Política Estado Español

CONTRAPUNTO

¿Qué le debe el Régimen del 78 al neorreformismo ibérico?

Las europeas, autonómicas y municipales cierran el ciclo que abrieron las de 2014 y 2015. A cinco años de la emergencia de Podemos repasamos las grandes contribuciones a la reestabilización relativa del Régimen del 78.

Santiago Lupe

@SantiagoLupeBCN

Domingo 2 de junio

Foto: Federico Grom

Tres han sido las principales claves de las pasadas elecciones europeas en el viejo continente: la significativa bajada de los partidos del extremo centro -que pierden la mayoría en la Eurocámara por primera vez- el anunciado ascenso de las formaciones de la extrema derecha -con epicentro en los países centrales de la UE- y la debacle generalizada del neorreformismo que emergiera con fuerza tras la victoria de Syriza en Grecia hace ahora cuatro años.

En este número de Contrapunto: La Europa del capital, contradicciones de derecha a izquierda y fragmentación política

En el Estado español estas tendencias generales no han tenido una traslación exacta. Este 26M se celebraban también elecciones autonómicas en 11 comunidades y municipales. Además, la cercanía con las pasadas elecciones generales del 28A convirtieron el “super domingo” en una suerte de segunda vuelta. Esta coyuntura electoral particular y los efectos de la crisis del régimen político español han dado como resultado un escenario en el que de las tres claves solo la última se corrobora palmariamente. ¿Será que la democracia del 78 está logrando recomponerse?

No faltan plumas en los grandes medios del establishment, en especial en el staff “progre”, que hacia ahí apuntan. Parafraseando el famoso parte de guerra del 1 de abril de 1939, desearían radiofonar un último parte de crisis que dijera algo así como “cautivos y desarmados los agentes desestabilizadores por derecha, por izquierda o en clave democrático-nacional, y habiéndose logrado el restablecimiento de una nueva “hegemonía socialista”, la crisis ha terminado”.

Sin embargo, las bases económicas, sociales y políticas que dieron origen a dicha crisis, siguen completamente vigentes. La estabilidad lograda tiene mucho más de coyuntural que de una nueva restauración capaz de generar un consenso sustituto al de la Transición. Muchos de los fieles servidores que la han hecho posible se han liquidado como fusible ante nuevos episodios. Y, por último, los aires europeos y globales no auguran en ningún caso que estemos ante un nuevo periodo donde la estabilidad y el crecimiento vayan a ser la tónica.

No entraremos en este artículo en las debilidades de esta relativa reestabilización del régimen, que abordé en mi artículo posterior a las elecciones del 28A. El foco que nos interesa es cuál ha sido precisamente el aporte del neorreformismo para que el Régimen del 78 esté logrando este frágil reequilibrio.

Un PSOE con mucho que agradecer

La noticia que se ha resaltado hasta la saciedad es que el 26M confirma la recuperación del PSOE. La pata izquierda del bipartidismo que entró en crisis con la irrupción del 15M logra superar el umbral del 30%. No recupera las cuotas históricas de la época dorada bipartidista –de hecho, recupera el suelo de la primera gran caída justamente en 2011- pero, comparado con sus homólogos de Europa, Sánchez aparece como el “campeón de los socialistas europeos”, y además lo hace en un nuevo mapa de partidos signado por la atomización.

No es baladí que el régimen haya logrado recuperar parcialmente a su pata izquierda. A ello contribuyó de manera enorme el ascenso de Vox desde las andaluzas de diciembre y la campaña de voto útil para “frenar a la extrema derecha” de las generales. Pero también ha tenido una contribución más sostenida en el tiempo: la política blanqueadora de Podemos, IU y las confluencias del cambio que lleva operando sin prisas, pero sin pausas al menos desde el año 2015.

Hace 8 años cientos de miles llenaron calles y plazas al grito de “no nos representan” o “PSOE y PP la misma mierda es”. Esta correcta identificación del PSOE como uno de los partidos de “banqueros y empresarios” ha sido conscientemente combatida por el llamado neorreformismo.

