Cultura

A 100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

Richard Pipes y la Revolución Rusa, la deshonestidad de los historiadores de la burguesía

Una crítica al historiador estadounidense Richard Pipes y su interpretación de la Revolución Rusa.

Antonio Liz

Historiador, Madrid

Miércoles 1ro de marzo | 21:04

El periódico El País publicó el 27 de enero una entrevista al historiador Richard Pipes sobre la Revolución rusa. Richard Pipes es un historiador estadounidense de origen polaco que se especializó en la Unión Soviética. Fue asesor directo del presidente estadounidense Ronald Reagan como miembro del Consejo de Seguridad Nacional. Tiene el desparpajo de reconocer en la propia entrevista que su equipo trabajaba directamente para la CIA, especializada, aunque esto no lo comenta el académico, en Golpes de Estado y asesinatos políticos, entre otros menesteres. Por su parte, el presidente Reagan calificó a la URSS como “El Imperio del Mal”, aunque años después él mismo se desdijera de este calificativo al contestar a una pregunta directa de un periodista mientras estaba de visita en la Unión Soviética y en compañía de Mijaíl Gorbachov. Reagan también será recordado por su “Guerra de las Galaxias” para intentar mantener la hegemonía termonuclear de EEUU, por armar a la “contra” en Latinoamérica y por invadir la isla caribeña de Granada, entre otras hazañas democráticas.

Richard Pipes es un buen conocedor de la extinta URSS, no cabe duda. La cuestión es al servicio de qué se ponen los conocimientos. El libro al que se refiere el periodista en la entrevista es, en la versión española, La Revolución rusa, editado en noviembre de 2016 por Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U. El plumífero de El País dice de él que está “considerado como uno de los análisis más rigurosos y exhaustivos jamás escritos sobre la Revolución Rusa”. Este caballero miente a sabiendas. Seguramente ni se lo ha leído pero aunque se lo hubiera leído habría dicho lo mismo porque la publicación de este libro (así como la entrevista) forma parte del combate que la burguesía planetaria –y no me excedo un pelo- mantiene con la clase trabajadora en el terreno de las ideas. En esta batalla la clase trabajadora tampoco está desarmada porque también cuenta con sus propios historiadores, aunque estos no gocen de la publicidad de los grandes medios de comunicación ni de los apoyos institucionales para trabajar en el campo historiográfico.

Nada mejor que leer al propio Richard Pipes para darse cuenta del talante absolutamente reaccionario que tiene. Leer, por ejemplo, el apartado “Lenin y los orígenes del bolchevismo”, entre las páginas 369 y 416 es todo un ejercicio reflexivo clarificador. El texto es un insulto a Lenin del principio al final. Inclusive cuando Pipes no tiene más remedio que reconocer algo tan archisabido como que Lenin dedicó por entero su vida a la Revolución lo hace con auténtica mala uva –en rigor, con odio de clase. La entrega de Lenin a la lucha por la emancipación de la clase obrera y su más que conocido internacionalismo quedan insertados en el texto como algo pecaminoso.

El insulto a Lenin es para Pipes un ejercicio metodológico ya que hay que demonizarlo. Por lo tanto, Lenin era “ajeno a los escrúpulos morales” (p.378), “tenía un marcado rasgo de crueldad” (p.379) y, cómo no, “la otra cara de la crueldad de Lenin era la cobardía” (p.379). Así, Lenin no tenía moral y era un cruel y un cobarde. Y todo esto escrito sin pestañear. Nada tiene de positivo este demonio social que entrega toda su vida a la revolución, por lo que sólo tendrá “una forma peculiar de modestia personal” (p.378) y poca cultura “ya que su acervo cultural era sumamente modesto para un intelectual ruso de su generación” (p.381) aunque, en una paradoja que merece un “sic” compulsivo, “esta pobreza cultural era un motivo más de su fuerza como dirigente revolucionario” (p.381). En fin, estos constantes ataques a la inteligencia de un lector reflexivo sólo se pueden entender como un ataque fóbico a lo que Lenin y sus propios camaradas defendieron durante toda su vida revolucionaria.

