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Ante los suicidios de jóvenes en Francia: ¡hay que convertir la angustia en rabia para cambiar todo!

Facultades cerradas, despidos, precariedad, aislamiento, competencia y evaluación permanente en medio de una pandemia: los jóvenes estudiantes llevan más de un año de gran angustia. Los intentos de suicidio de estudiantes en Francia se han multiplicado, lo que atestigua la terrible situación de la juventud en un sistema capitalista que se está quedando sin aliento.

Viernes 29 de enero | 18:07

Sólo la segunda semana de enero, cuatro estudiantes intentaron acabar con su vida y dos se suicidaron en el país galo. Lejos de ser excepciones, estos terribles acontecimientos y su multiplicación son, por el contrario, sólo uno de los síntomas de una juventud aplastada por un sistema neoliberal violento y putrefacto, tanto más cuanto que la situación se ha deteriorado con la pandemia y la negligencia de la estrategia sanitaria aplicada por el gobierno. El número de personas en estado de depresión ha aumentado en más de 16 puntos entre los jóvenes de 18 a 24 años y en más de 15 puntos entre los de 25 a 34 años, según un estudio de Santé Publique France. Un informe de la comisión de investigación de la Asamblea Nacional concluye incluso que el 50% de los estudiantes están preocupados por su salud mental. Así, la salud mental de los jóvenes se convierte en un problema de salud pública nacional.

Precariedad creciente y vidas de miseria

La precariedad no es una situación nueva para la juventud, hace poco se cumplió un año del intento de inmolación de Anas, un joven estudiante de Lyon, que nos lo recordó amargamente.

El Covid-19, los encierros y los toques de queda agravaron una situación que ya era dramática para los jóvenes. El sector de la población que vive más por debajo del umbral de la pobreza son los jóvenes de 18 a 25 años, la mitad de ellos se ven obligados a trabajar durante sus estudios para satisfacer sus necesidades primarias. Trabajando de forma irregular, en trabajos precarios o autónomos, la juventud forma una bolsa de trabajo barata e insegura y un ejército de reserva para la patronal. Se ha normalizado que la vida estudiantil rime con finales de mes difíciles y pasta en el armario. A medida que la crisis económica se intensifica, los empleos jóvenes son los primeros en saltar. Para los capitalistas, estos trabajadores tan fáciles de eliminar (basta con no renovarles el contrato, cuando lo tienen) son una auténtica variable de ajuste en tiempos de crisis. En este sentido, las cifras actuales son catastróficas para los jóvenes, casi uno de cada cinco jóvenes se ha quedado sin trabajo, más del 20% vive por debajo del umbral de la pobreza y casi el 74% declara haber tenido dificultades económicas en los últimos meses.

Mientras que para las generaciones anteriores esta situación era temporal y terminaba con la graduación, las décadas de contrarreformas liberales han aumentado la competencia por la entrada en el mercado laboral y el desempleo juvenil, prometiendo una precariedad generalizada a lo largo de la vida. La crisis económica que atravesamos es una prueba más de un futuro de miseria. Según el Ministerio de Trabajo, y más concretamente las cifras del Dares (Direction de l’Animation de la Recherche, des Études et des Statistiques), ya había 763 PSE (Plan de Sauvagarde de l’Emploi) y casi 80.000 terminaciones de contrato previstas entre marzo de 2020 y enero de 2021. A esto hay que añadir el enorme plan de despido encubierto que suponen los contratos no renovados de los trabajadores temporales y de duración determinada, además de los 5.800 procedimientos de "despido colectivo por causas económicas" al margen del PSE (para empresas de menos de 50 trabajadores). A un presente de miseria se suma un futuro sin perspectivas para una juventud cada vez más abocada al paro masivo y a la miseria generalizada. Una realidad ante la que los diplomas ya no parecen poder actuar como cortafuegos. Una encuesta realizada por la Federación Syntec Conseil muestra que la tasa de empleo de los licenciados este verano ha descendido considerablemente en comparación con años anteriores como consecuencia de la crisis. Casi la mitad de los jóvenes con cinco años de estudios superiores están actualmente en el paro al terminar sus estudios.

