Estado Español: crisis orgánica, hipótesis estratégicas

La ilusión gradualista

Josefina L. Martínez

Historiadora | Madrid

Diego Lotito

Madrid | @diegolotito

Domingo 10 de agosto de 2014 | 21:49

“Gobierno de la gente” y “municipalismo”

La estrategia del “gobierno de izquierda” tomó fuerza en Europa a partir de la experiencia de Syriza en Grecia. El resultado de las últimas elecciones europeas ha dado lugar a una traducción propia en el Estado español, con fórmulas tales como el “gobierno de la gente” (Izquierda Unida) o un “gobierno decente” (Pablo Iglesias).

La expectativa que han generado se nutre del profundo malestar social por las consecuencias de la crisis y el rechazo hacia los políticos del régimen1. Sin embargo, creemos que estas propuestas en vez de expresar la emergencia de un nuevo movimiento político transformador, llevaran a nuevas frustraciones.

Como escribió Marx, el pensamiento liberal de izquierda “en vez de tomar a la sociedad existente (y lo mismo podemos decir de cualquier sociedad en el futuro) como base del Estado existente (o del futuro, para una sociedad futura), considera más bien al Estado como un ser independiente, con sus propios ‘fundamentos espirituales, morales y liberales’”2. Un Estado “decente” sobre la base de una sociedad de explotación capitalista era una utopía irrealizable en la época de Marx, y tanto más en la época del capitalismo imperialista.

Sin embargo, el clima de ilusiones electorales sigue extendiéndose y ahora se manifiesta en una ola de “municipalismo”. La posibilidad de emplazar candidaturas de “unidad popular” o “unidad de la izquierda” para las próximas elecciones municipales (mayo 2015) es el debate del momento. Un espacio a la izquierda del PSOE en el que conviven formaciones más institucionalizadas (como IU), más recientes (Podemos), hasta las que aspiran a una formación “desde abajo” (asambleas y movimientos vecinales). En un libro reciente3 los autores teorizan sobre la llamada “apuesta municipalista”:

La ola 15M ha aterrizado en las playas del ‘municipalismo’. Ha visto en este una posible salida capaz de dar expresión institucional a su propósito democratizador.
La estrategia del municipalismo tiene una larga historia a nivel mundial, con diferentes expresiones teóricas y prácticas en corrientes burguesas y del movimiento obrero. La propuesta es seductora para muchos, tanto por consideraciones pragmáticas (es más fácil acceder a un gobierno local que a uno estatal), como por la ilusión de una democratización mayor de los espacios locales y próximos.

Los autores plantean que el mayor desafío de la “apuesta municipalista” pasa por superar la “democracia procedimental”, incentivando la participación activa de los ciudadanos y vecinos, por lo que las candidaturas deben ser más de “movimientos” que de “partidos”.

Aunque con aspiraciones más democráticas que los proyectos de la izquierda institucionalizada, la propuesta termina siendo igualmente limitada. El autogobierno de los ciudadanos a través de las instituciones de la democracia liberal es una ficción engañosa, aun cuando se proponga en ámbitos de escala reducida. Más aun en ciudades metrópolis como Madrid y Barcelona, con varios millones de habitantes y que concentran sedes de grandes empresas transnacionales.

Transformar el Estado y el poder implica transformar las relaciones sociales sobre las cuales se sustenta ese mismo Estado. En la sociedad capitalista esto requiere imponer un programa que cuestione el poder y la propiedad de los capitalistas. Ya sea a nivel estatal como municipal, lograr una “democracia sustantiva” implica poner en movimiento poderosas fuerzas sociales y crear nuevos organismos de autoorganización de masas que operen como un poder alternativo al de los capitalistas.

A lo largo de la historia, este tipo de organismos de democracia directa y doble poder (soviets, consejos, coordinadoras) han aparecido por fuera de las instituciones estatales burguesas, enfrentando con su legitimidad a las instituciones existentes.

Sin una perspectiva de autoorganización obrera y popular y sin cuestionar la propiedad privada, las experiencias de “gobiernos de izquierda” muestran que la “lógica de la gestión” se impone irremediablemente. En el caso de Izquierda Unida, esto se ve en Andalucía donde cogobierna con el PSOE y es responsable de despidos masivos de profesores interinos y recortes; o en la localidad de Rivas-Vaciamadrid, con acusaciones cruzadas entre la militancia de IU que llevaron a la dimisión del alcalde.