Si con una pincelada ya podemos otear el rigor al tratar al personaje histórico con otra podremos vislumbrar con que seriedad trata a hechos históricos ya muy bien conocidos, como es el caso de las Jornadas de Julio. Sabido es hoy en la historiografía que los días 3 y 4 de julio de 1917 en Petrogrado (nombre de San Petersburgo durante la I Guerra Mundial y hasta la muerte de Lenin) fueron un momento muy delicado para el Partido Bolchevique. La clase trabajadora y los soldados de Petrogrado querían tomar ya el poder porque estaban hasta la coronilla de que el Gobierno Provisional, con el príncipe Lvov como jefe de gobierno, con ministros de la burguesía y con ministros “socialistas”, es decir, mencheviques y eseristas (el partido de la mayor parte del campesinado), que tenían la mayoría de delegados tanto en el Soviet de Petrogrado como en el Soviet de Toda Rusia, no acabaran con la guerra y no le hicieran frente a la falta de alimentos básicos y combustible y a los continuos cierres patronales. Los obreros y soldados querían tomar el poder expeditivamente, por las armas, sin más dilación. Lenin entendía que si se tomaba el poder en Petrogrado este quedaría aislado porque el nivel de conciencia política entre los soldados del ejército ruso aún no estaba a la altura de los soldados de Petrogrado por lo que derrocar al gobierno con ministros “socialistas” sería visto por el grueso de los soldados, en su inmensa mayoría de extracción campesina, como un ataque a la democracia soviética.

Como los agitadores bolcheviques no fueron capaces de impedir con sus razonamientos que los obreros y soldados de Petrogrado salieran a la calle armados, la dirección toda del Partido Bolchevique, con Lenin a la cabeza, decidió intentar canalizar la energía de los obreros y soldados petrogradenses exigiéndole a la dirección del Soviet que tomase el poder. Esta, integrada mayoritariamente por mencheviques y eseristas, fue dándole largas al asunto hasta que las masas de soldados y obreros se agotaron ante la falta inmediata de alternativa ya que ni la dirección del Soviet ni los bolcheviques querían tomar el poder. La toma del poder en Petrogrado por los bolcheviques hubiera aislado Petrogrado y la no toma del poder en Petrogrado llevó a una pérdida momentánea de la influencia del Partido Bolchevique entre sectores de obreros y soldados que entendieron que los bolcheviques tampoco querían tomar el poder para enfrentar la catastrófica situación. Esto dio paso a un giro a la derecha del Gobierno Provisional que prohibió al principal periódico bolchevique, Pravda, que acusó a los bolcheviques de haber intentado derribar al gobierno y que puso en marcha una campaña difamatoria contra Lenin acusándolo de ser un agente a sueldo del Estado Mayor alemán, lo que era incentivar una acción asesina contra su persona por parte de cualquier oficial “patriota” aún en la cárcel, ya que Lenin y miembros de la dirección del Partido Bolchevique barajaron que Lenin se entregara al gobierno y fuera sometido a juicio pero ante la falta de garantías de los mencheviques y los eseristas de poder evitar su asesinato Lenin tuvo que pasar a la clandestinidad. Fue el momento más delicado para la revolución social.

Pues bien, los hechos de las Jornadas de Julio son muy conocidos, es muy sabido que los bolcheviques ni generaron las Jornadas de Julio ni quisieron tomar el poder para no aislar a Petrogrado, pero Pipes insiste en tratar estos hechos como un “putsch” bolchevique y en dar crédito a la calumnia de que Lenin era un agente alemán. Pipes no quiere explicar el hecho histórico sólo quiere dinamitar políticamente a Lenin.

