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La Izquierda Diario

Domingo 19 de Mayo de 2019

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CRISIS DE LA DERECHA
La agonía del Partido Popular: a Saturno se le atragantan los hijos
Víctor Stanzyk

Tras el 28A ha terminado de consumarse la mayor derrota del Partido Popular, acicateada por la fragmentación de la derecha.

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De 137 a 66 diputados, que en valores de escrutinio supone el paso de 8 millones de votos a sólo 4.3 millones: esa ha sido la magnitud de la caída del partido histórico de la derecha en el Estado español. Y, como no podía ser de otra manera, ha provocado un terremoto en las filas de un partido ya mermado por la corrupción y las guerras intestinas.

Ya la noche de las elecciones, Casado ofrecía la rueda de prensa con el hocico torcido por los resultados. No podía eludir lo evidente y tan siquiera empleó algún eufemismo para ello, aunque su primer análisis fuera culpar a la división provocada por los votos irresponsables a Ciudadanos y Vox. En lugar de aunar, aseguraba, estos partidos habían debilitado la oposición contra Pedro Sánchez, a quien veían como enemigo a abatir. Lo más importante de este discurso es que suponía el pistoletazo de salida para algo que, hasta entonces, era una tómbola estadística: quién va a ser ahora el líder de la oposición. No es una cuestión del número de escaños, sino de la forma en que cristalizará la respuesta por derecha a la crisis orgánica del Régimen del 78. Que el PP pierda la hegemonía en la derecha será la consecución de una apuesta por un endurecimiento desenmascarado del Régimen (Vox) o por un lavado de cara en clave liberal (Ciudadanos).

La derrota del PP, lo conduce a un análisis de su batacazo electoral. Las facciones, que antaño se disputaban la dirección como ramas diferentes alineadas dentro del partido, adquieren discursos que pivotan entre la reacción que debieran tener respecto a Ciudadanos y Vox. La vieja guardia del partido, que marcó la agenda de su actual dirigente, le acusa de no haber sido la derecha que España necesitaba, de no haber frenado la irrupción de la extrema derecha. Aguirre ya ha criticado la lejanía de Casado con la gloriosa época de Aznar. No obstante, los más críticos han sido los moderados, como Feijoo, que han visto en la derechización la raíz del problema.

La disyunción que se le plantea al PP no es sencilla: disputar la derecha o ser una alternativa de centro. Por ahora, hay tregua interna, al menos hasta los comicios autonómicos, municipales y europeos. Sin embargo, ya comienza a verse el viraje del barco de los populares.

En la disputa por la cabeza de la oposición, el Partido Popular planea, una vez que la batalla de las derechas ha provocado una polarización del voto, ocupar el espacio que ha quedado para el centro derecha. Apenas dos días después de las elecciones, ya tachó a Vox de «ultraderecha» y acusó a Abascal de vivir de «mamandurrias», y a Ciudadanos de ser, en la práctica, un partido socialdemócrata como el PSOE. Frente a esto, su rival Ciudadanos, opta por polarizar todavía más y robarle al PP su estandarte de derecha nacional, lo que no hace sino aumentar la tensión sobre el papel que los populares deben jugar en su bloque.

A su vez, en lugar de seguir insistiendo en una dura campaña conjunta a las tres derechas contra Sánchez, un espacio que creía poder disputar a sus dos retoños emergentes, Casado ha optado por centrar la campaña en aspectos sociales. Aunque sin abandonar la crítica, rechaza seguir con la cuestión nacional, tema que cede a sus rivales, y busca una campaña más “cercana con el ciudadano medio”. Esto mismo es un estertor de la caída del Partido Popular, y más si tenemos en cuenta que va a permitir a sus candidatos hacer campaña sin siglas del partido para que estos no carguen con el estigma de los derrotados.

Entre la derecha de Abascal y el falso centro de Ciudadanos, el Partido Popular enfrenta su agonía presentándose como la única derecha viable. Esto en absoluto es una estrategia voluntaria, sino que es lo único que le queda por hacer.

Pero apenas hizo un amago para desmarcarse de Vox tildándolo de ultraderecha y de lanzar algunas pullas a Ciudadanos, su propio equipo le instó a que no entrara en trifulcas con ninguno de sus dos rivales. Dado el panorama, el PP tiene las manos atadas. Su situación de escueta ventaja no le permite arremeter contra ellos. El gobierno de Andalucía depende de los pactos, y todo indica que, de poder gobernar en otros ayuntamientos y comunidades, lo debería hacer negociando con ambos. En última instancia, los tres partidos juegan, y así lo harán durante toda la legislatura, un «contigo y sin ti» del que deberá salir la verdadera corriente de derecha renovada del Régimen del 78.

La situación de los populares es crucial a la hora de analizar la tensión que hay entre las distintas fuerzas políticas. En Andalucía ya se hizo un primer experimento para comprobar el funcionamiento de un gobierno plural de derechas. Que sea el PP quien más esté a merced de sus compañeros de viaje pone de manifiesto que, entre los tres, y pese albergar aún una gran fuerza, es el más innecesario por cuanto, poco a poco, se demuestra que no es un partido destinado a tomar la iniciativa por la derecha.

Estas tensiones sirven de contrapeso al bloque “progresista” en la balanza política. Hemos visto como el PSOE se ha nutrido del miedo a Vox y de la corrupción del PP para ganar las elecciones, en la práctica, con el mismo programa neoliberal con tintes progres de siempre. La derecha de VOX reaccionará endureciéndose pese a los intentos de los populares por estabilizar la situación virando hacia el centro y, frente a ellos, un fantasmagórico proyecto progresista neoliberal que esconde la misma represión y precariedad que tenemos ahora. Por este motivo, si bien las elites económicas están preocupadas por la crisis de la derecha, y preferirían la opción de un gobierno del PSOE con Ciudadanos, aún así respiran tranquilas con un gobierno del PSOE, porque tienen claro que este garantiza que sus negocios sigan viento en popa.

 
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