Cultura

TRIBUNA ABIERTA

Tassaert: La Femme Damnée o la fuerza sexual revolucionaria

Una mirada a la obra La Femme Damnée, de Tassaert. Su obra está llena de retratos y de acontecimientos históricos que pintó para poder ganarse la vida, pero también de protesta hacia una sociedad burguesa hipócrita.

Sylvia Vermell

Barcelona

Miércoles 2 de enero | 17:06

De enorme talento y sensibilidad fue el artista francés Tassaert, como su capacidad de análisis social con respecto a su época; su obra está llena de retratos y de acontecimientos históricos que pintó para poder ganarse la vida, pero también de protesta hacia una sociedad burguesa hipócrita.

Denuncia en sus pinturas la injusticia social con crudo realismo: aparecen familias tristes, niños moribundos en las calles, harapientos huérfanos, mujeres desgraciadas, frío, suciedad, hambre y pobreza. Destapa también algunos tabúes de la sociedad: penes erectos, desnudos impúdicos, sexo anal entre hombres, la masturbación femenina, la mujer que usa preservativo y protege su sexualidad…

Rechazaba el elitismo del mundo del arte y se mantuvo alejado de él; incómodo y poco valorado por la crítica de la época, posiblemente muy avanzado a su tiempo, sentía el peso de no ser comprendido, sentimiento de vacío que le acompañó hasta el final. Enfermo y alcoholizado, terminó suicidándose.

Más de siglo y medio después, es necesario rescatar en el tiempo y resignificar una pintura de él, pues es de un erotismo excepcional, encarnada concretamente en “La femme damnée”, título al castellano traducido como “La mujer condenada”. Fue en su momento prohibida, censurada, considerada obscena; aunque es del año 1859, es digna de ser desnudada con los ojos de hoy.

Es central resaltar la figura de la mujer, la que supuestamente sería Venus, besada por tres orificios: la boca, el pecho y la vulva. Desde una mirada heterosexual se podría creer que quienes la besan son hombres, pero es una imagen llena de ambigüedad y está abierta a diversas interpretaciones. Algunos críticos consideran que no son hombres los que la besan, si no mujeres, lo que, de ser así, representaría la visibilización del acto lésbico, algo muy escandaloso para la época de Tassaert pero hoy una potente reivindicación del movimiento feminista.

Estos seres están de espaldas, lo que impide conocer el género al que pertenecen; de cualquier modo, esto no es lo verdaderamente relevante, si no lo que inspira la imagen, que no es otra cosa que amor carnal y éxtasis místico. En un sentido espiritual, representaría el placer celestial insuflado por bellos ángeles, seres asexuados, andróginos; la fusión hombre-mujer.

La composición es maravillosa. Los tonos pastel aportan intimidad y calidez, así como la única tela que aparece al rodear sutilmente los cuerpos-un velo violeta- se asocia al color del misticismo. Comenzando por abajo, el ángel agarra a la mujer por la cadera y besa su vulva, principio de todo, flor y nata de la vida. Jazmín y dulce néctar exquisito, los genitales femeninos como emblema de la raza humana; el ángel bebe la ambrosía y le rinde pleitesía así, orándole al sexo oral, regalándole sumo placer. Ella se retuerce pero el ser la sostiene.

Al mismo tiempo, el otro ser le acaricia el busto. Besar el pecho es sensacionalmente sensual para la mujer pues éste es muy sensible, está repleto de terminaciones nerviosas y conectado al útero, lo que, tan solo con su estimulación, se llega a contracciones vaginales y uterinas y frecuentemente, al clímax. En el pezón está esa obertura que nutre al ser humano, el alimento materno como fuente de energía vital que nos garantiza el desarollo y perpetuidad de la especie; unos pechos besados son pechos sanos, rosados, sabrosos y felices.

Por último, la magia erótica es sellada con un beso en los labios a la mujer extasiada, máxima expresión de amor y adoración a la creación. La experiencia numinosa es inefable. Es tan intensa la alegría y el placer que incluso duele, de ahí el oxímoron; “la mujer condenada”. Es un título lleno de ironía, de contradicción con la imagen. ¿Cómo a ésta mujer gozosa puede llamársele condenada? ¿Por qué, si vive una experiencia tan gloriosa? Es la inevitable paradoja. Posiblemente porque, tal y como citó Baudelaire, “el placer es un verdugo sin piedad”; el extremo placer puede llevar al extremo dolor, como también tiranizarnos y sumirnos en el caos.