Incluso los dirigentes de Podemos, sin experiencia aún de gobierno, reconocen desde ahora que la “lógica de la gestión” llevará a conciliar necesariamente con los poderes reales y la “vieja política”. En un documento afirman que esa posición, que nos convierte en un claro referente de la dicotomía “nuevo/viejo” (…) será incompatible con el menor caso de corrupción y es hasta cierto punto difícil de mantener en el tiempo cuando nuestra política no sea solo de construcción de voluntad de cambio sino que se enrede en la gestión, sus necesarias transacciones y compromisos, en un momento de estrechamiento de la autonomía de las instituciones subnacionales frente al plan de ajuste4.

Una declaración sorprendente, que a su vez reafirma una evidencia histórica: las propuestas de “unidad de la izquierda” o “unidad popular” en base a programas mínimos y disposición natural a los “compromisos” con sectores de las clases dominantes, lejos de abrir un nuevo camino democratizador, sólo pueden preparar nuevas derrotas y frustraciones.

Salir de la crisis: ¿con Keynes o con Marx?

El programa electoral de Podemos tuvo un carácter “neokeynesiano” muy similar al de Izquierda Unida, con medidas como subsidios para la pequeña y mediana empresa o propuestas para “democratizar” las instituciones imperialistas como el Banco Central Europeo.

Se trataba de un programa de reformas cosméticas del capitalismo, apostando por un “capitalismo ético”. Pablo Iglesias define que su opción es Keynes frente a Marx5, como si se pudiera encontrar en el economista británico un plan para solucionar las necesidades de las mayorías sociales afectadas por la crisis. Lord Keynes no fue un economista preocupado por “los de abajo”, sino un lúcido teórico al servicio de encontrar una salida a la crisis… ¡para los capitalistas! En un momento de aguda depresión propuso una serie de medidas para salvar el sistema y restaurar la ganancia capitalista.

Como dijera de sí mismo: “Si yo he de defender intereses parciales, defenderé los míos. Cuando llegue la lucha de clases como tal, mi patriotismo local y mi patriotismo personal estarán con mis afines. Yo puedo estar influido por lo que estimo que es justicia y buen sentido, pero la lucha de clases me encontrará del lado de la burguesía educada”6.

Volviendo al momento actual, desde Podemos e IU proponen un programa de “mínimos”, con medidas concretas que “generen consensos”. Por ejemplo en relación a la deuda defienden una “auditoría” y “reestructuración”, es decir un compromiso que implica seguir pagando una parte de esa deuda que no contrajeron los trabajadores sino los gobiernos. En cambio, el no pago de la deuda en favor de los bancos (rescatados masivamente con dinero público) es una medida elemental que contaría con el apoyo de gran parte de la población.

Pero la minoría social de la banca y las grandes empresas no aceptará ningún “consenso” contrario a sus intereses. ¿Cómo se puede imponer esta medida? Tan solo su anuncio provocará la tan azuzada “reacción de los mercados” y una dinámica in crescendo de la lucha de clases, volviendo a poner en escena las “hipótesis insurreccionales” de la huelga general y la movilización obrera y popular. Es que la lógica de la lucha de clases es más profunda que los deseos de avance evolutivo de los reformistas. Medidas “mínimas” como el no pago de la deuda o la prohibición de despidos, tienen que ligarse a otras medidas transitorias como la nacionalización de la banca o el control obrero. Un programa que enfrente el poder de la banca y los grandes capitales –el poder real detrás de la “casta” de políticos corruptos– y una estrategia para derrotarlos.

Hipótesis estratégicas en tiempos de crisis orgánica

La descomposición del régimen político español, la persistencia de la crisis económica y la crisis de representación, lo que hemos denominado siguiendo a Gramsci una “crisis orgánica”7, reactualizan el debate sobre las hipótesis estratégicas para dar una salida a la crisis.

Izquierda Unida sostiene el objetivo de “regenerar” la democracia capitalista, haciendo de la acción parlamentaria no un “medio táctico” sino una orientación estratégica. Una perspectiva acorde a su relación orgánica con la burocracia sindical de CCOO y UGT y su rol de contención de la lucha de clases. No por nada el PCE –componente central de IU– fue un partícipe clave de la gestación del régimen del ‘78. En este marco, la reciente aparición de Podemos se presenta como lo más novedoso. Sin embargo sus hipótesis están lejos de ser una revelación.

