Géneros y Sexualidades

TRIBUNA ABIERTA

Colombia: brutal ataque contra líder social LGBT en Medellín

Publicamos aquí el texto que Claudia Aguirre, colombiana radicada en Paris, escribió sobre el ataque sufrido por su amigo, el activista social y LGBT Jhon Restrepo en Medellín.

Martes 31 de marzo

El miércoles 25 de marzo pasado el activista social y LGBT, Jhon Restrepo, sufrió un brutal ataque por parte de tres individuos. Desde hace varios años Jhon defiende los derechos de las personas LGBT pero también lleva a cabo una importante actividad de asistencia social en el barrio Esfuerzos de Paz de la Comuna 8 en Medellín. En el contexto de una sociedad machista y en donde grupos armados reaccionarios tienen libertad para controlar lo que consideran “su” territorio, Jhon es regularmente víctima de amenazas. Desde hacía algunos meses Jhon venía recibiendo nuevas amenazas exigiéndole que abandonase sus actividades y sobre todo el local que con su asociación, Casa Diversa, ocupan. Por más de que Jhon advirtió de esta situación a las autoridades, no se hizo nada. Y en ese contexto sufrió un intento de asesinato con arma blanca.

Este grave ataque es significativo no solo por su aspecto LGTBfóbico sino por su significación social. En efecto, Jhon y su asociación venían llevando a cabo acciones de solidaridad llevando comida a los más necesitados de la comunidad en el medio de las medidas de cuarentena dictadas por el gobierno colombiano en el contexto de lucha contra el COVID-19. Este ataque brutal contra Jhon Restrepo es también otro símbolo de los ataques que los activistas sociales, sindicales y políticos sufren en Colombia cotidianamente. Aquí abajo, publicamos el texto/testimonio de Claudia Aguirre sobre su amigo.

Jhon Restrepo, la bondad diversa

“Hay hombres que luchan un dia y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.”

― Bertolt Brecht

Nota aclaratoria: no soy socióloga, ni historiadora, ni periodista. Trabajo hace años en comunicación de las ciencias y hoy decido escribir este artículo como un homenaje a un amigo admirable. No presento cifras, no analizo estadísticas. Solo doy un testimonio sobre alguien a quien admiro y cuenta muchísimo para mí. Lo hago sobre todo para denunciar una situación invisibilizada por la pandemia y en la que muchos de mis compatriotas están perdiendo la vida.

Voy a confesarlo aquí. Hay ciertos aspectos (personales) de esta pandemia que me gustan terriblemente. Y utilizo esta palabra de manera deliberada porque sé hasta qué punto esta confesión es impublicable. Mientras millones luchan, y se mueren, yo disfruto de las clases de piano que me da mi hijo y la negociación (forzada) para que al fin, después de 13 años, abrace ese porcentaje de sangre colombiana que le corre por las venas y aprenda a bailar decentemente. Tengo tiempo para escribir, para leer, para cocinar, para hacer postres, para coser ropa rota, para reparar cosas que estaban malas en la casa hace tiempo, para disfrutar de mi recién instalada hamaca, para aburrirme un poco. Me gusta el suspenso en el que quedó alguna historia romántica (¿?) y la manera un tanto anacrónica en la que se está resolviendo. Y lo mejor de vivir este episodio tan extraño desde el exilio, son los mensajes cotidianos de tantos amigos de los que no tenía noticias hace tiempo y que se preocupan por mi bienestar en este epicentro de la pandemia que es en este momento Francia.

Uno de esos mensajes me llegó hace 4 días y me emocionó profundamente por inesperado. John Restrepo, mi compañero del proyecto “Territorio expandido” me dejó uno de sus cálidos mensajes empezando como siempre por su característico “mor”: “Hola mor, ¿cómo estás? Espero que todo esté bien para ti y para tu familia (…)”. Mensaje que luego, con mis respuestas y mis propias indagaciones, se convirtió en un mutuo enterarse de las preocupaciones y afanes que nos ocupan en estos días.

Así supe que su ocupación principal en tiempos de Covid-19 no era confinarse para no ser contagiado. Era resolver la seguridad alimentaria de las personas que como él dependen del trabajo cotidiano para subsistir. Estaba preocupado por su mamá, por su hermanita, por los otros chicos y chicas de la Casa diversa. Supongo que es igual en muchos lugares del mundo: los hospitales en Colombia hoy enfrentan un problema adicional al del virus, y es el de las personas que por no poder comer llegan a los hospitales en avanzado grado de inanición.

Eso era, justamente, a lo que se dedicaba el día en el que fue agredido: movilizar ayudas, recoger y distribuir mercados entre las personas que dependen del día a día para poder comer. Y es que es tan fácil olvidar, desde la comodidad de su sofá, que hay millones de personas que no tienen dónde confinarse, o que no pueden quedarse tranquilos en su casa esperando que les consignen de su trabajo para ir a hacer una fila ordenada, civilizada y antiséptica en el supermercado de la esquina donde la mayor preocupación es si ya volvieron a surtir la sección de papel higiénico. Para Jhon es una evidencia. La preocupación por los otros, siempre por los otros antes que por si mismo, hace de él una de las personas más empáticas y más entrañables que conozco. A pesar de que su historia de supervivencia, luchas y logros haría que fuera más que razonable que pensara primero en él. Pero no, él siempre está pensando primero en los otros, en las necesidades de los otros, en el bienestar de los otros.