Facultades cerradas durante casi un año: aislamiento y presión escolar

El 12 de marzo, Emmanuel Macron anunció en un discurso televisado el cierre de escuelas, colegios, institutos y universidades "hasta nuevo aviso". A continuación, se pidió a 2,7 millones de estudiantes de enseñanza superior que estudiaran desde casa. Aunque las escuelas primarias y secundarias han reabierto desde entonces sus puertas, para los estudiantes, salvo algunas semanas, las facultades han permanecido herméticamente cerradas y con ellas las posibilidades de encuentros amistosos o amorosos, de ocio y de realización. Desde hace meses, la vida estudiantil se ha reducido a su mínima expresión y ha adoptado un ritmo de vida ascético: "clases online-dormir".

En el plano académico y pedagógico, el coronavirus también está transformando la vida cotidiana de los alumnos. La norma es la aplicación de la "continuidad pedagógica", pero sobre todo de la evaluación, a toda costa. Aun así, las situaciones de abandono se multiplican a medida que la pérdida del sentido de la enseñanza solitaria y exclusivamente a distancia se hace sentir cada día más. La angustia se generaliza mientras para el gobierno y la dirección de la universidad, es primordial evaluar y seleccionar. Este mandato de evaluación en condiciones pedagógicas desastrosas que el año pasado, en pleno encierro, ya había generado fenómenos de insubordinación, dio lugar a principios de este año a movimientos locales de bloqueo de las universidades, en particular en la Sorbona, la UPEC (Universidad de Créteil) o en el ámbito médico de la Universidad de París para impedir la celebración de los exámenes. En el origen de estos movimientos estudiantiles, aún embrionarios, crece la rabia por el desprecio de un gobierno y una dirección universitaria que, tras meses de clases distantes, sólo se dignan a reabrir los campus para los exámenes.

En consonancia con las reformas universitarias de los últimos años, que han hecho de la privatización y la elitización, en contra de la idea de una universidad inclusiva, un modelo ganador, las universidades habrán demostrado que, incluso en tiempos de pandemia y circunstancias excepcionales, son incapaces de cambiar su software. Por el contrario, a medida que el mercado de trabajo se contrae y aumentan los despidos, la universidad en el capitalismo debe intensificar el cumplimiento de su función, y así seguir reproduciendo la fuerza de trabajo y lograr su jerarquización a través de la selección. La consecuencia es el aumento de la competencia y la presión educativa, ya que los capitalistas no tienen interés en formar a profesionales, en una situación de crisis económica, que no tendrán cabida en el mercado laboral. Esto es lo que se expresa hoy en día, en medio de la pandemia, las evaluaciones deben mantenerse para un mercado laboral cada vez más competitivo, para seleccionar a los que ingresan a los masters y continuar con el proceso de selección.

En esta realidad competitiva de la universidad está la expresión de una violencia que se apodera de la juventud, que lejos de ser causada por la situación económica o por la acumulación de "problemas individuales" es, por el contrario, la de un sistema, el capitalismo, que destruye vidas, tanto más cuanto que se está configurando su propia decadencia, incapaz de asegurar la reproducción y la vida de quienes constituyen o constituirán la fuerza de trabajo que necesita. Así, se pone de manifiesto la imposibilidad de construir una salud mental sana para toda una generación: a las difíciles condiciones económicas en las que viven muchos jóvenes se suma la ideología neoliberal que pone en un pedestal el valor del trabajo, naturaliza la competencia entre todos y convierte a los demás en un perpetuo y peligroso competidor para cada uno, condenándonos a vivir el sufrimiento de esa forma de vida en el más absoluto aislamiento. Esta es una realidad que el coronavirus ha puesto en el punto de mira y ha aumentado, mientras que a la competencia se suma la soledad y un futuro atascado por la contracción del mercado laboral.

