Internacional

SEÑAL DE UNA CRISIS PROFUNDA

Las mujeres en la primera línea de la rebelión de los chalecos amarillos

¿Quiénes son las mujeres de chalecos amarillos que se rebelan? ¿Cuál es su papel dentro de la clase trabajadora y cuáles son sus demandas? El despertar político de quienes puede revolucionar Francia desde los cimientos.

Laura Varlet

Corriente Comunista Revolucionaria (NPA)

Viernes 11 de enero | 18:57

La transformación del mercado de trabajo en las últimas décadas hace que las mujeres sean mucho más numerosas en los sectores de asistencia personal, limpieza, educación, salud y también en el de cuidados. La crisis del capitalismo neoliberal, que se extiende desde 2008, ha hundido en una precariedad sin precedentes a todas las mujeres trabajadoras, a menudo madres solteras, y a sus familias. Son ellas quienes hoy se rebelan, y quienes están más decididas que nunca a pelearse por un futuro mejor para ellas mismas, sus hijos y sus familias. ¿Qué dice esta situación sobre la profundidad de la crisis social en curso? ¿Cómo llegamos hasta aquí?

Esas mujeres precarias que se rebelan

Numerosos analistas han subrayado la presencia notable de las mujeres y el papel primordial que juegan en la rebelión en curso en el país. Con sus chalecos amarillos, a menudo están en la primera línea de las manifestaciones, permaneciendo en las rotondas y los bloqueos de carreteras, decididas a luchar por un futuro mejor.
La mayoría de estas mujeres trabajan en pequeñas y medianas empresas o son empleadas del sector servicios. Muchas trabajan en servicios esenciales como la salud, los transportes, la educación y particularmente en el sector de cuidados. Trabajadoras de la limpieza, empleadas de hogar, auxiliares de guardería, personal sanitario, enfermeras en residencias de ancianos u hospitales… trabajan por salarios miserables que no les permiten llegar a fin de mes.

Estas mujeres, a menudo madres solteras que combinan uno (o varios) trabajos precarios a tiempo parcial o temporales, a veces en horario nocturno, con tareas domésticas y de cuidado de sus hijos, se rebelan hoy porque ya tienen bastante con hacer malabares para llegar a fin de mes, y con tener que elegir entre comer bien o curarse. En Francia, las mujeres jefas de hogar monoparental están particularmente afectadas por la precariedad: entre las que trabajan, cerca de la cuarta parte vive por debajo del nivel de la pobreza, es decir, un millón de mujeres. Saben exactamente que pueden comprar con 10 euros de más o de menos dentro de un presupuesto en el que las cuentas están ajustadas. No sólo se rebelan por ellas sino también por el futuro de sus hijos. Siempre haciendo malabarismos, nunca se compadecen. Hoy, salen del silencio. Es la hora de levantar la cabeza. Ellas están en la primera línea de la precariedad, y de la misma manera están en la primera línea de la lucha contra Macron y sus políticas.

Las mujeres y los servicios esenciales en la reproducción social

Estos empleos, a menudo mal remunerados y bastante poco valorizados, son sin embargo fundamentales para la sociedad y realizados en su mayoría por mujeres.
Pierre Rimbert, en su artículo La fuerza inesperada de las trabajadoras, recientemente publicado por Le Monde Diplo, explica que hoy “en Francia, las trabajadoras representan el 51% del asalariado popular formado por obreros y empleados; en 1968, la proporción era del 35%”. Y después, añade que “Casi la totalidad de la fuerza de trabajo incorporada en los últimos 50 años en condiciones más precarias y por un salario 25% menor, es femenina. Por si solas, las asalariadas en actividades médico-sociales y educativas han cuadruplicado su plantilla: de 500.000 a 2 millones entre 1968 y 2017 –sin contar las docentes de secundaria y educación superior”.

Otros estudios, como los de Eurostat (oficina de estadística de la Unión Europea), afirman que la proporción de mujeres trabajadoras que son pobres en Francia ha pasado de 5,6% a 7,3% entre 2006 y 2017. Las mujeres se encuentran principalmente en trabajos de limpieza, comercio y asistencia personal. Entre los empleos no cualificados, el 49% de las mujeres lo realizan a tiempo parcial, frente al 21% de los hombres. En Francia, en 2017, las mujeres ocupaban el 70% de los contratos temporales y a plazo fijo, y el 78% de los trabajos a tiempo parcial.

Sin embargo, desde la empleada doméstica inmigrante a la profesora de secundaria o la enfermera, estas mujeres juegan un rol primordial en los servicios esenciales para la reproducción social de este sistema. Ellas garantizan que todos los trabajadores y trabajadoras que deben ir cada día a las fábricas, los talleres, los servicios privados y públicos, pueden estar sanos y alimentados, como así también sus hijos, que son la fuerza de trabajo del mañana de la cual el capitalismo tiene tanta necesidad. Estas son las mismas mujeres que, después de su jornada de trabajo, en condiciones más o más degradadas, vuelven a casa para cumplir con las tareas del hogar, que no son remuneradas pero son tan útiles para que cada trabajador vuelva al trabajo al día siguiente habiendo comido, con la ropa limpia, etc.

