SUPLEMENTO

Simone Weil: mecanología y trabajo emancipado

Emiliano Quintana

Simone Weil: mecanología y trabajo emancipado

Emiliano Quintana

Se cumplen este domingo 110 años del nacimiento de Simone Weil. En el siguiente texto analizamos la pertinencia de su crítica a la opresión en el trabajo fabril.

Alumna del legendario profesor de filosofía y crítico de la guerra Alain (seudónimo de Émile Chartier), profesora de filosofía, obrera voluntaria de fábrica, interprete del ascenso del fascismo en Alemania, anarcosindicalista y miliciana en la Revolución española, judía y mística convertida al catolicismo que se dejó morir de hambre en un sanatorio de Ashford en 1943. Esos son algunos de los hitos en la turbulenta biografía de una de las pensadoras más interesantes del siglo XX.

Controvertida siempre, eso sí. Trotsky, por ejemplo, —con quien sostuvo un periodo de interlocución hasta acabar pelándose a gritos con él en un departamento de París en 1933— no la bajaba de “revolucionaria melancólica” y ultraizquierdista. Pero más allá del escándalo, habría que aproximarnos a sus escritos. En las siguientes líneas analizamos brevemente su propuesta de la mecanología, con la que resumió e intentó dar solución al problema de la opresión en las fábricas en La condición obrera. Encontramos en ellas un bello esbozo, que nos permite seguir imaginando hoy en día los trazos de un trabajo finalmente emancipado.

La entrada a la fábrica

El martes 4 de diciembre de 1934, Simone Weil, profesora de filosofía en un liceo de provincia, ingresa a trabajar como obrera a la Alsthom de París. Busca, desde hace mucho tiempo, enfrentarse a la vida “real”, vivir efectivamente la opresión de la cual la filosofía había hecho la crítica. De cada día de esa experiencia da testimonio su diario: el agotamiento físico, la incapacidad de adaptarse al gesto mecánico del trabajo, las lesiones, el duro camino a la fábrica. A veces, una mirada que se cruza solidaria, quizá una sonrisa. Casi siempre, el egoísmo y la competencia que genera la miseria.

A la séptima semana, hace un descubrimiento fundamental. Anota: “El agotamiento acaba por hacerme olvidar las verdaderas razones de mi estancia en la fábrica y hace casi invencible para mí la fuerte tentación que lleva esta vida: la de no pensar más, la de no pensar, como único sistema de no sufrir” [1]. La absorción física y mental que la actividad repetitiva del trabajo industrial conlleva suprime la capacidad de pensar. En estas condiciones, señala, “todo despertar del pensamiento es doloroso” [2] .

Mas aún, descubre que para el obrero la máquina es un misterio, sabe utilizarla, pero desconoce su funcionamiento por completo. Tampoco comprende los conjuntos en que las máquinas se relacionan unas a otras ni el proceso de fabricación entero, simplemente su operación parcial. Escribe: “la disposición de la fábrica, tendente a dar a cada trabajador una visión de conjunto, sería algo extraordinariamente positivo” [3] . De manera que los fundamentos de la opresión en el trabajo no pueden buscarse sólo en la explotación, es decir, en el hecho de que el productor no es propietario de las fuerzas productivas, sino que deben buscarse en la disposición del trabajo mismo.

Como señala Simone Weil: “En todas las demás formas de esclavitud, ésta se halla en las circunstancias. Solamente hoy día en la condición obrera ha sido traspuesta al trabajo mismo” [4] . Es decir, es en la relación con la máquina en donde se genera dicha opresión. ¿Habría manera entonces de reformular esa relación, de encontrar la felicidad en el trabajo? Sólo una nueva forma de unión con la maquina “puede hacer del trabajo un equivalente del arte” [5] .

La mecanología

Buscando solucionar dicho problema, Simone Weil da con la obra de Jacques Lafitte Reflexiones sobre la ciencia de las máquinas e incluso intercambia con él una breve correspondencia. Lafitte, ingeniero civil, había utilizado la palabra “mecanología” para referirse a dicha ciencia que debería establecer las leyes que rigen a las máquinas y las causas que las producen. Así pues, escribe:
La ciencia de las máquinas, o mecanología, ciencia normativa, no tiene otro objetivo que el estudio y la explicación de las diferencias que se observan entre las máquinas… Ella debe explicar la formación de los tipos tan variados que se ofrecen a nuestras observaciones del conjunto de las máquinas; ella debe, en una palabra, abordar el problema mismo de su existencia [6].

Weil encontró grandes potenciales en la mecanología para volver a pensar la relación con la máquina y la posibilidad de pensar un trabajo no reducido a la racionalidad de la explotación en el taylorismo o el fordismo. Aun cuando critica a Lafitte por no clarificar para nada la relación entre “los puntos de vista sociales y los puntos de vista mecanológicos” [7] , le interesa la descripción y clasificación que Lafitte hace entre máquinas pasivas, activas y reflejas.

