DISCURSO REY

La Nochebuena en que las y los estudiantes antimonárquicos le cambiaron el discurso al Rey

El Rey dirige su discurso a una generación que rechaza masivamente esta institución, como han puesto de relieve los referéndums universitarios. Vende la “arcadia feliz” de estos 40 años y pide una prórroga de otros tantos. Si no se acepta, amenaza con que se repita lo peor de nuestra historia.

Santiago Lupe

@SantiagoLupeBCN

Martes 25 de diciembre de 2018 | 12:13

Foto: EFE/Ballesteros

Pobre infeliz. El Borbón se dirigió ayer a los hogares españoles, pero este año su mensaje fue menos escuchado que nunca. El “share” lo tenía asegurado gracias a que todas las cadenas generalistas lo emiten al unísono, como en la mejor de las democracias pluralistas. El problema es que este año Felipe VI eligió un público que hace tiempo no le escucha: los millennial (nacidos a partir de 1981) y la generación Z (nacidos en el siglo XXI).

Son justamente aquellos que cuando suenan los primeros acordes de la Marcha Real abandonan el comedor, mantienen la conversación con los primos o siguen en el bar. Negarse a escuchar el discurso del rey ha sido siempre un gesto de rebeldía elemental -que no se entere el Supremo- de la mayoría de la juventud. Una generación que siente que no le debe nada a tan caduca institución.

Felipe VI habló a millones, pero lo hizo más solo que nunca. Ya no es solo la inmensa mayoría del pueblo catalán la que cambia de canal o pone el mute al televisor. Este año amplios sectores sociales, y en especial de la juventud, han ido dando muestras contundentes de la desafección con la monarquía en el resto del Estado. Algo que corroboran todas las encuestas privadas realizadas sobre la cuestión, ya que las del CIS siguen sin preguntar sobre el tema.

Este curso arrancó con algunos pequeños pero valientes gestos. Como los dos estudiantes de excelencia de Asturias que se negaron a recibir un premio de las manos de Felipe VI. O el joven mallorquín que quiso poner en ellas una escoba para que ayudara en las labores de limpieza tras las inundaciones de otoño. Pero el bombazo lo dieron sin duda las y los universitarios y sus referéndum sobre la monarquía, llevados adelante en su mayoría por jóvenes nacidos a finales de los 90 o en el 2000.

Comenzaron en la UAM, donde votaron más de 7.300 jóvenes, el 83% en contra de la Corona y a favor de abrir procesos constituyentes. El movimiento se extendió a las universidades catalanas, gallegas , al todas las de la Comunidad de Madrid , Zaragoza ... así hasta 33 de las 50 universidades públicas. Aún quedan consultas por realizarse, pero ya suman más de 50.000 participantes con resultados parejos a los de la UAM.

La iniciativa de estos jóvenes, junto a las consultas que también se van extendiendo a barrios y pueblos, volvieron a poner en agenda la cuestión de la monarquía. De ella la había sacado hasta Podemos, que se ha visto forzado a volver a hablar en términos “republicanos” en la últimas semanas.

Pero el discurso de los referéndum universitarios va aún más allá. Su exigenia es la de “poder decidirlo todo”, impugnan al Régimen del 78 y la Transición en medio del 40 aniversario de la Constitución y manifiestan abiertamente su apoyo al derecho a decidir del pueblo catalán. Que los estudiantes puedan ser la chispa de un movimiento antirégimen, como ya pasara bajo la dictadura de Primo de Rivera o la de Franco , ha quitado el sueño a Su Majestad.

Por ello el discurso del rey de anoche se dirigió a esta generación. Felipe VI puede dar por perdida Catalunya, pero no quiere que le pase lo mismo de millennials en adelante. Si no consigue convertirlos en conformes súbditos, su reinado y su dinastía quedarán pendientes de finos hilos.

Nos presentó un relato edulcorado de la Transición, apelando a los tópicos y lugares comunes mil veces repetidos: “concordia”, “consenso”, “generosidad”... y sobre todo las cuatro décadas de progreso y prosperidad. Esa “arcadia feliz” donde el paro de masas -en el Estado español no ha bajado de los dos dígitos más que en la década del boom inmobiliario-, la heroína, los GAL, la reconversión industrial... no existieron nunca.

