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100 años sin Proust

Hoy, 18 de noviembre, se cumplen 100 años de la muerte de Marcel Proust.

Juan Argelina

Viernes 18 de noviembre
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Se cumple hoy, 18 de noviembre, el centenario de la muerte de Marcel Proust, al igual que el de la publicación del último volumen de su monumental “En busca del tiempo perdido”, "Sodoma y Gomorra" (1922), que se puede considerar el punto de partida del debate sobre la homosexualidad en Francia. Si las alusiones al tema eran dispersas en "Por el camino de Swann" (1913), "A la sombra de las muchachas en flor" (1919), o "El mundo de Guermantes" (1921), en "Sodoma y Gomorra" (1922) se revelaba con toda claridad la personalidad homosexual del barón de Charlus, personaje que guía toda la obra, inspirado en el conde Robert de Montesquiou (1855-1921), famoso dandi homosexual que Proust había conocido en 1893, gracias al cual pudo introducirse en el ambiente aristocrático parisino, que le permitió hacerse con el material necesario para componer su obra, que, llegado a este punto, recibirá las críticas más encendidas: "he manifestado repetidas veces mi admiración por el meticuloso genio del señor Proust, pero si este monumento va a ser coronado por cuatro tomos que estudien la inversión sexual, creo que la hora está mal escogida. Ya no queremos que las aberraciones de una falsa aristocracia invadan nuestra literatura. Odio a los snobs", escribía Gustave Binet-Valmer (1875-1940), autor él mismo de una novela, "Lucien" (1910), cuyo protagonista homosexual se suicidaba, siguiendo los cánones morales imperantes (Proust decía que era la novela más estúpida que había leído nunca).

En aquel momento, la homosexualidad del propio Proust no era conocida más que por el restringido círculo de sus amigos, aunque se hizo pública tras su muerte, en 1922, lo que provocó un recrudecimiento de los ataques contra su persona y su obra, que, póstumamente, iba completando el conjunto de "En busca del tiempo perdido" hasta 1926, año en que empezó a aparecer el último de sus volúmenes, "El tiempo recobrado", al tiempo que se publicaba la novela de André Gide "Los monederos falsos". En esta fecha, ya no se dudaba en hablar directamente sobre la homosexualidad, y el debate se centraba en la cuestión moral y su relación con el arte. Si bien el talento de Proust era ampliamente reconocido, el tema seguía siendo un problema, y, de hecho, se le culpaba de haber lanzado el tema y se le responsabilizaba de la "moda" homosexual en la literatura. Louis Reynaud (1876-1947), en "La crisis de nuestra literatura" (1929) escribía: "Proust es un enfermo y un intelectual depravado. Las suyas son las sensaciones de un ser anormal, que constituye un caso psicológico muy particular, del que quizás no haya nada que recordar en el futuro".

No obstante, pocos se han detenido en cómo Proust, más que en la homosexualidad ostentosa del barón de Charlus, se fijó en el lesbianismo promiscuo y desprejuiciado de Albertine y sus amigas (“A la sombra de las muchachas en flor”), llevadas a la pantalla por Chantal Akerman; además de la influencia que tuvieron en él obras de Zola como “El Paraíso de las damas” (1883) de Zola, donde hombres y mujeres quedan fascinados por los avances en la lencería, al tiempo que se hace una descripción que se mueve entre la sordidez y el esteticismo de la vida de una joven dependiente, que pasa de una tienda a otra; o “Naná” (1880), en la que se describen las andanzas de una cabaretera sin talento o belleza al uso, pero dispuesta a enfrentarse a todo tipo de público y a admiradores de diferentes clases sociales.

Probablemente Proust no fue consciente de sus tendencias hasta la edad de veinte años, cuando su relación con el músico Reynaldo Hahn (1874-1947) marcó una etapa decisiva en su proceso identitario, y comprendió que sus amistades eran solo la sublimación de un deseo reprimido, descubriendo también el sentimiento de culpa: tenía que mentirle a su madre, ocultarle una verdad que podía resultarle fatal. De modo que no encontramos en Proust ninguna aceptación de la homosexualidad, mucho menos orgullo homosexual. La lenta maduración de sus personajes parece estar modelada en su dolorosa toma de conciencia; y la revelación, incesantemente retrasada del tema homosexual, parece una lucha por negar lo obvio, y tratar de ceñirse a una normalidad ideal y ficticia, precisamente la del narrador.

La evolución de su sexualidad va unida a la de su obra: Los jóvenes aristócratas que admiraba, como Antoine Bibesco (que compartió con él las reuniones intelectuales que organizaba su madre en un salón de París, y en el que se inspiró para crear el personaje de Robert de Saint-Loup), fueron reemplazados por jóvenes de la clase trabajadora, más o menos mantenidos, como Alfred Agostinelli (a quien conoció en 1907, cuando le llevó como taxista a visitar Normandía, y posteriormente le nombró su secretario personal, hasta que murió en 1914 en un accidente de avión), para luego dar paso en los últimos años a los profesionales del burdel de Albert Le Cuziat, el hotel Marigny, en París (una suerte de antro sadomasoquista gay, cuyos muebles habían sido legados por el propio Proust). En este lento declive, hay algo así como una metáfora de la homosexualidad proustiana: la homosexualidad era un vicio, y solo podía conducir al mal. Querer representarla bajo sentimientos nobles y generosos era sólo un engaño; tenía que enfrentarse al sexo duro, la perversión malsana, la prostitución. El lector también se ve arrastrado con él a medida que los personajes con los que simpatiza se sumergen cada vez más en los abismos del vicio y la corrupción, lo que le conecta con el efecto transgresor de Rimbaud y su continuación en la sublimación perversa y maldita de la homosexualidad de Genet.

* Este texto ha sido escrito en base a un fragmento del libro "Voces transgresoras. Una memoria queer de la cultura insumisa", de Juan Argelina y Eduardo Nabal, publicado recientemente por Bohadón Ediciones.


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Juan Argelina

Madrid, 1960. Es doctor en Historia por la Universidad Complutense en la especialidad de arqueología e historia antigua, profesor de secundaria, amante del cine, y colaborador de Izquierda Diario, Contrapunto y otras revistas especializadas.

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