Economía

ECONOMÍA

La deuda mundial alcanza un nuevo récord

Una deuda mundial histórica, un bajo crecimiento y la posibilidad de aumentos de los tipos de interés, tres posibles minas para un nuevo salto de la crisis capitalista.

Juan Carlos Arias

Madrid | @as_juancarlos

Jueves 18 de mayo | 17:01

Foto: JUSTIN LANE / EFE

La deuda mundial -empresas, hogares y Estados- superó en 2016 los 217 billones de dólares, lo que equivale a 3,27 veces el PIB mundial total. Un volumen que se enmarca en una tendencia creciente, solo durante los nueve primeros meses de 2016 el incremento fue de 11 billones de dólares.

Estas cifras podrían agravarse aún más en los próximos meses, ya que según un informe de el Instituto Internacional de Finanzas (IIF) los planes de estímulo fiscal anunciados por Donald Trump, por ejemplo, supondrían un encarecimiento de la financiación y, en consecuencia, graves riesgos de default y de reapertura de la crisis financiera.

Además, a pesar del importante estímulo económico que supone el endeudamiento generalizado facilitado por los bajos tipos de interés de los últimos años, la actividad económica crece a un ritmo muy ralentizado y predominan las dificultades para incrementar la inversión y la demanda. La economía mundial no crece con la suficiente fuerza como para dar por finalizada la crisis y abrir un período de crecimiento económico vigoroso a escala mundial.

EEUU no alcanzó el 3% de crecimiento previsto para el 2016, quedándose en el 2,9%, y para 2017 se prevé que llegue al 2,2%, según el FMI. Sin embargo, se pone como ejemplo de solidez económica frente a la eurozona, cuya realidad y previsones son aún peores. Creció solo un 1,6% en 2016, se prevé un 1,7% para 2017 y no se vislumbra un crecimiento igual o superior al 2% hasta 2019. El conjunto de la economía mundial lo hizo en un 3,1% en 2016 y para 2017 se prevé un 3,5%, muy por debajo de los porcentajes superiores al 4% de los momentos de mayor empuje.

Por eso Mario Draghi se resiste en la euorzona a suprimir los estímulos expansivos monetarios, pese a la oposición más o menos larvada de Alemania. Algo que se lo puede permitir dado que la inflación se mantiene en niveles históricamente bajos, sin alcanzar todavía el 2% establecido como objetivo por el Banco Central Europeo.

Los 80.000 millones de euros al mes puestos encima de la mesa van a continuar aunque se vayan progresivamente reduciendo. Este es el mecanismo elegido para seguir realizando una mutualizando sui géneris de la deuda, sobre todo convirtiendo en pública la deuda privada de las empresas.

Solamente en el caso del Estado español, el BCE ha adquirido desde marzo de 2015, cuando comenzaron las compras de deuda, 150.333 millones de deuda pública hasta el 31 de diciembre de 2016. En dos años el BCE se ha convertido el el mayor acreedor del Tesoro Español con un 16,33% de todos los pasivos.

A pesar de todo esto las dificultades financieras de la banca italiana, alemana y también, por mucho que se oculte, la española -ahí está el caso del Banco Popular- parecen bastante graves. Además, el bajo crecimiento económico y la escasa inversión y productividad, así como una demanda que no termina de tirar y las incertidumbres en el comercio mundial, hacen que los nubarrones sigan predominando sobre la situación econonómica mundial.

El mismo informe del IIF señala que el protagonismo en el incremento de la deuda corresponde fundamentalmente a los gobiernos. De los 11 billones de los 9 primeros meses, 5,3 corresponden a la los Estados. El segundo lugar en el ranking se encuentran las empresas no financieras que contribuyen con 3,6 millones. Aún así, de conjunto las empresas todavía superan en deuda a los Estados, dado que cargan con 63 billones frente a los 60 billones de deuda pública.

Añaden los analistas de este lobby financiero mundial que un entorno de débil crecimiento con baja rentabilidad corporativa, un dólar que se vaya haciendo y seguiría haciéndose previsiblemente más fuerte, una mayor rentabilidad para la deuda soberana, añadido al encarecimiento de la financiación, podría deteriorar la solvencia de las corporaciones, lo que caería como una losa sobre las empresas y estados con importantes necesidades de refinanciación, que son bastantes.

La cuestión es que todos los datos macroeconómicos indican que pese a los esfuerzos de la burguesía mundial y el capitalismo de hacer pagar la crisis a los trabajadores -incrementando las tasas de plusvalía absoluta y relativa con incrementos de jornadas laborales, precarización laboral, devaluación salarial y mejoras organizativas y productivas- de momento no se ha logrado incrementar en el grado suficiente la tasa de ganancia capitalista. Un síntoma claro de que la sobreacumulación de capital y el enorme volumen del capital ficticio lastran todavía mucho la tasa de ganancia.

En otras palabras, no se han destruido aún los suficientes medios productivos, ni capitales, ni incrementado tanto la tasa de explotación en el grado que requiere el capital. La resistencia de la clase obrera sigue latente pese a que por el momento no se han logrado detener los múltiples y fuertes ataques a los derechos de la clase trabajadora, ni la clase obrera ha pasado a la ofensiva. Y sobre todo no se termina de resolver de qué manera se va a repartir este “ajuste” entre las diferentes burguesías imperialistas, lo que está detrás del incremento del nacionalismo y las amenazas proteccionistas de cada vez más gobiernos o fenómenos políticos.

Las perspectivas de la economía mundial no se pueden por lo tanto desligar de sus consecuencias políticas. El capitalismo solo tiene que ofrecer, para sobrevivirse a sí mismo, nuevos hitos de miseria y barbarie. Que la clase obrera y los sectores populares peleemos por un programa y una estrategia de ruptura con el capitalismo y profundamente internacionalista es en pleno Siglo XXI igual de vital que lo fue en el XX. Como dijo la gran revolucionaria alemana Rosa Luxemburgo, hoy el dilema de la humanidad sigue siendo el de “Socialismo o Barbarie”.






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