Esto deja algo muy en claro: si estos millones de mujeres, que constituyen una parte esencial de la clase trabajadora en sentido amplio, se ponen de pie, toda la sociedad se pone de pie.

Crisis del modelo social ¿qué relación tiene con el papel de las mujeres en el movimiento actual?

Desde hace varios años, y especialmente a partir de la crisis del modelo neoliberal en 2008, han tenido lugar transformaciones considerables en la estructura social, en el mundo del trabajo y, en consecuencia, en la vida cotidiana de millones de trabajadores y, particularmente, de las mujeres trabajadoras. Con los planes de austeridad, la pérdida de servicios públicos y las reformas antisociales puestas en marcha por los sucesivos gobiernos, no sólo se degradaron las condiciones de trabajo y los servicios públicos, sino que también aumentó considerablemente el costo de la vida. Esta situación hizo que hoy sea más difícil poder costear el cuidado propio de los hijos e hijas, llevarlos a la guardería (si se encuentra una) o al colegio, alimentarles, comprarles ropa, etc. Es aún más difícil, casi una utopía, si se piensa en actividades de ocio o culturales que sean para las familias de la clase trabajadora y sus hijos. Las privatizaciones, los despidos o incluso la falta de personal en los servicios públicos se han convertido en norma. Esto ha tenido un gran impacto tanto sobre los trabajadores y las trabajadoras como sobre los usuarios de estos mismos servicios públicos.

Esto lleva a una situación en la que las mujeres que trabajan mayoritariamente en los sectores de cuidados, de la salud, de la limpieza, de la educación o del transporte, no tienen las condiciones adecuadas para cuidar de los otros en sus trabajos. Y, por otra parte, no tienen las fuerzas ni los medios, tras una jornada de trabajo extensa y agotadora, de cuidar de sus hijos y sus familias correctamente, al mismo tiempo que a menudo recae sobre ellas mimas la mayoría de las tareas del hogar. Como señala el comunicado recientemente publicado por el Colectivo Nacional por los Derechos de las Mujeres, “ellas viven el mandato paradójico de una sociedad que las ignora: se espera que trabajen como si no tuvieran hijos y que críen a sus hijos como si no tuvieran que trabajar”.

¿Mujeres furiosas y en lucha, pero no feministas?

Desde hace varios años asistimos a luchas, huelgas y resistencia en muchos de estos sectores como la sanidad, las residencias de ancianos, los comedores escolares o en el sector de la limpieza. Como con la valiente y victoriosa huelga de 45 días de los trabajadores subcontratados de Onet [empresa de limpieza de las estaciones de tren] en las estaciones de la región Nord-Ile-de-France, o incluso las huelgas en hotelería, de las cuales la última es la de Hyatt Vendôme, también victoriosa. Estas luchas intensas, que a menudo han tenido a las mujeres como protagonistas, ¿fueron un signo anticipado de la explosión social que se vive hoy en muchas partes de Francia? Hay muchas probabilidades de que ese sea el caso. Las razones profundas de esta cólera y del desencadenamiento de estas luchas hay que buscarlas probablemente en el conjunto de elementos que expusimos más arriba.

Pierre Rimbert subraya, de nuevo en su artículo aparecido en Le Monde Diplo, que “el desarrollo de los servicios vitales en los que predominan las mujeres, su poder potencial de bloqueo y la aparición de conflictos sociales victoriosos aún no se ha traducido en acciones políticas o sindicales”. Esta afirmación permite establecer un paralelismo interesante con el actual movimiento de los chalecos amarillos. Esta espontaneidad y radicalidad que mostró la lucha de las huelguistas de Onet, entre otras, se encuentra igualmente en numerosas mujeres chalecos amarillos que no se reconocen hoy dentro de una organización sindical o política, y que son para la mayoría sus primeras manifestaciones y experiencias de lucha.

En cuanto a las reivindicaciones que se pusieron en relieve, tanto en las huelgas como la de Onet o la de Ephad como por las numerosas mujeres chalecos amarillos, ellas se sitúan en el terreno de la exigencia del respeto y la dignidad y el de obtener simplemente mejores condiciones de vida y/o de trabajo. Sobre este aspecto se escuchan a menudo reticencias provenientes de diferentes organizaciones o colectivos feministas, bajo el pretexto de que las reivindicaciones sostenidas por estas mujeres no toman en consideración los lemas específicamente “feministas” como la igualdad salarial entre hombres y mujeres o la lucha contra la violencia y la discriminación hacia las mujeres.

Pero basta con mirar el impacto de la mayoría de las movilizaciones en la historia, incluido procesos revolucionarios, en los cuales las mujeres han jugado un rol importante, e incluso algunas veces sido el detonante de las revueltas, para ver que es muy raro encontrar desde el comienzo las reivindicaciones feministas en el sentido estricto.

