SUPLEMENTO

Ante el fracaso de Unidas Podemos y el procesismo: ¿qué izquierda necesitamos para vencer?

Pablo Castilla

Ante el fracaso de Unidas Podemos y el procesismo: ¿qué izquierda necesitamos para vencer?

Pablo Castilla

Tras la bancarrota del neorreformismo de Unidas Podemos, el procés y la política de la CUP: la necesidad de una izquierda que se prepare para ganar se vuelve hoy más urgente. Este artículo es una versión de la ponencia presentada por el autor en la Escuela de Verano Anticapitalista y Revolucionaria de la CRT en Barcelona el pasado 23 de julio.

La pandemia y la crisis capitalista auguran un siglo XXI donde las crisis serán recurrentes. Ahora bien, las masas populares y trabajadoras opondrán resistencia. Si de algo podemos estar convencidos, es que en el siglo XXI habrá nuevas revueltas. Pero que estas se conviertan en revoluciones contra el conjunto del poder capitalista no está asegurado. Menos todavía que estas revoluciones triunfen.

La victoria como tarea estratégica y consciente

Como decía Trotsky, la victoria es una tarea estratégica ¿Qué quiere decir esto? Significa que para que la enorme energía de las masas se transforme en revoluciones y estas triunfen, sentando las bases de otra sociedad, libre de explotación y opresión, hace falta una tarea consciente de preparación. Es decir, para pasar de la revuelta a la revolución y de la revolución a la victoria hace falta la tarea consciente de la estrategia.

Nosotros queremos tomar partido en la política revolucionaria. Pensar cuál es la estrategia que la clase trabajadora y las masas explotadas necesitamos para vencer.

Pero primero de todo ¿qué es la estrategia? Es un concepto que viene del pensamiento militar. La estrategia sería el plan para dirigir una campaña militar, una guerra. Mientras, la táctica sería el plan para dirigir una batalla. La táctica sería el arte de dirigir operaciones aisladas (ganar batallas) y la estrategia el arte de articular todas esas batallas aisladas hacia un objetivo último (ganar la guerra), es decir, imponer tu voluntad a la del enemigo.

Para los revolucionarios la táctica es nuestra participación en los sindicatos, las huelgas, el movimiento estudiantil, las elecciones. Nuestra estrategia persigue articular todas esas operaciones y los volúmenes de fuerzas que pueden generar hacia la lucha contra el Estado capitalista para lograr imponerle nuestra voluntad. Así, lograr aplastarlo y abrir el camino a una sociedad socialista, basada en organismos de autodeterminación de la clase trabajadora, la expropiación de la burguesía y que siente los cimientos de una sociedad sin explotación ni opresiones.

Trotsky, Lenin y la Tercera Internacional fueron los primeros marxistas que utilizaron este concepto. Nosotros, nuestra corriente internacional, venimos desde hace años tratando de recuperar el estudio de la estrategia, lo cual está excelentemente recogido en el libro de Emilio Albamonte y Matías Maiello “Estrategia Socialista y Arte militar”.

Justamente para, como decía, Trotsky no “perdernos en la táctica”, estar en una y mil luchas o frentes, pero sin un plan de cómo cada una de esas conquistas las ponemos al servicio de preparar la victoria. Algo así, en un momento como el actual, construir una fuerza material, una organización revolucionaria, es una de las tareas preparatorias más importantes.

La izquierda que abandonó la estrategia para asumir la del enemigo

Una gran parte de la izquierda del siglo XX renunció a la estrategia y sus herederos del XXI han continuado con su legado. Renunciaron a imponer la voluntad de los explotados a la de los explotadores. En lugar de la toma del poder, el fin último pasaba a ser a ser administrar o conquistar pequeñas reformas o parcelas de libertad en el capitalismo. De esta manera, las tácticas se convertían en un fin en sí mismo.
Si la estrategia es lograr imponer tu voluntad al enemigo, renunciar a la estrategia es renunciar a imponer tu voluntad al enemigo. Renuncian a ese combate y pasan rápidamente a justificar y hasta teorizar que las aspiraciones democráticas o sociales de las masas son metas inalcanzables. La consecuencia es que terminan jugando a favor pues de la estrategia del enemigo, quien persigue como fin último la supervivencia del sistema capitalismo.

