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CRISIS PODEMOS

Y después de Vistalegre ¿qué?

¿Qué escenarios se dibujan después de la pelea? Los efectos de la crisis en el desfinfle de la “ilusión” y qué retos para la izquierda anticapitalista y de clase.

Santiago Lupe

Barcelona | @SantiagoLupeBCN

Jueves 9 de febrero de 2017 | 18:27

Foto: EFE

El domingo al mediodía se conocerán los resultados de las votaciones de los inscritos, tanto a los diferentes documentos como a la dirección y la secretaria general. Aún así la suerte estará ya echada en la mañana del sábado, cuando las votaciones se cierren.

Curioso método de deliberación el de la formación morada, en el que lo que se discuta en su Asamblea Ciudadana no dejará de ser mera puesta en escena. Los principales discursos y debates se producirán después del cierre de urnas. Todo un ejemplo del método de discusión ya impuesto desde Vistalegre I: titulares, entrevistas en los grandes medios y una buena dosis de twits.

A día de hoy solo podemos dar cuenta de que la participación va a ser alta. El jueves ya se superaron los 112.000 participantes de Vistalegre I, si bien el censo actual es el doble que entonces. Hay encuestas de algunos diarios que dan la victoria a Errejón, otras a Iglesias, y a Anticapitalistas le dejan en torno al mismo 10% que obtuvieron en las últimas votaciones.

Así pues a la cabeza de la formación quedará una de las dos figuras que la han capitaneado mano a mano desde su fundación hasta el 26J, compartiendo cada uno de los pasos y virajes dados hacia la moderación y la integración en el régimen.

Eso sí, sería erróneo considerar que las consecuencias de que se impongan errejonistas o pablistas serán las mismas. En cualquier caso, el riesgo de fractura es alto, bien en forma de guerra civil permanente o de ruptura abierta de la familia perdedora y seguramente desposeída de la mayoría de las posiciones. Pero el rumbo que tome el partido morado para los próximos meses y años puede virar en función de quien se haga con la victoria.

Si lo consigue Errejón, promete acelerar mucho la integración de Podemos en el Régimen del 78, a modo de pata izquierda renovada del mismo. Su apuesta por centrarse en el trabajo institucional y ponerse a la cabeza de grandes acuerdos de Estado, marcar la agenda parlamentaria, incluye profundizar en la moderación programática y convertirse en la nueva marca progresista que herede el espacio de un PSOE en crisis. Internamente, si Iglesias cumple su amenaza de dimitir como secretario general, seguramente veremos como la guerra de camarillas de estas últimas semanas se convierte en el día a día de la nueva política.

La posible victoria de Iglesias deja un panorama más contradictorio. Ganada la batalla, es muy posible que se aparte a gran parte de los errejonistas, aunque no se puede descartar que la “purga” no se lleve hasta el final. Desde el principio Iglesias se ha ubicado como un bonaparte que pivota entre un ala más moderada, errejonistas, y otra más de izquierda, que representa sobre todo Anticapitalistas, y como tal es difícil que ponga todos los huevos en la misma cesta. Algo de “derecha” tendrá que dejar para seguir con esta mecánica de dirección que le ha servido para afianzar su rol de líder carismático.

Sobre la hoja de ruta de Iglesias, tendrá que someter a la prueba de los hechos su giro discursivo en favor de “cavar trincheras en la sociedad civil”, en el sentido de retomar la movilización social como herramienta para preparar el siguiente “asalto a los cielos” electoral que reabra la posibilidad de un cogobierno con el PSOE. Hasta ahora, todo este discurso no ha pasado de eso, palabras, exceptuando la participación en algunas manifestaciones y el apoyo a algunos conflictos como el de CocaCola o telemarketing.

Convertir sus posiciones institucionales, empezando por los 71 diputados de Unidos Podemos, en un medio para retomar la lucha en la calle parece lejos incluso del Iglesias de las últimas semanas. Esto iría en contra de su estrategia más de fondo -compartida por Errejón- que pasa, no solo por lograr una mejoría electoral significativa en 2 o 4 años, sino por convencer definitivamente al establisment -o al menos a una parte de él, nada menos que a la dirección del PSOE- de que Podemos son un socio fiable, justo lo que no lograron -a pesar de todos sus esfuerzos, es decir renuncias- entre el 20D y la investidura de Rajoy.

