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TRIBUNA

Mi vida trabajando en Decathlon

Para esta multinacional somos máquinas que hacer funcionar cada vez más rápido al menor coste. Se nos puede exprimir y desechar, todo por sus ganancias.

Lunes 3 de julio | 20:14

Soy una trabajadora de uno de los almacenes que surte de productos a las tiendas Decathlon de todo el continente europeo. Tengo 20 años y la media de edad de mis compañeros ronda los 25, teniendo muchas veces, como en mi caso que compaginarlo con estudiar de forma casi imposible.

Duramos 3 meses por contrato, prorrogable otros 3 más y con una posibilidad (absolutamente remota) de pasar a plantilla de forma indefinida. Otras personas sin embargo, son despedidas en el mes de prueba, ya que así es procedente. Muchas se van por no poder aguantar más, de ahí el escaso número de despidos que se le conoce a esta empresa. Las horas extra son obligatorias, no remuneradas como extras y pueden ser 10 o más a la semana.

Entro a las 6 de la mañana al almacén, teniendo que levantarme a las 4 de la mañana para caminar casi sin transporte público hasta el lugar donde me recoge algún compañero con su coche para llevarme a un almacén fuera de la ciudad, a quien he tratado de localizar cada tarde con la incertidumbre de saber si alguien entrará a la misma hora que yo y la ansiedad de estar pendiente de las respuestas.

Otras veces entro a las 7 o a las 8, ya que mis turnos cambian continuamente, siendo algunas semanas también rotativos por las noches. En varias ocasiones he estado más de una hora antes en el almacén porque nadie me podía llevar a mi hora y aún siendo cientos de trabajadores (muchos jóvenes sin coche) no hay ningún tipo de transporte de empresa.

Esperan que lleguemos despiertos y con fuerza para tareas físicas duras despertándonos un día antes de que amanezca y al siguiente yéndonos a dormir después de trabajar toda la noche. La falta de sueño y los dolores musculares los compartimos todas las personas que trabajamos en ese almacén. Mis días libres (también se trabaja sábado y domingo) los he pasado recuperando horas de sueño y tratando de calmar el dolor en brazos, cuello, piernas o espalda.

Es fácil acabar con los dedos llenos de pinchazos de los artículos con grapas o con un fuerte dolor en las uñas por realizar siempre los mismos movimientos. Por ejemplo, al transportar unas toallas que vienen de Bangladesh nos pican los brazos, los ojos o la nariz el resto del día. ¿Qué llevarán y a qué estarán expuestos los trabajadores que las fabrican durante 12 o 14 horas al día por menos de 1€/hora en condiciones infrahumanas?

Levantamos cajas de más de 30 kilos, tiramos de carros o traspaletas que pueden tener tres veces nuestro peso, llevamos pesadas carretillas, cuyas baterías tienen ácido y guantes de plástico como protección para cambiarlas, cargamos y descargamos camiones o facturamos pedidos bajo un cansancio que pesa como una losa sobre el cuerpo y la mente.

Tenemos, dependiendo del día, 15, 20, 25 minutos o nada de descanso donde poder hablar con los compañeros de dolores, horas de sueño dormidas, anteriores trabajos aún peores o exámenes que no se aprueban por falta de tiempo y energía para prepararlos. Allí dentro no tienes más que dos segundos para saludar mientras cruzas de un lado a otro llevando mercancía.

La presión para producir más y más es constante. Hay días que se han enviado 2,5 millones de artículos desde un almacén preparado para un millón, todo sobre nuestras espaldas. Te repiten constantemente que hay que dar más, siempre más.

Tus resultados y los de tus compañeros, como la productividad hora o los errores, se exponen públicamente, junto con el coste a la empresa de los errores cometidos, en torno al 0,01% de lo que gana ese día. También te dan el coste de artículo/hora, con el que descubres con una sencilla operación que, sin la plusvalía que enriquece a los directivos y CEO, nuestro sueldo sería más de 6 veces superior.

El lavado de cerebro es constante y meticuloso. Con el pretexto de la venta de artículos deportivos, la empresa utiliza el deporte como un mecanismo de adhesión emocional a la compañía que encuentra su mejor analogía en una secta al uso. Esto es propio de cualquier empresa capitalista, no se trata ni mucho menos de algo particular. Simplemente, se dan situaciones propias de un futuro distópico.

La empresa organiza eventos deportivos y actividades con un fuerte sello corporativo y tienes la presión implícita de ir fuera de tu horario laboral a colaborar en ese lavado de cara de tu compañía. Todas las medidas de presión están acompañadas de eslóganes como “Soy un colaborador-autor feliz”, “Celebramos las victorias juntos” o “Cada día jugamos nuestro partido más importante”, que, repetidos hasta la saciedad, hacen aún más siniestra la otra cara de la relación con la empresa: el mobbing o acoso laboral.

He visto compañeras y compañeros salir destrozados de las “entrevistas” individuales que se hacen cada mes, he visto cómo después no vuelven, he visto en testimonios en la red como estos ataques morales y psicológicos se repiten con esquemas e incluso frases iguales en lugares de trabajo de esta multinacional de más ciudades, y siempre recaen sobre “responsables” o cargos medios, sin tener que implicarse la dirección.

Me han amenazado al iniciar estas “entrevistas” con no pasar el periodo de prueba, me han repetido errores subsanados cometidos en los primeros días de trabajo una y otra vez, para descalificar mi trabajo, me han llamado asocial y al mismo tiempo demasiado sociable, afirmando que no me implico con mis compañeros, pero hablo demasiado con ellos en lugar de trabajar, me han presionado diciendo que me preocupo de los estudios en lugar de hacer bien mi trabajo, me han llamado lenta trabajando (da la casualidad de que mi productividad está bastante por encima de la media) y me han acusado de ser una carga para mis compañeros de trabajo.

Esto no es un caso aislado, ni mío, ni de mi empresa, ni de mi sector. Esto es el día a día de millones de trabajadores precarios en todo el mundo. Resistir. No me estoy quejando, ni lloriqueando, denuncio y peleo. Si alguien quiere decirme que me resigne, que en otros sitios están peor, ya lo sé.

En una conversación comentábamos que si los trabajadores de la fábrica de colchones de enfrente tenían bus de empresa siendo menos no era porque sus jefes fueran mejores, sino porque lo habían peleado. ¿Cuántas cosas avanzarían si avanza nuestra organización como trabajadores? Tal vez tengamos un trabajo más precario, pero somos la misma clase y esa lección nos la están dando.

Arrancar cada conquista entendiendo que tratarán de volver a quitarnos lo poco que no nos falta por ganar. No nos han regalado nada. Por lo que peleamos es por nuestras propias vidas, y definitivamente, valen más que sus ganancias.






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