Convertir la angustia en rabia

Por tanto, la crisis sanitaria ha empeorado considerablemente las condiciones de vida, estudio y trabajo de los estudiantes. Consciente del riesgo social que supone esta situación, el gobierno ha intentado a su manera que el paro sea una prioridad, presentando, ante el creciente desempleo, medidas de fachada con subvenciones a las empresas que contraten a jóvenes con contratos precarios y desarrollando una pobre plataforma "1 joven 1 solución". El gobierno sólo respondió a la precaria situación con un subsidio de 150 euros (12,50 euros al mes durante un año) para los becarios. Lejos de responder a la inestabilidad de la juventud, la situación dio lugar a un escenario dramático: la explosión de los fenómenos de depresión y una ola de suicidios en la juventud. En los testimonios, los elementos que más destacan sobre la causa de este malestar son el aislamiento, la precariedad, el miedo al fracaso escolar, el abandono de los estudios y la ansiedad por el futuro y, por tanto, la combinación del cierre de las universidades y el mantenimiento de su lógica competitiva, por un lado, y la contracción del mercado laboral, por otro, que a su vez confirma la presión académica reduciendo las perspectivas de futuro y sometiéndolas a carteras de calificaciones que necesitan un enriquecimiento constante.

Ante la dramática situación a la que se enfrentan los jóvenes, es necesario imponer una serie de medidas de emergencia. En la universidad, la reapertura de emergencia es la única solución para remediar el aislamiento y la falta de vínculos sociales. Esto sólo puede contemplarse bajo ciertas condiciones, mientras que el Covid ha puesto de manifiesto el problema estructural de la falta de medios en las universidades, la reapertura está por tanto ligada a la contratación masiva, la necesidad de nuevas infraestructuras y la puesta en marcha de un sistema sanitario independiente del gobierno. En este sentido, los protocolos sanitarios coherentes deben ser pensados colectivamente por el personal, los alumnos y los profesores, como hicieron los profesores de secundaria en muchos centros de Ile-de-France el día de Todos los Santos. Además, en las últimas semanas, la angustia de los estudiantes se ha manifestado especialmente en torno a la cuestión de los exámenes parciales.
Para detener la hemorragia de jóvenes estudiantes al borde del agotamiento, hay que detener el proceso de selección imponiendo la convalidación automática del año para todos los estudiantes. Por último, con la crisis y la pérdida de empleos e ingresos, la miseria y el hambre de los estudiantes, en viviendas estrechas y a menudo insalubres, van en aumento. Sin embargo, los estudiantes no tienen derecho a las prestaciones por desempleo tras perder su trabajo, ni al paro parcial porque la mayoría de las veces tienen contratos precarios que terminan en cuanto las actividades se detienen o se ralentizan. Por lo tanto, es urgente una renta estudiantil igual al salario mínimo, y un aumento de las ayudas sociales para los más precarios.

Si bien la rabia estudiantil comienza a expresarse, debemos construir la movilización para que se extienda a todas las universidades. Pero sólo se podrá imponer este programa planteando la perspectiva de una lucha global de los jóvenes junto a los trabajadores que actualmente luchan por su supervivencia. En todas partes, los trabajadores están amenazados de despido. En este sentido, es fundamental vincularse a las luchas de los trabajadores, como en Grandpuits, donde los huelguistas están entrando en su tercera semana de conflicto, porque son los futuros empleos de los jóvenes los que están amenazados.

En este sentido, los jóvenes también deben hacer suya una reivindicación central de los trabajadores que actualmente luchan por la prohibición de los despidos. Pero también porque, si queremos imponer estas medidas, debemos sacar el dinero de donde está: de los enormes beneficios de los empresarios. Y que sólo con los trabajadores, que están en condiciones de pararlo todo, podremos imponer una relación de fuerzas que nos permita ganar.

Traducción: Ana Adom.






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