SUPLEMENTO

La trinchera infinita: la luz y el encierro

Eduardo Nabal

CINE

La trinchera infinita: la luz y el encierro

Eduardo Nabal

Sea o no seleccionada por la Academia de Hollywood para optar al Oscar a la mejor película extranjera, “La trinchera infinita” es, en sí misma, una de las grandes páginas del cine español reciente.

Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Marí Goenaga, directores y guionistas, han combinado sus labores de escritores y cineastas también en la intimista y valiente “80 egunean”, sobre el amor entre dos mujeres mayores en Euskadi, y “Handia”, revisitación a la vez cruda y poética de la historia real del gigante de Orzo. Pero con “La trinchera infinita” han conseguido su película más redonda. Una aproximación nada convencional a aquellos que tuvieron que esconderse, ante la imposibilidad del exilio, en lugares insospechables para no sufrir las represalias de las tropas franquistas (los llamados “topos”).

Inspirada en un hecho real sucedido en una localidad malagueña, el filme es una de tantas historias que aún permanecen en el olvido de los que hacen y deshacen nuestra memoria histórica desde un punto de vista oficialista. Tras un comienzo lleno de tensión dramática, acción, violencia y suspense, los realizadores se centran en la peripecia existencial de Higinio (interpretado por un inmenso Antonio de la Torre), un militante republicano que, tras ver a sus compañeros de huida morir en el intento, regresa para esconderse tras las paredes de la casa donde vive con su mujer, Rosa (Belén Cuesta, en su primer gran papel dramático para el cine) y permanecer en un “pactado” anonimato en un pueblo de Andalucía.

El filme, con una bella y poética fotografía de Javier Aguirre, no escatima detalles en la dureza y la soledad del encierro, tanto para Higinio como para Rosa, que, ahora, a duras penas, pueden llevar una vida matrimonial equilibrada.

La película intercala diferentes episodios en los que vemos desarrollarse la deteriorada existencia de uno de esos “topos” que no pudieron salir a la luz hasta finales de la dictadura. Dos de los grandes temas de la película son la luz y el encierro y la composición visual y los continuos movimientos de cámara no dejan respiro al espectador. Higinio espera sin suerte que las potencias extranjeras liberen a la España de Franco de las garras del autoritarismo más férreo pero el tiempo pasa, las cosas no cambian y la relación con su mujer se deteriora, sobre todo, cuando ella decide tener un hijo.

El adentro y al afuera, el tiempo y su relativismo, la claridad y la opacidad, el miedo y el amor, son los grandes temas y motivos visuales de un filme a la vez amargo y refinado en su meticulosa puesta en escena, sin descuidar los detalles que denotan el paso de los años y elementos como la llegada de la televisión, el fin de la Segunda Guerra Mundial, las “naciones unidas”, el turismo, las visitas del cartero.

En la existencia claustrofóbica de Higinio no faltan los momentos en que se mezcla la comedia de situaciones y la reflexión filosófica, así como los episodios sangrientos cuando tiene que salir a salvar a su esposa de las garras de un militar violador. También encontrará, en el interior de una habitación, a una pareja de homosexuales que, a su manera, comparten el encierro, ese armario detrás del que vive escondido el protagonista.

La mirada de Higinio es el epicentro del filme, oteando el mundo a través de huecos, visillos, ventanas, cristales, cerraduras... que nos ofrecen una imagen fragmentaria de lo que está sucediendo en el exterior. El ritmo del filme nunca decae, alternando el más puntilloso realismo con los sueños y pesadillas del protagonista, un hombre deteriorado por el ocultamiento, que se ha convertido en un espectador aterrado de una España que se resiste a cambiar. Una suerte de metáfora encubierta del espectador de cine que, al igual que Higinio, debe limitarse a mirar y escuchar sin poder participar de forma activa en los acontecimientos.

A pesar del amor que pervive entre la pareja protagonista no faltan los diálogos afilados, las discusiones cada vez más agrias y la presencia de un hijo que crece sin entender muy bien lo que sucede a su alrededor, añadiendo ambigüedad y dramatismo al desarrollo del filme. Higinio no es un fiero y aguerrido militante, solo un superviviente que creía en los ideales de la República y que sigue renegando de esa dictadura militar representada por su vecino Gonzalo (Vicente Vergara) que, con sus inquietantes e inesperadas apariciones, pone en peligro la seguridad del protagonista. El miedo, la delación, la grisura, la falta de horizontes de un tiempo marcado por la represión se intensifica en la historia de este antihéroe que no puede salir apenas de su escondrijo.

Una fina ironía recorre lo que no deja de ser una tragedia de nuestra historia narrada con pulso firme y con un guion ejemplar para seducir al espectador, al que ponen fuerza no solo la versatilidad de protagonistas y secundarios, sino también el empaque audiovisual de la propuesta.

Dotada de una vigorosa puesta en escena reforzada por una hermosa partitura del siempre evocador Pascal Gaigne, concluye con el indulto de 1969, un momento inolvidable en el que Higinio, acostumbrado al encierro y sus cadenas, reales y simbólicas, teme enfrentarse al efecto de la luz del sol y al desafío de una posible y, siempre relativa, libertad.

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Eduardo Nabal

Burgos | @eduardonabal
Nació en Burgos en 1970. Estudió Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de Salamanca. Cinéfilo, periodista y escritor freelance. Es autor de un capítulo sobre el new queer cinema incluido en la recopilación de ensayos “Teoría queer” (Editorial Egales, 2005). Es colaborador de Izquierda Diario.
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