En la entrevista citada Pipes lanza auténticas perlas, entre ellas que el legado de la Revolución rusa fueron “millones de cadáveres”. Olvida el académico que la Primera Guerra Mundial, la mayor carnicería imperialista hasta entonces, no la desencadenaron precisamente los bolcheviques, y también olvida decir que la Guerra Civil rusa se pudo producir porque los gobiernos “democráticos” de EUU, Inglaterra y Francia apoyaron con armas y fondos a los contrarrevolucionarios “blancos”, además de invadir partes de la Rusia Soviética. Aquí están las fuentes de los “millones de cadáveres”, que fueron en su inmensa mayoría soldados-campesinos, soldados-obreros y obreros y campesinos. Y también olvida comentar Pipes que los bolcheviques tuvieron que gobernar en un país destruido primero por la I Guerra Mundial y, acto seguido, por la Guerra Civil rusa, por lo que tomaron en sus manos un país sumido en la ruina económica.

Para Pipes “la Revolución Rusa fue uno de los sucesos más trágicos del siglo XX”. Y tiene razón, aunque le quitó el añadido de para quién. Es más, no sólo fue “uno de los sucesos más trágicos del siglo XX” sino que fue el suceso más trágico de toda la Historia Contemporánea para la burguesía planetaria. Tanto es así que la llama de la Revolución rusa no la pueden apagar los historiadores-bomberos como Pipes por mucho que despotriquen contra ella porque su fulgor se incrementa cuando la sociedad capitalista está en crisis ya que las generaciones de jóvenes trabajadores y activistas buscan alternativas.

Pipes aún tiene la desvergüenza de afirmar que la Revolución rusa “arrastró a la humanidad a la II Guerra Mundial”. Esta afirmación, que no tiene nada que ver con la realidad histórica, no es más que un decir canallesco. Hay que tener un cinismo supino para intentar hacerle cargar a la Revolución rusa con las contradicciones inter-imperialistas que llevaron al desencadenamiento de la II Guerra Mundial, hasta hoy la mayor carnicería de la Historia.

No podía faltar en la entrevista la ya clásica reaccionaria amalgama entre Lenin y Stalin, de querer fundir comunismo y stalinismo. Una vez más tenemos que escribir que Stalin para librarse de los compañeros de Lenin y de la generación de octubre tuvo que poner en marcha su eliminación física a través del Gulag. Que el Gulag se creó tan tarde como en 1930 con el único objetivo de asesinar a los revolucionarios, a los bolcheviques-leninistas, que es así como se autodenominaban entonces los viejos y jóvenes revolucionarios. El stalinismo, a través de una red de campos de exterminio como los de Kolyma, Vorkuta y Magadán, masacró a todos los viejos y jóvenes revolucionarios, tanto a los que habían hecho la revolución como a los que estaban llamados a profundizarla. Una vez más hay que recordarle al académico que Stalin es el mayor asesino de comunistas de la Historia.

La forma de escribir y de hablar de Richard Pipes tiene escuela. Quizá su mejor representante actual sea Robert Service, del que ya hice en su día una crítica por extenso de un grueso libro suyo. El odio al comunismo y la metodología del insulto a los revolucionarios lo tienen en común, como cualquier lector puede comprobar en sus textos. Otros intelectuales de la burguesía intentan ser un poco más creíbles como el caso, por ejemplo, de Orlando Figes, aunque en su libro sobre “La revolución rusa” no pudo evitar que se le fuera la mano y le añadió al título “La tragedia de un pueblo”, lo que ya informaba a priori a un lector avezado de su posición política.

La falta de rigor en la explicación del proceso histórico en los historiadores de la burguesía no es producto de su torpeza intelectual sino de su deshonestidad intelectual. En ellos este proceder es metodológico y no puede ser de otra forma porque la aproximación rigurosa al hecho histórico es una herramienta política en contra de la esclavitud asalariada imperante en el mundo. Pedirles a los historiadores de la burguesía honestidad historiográfica es lo mismo que exigirles a sus políticos que no mientan. No se puede olvidar que en una sociedad clasista la lucha de clases por el conocimiento del proceso histórico es una normalidad política en la dinámica de los enfrentamientos entre las clases antagónicas. La Revolución rusa acarrea constantemente una lucha en el terreno historiográfico porque no es un hecho de museo de antigüedades sino de actualidad política, un hecho a evitar para la burguesía planetaria y una escuela de aprendizaje para la clase trabajadora. La Revolución rusa es una tragedia para la burguesía y una epopeya para la clase trabajadora, una sencilla cuestión de clase.






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