En primer lugar, desde su gestión del capitalismo metropolitano por medio de las “alcaldías del cambio”. Carmena, Colau, Santiesteve o Kichy pasaron del “sí, se puede” al “es lo que hay” tan pronto como asumieron el cargo. Se dedicaron a aplicar políticas indistinguibles de la de los consistorios socialistas, y por lo tanto respetuosas con el pago de la deuda, los intereses de las grandes empresas e impotentes para resolver ni uno solo de los grandes problemas sociales de vivienda, servicios públicos o pobreza. Para aplicar dicha agenda justamente han contado con los concejales socialistas. En el caso de Barcelona Colau llegó a integrarlos en el gobierno hasta que su apoyo al 155 forzó la ruptura.

En este número de Contrapunto: Unidas Podemos y sus confluencias, claves políticas del retroceso del neorreformismo

Esta “reconciliación” con el ala izquierda de la “casta” se convirtió en la nueva hipótesis Podemos partir del 2015, cuando el “sorpaso” no llegó. Todo el proyecto se redujo cada vez más a un cogobierno con Pedro Sánchez y los suyos. Así hasta los últimos días, cuando Iglesias ha vuelto a aparcar la retórica de campaña contra el establishment para mendigar un asiento en el Consejo de Ministros. La asimilación con el constitucionalismo y un programa de gestión “progre” del legado neoliberal es ya definitiva.

De la impugnación al apuntalamiento del Régimen del 78: Corona, Catalunya y lucha de clases

La rehabilitación del PSOE ha sido hasta ahora uno de los más exitosos servicios al régimen, pero hay otras contribuciones para nada menores.

La primera, y que fue su hito fundacional, fue su contribución a desviar el proceso de luchas sociales inaugurado con el 15M a una vía meramente electoral, extendiendo una enorme devaluación de aspiraciones por medio de su permanente rebaja programática. Consiguió que el “no debemos, no pagamos”, que era casi un sentido común entre millones en 2011-2014, fuera sustituido por el orgullo de ser los campeones en el pago de la deuda pública municipal. Que consignas anticapitalistas como la nacionalización de la banca o de los pisos vacíos, que estaban siendo plateadas desde la calle, dieran paso a la negociación amable con esa misma banca para rogarles impotentemente que pusieran parte de su parque inmobiliario en alquiler social. Por no hablar del querer “romper los candados del 78” a defender la Constitución y sus pétreos mecanismos de reforma controlada como todo horizonte posible.

En esta desactivación de la calle contaron con la colaboración de otro agente fundamental, la burocracia sindical. Ésta trabajó esforzadamente desde 2011 para establecer un cortafuegos entre la indignación que se extendía en la juventud y otros sectores populares, y los centros de trabajo. Especialmente desde 2013 cuando optó por no convocar si quiera jornadas de lucha puntuales a pesar de que se estaban aplicando el grueso de los ajustes y contrarreformas. Podemos nunca cuestionó un ápice a esta casta, consciente de que su papel era funcional a su hoja de ruta de calmar la calle para que le permitieran -el establishment- sentarse a la mesa y gobernar.

También como parte de su fundación destacaron sus servicios a la Casa Real. En la abdicación de Juan Carlos I, el momento más crítico para esta reaccionaria institución desde 1931, Pablo Iglesias, que venía del éxito de las europeas, declaró que no iban a promover ni una sola movilización. Explícitamente sacaron la cuestión de la Monarquía de su agenda y unos meses más tarde tuvo el gesto “simpático” de regalar a Felipe VI la colección de “Juego de Tronos”. Ni si quiera con la nueva tanda de escándalos y cuestionamientos -fruto del discurso del 3 de octubre o del caso Corinna-, y que se ha expresado incluso en un movimiento como el de las consultas en barrios y universidades, la han vuelto a incorporar, más allá de alguna declaración “republicana” aislada y sin mayor consecuencia que el “republicanismo folclórico” del PCE o IU de las últimas décadas.

Por último, pero no menos importante, vimos su posición ante el otoño catalán. El que fue el mayor desafío al Régimen del 78 desde su fundación contó entre una de sus grandes debilidades – a la altura de la política de la dirección procesista que bloqueó que ese movimiento pudiera realmente poner en marcha las fuerzas sociales capaces de conquistar el derecho a decidir- la política de la izquierda neorreformista en el resto del Estado. IU y Podemos, si bien denunciaron la represión, el discurso del 3O y no apoyaron el 155, se mantuvieron siempre en el no reconocimiento al 1O, le opusieron la fantasía de un referéndum acordado con el mismo bloque del 155 y la Corona y se negaron a llamar a la más mínima movilización de solidaridad con el pueblo catalán. Ni siquiera en algo tan elemental como la denuncia de la represión han movido un solo dedo, negándose por ejemplo a participar en la manifestación del 16M en Madrid por la libertad de los presos políticos o llegando a defender la neutralidad del Supremo en el juicio político que concluirá en los próximos durante el debate de las generales pasadas.

