qué flexibilidad, qué iniciativa histórica, qué capacidad de sacrificio tienen estos parisienses! Después de seis meses de hambre y de ruina, causados más bien por la traición de adentro que por el enemigo de afuera, se alzan entre las bayonetas prusianas como si entre Francia y Alemania nunca hubiera habido guerra y como si el enemigo no estuviese todavía a las puertas de París. La historia no conoce otro ejemplo de semejante heroísmo”5.

Surge el primer gobierno obrero de la historia

De la insurrección de marzo va a surgir el primer gobierno obrero de la historia. “la Comuna –decía Marx- era, esencialmente, un Gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo”6.

Las distintas secciones de París elegían diputados a la Comuna a través del sufragio universal. La mayoría eran obreros; pero también participaba un sector demócrata de las clases medias parisinas, los “jacobinos”. Perspicazmente, una de las primeras medidas tomadas por la Comuna fue dejar sin efecto la medida tomada por la Asamblea de Versalles que dejaba sin efecto la moratoria al pago de las deudas causadas por el sitio, que llevaba directamente a la ruina a una multitud de pequeños comerciantes y deudores. Las clases dominantes, por su parte, huyen de París a Versalles, a conspirar para aplastar lo que los obreros habían conquistado. Ante la huida de la burguesía, las fábricas quedan sin control, del mismo modo que la Guardia Nacional, y esto genera una amplia actividad de la clase obrera.

Es a partir de esta experiencia que podemos señalar que Marx avanza en dar términos concretos a la noción de dictadura del proletariado, uno de los elementos clave de su teoría política. Dictadura del proletariado significaba que la clase obrera, para lograr su emancipación y para construir la sociedad comunista, inevitablemente debía pasar por un periodo de transición en el que las clases oprimidas dominaran a la minoritaria clase opresora. Marx cree encontrar en la Comuna una primera experiencia de este nuevo tipo de Estado de los trabajadores. Éste es el gran significado histórico que tiene la Comuna de París: es la primera experiencia en la que una insurrección obrera no lleva al poder a una u otra fracción de la burguesía, o a una coalición de clases con predominio de la burguesía –como el gobierno provisional de febrero de 1848-, sino que son los mismo trabajadores los que se hacen del poder del Estado e inician su reconstrucción, al nivel de una ciudad.
No conquistan un Estado obrero, pero sí la forma de organización embrionaria de un Estado de trabajadores, organizado al nivel de una ciudad. La Comuna no logró extenderse nacionalmente, pese a que hay algunas revueltas obreras en otras ciudades simultáneamente, como en Lyon y Marsella. Lo que no quiere decir que los comuneros no tuviesen un proyecto de extensión nacional: tenían la intención de establecer un gobierno de comunas en toda Francia y una asamblea nacional en la que todas tuvieran representación. Pero la burguesía atacaba a la Comuna diciendo que conspiraba contra la unidad del Estado francés, que se trataba de una forma precapitalista de gobierno, que recordaba las viejas autonomías municipales.

Notas:

1 León Trotsky, Las lecciones de la Comuna, 4 de febrero de 1921.
2 Citado por Marx en La Guerra Civil en Francia.
3 Karl Marx, Segundo manifiesto de la AIT sobre la guerra franco-prusiana, en La Guerra Civil en Francia, Moscú, Ed. Progreso, 1980, p. 35.
4 K., Marx, La Guerra Civil en Francia, Moscú, Ed. Progreso, 1980, p. 51.
5 K. Marx y F. Engels, Correspondencia, Bs. As., Ed. Cartago, 1986, p. 255.
6 K., Marx, La Guerra Civil en Francia, Moscú, Ed. Progreso, 1980, p.67.


Declaración de la Comuna al pueblo francés (extractos)

“[…] Es necesario que París y el país todo entero sepan cuál es la naturaleza, la razón, el fin de la Revolución que se produce. […]

“Se equivocan o hacen equivocar al país cuando acusan a París de perseguir la destrucción de la unidad francesa […] La unidad, tal como nos ha sido impuesta hasta hoy por el imperio, la monarquía y el parlamentarismo, no es más que la centralización despótica, ininteligente, arbitraria u onerosa.

“La unidad política, tal como la quiere París, es la asociación voluntaria
de todas las iniciativas locales, el concurso espontáneo y libre de todas las energías individuales en vistas a un fin común, el bienestar, la libertad y la seguridad de todos.
“La Revolución comunal, comenzada por la iniciativa popular del 18 de marzo, inaugura una era nueva de política experimental, positiva y científica.

“Este es el fin del viejo mundo gubernamental y clerical, del militarismo, del funcionarismo, de la explotación, de los monopolios, de los privilegios, a los que el proletariado debe su servidumbre y la patria sus desdichas y sus desastres. […]
“La lucha entablada entre París y Versalles es de esas que no pueden terminar por compromisos ilusorios: la salida no deberá ser dudosa. La victoria, perseguida con indomable energía por la Guardia Nacional, pertenecerá a la idea y al derecho.
“¡Llamamos a Francia!

“¡Advertida de que París en armas posee tanta calma como bravura, que sostiene el orden con tanta razón como heroísmo; que no se armó más que por devoción a la libertad y la gloria de todos, que Francia haga cesar este sangriento conflicto!
“Corresponde a Francia desarmar a Versalles por la manifestación solemne de su irresistible voluntad.

“¡Llamada a aprovechar nuestras conquistas, que se declare solidaria con nuestros esfuerzos; que sea nuestra aliada en este combate que no puede terminar más que con el triunfo de la idea comunal o con la ruina de París!

“En cuanto a nosotros, ciudadanos de París, tenemos la misión de realizar la revolución moderna, la más grande y la más fecunda de todas aquellas que han iluminado la historia.

“¡Tenemos el deber de luchar y de vencer!”

La Comuna de París - París, 1 de abril de 1871






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