Para las corrientes que se reivindican todavía revolucionarias o que dicen luchar por el socialismo, renunciar a pensar en términos estratégicos (imponer tu voluntad al enemigo) lleva a subordinarse a estas corrientes políticas reformistas. Es decir, ayudar a quienes quieren gestionar el capitalismo que uno pretende destruir. Abandonar el pensamiento estratégico lleva a la vía de la conciliación de clases, o sea, creer que las aspiraciones sociales de la clase trabadora y los oprimidos se pueden conseguir de la mano de la burguesía.

Nos referimos a grupos como Anticapitalistas, que fueron pieza clave de la fundación de Podemos y hoy en Andalucía tratan de constituir una nueva fuerza política neorreformista con sectores populistas del andalucismo, o aquí en Catalunya grupos como Lucha Internacionalista, que se niegan a romper con la CUP aun cuando esta formación se ha convertido en socio parlamentario del actual Govern de Aragonés.
Todo esto que puede parecer abstracto creo que va a ser mucho más concreto si lo bajamos a pensar cuáles son las principales estrategias, o no estrategias, que operan en la izquierda del Estado español. Estamos a 10 años del 15-M y parece que las condiciones podrían haber dado para más conquistas. Sin embargo ¿por qué seguimos estando tan lejos de lograr tales aspiraciones? Aquí es donde entran en juego las estrategias que han emergido y que siguen siendo hegemónicas hoy.
Queremos pasar de desmontar estas “no estrategias” a plantear cuáles son las coordenadas que debería la estrategia de una izquierda para la clase trabajadora, la juventud y los sectores oprimidos.

El 15-M y la “ilusión de lo social”

El 15M era la primera vez desde hacía décadas que parecía que algo podía cambiar. Un movimiento principalmente juvenil de quienes veían frustrado el relato de prosperidad eterna. Lo hacía al calor de la primera gran crisis capitalista del siglo XXI y que condenó a varias generaciones a un futuro de precariedad y miseria creciente. La estabilidad y pasividad del movimiento de masas se rompió, o mejor dicho, las masas las rompieron.

Fue un momento en que lo que primaba es lo que hemos llamado “la ilusión de los social”. Veníamos de décadas escuchando que “La revolución no es posible”, “siempre acababa en monstruosidades como el estalinismo” o “la clase trabajadora ha desaparecido, socialmente y como sujeto de transformación” que hoy todavía se escuchan.

De ahí emergió una estrategia fallida. Se creía que, por medio de movilizaciones ciudadanas, ocupando espacios públicos como las plazas, incluso con acciones puntuales del movimiento obrero, como las huelgas generales de 24h, se podría presionar y lograr que los Estados capitalistas y sus gobiernos avanzaran en reformas democratizadoras y sociales. Pero por algo le llamamos ilusión.

Esta estrategia se topó rápidamente con un muro. Con las plazas llenas y las mareas a pleno rendimiento, ganó Rajoy con su mayoría absoluta y pasó, con la complicidad pasiva de la burocracia sindical, las peores contrarreformas y ajustes. Si bien el 15M abrió una profunda crisis en el régimen político y desprestigió a sus partidos e instituciones, estas protestas eran asumibles y hasta asimilables.

El ilusionismo político de Podemos y el procés

Una idea empezó a resonar. Lo social no basta y las movilizaciones en la calle para presionar al Estado y sus partidos no son suficientes. Empezó a extenderse entre muchos de quienes protagonizaron o vivieron el 15M. En la izquierda se comenzó a discutir dar el paso a la disputa del poder, era el momento de dar el paso a la política ¿pero a qué política?

