Política Estado Español

ENTREVISTA SANTIAGO LUPE (I)

“Queremos impulsar un nuevo movimiento político anticapitalista y de clase, alternativo al reformismo”

Entrevistamos a Santiago Lupe, director de Izquierda Diario y dirigente de Clase contra Clase. En esta primera parte repasamos el escenario post 20D, la posibilidad de un “gobierno de progreso”, el riesgo de una nueva Transición gatopardista y el próximo encuentro estatal de la iniciativa “No Hay Tiempo Que Perder”, por una alternativa anticapitalista y de clase.

Martes 2 de febrero de 2016 | 23:00

¿Cómo ves la situación que ha quedado después de las elecciones generales?

Es evidente que hay un escenario de profundización de la crisis del Régimen del ‘78 que se abrió en 2011. El problema de la ingobernabilidad es consecuencia directa de la profunda crisis de representatividad que se abrió con el 15M, con el “no nos representan”. Los dos pilares del bipartidismo se han hundido, aunque no de muerte. Pero al mismo tiempo, los más de 6 millones de votos que lograron Podemos e IU expresaron una importante izquierdización. Fueron un rechazo de masas a la llamada “casta política”, a esta democracia para ricos que se ha desnudado en los últimos años como lo que es, un sistema político corrupto y al servicio de los intereses de una minoría de capitalistas y millonarios. Al mismo tiempo se expresaron los contornos de este rechazo, una ilusión muy grande en que la solución a los grandes problemas sociales y demandas democráticas pasa por la victoria electoral de formaciones con un programa de reforma social y regeneración democrática.

En este marco la posición de Podemos ha pasado de la defensa de un proceso constituyente a un gobierno en coalición con el PSOE que parece ganar puntos tras la decisión de hoy de Felipe VI ¿Qué os parece esta propuesta?

Sí, es la enésima rebaja de su programa. El “donde dije digo, digo Diego” de Pablo Iglesias parece no tener límite. Creo de todas maneras que es una “rebaja” que no puede sorprender mucho. Errejón hace unos meses publicaba una editorial de la revista que dirige, La Circular, en la que defendía abiertamente la necesidad de una “revolución pasiva” para restaurar un nuevo consenso entre los de arriba y los de abajo. Hacía un uso de una categoría de Gramsci pero en el sentido inverso que el revolucionario italiano. Éste señalaba los peligros de este tipo de auto-reformas políticas gatopardistas, Errejón la planteaba como el objetivo a alcanzar. Esto lo hacía además reivindicando el pacto del 78, algo que después hizo también Iglesias en el día de la Constitución.

Hoy hablan de nuevo “compromiso histórico”, la vieja fórmula del estalinismo italiano de posguerra después retomada por el eurocomunismo de Carrillo. Una estrategia que se basa en un pacto con todo lo viejo que deja en el tintero tanto el aparato del Estado –con todas sus “castas”–, las demandas democráticas estructurales –como la cuestión de la Monarquía o la unidad territorial– y, sobre todo, el sistema social, lo que implica el máximo respeto a los privilegios de la minoría capitalista para la que se gobernó en dictadura y democracia.

La apuesta de Podemos por un “gobierno de progreso” es coherente con esta estrategia. De entrada es una opción por un pacto con una de las dos patas del Régimen del ‘78. Como escribía hace poco, esto es funcional a recomponer el flanco izquierdo de lo que Tariq Ali llamaba “el extremo centro”, bien porque restaure la legitimidad del PSOE como socio preferente para el cambio o bien porque su sorpaso se produzca por una formación que en el proceso asume como propios todos los límites programáticos de los “socialistas”: un programa de reformas sociales respetuosas con los capitalistas y las leyes de mercado y una regeneración democrática por arriba y limitada a las cuestiones más superficiales.

¿Crees posible entonces que se imponga una nueva Transición?

Creo que es un riesgo evidente. Hay muchos actores operando en este sentido. El PP se ubica en el bunker, sobre todo porque teme cualquier movimiento que le termine llevando por delante. La avalancha de casos de corrupción lo ubica como un posible candidato para ser puesto en el altar de sacrificios de una nueva legitimidad, como le pasó al Movimiento en el ‘77. Además, que una buena parte del establishment le esté dando la espalda y apostando por Ciudadanos le pone aún más nervioso.

Pero después hay toda una amplia gama de grises que apuestan por alguna reforma controlada, empezando por el PSOE o el mismo Ciudadanos. Digo gama de grises porque va desde una reforma en clave conservadora, que aspiran a incorporar al mismo PP, hasta otras más imbuidas de “cambio” como la que defiende Podemos.