Un ejemplo que habla por sí mismo es la movilización y la huelga espontánea de miles de mujeres el 23 de febrero de 1917, correspondiente a nuestro 8 de marzo, en Rusia. Estas movilizaciones sobrepasaron todas las expectativas y marcaron el principio de la revolución que terminó por derribar al zar y después instaurar el primer Estado obrero de la historia unos meses más tarde. Es este mismo poder revolucionario el que enseguida instauró medidas que revolucionaron completamente la vida de las mujeres, como el derecho al divorcio o al aborto, o incluso que originó la apertura de guarderías, comedores y lavanderías para permitir a las mujeres socializar las tareas del hogar, así como dejar tiempo para otras cosas. Sin embargo, los lemas de esta revuelta del 8 de marzo de 1917 en Rusia, con las obreras textiles a la cabeza, fueron “Pan, paz y libertad”. Pan contra las terribles condiciones de vida soportadas por los trabajadores y las trabajadoras, paz para dejar de ver morir contingentes enteros de jóvenes en el frente de una guerra que duraba demasiado, y libertad contra el poder autoritario del zar. A primera vista, no había ninguna reivindicación estrictamente feminista.

En cuanto al movimiento de los chalecos amarillos, incluso si las reivindicaciones directamente feministas (como la igualdad salarial entre hombres y mujeres, etc.), no son especialmente destacadas, es un hecho que las mujeres están en las calles por mejores condiciones de vida. La precariedad toca ante todo a las mujeres y ellas son completamente conscientes. Este es también el mensaje que han querido transmitir apelando a la jornada nacional de movilización de las mujeres chalecos amarillos, con manifestaciones en numerosas ciudades el domingo 6 de enero. Ellas luchan sin descanso, día y noche. Muchas han hecho cientos de kilómetros desde sus respectivas ciudades para poder participar en el movimiento de las mujeres chalecos amarillos el domingo en París. Como explica Michelle, actualmente desempleada y que ha escrito “Pan y Rosas” en su chaleco amarillo en homenaje a la huelga de las obreras textiles de Lawrence (Estados Unidos) a principios del siglo XX, “No queremos solo sobrevivir, también queremos las rosas, la cultura, el ocio, que no son accesibles a todo el mundo”, y aún menos a las mujeres.

Con la determinación, la fuerza y la combatividad de todas estas mujeres se podrá pensar en cuestionar el conjunto del sistema de explotación y de opresión. Gwen, peluquera de 25 años, presente en la manifestación del domingo 6, explica que “Somos mujeres, pero también trabajadoras, y peor pagas que los hombres.
Queremos mostrar que somos ciudadanas, no sólo buenas haciendo las tareas de casa u ocupándonos de los niños”. Es bajo esta toma de conciencia, de la entrada en la lucha y la vida política por parte de estas mujeres que luchan por primera vez, que se podrán construir las bases de un movimiento feminista de lucha de clases que se encargue conjuntamente de las reivindicaciones de las mujeres y de la clase obrera y que vuelva a poner en entredicho al sistema capitalista y patriarcal.

¿Qué dice la determinación de estas mujeres sobre la rebelión social en curso?

El 10 de diciembre, con la hipocresía que lo caracteriza, Emmanuel Macron eligió hablar de la “cólera sincera” de “la madre de familia soltera, viuda o divorciada que ya no vive, que no tiene los medios para costear el cuidado de sus hijos y ni para llegar a fines de mes”. Detrás de este tono condescendiente por parte del presidente de los ricos, está el miedo al papel que las mujeres pueden y están jugando en el movimiento de los chalecos. Pero sobre todo el temor a que se exprese como presagio de una situación que puede convertirse en revolucionaria, con estás mujeres enfrentando la represión, como vimos el domingo 6 en París cuando forzaron un bloqueo policial que les impidió manifestarse.

Porque Emmanuel Macron sabe muy bien que estás mujeres probablemente no volverán a ser jamás simples mujeres precarias. Hoy son mujeres en cólera, revolucionadas, que luchan por un futuro mejor. Y esta experiencia de lucha, la represión, la solidaridad, el apoyo de la población, les marcará probablemente de por vida. Mientras que las mujeres entran en la batalla con determinación, a menudo síntoma de un malestar y de un descontento importantes, porque la ira tiene raíces profundas. En efecto, para poder luchar estas mujeres madres de familia precarias, a veces sin empleo, hacen sacrificios enormes y es por esto por lo que también levantan la cabeza y deciden luchar, a menudo formando parte de los sectores con más determinación.

Volviendo al ejemplo de la Rusia de principios del siglo XX, como afirma León Trotsky en su apasionante relato La historia de la Revolución rusa, “absolutamente nadie pensaba entonces que la jornada del 23 de febrero marcaría el comienzo de una ofensiva decisiva contra el absolutismo”. Hoy, se podría decir que la precariedad tiene el rostro de mujer, ¡pero la lucha contra este sistema de miseria también tiene rostro de mujer! Por esto mismo el despertar de estas mujeres que luchan con tesón será quizá el punto de partida de un proceso de revolución y descontento social que, como mínimo, está lejos de terminar.

Traducción: Natalia Pons






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