TRIBUNA ABIERTA

Trump, derechos de derechas y ofensas simbólicas

Ni la entrada en el ejército (menos en el de EEUU) ni en la familia nuclear ni la asimilación en el modelo capitalista o normativo han sido nunca parte de mi programa político o social o personal como sujeto LGTB o como se quiera definir en estos tiempos de incertidumbre.

Martes 15 de agosto | 17:33

Menos aún como activista queer, si me pongo en esa posición o si me concedo/conceden esa legitimidad. En cualquier caso, se me plantea una nueva contradicción, pero ya no me asusto tanto ante ellas. Parece ser que para los “queers” del nuevo milenio habitar en la contradicción va a ser una condición casi indispensable para la supervivencia o para poder habitar un espacio sociopolítico respirable.

Cuando un sector de la izquierda europea (yo hablo por la española) ha llegado casi a saludar la elección de Donald Trump como un continuismo “caricaturizado” de la política intervencionista de sus predecesores en EEUU muchos hemos visto lo que ellos no veían o querían ver: el poder simbólico de la expansión de los discursos homófobos, machistas, racistas como legítimos sobre todo dentro pero, también, fuera de sus fronteras y sus muros. Y es ahí donde se me plantea el bloqueo a los discursos neoliberal-conservadores, neofascistas y su verdadero alcance, como hemos visto recientemente en el asesinato neo-nazi de Virginia o en sus amenazas de intervenir en países como Corea del Norte o Venezuela.

Los gays, las lesbianas o las trans nunca lo han pasado bien en el ejército aunque hayan quienes digan lo contrario y menos en el de EEUU donde, durante la administración Clinton, se formuló la prerrogativa “no lo digas, no preguntes” como obligatoria para que homosexuales o lesbianas pudieran formar parte de sus filas. Una prerrogativa de silencio. Incluso, a lo largo de la historia de la insumisión en el Estado español, se han articulado discursos antimilitaristas desde posiciones de activismo marica, bollo o trans que no por menos numerosos han sido menos importantes.

La homofobia del ejército como vertebrador de su estructura ósea

Las torturas homófobas y sexistas destapadas y retratadas en Guantánamo nos ponen ante la evidencia de que tras la maquinaria de guerra militar imperialista hay también una maquinaria profundamente racista, basada en humillaciones sexuales, presunciones de superioridad étnica, xenófoba, homofóbica, islamófoba y que ha refinado sus formas de tortura convirtiéndolas en un cruel espectáculo sin límites. Algo que se reproduce, a escala reducida, en algunas cárceles, comisarias o, sobre todo, Centros de Internamiento para Extranjeros.

Lo malo no sería pues tanto que los trans no formen parte del ejército de EEUU sino el poder simbólico de la prohibición en sí misma. El discurso de odio que lo sustenta. Como el poder coactivo no solo de las torturas bajo el régimen de Putin sino también el miedo coactivo y abstracto que crean sus leyes contra la “propaganda homosexual”, se concreten o no finalmente. Como el miedo de la comunidad latina en EEUU ante las amenazas racistas y populistas del presidente Trump y sus llamados “camisas pardas”. Y es ahí donde se me plantea un conflicto entre la lucha antimilitarista, antimperialista, antibélica y la lucha universal contra la transfobia.

Seguramente podemos caer en un “anti-nortamericanismo” pueril y que no entiende de sutilezas, pero hay zonas de EEUU donde ser gay, lesbiana y trans es un grave riesgo para tu vida, igual que en una aldea del Norte de África o de Castilla La Vieja. El fundamentalismo religioso, el racismo y la homofobia se encuentran organizados y bien organizados, también estructurados de forma mental, sin distinción, en ocasiones, de ideologías. No pensemos que la llamada “derecha religiosa” es un fantasma de otro tiempo.

Aunque también existan otras zonas donde se han creado verdaderos núcleos de expansionismo capitalista, para sectores privilegiados, bien asimilados y uniformados. Los defensores de Donald Trump han apoyado su forma de criminalizar a los sectores más vulnerables de la población para hacerlos responsables de la creciente precariedad laboral del país en lugar de apuntar a los ricos y a las grandes empresas y a esas corporaciones a las que se sigue favoreciendo. Así los inmigrantes latinos, los negros, los transexuales, la comunidad LGTB sin recursos, papeles o visibilidad se ha convertido en el malo de una película de vaqueros tan increíble como infumable. Se fomenta el miedo al otro como responsable de una pérdida de privilegios materiales y simbólicos, base del racismo y el fascismo.

No debemos infravalorar el poder simbólico de este tipo de gestos discriminatorios que impulsan la transfobia, entre otras muchas fobias, sin dejar de cuestionar no solo el intervencionismo y la prepotencia del ejército de EEUU, sino la existencia misma del ejército en sí como institución, por viejas y nuevas razones.






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