La misma Corona va a tener que decidirse. Como institución creo que es la que posee una mayor visión estratégica de supervivencia. La clave para ella es sobrevivir y hacer perdurar la dinastía. Por eso mismo es la más versátil, la que puede cambiar de chaqueta si lo ve necesario, como hizo Juan Carlos I. Públicamente se muestra discreta, pero no cabe duda de que las audiencias y otros encuentros están teniendo mucho contenido. El rol de Felipe VI va a ser de una mayor injerencia en favor de una supervivencia del Régimen con el menor coste posible.

El respeto y genuflexión ante el Jefe del Estado como mediador -que recordemos, es el heredero del heredero de Franco-, por parte de todos los agentes, es una buena representación de cuáles son los marcos en los que se pretenden debatir los distintos proyectos de “cambio”.

¿Cuáles son los principales puntos a favor de que esta política prospere?

El punto más a favor para que nos la cuelen es justamente que se abre en un momento de importante reflujo en la movilización social. La crisis del Régimen se abrió con la emergencia de la juventud indignada, las mareas de trabajadores públicos y usuarios, las huelgas generales, huelgas como la de los mineros o movilizaciones de masas como la Diada o el Rodea al Congreso. Sin embargo, aquel ciclo tuvo límites propios y obstáculos importantes. El principal fue la burocracia sindical de CCOO y UGT, que operó en todo momento como un muro de contención para que la indignación de la juventud no llegara a los centros de trabajo. Y cuando no le quedó otra que llamar a movilizaciones las dejó en jornadas de lucha aislada para después paralizarlas y bloquearlas. Desde 2013, a Toxo y a Méndez ni se les ha visto el pelo, más que para firmar algún acuerdo vergonzante con la patronal y el gobierno del PP, o recientemente para defender junto a la CEOE un gobierno que garantice “la estabilidad y las inversiones”.

¿Y cuáles consideras que son sus puntos débiles?

En primer lugar, la profundidad de la crisis y las no pocas dificultades para sellar un nuevo “consenso” por arriba. Errejón hace poco definía en un artículo el resultado del 20D como un “empate catastrófico”. Un nuevo abuso de una categoría gramsciana, pero que puede servir como metáfora. Lo viejo resiste y lo nuevo no tiene aún la fuerza suficiente para desplazarlo o más bien hacerse un hueco en un nuevo sistema de partidos.

La desactivación de lo social ha sido clave para que se asentaran los proyectos reformistas, que a su vez han reforzado el escepticismo en la movilización. En última instancia, lo que estamos presenciando es una emulación de Carrillo y el PCE en conseguir un nuevo “compromiso histórico”. Pero la manera elegida es digamos, la más tranquila, sin tener que lidiar con una presión por abajo que pida ir más allá y que Podemos tendría muchos más problemas para controlar que los que tuvo el viejo PCE. Pero esto debilita las posiciones de negociación de las “élites nuevas” para que se les integre. Por eso los gestos al establishment y el “giro al centro” en el caso de Podemos ha triplicado en velocidad y profundidad a los hechos por los dirigentes del PCE en la Transición.

Por ello creo que el nivel de “gatopardismo” promete ser mucho mayor que el del ‘78, lo cual hace mucho más débil todo nuevo “consenso”. Pero lo interesante es que la parálisis por “arriba” puede hacer que reemerja la crisis por “abajo”, que la ilusión y sobre todo la paciencia a una solución emanada desde el Palacio se agote. El caldo de cultivo para que así sea está ahí: un desempleo de más del 20% que se ceba sobre todo en la juventud, las mujeres y los inmigrantes, niveles de miseria crecientes, el drama de los desahucios que no cesa, gobiernos municipales del cambio que han cambiado poco o nada, despidos y un nivel de precariedad laboral inaudito. Todo esto, además, sin contar con los nubarrones en el horizonte de la economía internacional, las demandas de la Troika de 10.000 millones extra de recortes y los aires de nueva fase de la crisis internacional al calor de la desaceleración de China y las llamadas “economías emergentes”.

En esta situación, ¿qué tareas se desprenden para la izquierda anticapitalista?

Creo que una de las tareas más importantes del momento es reactivar la movilización social, combatir el escepticismo impuesto de que la lucha no sirve y asumir el combate contra la burocracia sindical como una tarea estratégica de la izquierda anticapitalista.