En el Estado Español nació Podemos, aquel del “sí se puede”, el de la denuncia a “la casta” del PSOE y PP, el de “romper los candados del Régimen del 78”. Su política era de construir un partido con un programa asumible dentro de los márgenes del régimen y del capitalismo para alcanzar cuotas de poder que les permitieran ir reformando aquello que los grandes poderes capitalistas permitieran. Hay una letra pequeña. Aceptar no ir más allá del régimen existente supone no cambiar nada del régimen existente; buscar cuotas de poder en el régimen existente supone perpetuar el sistema vigente. Así nació Podemos impulsado por Iglesias, Errejón, Monedero y, no nos olvidemos, Anticapitalistas. Este fue el ensayo español para su hipótesis de que no había que construir partidos revolucionarios, sino partidos amplios sin delimitación entre reformistas y revolucionarios, el resultado fue el partido que vino a tratar de apuntalar y restaurar el régimen en crisis.

En Catalunya, el malestar social provocado por la crisis combinado con las aspiraciones democráticas del pueblo catalán dio lugar a la emergencia de un enorme movimiento democrático por el derecho a decidir. Lamentablemente quien se logró poner a la cabeza fue la CiU de Artur Mas que venía de recortar en educación y sanidad – junto al PP – y que contó con el apoyo de ERC y la CUP como ala izquierda, dando lugar al llamado “procés”. De esta manera logró escindir en gran medida el malestar social de la demanda democrática de la autodeterminación y manteniéndolo en una larga contención y desvío hasta 2017.

La ilusión “procesista” era la de conquistar una república catalana, más democrática que el Estado Español y con más margen para mejoras sociales de la mano de los herederos del pujolismo.

Una la ilusión era triple: 1) creer que las aspiraciones democráticas del pueblo catalán podían conquistarse de la mano de la burguesía catalana 2) pensar que había transformación social posible para la clase trabajadora y los sectores populares junto a los partidos de las políticas neoliberales en Cataluña 3) esperar que una nueva república burguesa, por muy catalana que fuera, podía ser algo realmente distinto al resto de democracias capitalistas del mundo.

¿Y qué pasaba con la CUP? ¿Qué pasa con la fuerza que se reivindica anticapitalista? Pues que lejos de luchar contra dichas ilusiones, ella misma las compartía y alentaba.
Si se leía bien la letra pequeña, el camino de Podemos ya estaba escrito. Cuando Pablo Iglesias dijo que Syriza – el Podemos griego – no podía hacer otra cosa que aplicar el ajuste de la UE ya adelantó por dónde irían los tiros de la formación morada. Decía que se había dado cuenta – ¡el señor Doctor en Ciencias Políticas! – que estar en el gobierno no era tener el poder. Que, si Tsipras hacía otra cosa que cumplir con el memorándum entonces tenía que enfrentar a la policía, el ejército, la UE... es decir al Estado capitalista y sus aliados internacionales.

Tenía razón Iglesias. Por eso el Estado no es una cáscara vacía que se puede ocupar y cambiar su carácter de clase. Pero su conclusión es plegarse a eso, aceptarlo, y por lo tanto llamar a conformarnos con hacer lo que nos dejen esos poderes a los que no se puede, ni se debe, enfrentar. Al negarse de entrada a desarrollar las fuerzas sociales y una estrategia para combatir el poder de los capitalistas, la única salida, para Syriza, Podemos, como para todo el reformismo del siglo XX antes, era la de gestionar su Estado y sus políticas solo hasta donde esos poderes lo permiten.
En el caso catalán, el fracaso del processisme era la crónica de una muerte anunciada. La burguesía catalana tenía claro que era burguesa antes que catalana.

