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Libia: una “tregua caliente”

A pocas horas de acordar el “alto el fuego” ambos bandos, el LNA y GNA, se culpan mutuamente por romper la tregua que intentó detener más de nueve meses de enfrentamientos en Trípoli. Un escenario de intereses locales y extranjeros contrapuestos.

Salvador Soler

@SalvadorSoler10

Lunes 13 de enero

El conflicto libio expresa las contradicciones que a su vez vemos en Siria, Irak o las actuales tensiones entre EEUU e Irán. Estos se han convertido en escenarios donde las tensiones internas también expresan intereses de potencias extranjeras que actúan en el territorio. El llamado al “alto el fuego” acordado entre Turquía y Rusia, con el visto bueno de Alemania, se produjo después del avance del Ejército Nacional Libio (LNA) en Sirte, una ciudad ubicada estratégicamente a medio camino entre Benghazi (este) y Trípoli (oeste) a lo largo de la costa de Libia sobre el Mediterráneo donde están los cuatro puertos petroleros más importantes del país.

Tanto el LNA como el Gobierno del Acuerdo Nacional (GNA), con sede en Trípoli, y reconocidos internacionalmente habían dicho que estaban de acuerdo condicionalmente con la tregua. Las facciones en la guerra de Libia, se acusaron mutuamente de violar el “alto el fuego” propuesto por Turquía y Rusia, mientras continúan los enfrentamientos en las afueras de la capital, Trípoli.

Recordemos que Libia está partida en al menos tres grandes regiones. Trípoli, que está bajo el dominio del Gobierno del Acuerdo Nacional, reconocido por la ONU, donde se eligió mediante sufragio universal al actual primer ministro Fayez Al Sarraj en 2014, un hombre cercano a la Hermandad Musulmana y a Turquía (parte de la OTAN). Desde abril de 2019 es asediada por las tropas del Ejército Nacional Libio (LNA) encabezado por el general Jalifa Belqasim Hafter, que se hizo fuerte en el noreste (Cirenaica), donde derrotó a las fuerzas yihadistas en Tobruk y Benghazi. Su última gran victoria fue en Sirte donde desplazó a diversos grupos islamistas afiliados a Al Qaeda, quienes controlan otra porción del territorio.

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Hafter fue un mariscal del derrocado Gadafi por las bombas de la OTAN en 2011, expulsado por este, consiguió refugio en EEUU durante 20 años para ser entrenado por la CIA. Retornado en 2011 para liderar el ejército, que hoy es apoyado por Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Egipto, Rusia y Francia (que pertenece a la OTAN), así como por el propio EEUU. Este mariscal, habría conseguido en una reunión con Emmanuel Macron la legitimidad internacional necesaria para comenzar una ofensiva sin cuartel y una importante ayuda de los servicios secretos franceses. Todo a cambio de que Hafter mantenga abiertas las válvulas del petróleo extraído en las regiones que controla y corte el flujo migratorio.

Donald Trump, en una llamada telefónica a Haftar, lo elogió por su visión antiterrorista días antes de su campaña contra Trípoli. Desde entonces, la administración Trump ha bloqueado varios intentos del Consejo de Seguridad de la ONU de aprobar una resolución de "alto el fuego", manteniendose mudo frente a los ataques aéreos indiscriminados de Haftar, que asesinaron a cientos de civiles.

El apoyo de Putin a Hafter fue mucho más concreto que el de Macron o Trump, le brindó al menos 2000 mercenarios rusos, -algo que niega- pero fue decisivo para que tomaran la ciudad de Sirte. Esto empujó a Erdogan a enviarar unidades especiales para apoyar militarmente al GNA. Esta situación de máxima tensión llevó a una reunión entre ambos mandatarios este jueves, donde discutieron un “Alto el fuego” en Siria y Libia, avanzando en un acercamiento de relaciones bilaterales económicas y estratégicas.

Merkel, Putin y Erdogan

Putin está dejando claro que es un actor que pisa fuerte para solucionar los principales conflictos de Medio Oriente, Norte de África y el este de Europa, estableciendo acuerdos contradictorios pero estratégicos con Turquía, e iniciando conversaciones con la alemana Ángela Merkel.

La ONU viene presionando para poner fin a la guerra en Libia, donde varios actores que pertenecen a la OTAN y la Unión Europea para frenar el flujo migratorio que golpea centralmente a Italia. Para obtener ese resultado fue preciso que Putin y Erdogan llegaran a un acuerdo sobre el conflicto en Libia y Siria, que entre otras cuestiones implican el control de los gasoductos que ingresan a Europa desde el sur, donde Turquía inauguró el gasoducto TurkStream el jueves.

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Merkel conversó con Putin en Moscú este domingo, alrededor del aumento de tensiones en Medio Oriente y avanzar en una solución sobre el acuerdo nuclear con Irán -ambos países son parte de la mesa que firmó tal acuerdo en 2015 del que EEUU se retiró en 2018 e Irán rompió este año. Además el otro conflicto es el de la guerra civil en Ucrania, donde ambos están en lados opuestos de la trinchera, lo que entorpece sus intereses sobre la construcción del gasoducto Nord Stream 2, que llevaría gas ruso a Alemania pero está suspendido de momento por las sanciones a Rusia. Para el caso libio Merkel propuso que Berlín fuese la cede de negociaciones de Paz estableciendo un acercamiento con el país eslavo.

La conferencia de Berlín programada para febrero de 2020 tiene como objetivo principal la creación de un embargo efectivo de armas, ya que la mayoría de los países vienen burlando las directivas de la ONU respecto a esto, además de aportar con entrenamiento de mercenarios, dinero o compra de combustible. Además de avanzar en la llamada Comisión Financiera Internacional (CFI) solicitada por Libia para resolver el problema económico.

Erdogan está ampliamente interesado en poner un freno al conflicto libio donde tiene millones de dólares invertidos en contratos comerciales. Tiene planes de extender su dominio sobre aguas internacionales en el Mediterráneo Oriental donde se conocen las enormes reservas de hidrocarburos, una región en disputa con Grecia, Chipre, Egipto, e Israel quienes comenzarán a construir el gasoducto EastMed.

La burla del “alto el fuego” muestra lo débiles que son estos pactos, donde las potencias buscan intereses contrapuestos, y su control sobre lo que sucede en el teatro de operaciones no está vinculado estrechamente a sus objetivos como tanto esgrimen. De esta manera, la estrategia de EEUU y la OTAN de intervenciones militares, llevando a países como Siria o Libia a guerras civiles bestiales de larga duración y crisis humanitarias sin fin, ha minado su posición hegemónica. El imperialismo norteamericano en retroceso se encuentra empantanado hace más de 10 años en Medio Oriente, dejando una brecha que están ocupando potencias como Turquía y Rusia que tienen agendas tanto o más reaccionarias.






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