De ahí esta pintura divina y a la vez rodeada de malditismo: en la imagen vemos a una mujer retorciéndose, llena de dicha, tal vez, atravesada y acorralada por otros seres que la excitan pero, ¿acaso no está también apresada y retenida, absolutamente incapacitada, sin posibilidad de movimiento ni de libertad? Pues los Ángeles del Gozo la amarran, incluso le aferran de la mano con fuerza; ella está presa del placer.

Es éste el doble filo, el cuchillo o el arma como herramienta -para cortar el alimento o para matar, para construir o para destruir- tan solo depende del uso que haga el individuo; puede usarse con inteligencia y medida o, con pasión oscura y ciega locura. El placer dionisíaco, en términos nietzscheanos, como inmensa fuerza sin límites. ¿Realmente quién puede afirmar que ella está gozando y no sufriendo? El gozo prolongado durante mucho tiempo se convierte en dolor amargo y toda la belleza se esfuma, pues un cuerpo no puede albergar tanta infinitud. La mujer ni tan siquiera puede gemir ni suspirar de placer, ni tampoco puede gritar, hablar o quejarse, porque está inmovilizada, sometida. Es la reflexión filosófica acerca del equilibrio, la mesura, del dolor, del placer y de la vida misma.

Bien es verdad que podría considerarse una mujer libre en el sentido de que vuela; está levitando, fluctuante como el aire inapresable que simboliza al pensamiento, la inspiración; ella puede encarnar a la Idea, la mujer como sabia, Afrodita o Venus sí, pero no solo, también Atenea, que flota en el conocimiento. La Idea: el librepensamiento.

La imagen puede mirarse de muchas maneras, no hay solo una visión válida. Lo que sí es seguro es que el artista, fuera de forma consciente o inconsciente –posiblemente no fuera algo intencionado-, pone en cuestión la problemática del género al no definir claramente en las categorías hombre-mujer a los seres que aparecen, remarcando la androginia.

La pintura, en lo religioso, muestra al Amor Divino, el paraíso orgásmico. Sin embargo, cada individuo puede libremente darle el significado que guste; puede desacralizarse, si se quiere, pues habrá para quienes represente el amor lésbico. Quizás tan solo retrate el simple acto sexual, orgiástico, animal e instintivo visto de forma terrenal. Sea como fuere el sentido que quiera dársele, lo valioso es el placer estético que comporta contemplar la imagen, llena de voluptuosidad en las formas y singular belleza.

Mas aun -poliédricamente, como una matrioska o las caras de la luna- puede representar también los ciclos, fases o aspectos de la vida de las mujeres y su sexualidad (nacimiento, despertar sexual, juventud, idealismo e inspiración, luchas internas, maternidad, madurez intelectual…). Cada ser que besa a la mujer central puede simbolizar la prolongación de ella misma, el amor y el placer irradiando hacia fuera y hacia dentro, es decir, como un espejo que se mira a sí mismo: un calidoscopio de amor. ¿Y por qué no? El Amor, la fe y la ternura a una misma.
Esto es una defensa de la vida, el feminismo junto con la sexualidad son política, sacuden los cimientos del sistema patriarcal.

Poner la vida en el centro, darle prioridad y protagonismo a la mujer, a la sexualidad no como tabú ni como privación, si no entendida como fuente inagotable de creatividad y de liberación, mucho más allá de la heterosexualidad hegemónica, y mucho más allá del coitocentrismo; la SEXUALIDAD en mayúsculas, sin corsé, fuera de la heteronorma, triunfante, altiva, aplastante, por encima del patriarcado; no solo amplia, vastísima, infinita, como infinitas son las formas de amar. La mujer como origen, creación y creadora, la Mujer como su propia Diosa, dueña de su placer y su destino; la que vuela libre, que piensa y se piensa a sí misma.






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