Recientemente, el equipo coordinador de Podemos presentó un documento político8. Reconociendo el agotamiento orgánico del régimen de 1978, se afirma que:
Esta crisis se produce en el marco de un Estado del Norte, integrado en la Unión Europea y la OTAN, que no ha visto mermada su capacidad de ordenar el territorio y monopolizar la violencia. (…) Esto imposibilita tanto las hipótesis insurreccionales como las de construcción de contrapoderes ‘por fuera’ de la estatalidad. La perspectiva estratégica se sintetiza entonces en lo que denominan una “apertura democrático plebeya” o un proceso de “unidad popular y ciudadana”.

Es cierto que a pesar de la crisis, el Estado español no ha visto mermada su capacidad de “monopolizar la violencia” (aunque la reemergencia de la cuestión catalana hace más discutible su capacidad de “ordenar el territorio”), y aún no se ha desarrollado un nivel de radicalización que amenace los poderes constituidos.

Sin embargo, estas definiciones son insuficientes para negar hacia el futuro toda “hipótesis insurreccional” (o de movilización obrera y popular) y optar por una estrategia gradualista y “estatalista” del cambio político. Porque, siguiendo a Gramsci,
lo central de la crisis orgánica no es que esta pueda transformarse en revolución, sino que plantea una crisis de la autoridad estatal, que puede abrir paso a un proceso revolucionario, en caso de que exista una fuerza combativa organizada previamente o a una solución de fuerza cesarista en caso de que ésta última no exista y la iniciativa de los de abajo se vuelva discontinua y desagregada9.

Aunque no es la perspectiva inmediata, el documento de Podemos no contempla estas tendencias inscriptas en la situación. Por el contrario, el documento sostiene que:

Las hipótesis movimientistas y de gran parte de la extrema izquierda, instaladas en un cierto mecanicismo por el que “lo social” ha de preceder siempre a “lo político”, se han demostrado incorrectas para romper la impotencia de la espera y proponer pasos concretos más allá de la movilización10.

La desigualdad entre “lo político” y “lo social” surge de las condiciones propias del dominio capitalista, pero se expresa con distintas características según el momento histórico. Actualmente el contenido concreto que tienen estas discusiones está determinado por una suerte de “espíritu de época” heredado de la derrota del último ascenso de 1968-76, que combina el cuestionamiento tanto al “sujeto social” –la clase obrera– como al “sujeto político” –el partido leninista– sobre el cual el marxismo clásico fundamentó históricamente su estrategia de la revolución social11.

No podemos aquí analizar la serie de factores históricos y políticos que dieron lugar al complejo escenario de las últimas décadas (la ofensiva neoliberal, el retroceso de la clase trabajadora, el colapso de los regímenes estalinistas y la restauración capitalista, etc.), pero sí afirmar que la hipótesis estratégica de Podemos se sustenta en un sentido común heredado de una lectura derrotista de la etapa anterior y la creencia de que se abrió un período histórico en el que la revolución está “más allá de nuestro horizonte”.

A pesar de la retórica de lo “nuevo y lo viejo”, la negación de toda “hipótesis insurreccional” (y consecuentemente, del peligro de que se estructuren “soluciones de fuerza” por parte de las clases dominantes), constituye una operación política que justifica una estrategia electoral de ocupar espacios dentro del Estado burgués. Un credo que remite a la “vieja” tradición reformista y parlamentarista, cuyo fundamento se sustenta en una ilusión asombrosa en las posibilidades que ofrece la democracia liberal.

Esto no niega la necesidad de intervenir ofensivamente en el terreno electoral y parlamentario. Pero para eso no es necesario “bajar el programa”. Es posible hacerlo con un programa anticapitalista y de clase, poniendo las posiciones parlamentarias obtenidas al servicio de desarrollar la lucha de clases. Un gran ejemplo en este sentido es el Frente de Izquierda y los Trabajadores de Argentina y los parlamentarios del PTS.

Al no plantear una dialéctica entre parlamentarismo y lucha de clases en que la segunda sea la determinante, la opción estratégica de la dirección de Podemos contribuye a desarmar política y organizativamente a los trabajadores y sectores populares para las batallas futuras. Si el mayor peligro es caer en la ilusión de que se puede transformar la sociedad capitalista sin enfrentar la resistencia de quienes la dominan, la mayor insidia es fomentar dicha ilusión.