Se ha llamado a la solidaridad de los estados capitalistas del mundo; a las marchas ciudadanas eternas e incluso ha tratado de sentarse con el Estado Español. Pero ¿qué no ha hecho nunca ni hará? Llamar a desarrollar las fuerzas de clase trabajadora y los sectores populares, las únicas capaces de hacer frente al Estado Español y conquistar la independencia. Para eso había que trazar una hoja de ruta que nunca sería la de Mas, Puigdemont o Junqueras. Unir a la lucha democrática, un programa social para resolver los grandes problemas de vivienda, empleo o pobreza, tocar por lo tanto los intereses de los capitalistas catalanes y españoles, para sumar a la clase trabajadora a esta lucha con sus propios métodos de lucha.
El sueño de la república catalana solo era posible convirtiéndose en la pesadilla de las grandes familias y empresas a las que el mundo convergente y ERC llevan años representando sus intereses.

La bancarrota del “sí se puede” y la “mano extendida” al procesismo

Tanto el neorreformismo de Podemos como el apoyo de la CUP al processisme son anti-estrategia, son la renuncia a los objetivos, por subordinarse a unos socios que nunca los van a pelear, como hace la CUP, o incluso a la renuncia de los objetivos y el combate, como hace Podemos. El problema de las no-estrategias, aquellas que abandonan imponer tu voluntad sobre el enemigo, es que acaban siendo el apoyo para que el enemigo imponga su voluntad, es decir, acaban trabajando para otra estrategia, la del enemigo.

Podemos pasó del “sí se puede” al “no se puede”. Pero ¿qué sí ha podido hacer el gobierno de Podemos? Sí ha podido lavarle la cara al PSOE; avalar la monarquía, apoyar la sentencia del “procés”; reprimir manifestaciones contra la LGTBIfobia, el 8-m o las movilizaciones de Hasel; preparar una nueva reforma de pensiones, una nueva reforma laboral y una nueva reforma de la universidad neoliberal; enviar al ejército a Ceuta, oponerse a la liberación de las patentes de la vacuna junto a EE.UU, Japón y el resto de países de la UE… ¿Seguimos?

Todo esto es lo que SÍ han podido hacer Podemos, PCE e IU con la complicidad de las burocracias sindicales que han ayudado a vaciar las calles y eliminar la resistencia. Así, los capitalistas, los burgueses (el enemigo) imponen su voluntad vía quienes venían a enfrentarlos. Eso es el neorreformismo.

En el caso catalán, la conciliación de clases con la burguesía nacional impulsada por la CUP parte de una concepción de la revolución por etapas. Primero todos juntos hasta la independencia y luego haremos una revolución social. Tal visión supone negarse a desarrollar una dirección alternativa a la de burguesía, guiando a la clase trabajadora y los sectores populares tras una clase – la burguesa – que es contraria a sus aspiraciones. Además, ni siquiera el problema de la autodeterminación logra resolverse, ya que sin la fuerza social de las masas tampoco es posible de lograr conquistar la independencia. Así, seguimos sin autodeterminación y sin conquistas sociales, pero con un Conseller de Economía exdirectivo de la Caixa, con los Mossos d’Esquadra reprimiendo en cada manifestación y cada desahucio, con la Generalitat como acusación particular en juicios contra independentistas y con un President que se codea con Florentino Pérez, Godó y los más altos capitalistas.

En resumen, la ilusión de la república se rompe: ni república catalana ni transformación social, pero se mantienen las políticas neoliberales.

De lo social a la revuelta: los límites de la nueva ilusión

Tras la integración y bancarrota de estos proyectos, hay muchas y muchos que plantean una especia de vuelta a “ilusión de lo social”. La lección que se extrae de estos fracasos es un cierto rechazo a la política, y lo que toca es fortalecer la movilización social, los movimientos, ya sea el de la vivienda, contra las opresiones, el sindicalismo combativo...

Por un lado, es una reacción buena a todo el rechazo y menosprecio de la movilización de los últimos años realizado por la ilusión en las instituciones, los ayuntamientos del cambio… Sin embargo, el problema es que vuelve, como en 2011, a no dar la importancia que tiene incorporar la fuerza y los métodos de lucha de la clase obrera a este refuerzo de lo social. Además, vuelve a estar huérfana de formular una alternativa política que supere al reformismo o la conciliación de clases.

