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Olvidemos el Impeachment, todos los políticos deberían ser revocables

El Impeachment es un proceso completamente antidemocrático que nunca se usa en interés de la clase trabajadora. ¿Pero cuál es la alternativa?

Jueves 6 de febrero | 14:17

Imagen de una protesta en la ciudad de Los Ángeles. Mike Nelson/epa

Semanas después de su aprobación en la Cámara de Representantes, los procedimientos de juicio político dieron inicio en el Senado este 21 de enero. Si bien ambas partes discuten, el presidente del Tribunal Supremo, John Roberts, llama al Senado el "cuerpo deliberativo más grande del mundo". Pero no es un cuerpo deliberativo en absoluto, mucho menos el más grande del mundo. Todos sabían que la acusación no iba a ser aprobada en el Senado y que esto es sólo un espectáculo de circo para que los demócratas puedan fingir que son una verdadera oposición a Donald Trump.

Pero el juicio político no es un tema nuevo. Desde el comienzo de la presidencia de Trump los demócratas han estado barajando la posibilidad de un juicio político por su cabeza, prolongando una investigación interminable del Rusiagate.

En los últimos tres años, también ha habido campos de concentración en la frontera, acusaciones de agresión sexual contra Trump, asesinatos de líderes extranjeros y el lanzamiento de "la madre de todas las bombas", sólo por nombrar algunos de los otros crímenes de Trump. Nadie en el Congreso se movió para acusar a Trump sobre ninguno de estos temas.

La gota que colmó el vaso fue una llamada telefónica entre Trump y el líder de Ucrania que amenazaba con retener la ayuda militar si Ucrania no ayudaba a Trump a investigar al hijo de Joe Biden, Hunter Biden. En otras palabras, los procedimientos de juicio político se iniciaron para defender a una figura importante en el Partido Demócrata, no para defender a la clase trabajadora y a las personas oprimidas que han sido atacadas por la administración Trump durante los últimos tres años.

Es cierto que Donald Trump ha hecho algunas cosas turbias. Admitió haber amenazado con retener la ayuda extranjera a Ucrania a cambio de la investigación de un opositor político. En el estilo típico de Trump, rasgó el velo de honor y respetabilidad de la presidencia, desenmascarando al presidente (y a quienes le antecedieron en el mando) como un matón corrupto que vela por sus propios intereses y los intereses de un pequeño grupo de capitalistas.

Sin embargo, Estados Unidos se ha involucrado en cosas mucho peores que retener la ayuda militar. Estados Unidos ha organizado golpes de estado para proteger los intereses de las corporaciones estadounidenses y ha comenzado guerras por el petróleo para enriquecer a los amigos y familiares de los presidentes. La razón por la cual los demócratas están en pie de guerra no es porque el presidente utilizó la presión económica para su propio beneficio. Es porque usó esa presión económica contra un líder del Partido Demócrata.

También es importante recordar que el propio Joe Biden está realmente envuelto en negocios turbios. Hunter Biden estaba en el directorio de Burisma Holdings, una de las compañías de gas natural más grandes de Ucrania. Ganaba $ 50,000 al mes en este puesto, más de lo que ganan grandes sectores de estadounidenses en todo un año. Varios periodistas de investigación vieron esto como un problema mucho antes de que Donald Trump se convirtiera en presidente. Aunque ninguno de los candidatos del Partido Demócrata está dispuesto a decirlo, fue un claro ejemplo de nepotismo que fue inmensamente rentable para Hunter Biden.

Esta historia es realmente sobre demócratas y republicanos usando la política exterior en su propio interés, como lo ha hecho Estados Unidos a lo largo de la historia.

Este juicio político es una disputa entre dos partidos del capital. Es una disputa muy alejada de los intereses de la clase trabajadora; está muy lejos de cualquier cosa relevante para la vida cotidiana de la gente común, como el aumento de los costos de la atención médica y la educación o las deudas que la gente de la clase trabajadora paga cada mes pero que parece que nunca desaparece. El impeachment es una distracción masiva orquestada por los demócratas del establishment para mantener el enfoque alejado del Medicare for All o cualquier otra demanda progresiva en la que los votantes puedan estar interesados, y es un circo que cada candidato del Partido Demócrata está sosteniendo, aunque se sabía que era casi imposible que este proceso resulte en la expulsión del presidente.