Estrategia y partido

La existencia de una estrategia presupone una herramienta para llevarla a cabo. En el caso de Podemos, ya se están ensayando las primeras respuestas sobre esta cuestión crucial. Recientemente se presentó un documento sobre sus principios básicos de organización12.

Un análisis más profundo de este tema excede a este artículo, pero puede decirse que la novedosa propuesta organizativa de la dirección de Podemos se reduce a dos pilares: 1) la militancia activa de los Círculos queda subsumida en la “participación ciudadana” por internet; 2) su estructura organizativa es un sistema cuasi plebiscitario, cuya quintaesencia radica en la relación entre el líder mediático (con toda seguridad Pablo Iglesias) y las votaciones por internet de cualquier “ciudadano” que se inscriba como afiliado, milite o no.

Es decir, que podría votar por internet tanto un trabajador que fue despedido, como el dueño de la empresa que lo dejó en la calle, tanto un integrante de las fuerzas represivas, como una mujer desempleada que fue desalojada de su casa. Por otro lado, al diluir las decisiones de los militantes activos entre la “ciudadanía” virtual, el poder de influencia del “líder mediático” a través de la TV se vuelve central. Para la tradición política española de las últimas décadas esto tampoco es una novedad. ¿O acaso no afirmaba en 1979 Alfonso Guerra, otrora “peso pesado” del PSOE, que prefería “5 minutos de televisión a diez mil militantes”?.

La nueva forma de partido que propone la dirección de Podemos se corresponde con la vieja estrategia de la conquista gradual del poder por la vía parlamentaria. Para aquellos que seguimos reivindicando la estrategia de la revolución social para terminar con el sistema capitalista, la necesidad de construir partidos revolucionarios de trabajadores para intervenir en la lucha de clases sigue siendo una tarea ineludible. Para la dirección de Podemos esto es poco menos que un delirio.

Lamentablemente, para una parte importante de la izquierda del Estado español que se reivindica anticapitalista y participa acríticamente en Podemos (como En Lucha e Izquierda Anticapitalista), también lo es. Sin embargo, la dinámica de la situación española en el mediano plazo y las tendencias a una mayor agudización de los conflictos de clase, proyecta la necesidad de construir un instrumento político a la altura de los enemigos que tienen la clase trabajadora y las mayorías populares como única alternativa realista para que la crisis la paguen los capitalistas.


1. Continuamos así en este artículo con el debate que iniciamos en el número anterior: Josefina Martínez, “De la ‘ilusión social’ a la ‘ilusión política’”, IdZ 11.
2. Karl Marx, Crítica del Programa de Gotha, 1975 (edición electrónica en www.marxist.org).
3. Observatorio Metropolitano, La apuesta municipalista. La democracia empieza por lo cercano, Madrid, Editorial Traficantes de sueños, 2014. Este colectivo participa del lanzamiento de la iniciativa “Ganemos Madrid” junto a otros colectivos sociales y políticos, incluyendo integrantes de Podemos e IU.
4. Preborrador de ponencia política: “La crisis del régimen de 1978, Podemos y la posibilidad del cambio político en España”, julio de 2014.
5. Pepa Bueno, entrevista televisiva a Pablo Iglesias en “Hoy por Hoy”, www.cadenaser.com.
6. John Maynard Keynes, “¿Soy un liberal?”, conferencia recogida en Ensayos en persuasión, 1925.
7. Josefina Martínez, op. cit.
8. Preborrador de ponencia política, op. cit. Este documento será debatido junto a otros en espacios virtuales y en los círculos de Podemos hacia la “Conferencia ciudadana constituyente” de otoño.
9. Fernando Rosso, ¿Progresista o Restaurador? Otra vez sobre Gramsci y el kirchnerismo (una respuesta a Artemio López), blog El violento oficio de la crítica, 20/09/2011.
10. Preborrador de ponencia política de Podemos, op.cit.

11. Claudia Cinatti, “¿Qué partido para qué estrategia?”, Estrategia Internacional 24, diciembre 2007-enero 2008.

12. Sobre los principios organizativos de Podemos, documento preborrador, julio de 2014.






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