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La muerte azucarada: el día de muertos según Víctor Serge y Serguéi Eisenstein

Dos comunistas. Uno escritor. Otro cineasta. Ambos se fascinaron por el día de muertos en México.

Sergio Abraham Méndez Moissen

México @SergioMoissens

Domingo 28 de octubre de 2018 | 16:02

¡Qué viva México!

Serguéi Eisenstein es uno de los de los directores de cine más importantes de la historia. En la URSS publicó y estrenó El Acorazado Potemkin, La huelga y otras obras de gran importancia. Animado con el financiamiento que le ofreció el escritor Upton Sinclair, Eisenstein arrancó a finales de 1930 la filmación de “Da zdravstvuyet Meksika!” (¡Qué viva México!), una de las películas inconclusas más famosas de la historia. Cuando declaró a los periódicos locales sobre su visita a México éste señaló:

“Durante un mes aproximadamente me dedicaré a estudiar el ambiente mexicano, y después procederé a la manufactura de la película basada en el asunto local. Tras este estudio decidiré si la obra la basamos en un argumento determinado o en una exposición fiel del país, de sus costumbres y de su pueblo, documentándome previamente en visitas que realizaré al Distrito Federal y regiones inmediatas, al Istmo de Tehuantepec y a Yucatán, pues no omitiré por ningún motivo las famosas ruinas de Chichén Itzá, y mi interés por el folklore local es enorme.” [1]

Su genialidad es indiscutible en la historia. Llegó a México en 1930, con la verdadera necesidad de viajar por el país y retratar lo que aquí pasaba. Evidentemente se fascinó por el Día de Muertos. Comenta. “No hay evento más maravilloso ni de mayor dignidad que pueda ser capturado por una cámara como lo es el Día de Muertos en México”. Su lente grabó el día de muertos.

Víctor Serge: con Benito Juárez y León Trotsky

Víctor Serge llegó a México en 5 de septiembre de 1941 junto a su hijo Vlady en medio de la “media noche” del siglo XX. Ese tiempo de avance del fascismo en toda Europa, la derrota de la república de España en la “Guerra Civil”, del triunfo contrarrevolucionario del estalinismo en la URSS, del asesinato de León Trotsky en México y del suicidio de Walter Benjamin en Port a Bou.

Serge es un errante del siglo XX que terminó. Claudio Albertani lo describe así en su prólogo a la última novela en México Los años sin perdón: “Víctor Napoleón Lvovich Kibalchich (Bruselas, 1890-Ciudad de México, 1947), mejor conocido como Víctor Serge, fue un apátrida sin papeles que pasó diez años en diversos cautiverios, generalmente duros. Nunca poseyó algo y perdió repetidas veces las pocas cosas a las que tenía apego: libros, manuscritos y objetos personales.” [2]

Resumir a Serge políticamente es difícil. Hijo de narodnikis, de joven fue juzgado por simpatizar con la Banda Bonnot que asediaba París, posteriormente en Barcelona se hace militante de la CNT y anarquista convencido. En 1919 adhiere al bolchevismo y juega un rol trascendental en la fundación de la III Internacional Comunista. Fue el traductor de un sin número de reuniones en la sede de la I.C. En 1929 se hizo miembro de la Oposición de Izquierda y militante de las ideas de Trotsky a quien nunca, más allá del distanciamiento político que luego ocurrió, dejó de admirar en medio de la más feroz represión del estalinismo.

En México, Serge pasó su primer día de muertos en 1941 y lo relata del siguiente modo, sorprende su mención a Benito Juárez y a León Trotsky:

“Día de Muertos. Hemos visto en las calles pequeños esqueletos blancos o dorados, bien hechos: cabezas de muertos de azúcar con ojos verdes o rojos. Sus nombres en color brillante en la frente de cada cráneo. Pequeños panes con forma de cráneos y huesos. Evocación de azúcar y más encantos.