Por lo tanto, Vistalegre II marca una bifurcación de caminos, pero para llegar al mismo destino. Dos hojas de ruta que tratan con distintas tácticas de transitar la nueva legislatura de Rajoy para llegar en mejores condiciones a las siguientes elecciones. ¿Con qué programa? El mismo ya rebajado del 20D y el 26J. En ningún caso se proponen retomar un programa para resolver las grandes demandas democráticas pendientes o los graves problemas sociales a costa de los intereses y beneficios de los grandes capitalistas. Menos aún promover la movilización social para imponerlas.

Llama la atención que en plena ofensiva contra el referéndum catalán ninguna de las principales candidaturas proponga impulsar un gran movimiento en defensa del derecho a decidir en Catalunya y en todo el Estado, la única manera de que la consulta se pudiera realizar en 2017. O que en plena crisis de la pobreza energética ni Errejón ni Iglesias se pronuncien abiertamente por la nacionalización de las eléctricas ni llamen a movilizaciones contra esta mafia y las subidas de la luz en plena ola de frío.

La tercera lista en liza, la de Anticapitalistas, sí recupera algunas de las demandas abandonadas -como la nacionalización de las eléctricas o el proceso constituyente-, pero se ubica más bien como una consejera -y posible futura socia- de los pablistas. Reproduce y hasta radicaliza la apuesta por crear “contrapoderes populares”, pero reivindica como el mejor ejemplo de lo que hay que hacer a los “ayuntamientos del cambio”, igual que Iglesias y Errejón. Justamente lo opuesto a esa vía, el mejor ejemplo del abandono de las demandas más elementales, del acuerdo con los socialistas para gobernar y del enfrentamiento con esos “contrapoderes” cuando salen a la lucha, como ocurre con los colectivos de vivienda, los manteros, los trabajadores de subcontratas o los huelguistas de TMB en Barcelona.

Por lo tanto, en el resultado de Vistalegre II se dibuja un escenario en el que la otrora formación emergente, la que despertó la ilusión de millones de jóvenes y trabajadores, la que incluso tomó parcialmente parte de las demandas planteadas en la calle desde 2011... no ofrece ninguna salida encaminada a fortalecer la organización y movilización de la clase trabajadora y los sectores populares, ni para enfrentar al gobierno de la “gran coalición”, ni menos aún para poder imponer una salida desde abajo a la crisis de régimen y la apertura de un verdadero proceso constituyente libre y soberano sobre las ruinas del “atado y bien atado”.

No hacía falta esperar a Vistalegre II para esta constatación. Lo que ocurre es que quizá este proceso haya dejado más claro a ojos de muchos que “lo nuevo” rápidamente se ha marchitado para parecerse a lo viejo. En estas semanas hemos visto una pelea de camarillas al más puro estilo de cualquier partido del régimen, con dirigentes de la “nueva política” contestando con evasivas o diciendo lo contrario de lo sostenido hace unos meses sin explicar el porqué del cambio. A un Errejón criticando el mismo chantaje de Iglesias para Vistalegre II -”si no gano me voy”- que él mismo defendió en Vistalegre I, a un Iglesias hablando de lo importante de la misma movilización social que hace sólo unos meses despreciaba o a un Miguel Urbán criticando la misma “maquinaria de guerra electoral” que él aceptó acríticamente en el último año y medio.

De aquella “ilusión” de Vistalegre I queda poco. Pero lejos de significar una gran derrota, como sostienen muchos de quienes se “enamoraron” del primer Podemos, también se abre una nueva “ventana de oportunidad”, la de empezar a trabajar por construir algo realmente superador de la “hipótesis Podemos”.

Comienzan a aparecer sectores sociales que están haciendo una experiencia con el nuevo reformismo, bien por su devenir de los últimos meses o por procesos de lucha como los que enfrentan a los “ayuntamientos del cambio”. Son hacia ellos hacia donde la izquierda que defendemos una perspectiva de independencia de clase y anticapitalista nos tenemos que dirigir para conformar un polo que pelee por reactivar realmente la movilización social, impulsando el más amplio frente único, exigiendo y denunciando a la burocracia sindical y al propio nuevo reformismo que se llena la boca de “contrapoderes” sin mover un dedo por crearlos. Retomar la lucha en los centros de trabajo, de estudio y en las calles contra el gobierno de la “gran coalición”, la nueva agenda de ajustes y el Régimen del 78, el andamiaje de esta democracia del IBEX35 y el candado sobre derechos fundamentales como el de decidir del pueblo catalán.






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