Se lo decía además a la generación que en tiempos de bonanza solo conoció contratos temporales, salarios de miseria y la imposibilidad de acceder a una vivienda, y que desde 2008 ha sido la carne de cañón del paro, la precariedad, la emigración y la expulsión de las universidades por la subida de tasas.

Un irreconocible legado que se condensa en una Constitución que, según el monarca, “no es una realidad inerte, sino una realidad viva que ampara, protege y tutela nuestros derechos y libertades”. Sin embargo, “inerte” es la piedra, y la Carta Magna está picada en ella. Por eso es un texto inamovible (salvo para blindar el pago de la deuda claro). Para cambiarla “solo” hace falta 2/3 de ambas cámaras (incluido el antidemocrático Senado donde el PP tiene el 60% de los escaños con apenas el 30% de los votos), nuevas elecciones, otros 2/3 de Cortes y Senado y un referéndum... lo que es un buen “atado y bien atado”.

Y ese citado “amparo” de derechos queda claro cuando los capítulos que hablan de derechos sociales se incumplen sistemáticamente, pero al mismo tiempo es la Constitución el ariete que se emplea para encarcelar presos políticos, procesar a cientos de activistas, dar golpes institucionales como el del 155 o amenazar con nuevas ilegalizaciones.

Buen intento Felipe, pero la verdad no creo que cuele. Hay una generación que se está rebelando a ser la heredera obligada del régimen que entregó a tu padre la Jefatura del Estado de las manos de Franco. Más cuando no solo no votó en el referéndum del 78 -con garantías democráticas tan intachables como el permanente “ruido de sables”-, sino que ni sus padres y madres, si tienen menos de 62 años, pudieron hacerlo.

Algo de esto debió entender Felipe cuando escribía el discurso. Por eso tras la primera parte dedicada a ensalzar los últimos 40 años y pedir una prórroga de otros tantos, vinieron las trompetas del Apocalipsis ¿Qué os pasará si no aceptáis la benevolencia magnánima de vuestro soberano y su perfectísima Constitución? La “ruptura de la convivencia”, repetiréis la “peor historia”...

Las “reglas que son de todos (…) deben ser respetadas por todos”, salvo si tu apellido es Borbón se le olvidó añadir. Felipe VI se mostró abierto a nuevos consensos pero respetando el marco legal constitucional, es decir el “atado y bien atado” que impide que se puedan someter a si quiera discusión cuestiones tales como el derecho a decidir o, por su puesto, si debe seguir habiendo o no monarquía. Ya ni hablemos qué hacemos con la deuda, las empresas estratégicas o como acabamos con el paro y la precariedad.

Si no lo aceptamos, nos esperan las siete plagas bíblicas. Zarzuela ofrece pues que se pueda rediscutir un nuevo pacto, pero como el anterior, con agenda ultralimitada -aún más que la del 78- y la amenaza constante de catástrofes impredecibles si no se respeta lo fundamental del status quo. Muy similar al uso que su padre, y los padres de la Constitución, supieron hacer en 1978 de la amenaza de golpe o del fantasma de la guerra civil para hacer pasar aquel ignominioso acuerdo entre los dirigentes reformistas del PCE y el PSOE y de los nacionalismos conservadores periféricos, con la Corona y el Franquismo.

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El discurso de Nochebuena de este 2018 ha reflejado, a la manera de Zarzuela, uno de los elementos más destacados del año que termina: la monarquía española está entrando en barrena. En 2017 zozobró en Catalunya y en 2018 se ha encontrado con un banco de arena muy difícil de sortear, los nacidos de la década de los 80 en adelante no son ni serán “felipistas”, menos aún monárquicos. El rey infeliz les podrá contar cuentos -unos de fantasía sobre el pasado, otros de terror sobre un oscurto futuro sin él - pero ya no cuelan.

Esperemos que 2019 sea el año en que este prometedor fenómeno se extienda y abra el camino a un movimiento que se una con otros como el de las mujeres, el catalán y llegue a impactar a la clase trabajadora. Que los Borbones se queden en el Museo de Historia y que con su caída realmente se puedan imponer procesos constituyentes en los que se resuelvan las otras grandes demandas democráticas pendientes -como el derecho a decidir o acabar con la reaccionaria casta judicial- y los grandes problemas de paro, precariedad, vivienda o servicios públicos sobre los privilegios e intereses de los grandes capitalistas.

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