Es hora de decirlo en voz alta: el proceso de destitución es una mentira. Pero cuestionar el proceso de juicio político es un paso hacia preguntas más profundas sobre cómo está organizado el sistema político. Aunque Estados Unidos se promociona a sí mismo como una democracia, el sistema es profundamente antidemocrático.

Todos los políticos deberían ser revocables. Y para ir más allá, los presidentes y su poder ejecutivo tipo rey no deberían existir. Y tampoco el Senado, que no se basa en una representación igualitaria en absoluto, sino que fue diseñado para velar por los intereses de los líderes de las poco pobladas 13 colonias británicas (los estados originales) hace siglos.

Los políticos deberían ser revocables

Un pilar de nuestra "democracia" es que cada dos años, tenemos el derecho de ir a las urnas para elegir entre un candidato malo y otro peor. Como dijo Lenin: "Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el parlamento: he aquí la verdadera esencia del
parlamentarismo burgués, no sólo en las monarquías constitucionales parlamentarias, sino también en las repúblicas más democráticas. ”. Esta forma de hacer política asegura que para la mayoría de la clase trabajadora, la política es un concepto lejano: algo que sucede en Washington y mantiene el status quo. Es por esa razón que un triste 50% (o menos) de los habitantes de Estados Unidos votan, y por qué para las personas de color, los números son aún más bajos. Como señala el podcast The Wilderness al entrevistar a personas que no votaron en las últimas elecciones: "no es que estos votantes sean apáticos. Plantearon todo tipo de cuestiones que claramente les interesan, desde la atención médica hasta la educación, los precios de la vivienda y la brutalidad policial. Simplemente no ven cómo se resuelven estos problemas votando". Las personas votan con los pies y muchas, o incluso la mayoría de las personas en los EE.UU. saben que votar no cambiará su suerte en la vida.

Los que sí votan —por lo general después de pasar horas en largas filas antes o al salir del trabajo— ya no tienen voz después de emitir su voto. Es un compromiso de cuatro años para el Presidente y uno de seis años para el Senado. Como todos sabemos, durante la temporada electoral, estos políticos prometen a los trabajadores el sol, la luna y las estrellas, sólo para volver a incumplir todas (o casi todas) sus promesas. Los votantes, sin embargo, están atrapados con la persona ocupando el cargo mientras que las corporaciones gastan miles de millones de dólares haciendo lobby y donando a campañas de reelección para tener mayor influencia política.

La única forma de destituir al presidente bajo este sistema político es esperar que la Cámara de Representantes y el Senado voten para hacerlo, sin importar cuánta gente esté en desacuerdo con las políticas del presidente. El índice de aprobación de Trump cayó al 56% en su contra en enero de 2019, y no había ningún mecanismo para retirarlo. En Chile en este momento, el índice de aprobación del presidente Piñera es del 8%, y no hay ningún mecanismo para eliminarlo. Esa es la naturaleza de la "democracia" capitalista.

¿Qué pasa con el Impeachment entonces? Claro, la Cámara de Representantes puede hacerle juicio político a un presidente, pero lo hicieron porque Trump intentó que Ucrania investigara a Hunter Biden. En el caso del juicio político de Bill Clinton, la preocupación nunca fue por Monica Lewinsky, sino más bien un intento salaz y desesperado de socavar a Clinton. La acusación nunca se trata de los intereses de la clase trabajadora o las personas oprimidas.

Además, la destitución no es un mecanismo efectivo para derrocar a un presidente. Aunque tres presidentes han sido acusados en la historia de los Estados Unidos, ninguno fue destituido de su cargo mediante ese proceso. Ni uno solo. Seamos honestos, los crímenes de los presidentes de los Estados Unidos son numerosos: existen los crímenes permitidos por la ley, como los ataques con aviones no tripulados y las guerras imperialistas, y los que no están permitidos por la ley, como los golpes encubiertos y los esquemas ilegales como los del irangate.

En lugar de luchar por el juicio político, debemos luchar por que todos los políticos sean revocables mediante el voto popular, con un voto por persona. También significa que todos los mayores de 14 años deberían poder votar, incluidos los encarcelados, los indocumentados y los jóvenes. En otras palabras, deberíamos poder celebrar un referéndum sobre los políticos en cualquier momento que queramos. El vicepresidente no debería ser automáticamente el próximo en la fila para la presidencia. ¿Es acaso progresivo reemplazar al ultraconservador Donald Trump con el ultraconservador Mike Pence? La revocabilidad debería permitirnos votar por alguien nuevo.