Hemos visitado el pequeño cementerio y la iglesia de San Fernando, a dos pasos. Un corazón cerrado por todas partes, las piedras grises de la iglesia, las losas con viejos nombres de los años de 1860 en el muro, como si los ataúdes fueran un homenaje a ellos y sin duda los dejamos. Abandono.” [3]

Dice Serge que las tumbas difieren de las europeas: “Una pequeña oficina, una máquina de escribir y [...] bajo de bóvedas con viejos ataúdes en las esquinas, retirados de las tumbas, vacías, calcinadas por el polvo y el tiempo. Las tumbas del jardín aplastantes y sin estilo. Extraña necesidad en otros países de ahogar a los muertos bajos las piedras pesadas orgullosas. Aquí no es así.” [4]

Finalmente relata su visión sobre Benito Juárez:

“La tumba de Benito Juárez, sin ninguna inscripción, muy sencilla, un hemiciclo o columnata, sin una inscripción, nada, muy bello, pero sin ninguna explicación. Largas expresiones dolientes en su estatua. El brazo inmovilizado, el cuerpo fuerte. La cabeza es noble y verdadera, sorprendente por su sencillez, no vemos a un hombre abatido.

Juárez tiene un fuerte similitud con Lenin: el Lenin de la independencia mexicana, encuentro una fuerte relación de ambos personajes. Estoy solo. Sueño por momentos que resucita, mientras contemplo a Benito Juárez, pero recuerdo que los hombres no resucitan, sigo mirando a Juárez y recuerdo que no pueden resucitar y que sólo estoy soñando.” [5]

Algo relata Serge que es curioso. León Trotsky, asesinado en México, fue recordado por los que festejaron la tradición. Comenta: “Segunda ocasión de mi estancia en México el Día de Muertos. Luego de la fiesta de muertos que siguieron al asesinato de León Trotsky en México hemos visto en las calles calaveras en homenaje y recuerdo a Trotsky. Hay pequeños ataúdes y dibujos con Trotsky muerto en azúcar. Rechazo de Jeaninne que ve a los niños comer calaveras de azúcar. Siendo aún europea está horrorizada por lo que sucede este día. No dura mucho pues luego come una calavera de azúcar de ella misma.” [6]

Serge, Serguéi

El día de muertos se celebra en México el 2 de noviembre. Difícilmente hay una celebración así en el planeta. Un festejo a la muerte. Cráneos de dulce, ofrendas, gente caracterizada de Catrina, fiestas en los cementerios, poemas titulados “calaveritas” son algunos de los elementos de dicha festividad.

Los orígenes de esta festejo se remontan a las tradiciones indígenas en particular a la tradición nahua. Los aztecas pensaban que el inframundo, en la tradición occidental el infierno, era un lugar de relajación, de reposo y tranquilidad.

El color azul del inframundo difiere de modo radical a la concepción tradicional de la muerte en occidente: mientras en la obra de Dante el infierno es rojo y lleno de fuego en la tradición indígena nahua el inframundo, lo que nos espera a todo después de la muerte es calmo y no existe tormento.

Mictlán, según los nahuas, ordenado por su dios Mictlantecuhtli es un espacio de confort, relajación y no de tormento como lo pensaron los occidentales. La muerte según los indígenas no era lamentable: las personas pasamos a un mundo menos doloroso que el real. Dicha celebración de la muerte se expande a las culturas de Mesoamérica.

La historia del día de muertos fascina a todos los extranjeros que vienen al país. Dos personalidades son analizadas en este breve texto. Dos rusos. Dos comunistas: uno escritor, el otro, cineasta. Ambos se fascinaron por el día de muertos en México. Culmino, ya comenzaré a armar mi ofrenda de este año que incluye una parte de mí, ya muerta en tiempos pasados.



[1Entrevista a El Universal, 9 de diciembre de 1930.

[2Claudio Albertani, “Victor Serge y los años sin perdón” en Victor Serge, Los años sin perdón, Universidad Veracruzana, 2014.

[3Victor Serge, Carnets, (1936-1947), Éditions Agone, Marseille, 2012.

[4Ídem.

[5Ídem.

[6Ídem.





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