El generoso sacrificio de Podemos en el altar del 78

El neorreformismo nació ofreciendo una reestabilización que, como sucede a menudo cuando no viene de los agentes tradicionales, generó un rechazo y oposición en el establishment del que ya poco o nada queda. La hoja de servicios es lo suficientemente productiva para que ahora sea visto con otros ojos.

Sin embargo, como ha pasado en otros momentos en la historia, el coste de la integración suele ser alto. Un buen ejemplo fue el mismo PCE en la Transición, cuya política Iglesias ha reivindicado sin tapujos. Aceptaron la bandera, la Corona y hasta tendieron la mano a Suárez cuando los suyos lo dejaron solo. Un gran servicio abonado con una debacle sin fin en votos, militantes e influencia. A Carrillo siempre le agradecieron desde el establishment que no le importara sacrificar al PCE en el altar de la democracia del 78.

A Iglesias puede que los hagiógrafos del régimen le dediquen en el futuro un reconocimiento similar: fue capaz de liquidar Podemos a favor de una reestabilización, aunque frágil y relativa, del Régimen del 78.

Las batallas de Madrid y Barcelona: el neorreformismo pasa a ser la apuesta del establishment

Errejón siempre se ha caracterizado por ser el “adelantado de clase” planteando antes que nadie todos los giros a la derecha. No ha sido diferente en esta ocasión y ha llevado su integración en el nuevo mapa de partidos del régimen hasta el final. Este jueves se destapó ofreciendo el apoyo de Mas Madrid para un posible gobierno de Cs y el PSOE para evitar que gobierne el PP y entre Vox a los ejecutivos de la ciudad y la comunidad de Madrid.

El objetivo de cerrar el paso a Vox y a la derecha galvanizada del PP es compartido por una parte del establishment. Los aspectos más brutales de su discurso contra el independentismo son ya parte de las agendas de Cs y el PSOE, y el neorreformismo no solo no molesta, sino que puede ser cómplice necesario a cambio de alguna parcela de poder. Además, el búnker, en la cuestión territorial y la escalada represiva, funciona aceitado desde el Poder Judicial y pilotado por Zarzuela. Se garantizarían así lo fundamental de la agenda más reaccionaria, y se ahorrarían una innecesaria polarización por derecha que puede llegar a animar otra por izquierda para la que, además, el prestigio de quienes nacieron para desviarla está en cuotas mínimas.

En Barcelona, por su parte, Colau y un sector de los Comunes –uno de los pocos referentes territoriales sobre los que Iglesias aún mantiene algo de influencia- se están pensando hacer un servicio al régimen en su principal grieta, la cuestión catalana. Evitar que un independentista llegue a la alcaldía de la capital catalana es una “cuestión de Estado”. Y es que, a pesar de la recuperación del PSC, el independentismo se ha consolidado con la victoria de ERC en las municipales catalanas y logrando la mitad de los votos para las europeas.

Colau asume el discurso de que “Barcelona no es independentista”, agarrándose al reparto de regidores en el Ayuntamiento. Es cierto que las formaciones independentistas bajan en este terreno, pero como también es cierto que en el voto a las europeas más de la mitad de los votantes de los Comunes tomaron las papeletas de ERC o JxCat. En la capital catalana ambas formaciones se llevaron el 46,47% frente al 38,86% del bloque del 155, en el que se engloba el PSC con el que Colau quiere tantear la posibilidad de reditar alcaldía.

Para lograr superar la investidura Colau necesitaría tres diputados más a parte de los del PSC, justo los que le ofrece “sin condiciones” nada menos que de Manuel Valls, el candidato de Cs, fervoroso defensor de la represión y con un prontuario racista como primer ministro francés. La todavía alcaldesa ha dicho que no negociará con Valls -cosa que él no le ha pedido- pero no ha descartado en ningún momento llegar a un acuerdo con el PSC y aceptar sus votos. Hay que ver en qué acaba la intriga, pero el solo hecho de que sea objeto de debate interno da muestras de hasta dónde llega la integración.