Al calor de procesos como el chileno o aquí lo que fueron las movilizaciones contra la sentencia o Hasel, hay muchos jóvenes sobre todo que piensan este retorno a lo social tiene que ser más radical en los métodos. Podemos decir que pasamos de la “ilusión de lo social” a la “ilusión de la revuelta”.

De forma sencilla, podríamos decir que la revuelta se caracteriza por su carácter espontáneo de carácter ciudadano, donde la clase trabajadora interviene de forma diluida, y se desarrollan en espacios públicos como las calles o las plazas como expresión de un rechazo al régimen existente.

Se trata de una estrategia que mantiene una confianza casi absoluta en la movilización permanente per se –sin demandas ni sujeto claros– como mecanismo que hará cambiar de opinión a los gobiernos. La espontaneidad del movimiento y los estallidos de rabia por sí solos como herramienta de transformación.

¿Qué quiere decir sin sujeto claro? Se valora por igual si quienes participan son trabajadores del transporte, estudiantes universitarios o clases medias. Se obvia que existen sectores con mayor poder de fuego que otros para poder poner contra las cuerdas al Estado capitalista. No es lo mismo una huelga estudiantil que una huelga del transporte, como tampoco es lo mismo el cierre de pequeños comercios que la paralización de toda la industria alimenticia.

Los fenómenos de lucha espontáneos enfrentan un doble problema. Por un lado, la ausencia de autoorganización impide que el estallido de rabia puede hacerse carne en organismos que perduren más allá de la explosión coyuntural y sienten las bases para discutir las demandas y los métodos de lucha del movimiento. Por otro lado, los movimientos acaban por buscar una orientación política tarde o temprano y, ante el rechazo de los sectores autonomistas a la política, se abre la puerta a que la lucha sea cooptada por otras corrientes, ya sean reformistas o de conciliación con el gobierno independentista, que tratarán de desviar el descontento.

La lección que extraer del proyecto de Podemos o del apoyo de la CUP al processisme no debe ser el rechazo a la política y el desarrollo de una movilización ciudadana autónoma permanente de per se. De hecho, la conclusión es la necesidad de otra política ¿cuál?

La imposibilidad de enfrentar a la derecha de la mano de los reformistas

La imposibilidad de enfrentar a los derechistas sin chocar con los reformistas
El malestar está asegurado y es patente. No hablamos solo del malestar generado por las crisis económicas, sociales y ambientales, sino también el desencanto con los proyectos fallidos de la izquierda que venía a cambiarlo todo y ha acabado aplicando las políticas de la derecha.

Un malestar que sobre todo se expresa en nuestra generación. Los que nacimos ya en el siglo XXI y no hemos conocido más que crisis. Los que vemos que se nos condena a un futuro lleno de trabajos basura, sueldos de miseria, la imposibilidad de irnos de casa, un futuro en el que ni siquiera la existencia en el planeta está asegurada. Los que sentimos que no debemos nada ni a Podemos ni a los que prometieron la república catalana. Ahora somos parte de esa generación de la cual un 87% se siente o poco o nada representada por los partidos del régimen, según la última encuesta de PlayGround.

Pero que este busque salidas de izquierda o derecha no es algo definido. Partidos como Vox aprovechan el malestar entre los más explotados y oprimidos para tratar de dividirlos. Se aprovechan del desencanto generado por la izquierda del régimen o el procés para tratar de capitalizarlo con un proyecto reaccionario.

Por eso van a barrios como Vallecas a hablar de “currantes” y señalan al gobierno “progre” como el responsable de sus males. Sin embargo, a la extrema derecha que está contra los inmigrantes le encanta el imperialismo del gobierno PSOE-UP que garantiza los negocios de Telefónica y Repsol en América Latina que hayan facilitado el retiro dorado del Emérito o que no hayan tocado un pelo durante la pandemia… Aunque a reformistas y derechistas les duela, tienen más en común entre ellos de lo que quisieran reconocer ante los y las trabajadoras.