Pero a esta recuperación de la lucha de clases, hay que darle al mismo tiempo un contenido que permita avanzar hacia una resolución efectiva de todas las reivindicaciones democráticas y sociales. Hoy son millones los que tienen ilusiones en que por medio de una democracia representativa se pueden resolver todas sus demandas insatisfechas. Nosotros no creemos que eso sea posible. Sin que los trabajadores conquistemos el poder político, no será posible una solución integra y efectiva al flagelo del paro, la miseria y la opresión. Aun así, creemos que hay que establecer un diálogo con las ilusiones de todas y todos los que confían en que esa es la vía. Pero no para quedarnos como convidados de piedra ante las negociaciones de palacio, sino para proponerles luchar juntos por un proceso en el que se puedan discutir y abordar sin limitación alguna todas estas cuestiones. Es decir, un proceso constituyente verdaderamente libre y soberano. Un proceso así no lo otorgará Felipe VI ni un pacto con la “casta política” capitalista, sino que sólo sería posible abrirlo si se impone desde la más amplia movilización social.

¿Cómo ves la situación de la izquierda anticapitalista en el Estado español?

Muchos grupos se sumaron a la corriente de entusiasmo que despertó Podemos sin identificar los límites de este proyecto y, sobre todo, sin combatir su metamorfosis en un proyecto de regeneración del Régimen. El caso más importante es el de Anticapitalistas (la ex Izquierda Anticapitalista), que no sólo se disolvió como partido para seguir integrado en Podemos, sino que han aceptado mansamente cada giro a la derecha que dio Pablo Iglesias, desde el nombramiento de un ex General de la OTAN como candidato, hasta el ofrecimiento de gobierno de coalición con el PSOE. En otros casos, la adaptación al reformismo se dio en la órbita de Izquierda Unida. Es el caso de Corriente Roja, por ejemplo, que ha hecho criticas correctas a Podemos, pero a su vez se integró acríticamente en la candidatura de Alberto Garzón, negociando con el PCE dentro de la iniciativa de “Sindicalistas por la Unidad Popular” un programa que no plantea el no pago de la deuda externa, no cuestiona a la burocracia sindical ni al imperialismo español.

En el caso de Catalunya, el principal referente anticapitalista es la CUP, a la que han seguido la mayor parte de los grupos que se reivindican anti-capitalistas. Sin embargo, desde 2012 han desplegado la política conocida como “de mano extendida” en lo nacional a CiU primero y ahora a JxSí. Esto ha tenido su último capítulo con el pacto con JxSí y el compromiso de estabilidad parlamentaria. Esta política no sólo compromete el necesario surgimiento de un ala de independencia de clase que luche por el derecho de autodeterminación, sino que también ha debilitado que los trabajadores y sectores populares impongan una agenda propia que incluya y una las reivindicaciones sociales y democráticas.

Creo que es necesario hacer un balance de estos años y pensar qué vías de reagrupamiento se pueden abrir para poner en pie una alternativa de clase y anticapitalista.

En noviembre participaste junto a otros compañeros y compañeras de Clase contra Clase en el Encuentro “No hay Tiempo que Perder” celebrado en Málaga y sois parte de los impulsores del segundo Encuentro que tendrá lugar en abril en Madrid. ¿Podrías explicar en qué consiste esta iniciativa?

El encuentro será el 2 de abril y visto lo visto, ¿quién sabe?, tal vez tenemos “gobierno de progreso” con Pedro Sánchez al frente, Iglesias de vicepresidente y Errejón en Interior, como se filtró ayer en un tuit de Podemos Zaragoza. Un escenario en el que muchas de las ilusiones que ha despertado el nuevo reformismo prometen dar paso a hondas decepciones. Y para evitar que éstas se transformen en un nuevo desencanto, creemos que es imprescindible comenzar a construir desde ahora un polo desde la izquierda anticapitalista y de los trabajadores. Eso es justamente lo que nos proponemos. Queremos impulsar un nuevo movimiento político anticapitalista y de clase, alternativo al reformismo.

Se trata de un proceso abierto de debate para la construcción de un frente que se proponga pelear contra la burocracia sindical, por reactivar el flanco de la movilización social y luchar por que la clase trabajadora entre en escena. Y a la vez, un frente político que levante un programa de independencia de clase, que asuma las grandes demandas democráticas y sociales desde una perspectiva de lucha contra el régimen político y los fundamentos del sistema capitalista. Estas y otras ideas están desarrolladas en un borrador de documento político-programático que en los próximos días se abrirá a un proceso de debate y enmiendas entre todas las personas y organizaciones que participamos de la iniciativa hacia el Encuentro de Madrid.

En Clase contra Clase estamos comprometidos con el desarrollo de esta perspectiva. Creemos que, de avanzar un agrupamiento de este tipo, podría comenzar a tomar cuerpo una hipótesis alternativa a la del nuevo reformismo, que combata tanto el escepticismo respecto a la movilización social como los cantos de sirena de una nueva transición. Y, sobre todo, que se prepare realmente para tomar el cielo por asalto… y no por consenso y con la bendición de su majestad.






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