Donde hay menos dudas de que se hará piña con el ala “progre” del 155 es en el Congreso. La mayoría que dio la presidencia de la Cámara a Meritxell Batet se servirá del golpe institucional que significa la suspensión de los diputados presos para forjar una mayoría absoluta fraudulenta de 174 que niega el resultado del 28A. Y en esta operación los 41 diputados de Unidas Podemos son pieza fundamental, a pesar de su oposición sin consecuencias a la inhabilitación.

Las batallas de Madrid y Barcelona son dos buenos botones de muestra de cómo una parte significativa del establishment piensa que se puede servir del favor del neorreformismo para afianzar cuotas de reestabilización. Que el neorreformismo es ya régimen queda demostrado cuando los Errejón y las Colau son la apuesta de un parte importante del establishment para facilitar no solo reconstruir la izquierda del extremo centro, sino también una derecha cool (Ciudadanos) y contribuir a la política de derrota al independentismo catalán.

Ante la debacle e integración del neorreformismo ¿qué izquierda necesitamos?

Todos estos elementos de integración al régimen de Unidas Podemos y el resto de las confluencias, sumado a su debacle electoral, están haciendo aflorar un debate entre la izquierda anticapitalista y sectores cada vez más amplios de los movimientos sociales, de las mujeres, la juventud y la izquierda sindical, acerca de qué otra izquierda se necesita.

Lo que necesitamos es una izquierda que sea capaz de enfrentar tanto a la derecha, la extrema derecha y a su agenda que toma cuerpo también en el búnker del régimen y el mismo PSOE, como al nuevo gobierno de “progreso” que dejará intacto el legado neoliberal -como está haciendo el de Portugal- y arremeterá con nuevos ataques si los grandes capitalistas los necesitan -como ha hecho siempre el PSOE y el propio neorreformismo en Grecia-.

Pero construir una izquierda así no es posible sin romper hasta el final con toda ilusión gradualista, es decir sin hacer un balance profundo del neorreformismo en crisis. No se trata de volver a la izquierda del cambio de los “orígenes”, como han propuesto Anticapitalistas, IU o La Bancada en Madrid, es decir reproduciendo un programa de reformas parciales y respetuosas con los grandes capitalistas y una vía en la que las posiciones institucionales se transforman en fines en sí mismo y la lucha de clases está completamente ausente.

Tampoco reeditando políticas de conciliación de clases como la de la mano extendida de la CUP hacia la dirección procesista. Por el contrario, la clave pasa por retomar la lucha por el derecho a decidir ligada a un programa anticapitalista y de independencia de clase, y poniendo en el centro el desarrollo de la movilización social, con la clase trabajadora y la confluencia con los sectores populares del resto del Estado, tal y como lo empiezan a pensar y plantear cada vez más sectores del ala izquierda del independentismo catalán.

Desde la CRT venimos peleando por una izquierda que rompa con todo escepticismo en la lucha y la organización de la clase trabajadora, que apueste por el desarrollo de una gran movilización social, combata a la burocracia sindical y sitúe en el centro a la clase obrera aliada con el resto de los sectores populares. Que asuma sin complejos un programa anticapitalista, de expropiación a los expropiadores para resolver los grandes problemas sociales de paro, vivienda o pobreza, ligado a todas las grandes reivindicaciones democráticas del movimiento de mujeres, los migrantes o el movimiento democrático catalán, y que combata tanto los intentos de apuntalar por izquierda el Régimen del 78 como los proyectos de restauración reaccionaria del mismo.

En estos meses hemos realizado diversos llamamientos a organizaciones como la CUP o Anticapitalistas, a pesar de las importantes diferencias que tenemos, a abrir este debate público. Construir una izquierda anticapitalista y de clase es para nosotros una tarea urgente, como parte de la apuesta por poner en pie una organización revolucionaria, anticapitalista y de clase. Que se prepare para que las convulsiones y oportunidades que se vuelvan a abrir permitan que la clase obrera entre en escena y pueda disputar todo el pastel, abriendo la perspectiva de conquistar un gobierno para la clase trabajadora.






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