Por eso, enfrentar a la extrema derecha hoy es desnudar a los reformistas y al resto de corrientes que tratan de desviar las fuerzas de clase trabajadora y los sectores populares para acabar traicionándolos. No combatir las ilusiones en estos proyectos es dejar el terreno libre para que las futuras frustraciones sean capitalizadas por la extrema derecha.

Por una izquierda de la clase trabajadora que combata el régimen y el capitalismo

Por una izquierda con la clase trabajadora al frente contra el régimen y el capitalismo
Estamos hartos de la izquierda del “no se puede” y de la que pregunta primero a la burguesía catalana qué toca y que no toca. Nosotros queremos ganar de una vez por todas, queremos imponer la voluntad de la clase trabajadora y los sectores populares a la burguesía. Si la victoria es una tarea estratégica, nosotros queremos tomarla en nuestras manos.

Frente a las ilusiones de que las movilizaciones ciudadanas bastan, necesitamos una izquierda que luche porque la clase trabajadora intervenga en el centro, con sus propios métodos. La huelga del 3-O en Cataluña donde intervinieron sectores de la clase trabajadora fue una pequeña demostración del potencial de nuestra clase. Porque la pandemia ha demostrado que hay un sector mayoritario de la población que es la que mueve el mundo. Ahora que se cumplen 85 años del inicio de la guerra civil española recordamos la fuerza de los obreros organizados que frenaron el golpe, colectivizaron tierras y pusieron bajo control obrero las fábricas y el transporte, poniendo las bases para construir un mundo nuevo.

No estamos dispuestos a entregar los sindicatos a la panda de traidores que negocian reformas laborales con la patronal y el gobierno. Recuperémoslos de la burocracia sindical que firma despidos y cierres de fábricas como en Nissan. La autoorganización de los y las trabadoras para acabar con las divisiones entre fijos y temporales, migrantes y no migrantes, contratados y subcontratados. Para discutir desde abajo sus demandas y cómo lograr imponérselas a la patronal sobrepasando a la burocracia sindical.

Una autoorganización que tiene servir incluso más allá de desarrollar o ganar tal o cual lucha. Que sirva para tender lazos y puentes entre la clase trabajadora y el resto de los sectores populares y oprimidos. Para que la clase trabajadora se haga hegemónica, es decir que tome en sus manos el conjunto de las demandas democráticas y sociales.

En el movimiento estudiantil debemos pensarlo más allá de los institutos y universidades si queremos conseguir nuestras demandas. Crear espacios de autoorganización en los centros de estudio es el primer paso no solo para discutir por qué programa pelear y cómo hacerlo, sino también para tender puentes con los sectores en lucha de clase trabajadora, aquella que efectivamente tiene la capacidad mover y paralizar la economía.

Una nueva generación como punta de lanza de una izquierda que se prepare para ganar

Se trata de que la juventud actuemos como punta de lanza para despertar al gigante dormido de la clase trabajadora. Luchamos por una izquierda que desarrolle la autoorganización en los movimientos para combatir desde ahí las estrategias que tratan de desviarlos o separarlos entre ellos, que cree lo que nosotros llamamos fracciones revolucionarias en los movimientos y espacios donde las experiencias y lecciones de los sectores en luchas puedan debatirse y generalizarse. Donde las ideas de los revolucionarios puedan ser escuchadas y se puedan fusionar con las de miles de trabajadores y trabajadoras, de jóvenes, a la vez que vayan haciendo una experiencia y sacando lecciones de que las promesas de los reformistas son meros engaños que nos condenan a repetir las mismas derrotas una y otra vez.
Ante los problemas de la clase trabajadora y los sectores populares, hace falta convertir el malestar profundo en un programa que les dé respuesta atacando a los capitalistas.