¡Abajo la presidencia!

Pero necesitamos ir más allá; no deberíamos permitir que figuras tiránicas como la del presidente —quien es una figura que funge casi como un rey y que gobierna por mandato ejecutivo— existieran en lo absoluto. La administración de Trump desde luego que demuestra el poder tan antidemocrático del presidente; Donald Trump ha causado de manera unilateral que Estados Unidos casi entrara en guerra con Irán, está construyendo un muro fronterizo y ordenó una prohibición a la entrada de personas musulmanas al país, todas por decreto. En promedio, Trump ha firmado 46.5 decretos por año (más que cualquier presidente desde Ronald Reagan) aunque, por dos tercios de su mandato, tenía la mayoría en el congreso —es decir, los republicanos podrían haberle aprobado dichas medidas. Mientras la lucha de clases avanza y la catástrofe ambiental y climática se cierne sobre el mundo, es posible que en el futuro tengamos a alguien peor que Trump en la presidencia que, sin romper con la “legalidad” (burguesa), use los decretos en formas más represivas.

La gente ha comenzado a notar la naturaleza tan antidemocrática de la presidencia. De hecho, incluso el diario conservador USA Today publicó un artículo planteando la abolición de la presidencia. La verdad es que nadie debería tener tanto poder consolidado en una persona. Es momento de abolir esta institución y asegurar que todos los delegados sean revocables.

¡Abolamos el senado también!

El proceso de impeachment también saca a relucir la naturaleza antidemocrática de otras partes del gobierno. El poder de quitar a un presidente, por ejemplo, yace en la más antidemocrática de las dos cámaras del congreso: el senado. Lejos de ser revocables, los senadores son elegidos cada seis años con largos y cómodos mandatos.

Cada estado le tocan dos senadores, lo cual significa que hay una enorme sobre-representación de estados poco poblados y una sub-representación de estados altamente poblados. Wyoming tiene 544,270 habitantes, pero le tocan dos representantes, igual que California, que tiene más de 39 millones de habitantes. Esto significa que el senado viola uno de los principios más básicos de la democracia: el de un voto por persona.

No sólo los miembros del congreso deberían ser revocables, sino que tampoco debería de haber un senado.

Una democracia real

Conforme desentrañamos todos los elementos antidemocráticos de Estados Unidos, queda claro que, en lugar de movilizarnos para acusar a Trump por negocios turbios con Ucrania, debemos luchar contra todas y cada una de las políticas opresivas de Trump, así como contra este sistema antidemocrático.

Pero debemos ser realistas: nunca habrá una democracia real en el capitalismo. Una democracia real es imposible sin poder decidir democráticamente sobre la producción y la reproducción. Si los medios de producción están en manos de los capitalistas que deciden despóticamente sobre la producción y la vida de sus trabajadores en función de sus resultados, no puede haber una verdadera democracia. La única democracia real es aquella en la que las decisiones sobre el transporte público estarían en manos de los trabajadores y las personas que viajan en metro, autobús y tren; donde las decisiones sobre la atención médica no las toman las compañías de seguros o los hospitales con fines de lucro, sino los pacientes, sus familias, médicos, enfermeras y otros trabajadores del hospital.

En este sentido, una verdadera democracia sólo puede ocurrir en el socialismo, donde los delegados elegidos decidirían sobre todos los aspectos de las funciones de la sociedad. Tal democracia debería seguir el ejemplo de la Comuna de París: donde los delegados eran revocables en cualquier momento y ganaban el mismo salario que un maestro. Debería seguir el ejemplos de los soviets, donde los delegados elegidos de diferentes sectores de los trabajadores, así como de diferentes comunidades, podrían debatir y votar.

Las personas de la clase trabajadora que desean una verdadera democracia tienen que luchar por miembros revocables del Congreso y abolir la presidencia y el senado. Pero no podemos parar allí; quienes que desean una democracia real tienen que luchar por el socialismo: por una sociedad en manos de la clase trabajadora y el pueblo pobre donde podamos lidiar, pensar y votar sobre las soluciones a los problemas urgentes en nuestra sociedad, desde el cambio climático a cómo dirigir la educación y la asistencia sanitaria.

Traducción: Loly Vera y Óscar Fernandez






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