Ve en estas últimas la posibilidad de atisbar máquinas flexibles que al mismo tiempo que conservan un alto grado de automaticidad, poseen también un alto grado de indeterminación. Es decir, de una unidad con la máquina en el trabajo que, al mismo tiempo que permite producir de manera eficaz, no suprime las capacidades intelectuales del operador. Las conclusiones que saca del libro, y que comunica al autor en una carta, son pues las siguientes:

En lugar de oponer estérilmente el maquinismo al artesanato, hay que buscar una forma superior de trabajo mecánico en la que el poder creador del trabajador disponga de un campo más vasto que en el trabajo artesanal… Las máquinas, en lugar de separar al hombre de la naturaleza, deben proporcionarle un medio para entrar en contacto con ella y acceder cotidianamente al sentimiento de lo bello en toda su plenitud [8] .

La mecanología sería entonces capaz de proporcionar una nueva relación con la máquina y una supresión de la servidumbre innecesaria en el trabajo. Pero entonces, el trabajo habría de transformarse radicalmente. El pueblo —escribió Simone Weil— “tiene necesidad de poesía tanto como de pan”. Pero la poesía no es algo que se añade para embellecer los horrores de la explotación capitalista, sino la esencia de un trabajo emancipado: “El trabajador tiene necesidad de que la sustancia misma de su vida cotidiana sea ya poesía” [9] .

Mecanología y revolución

Hannah Arendt plantea en una nota de La condición humana que el libro de Weil es el único libro en torno a la cuestión de la labor que se haya escrito “sin prejuicios ni sentimentalismos”. [10] También el filósofo Gilbert Simondon evoca en su obra El modo de existencia de los objetos técnicos, quizá no por pura casualidad, la figura del mecanólogo como representante de las máquinas ante una nueva cultura universal que permitiría según él suprimir la alienación que el ser humano siente ante la potencia de la máquina. En dicha cultura, el ser humano no sería “inferior ni superior a los objetos técnicos [sino que podría] abordarlos y aprender a conocerlos manteniendo con ellos una relación de igualdad, de reciprocidad de intercambios, en cierta manera, una relación social”. [11]

En todos estos análisis se pone el acento en la insuficiencia del análisis de Marx en torno al trabajo: explotación no es lo mismo que opresión, y no basta con modificar las relaciones de producción para esperar una desaparición automática del sufrimiento en el trabajo. Ciertamente Weil sugiere —a la manera en que Marx señala en El Capital que Aristóteles no pudo dar con el concepto de valor porque el trabajo de su tiempo era trabajo esclavo [12] y hacía falta que el trabajo fuera libre— que había que esperar a que su despliegue técnico adquiriera los rasgos que alcanzó en el siglo XX para poder completar su crítica. Y ciertamente, aunque sostiene la necesidad de la revolución para poder emancipar el trabajo, su perspectiva dio una pauta a ciertas lecturas liberales que buscaban anular el problema del antagonismo de clase para suplantarlo por una problemática cultural.

Quizá la transformación del modo de reproducción económico y social no es suficiente para establecer otra relación con la naturaleza, pero sigue siendo su condición, pues no es posible pensar otra manera de trabajar ni de relación con la técnica si no se quiebra el dominio de la valorización del valor sobre la sociedad. Sólo así, la mecanología podría ser subversión del trabajo en una sociedad libre, reformulación del hacer que nos permita entender lo que Simone Weil anticipaba cuando hablaba de la equiparación del trabajo con el arte.

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NOTAS AL PIE

[1Simone Weil, “Diario de fábrica”, Ensayos sobre la condición obrera, Ediciones Nova Terra, Barcelona. p. 221.

[2Ibíd., p. 222.

[3Ibíd., p. 242.

[4Ibíd., p. 302.

[5Ibíd., p. 303.

[6Jacques Lafitte, Réflexions sur la science des machines, Vrin, Paris, 1972. p. 32.

[7Simone Weil, “Carta a Boris Souvarine a propósito de Jacques Lafitte”, en La condición obrera, trad. Ariel Dilon, José Herrera, Antonio Jutglar. El cuenco de Plata, Buenos Aires, 2010. pp., 104-105.

[8S. Weil, “Dos cartas a Jacques Lafitte, en Ibíd., p. 109.

[9S. Weil, “La condición primera de un trabajo no servil”, Ibíd., p. 241.

[10Hanna Arendt, La condición humana, trad. Ramón Gil Novales, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 155.

[11Gilbert Simondon, El modo de existencia de los objetos técnicos, trad. Margarita Rodríguez y Pablo Rodríguez. Prometeo, Buenos Aires, 2007, p. 108.

[12K. Marx, El capital, T.1, Vol. 1, cap. 1, trad. Pedro Scaron, Siglo XXI, México, 2016, p. 73.
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