Esta es la izquierda desde la CRT nos proponemos construir. Para ello este año venimos dialogando y proponiéndoles a otros sectores de la izquierda la necesidad de empezar a discutirlo y avanzar en esta dirección. A grupos que se reclaman revolucionarios o socialistas, como Izquierda Revolucionaria, Corriente Roja o Lucha Internacionalista. Sin embargo, siguen lamentablemente subordinados a la CUP, el neorreformismo o directamente en posiciones sectarias como para avanzar en tal discusión. No obstante, esta debate y necesidad también lo hemos querido hacer con sectores de jóvenes y trabajadores que ya no confían en estos proyectos, o a militantes y sectores por ejemplo de la izquierda independentistas que se cuestionan la utilidad de la política de seguidismo al procesismo practicada y profundizada por la CUP. Lo hicimos en Catalunya en las elecciones, proponiéndoles a estos grupos y sectores levantar una candidatura alternativa al nuevo curso de la CUP que estaba dispuesta hasta a entrar al govern de ERC y JxCat, o en Madrid para intentar poner en pie una alternativa al malmenorismo de Podemos para enfrentar a la derecha. Lo vamos a seguir haciendo.

Como algunos y algunas de las que estamos hoy aquí, yo también soy parte de la Generación Z. Somos la generación marcada por las crisis. Matarse a trabajar toda la vida y confiar en reformas parciales que mejoraran el mundo poco a poco: fue el cuento que nuestros abuelos fueron obligados a creerse, que contaron a nuestros padres y que ahora vemos aún más claro que no se sostiene.

Pero ya estamos hartos de pasar página y seguir siempre en el mismo libro, pues ya sabemos cómo sigue: con trabajos precarios, sin podernos independizar, con estudios cada vez más inaccesibles para los hijos e hijas de familias trabajadoras y con la destrucción del planeta. Es la historia interminable del libro del capitalismo con sus crisis cíclicas que llevan a barbaries cada vez más terribles como la destrucción del planeta y el auge de las desigualdades, mientras nos someten la clase trabajadora y los sectores populares a episodios de miseria cada vez más brutales.
Es hora de que la juventud, junto a la clase trabajadora, tomemos partido para escribir un futuro distinto para la humanidad. Una organización revolucionaria como la que hemos planteado, un partido como el que nos proponemos construir no es ningún un ente sobrenatural, sino personas de carne y hueso. Es el estudiante que se pelea en su centro de estudio contra las tasas universitarias y va a dar apoyo a los conflictos obreros; es el trabajador de la fábrica de automóviles en cierre que se une con el movimiento del clima para una reconversión ecológica; es la mujer que participa en el movimiento feminista denunciando la ley trans que deja fuera a las personas migrantes. Unidos y unidas entre sí por la voluntad de construir una organización revolucionaria que desnude a las direcciones traidoras ante las masas y las lidere a la conquista de una sociedad libre de toda explotación y opresión.

Ante la bancarrota manifiesta del neorreformismo o el procés y la política de su ala izquierda, es hora de que, desde la juventud, desde quienes tenemos todo un futuro por ganar, luchemos por poner en pie esta otra izquierda que se prepara para ganar. Una organización revolucionaria, un partido, que pelee por esta perspectiva
A esta tarea queremos dedicarle nuestro tiempo y nuestros esfuerzos los militantes de la CRT, junto a las compañeras y compañeros que se organizan con nosotros en Pan y Rosas y Contracorriente. Una tarea apasionante: dedicarnos a luchar por una vida que merezca la pena ser vivida. Porque en un mundo en el que el sistema capitalista nos quita hasta el tiempo, dedicar nuestra vida a construir un partido revolucionario no es ningún sacrificio, sino una liberación.


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Pablo Castilla

Contracorrent Barcelona - estudiante de Filosofía, Economía y Política en la UPF
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