Como lo dije antes, trabajé con Jhon entre 2014 y 2015 en un proyecto llamado “Territorio expandido”, promovido por la secretaría de la juventud de la alcaldía de Medellín y el Parque Explora (museo de ciencias de Medellín, el equivalente de la Cité des sciences de París). Ese proyecto buscaba movilizar jóvenes de comunas tocadas por problemáticas de violencia y con pocas opciones de ocio creativo en torno a 4 temáticas: cartografía social, comunicación para el desarrollo, electrónica creativa y laboratorio de medios (en el segundo año del proyecto, una dimensión de agricultura urbana reemplazó la línea de comunicación).

La principal importancia de este proyecto –a mi parecer– consistió en llegar a la cotidianidad de muchachos y muchachas cuyos modelos cotidianos son los jefes de los combos de microtráfico del barrio. Darles la oportunidad de abrir su campo de posibilidades, descubrir otras opciones de vida, moverse entre comunas y relacionarse con otros jóvenes que viven su misma realidad (en ese momento, Medellín enfrentaba un recrudecimiento de las llamadas “fronteras invisibles”, en las que un habitante de un barrio no podía pasar a otro sin el consentimiento de las bandas locales, a riesgo de perder la vida). Sentirse creativos, pertenecer a un grupo en el que se “hacían cosas”, se resolvían retos, se proponían soluciones innovadoras a problemas cotidianos. Un espacio en el que eran reconocidos por lo que decían y hacían, y en el que sus ideas eran tenidas en cuenta.

El papel de Jhon en este proyecto fue determinante: él lideró la relación con los jóvenes, permitió la mediación en el territorio, movilizó al equipo de trabajo, sirvió de mediador entre las instituciones y los líderes barriales y nos enseñó muchísimas cosas. Pero entre todas, la más importante: él nos enseñó que una ciudadanía empoderada –en cultura científica hablamos de “apropiación del conocimiento” – es la que participa tanto en las decisiones como en los compromisos; es la que debate, se opone, negocia y defiende su voz. En el mundo más o menos consensual de la divulgación de las ciencias, no estamos muy acostumbrados a escuchar –y aceptar– opiniones disonantes frente a lo divertidas, importantes y beneficiosas que son las ciencias. Y Jhon nos mostró cómo es posible encontrar maneras alternativas, más pertinentes y más reales para la apropiación de conocimientos por parte de personas cuyo cotidiano consiste a resolver urgencias más terrenales que el valor de la ciencia.

Y es que Jhon, a pesar de su juventud, tiene muchísima experiencia y ha construído un saber inconmensurable para la supervivencia en ese contexto; es un veterano de la guerra de Medellín. Ha sido víctima de amenazas y de desplazamiento intraurbano en varias oportunidades. Ya sobrevivió –por fortuna, salió indemne– a un primer atentado en el 2011, que lo obligó a alejarse durante 2 años de su barrio, de sus proyectos, de sus luchas y sobre todo de su familia. Jhon, abanderado de una causa difícil de por sí –los derechos de las comunidades LGBT– en un contexto agravado por las lógicas de una cultura machista, ultrarreligiosa, conservadora y moralista, es una de las personas indispensables en el movimiento social de Medellín.

El trabajo de Jhon, por fortuna, no ha sido invisible. Ha sido reconocido por instituciones y personas, lo que ha permitido que se conozca también en otros contextos. Hace un par de años participó en un viaje de intercambio a los Estados Unidos en el que tuvo la oportunidad de hablar de su trabajo y el de su colectivo por la defensa de los derechos LGTB en diversos escenarios y ciudades. Le abrió el camino a muchas otras organizaciones de víctimas en Colombia logrando que en 2016 la Mesa LGBT de la comuna 8 fuera reconocida como la primera víctima colectiva del conflicto armado y sujeto de reparación por parte de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas.

Por sus propios méritos Jhon se ganó una beca para estudiar en la Universidad de Antioquia (la universidad pública más importante de la región) pero ante la imposibilidad de combinar los horarios de estudio con sus precarias condiciones laborales –es el responsable de la manutención de su familia, pero no solamente de ella, Jhon está todo el tiempo resolviendo los problemas de supervivencia de muchas personas de su comunidad– debió abandonar la Universidad que, yo sé, le hacía muchísima ilusión.

Hace varias semanas Jhon empezó a alertar a las autoridades de Medellín porque las amenazas empezaron a hacerse presentes de nuevo. Su liderazgo, que implica el manejo de algunos modestos presupuestos locales, es envidiado por otros que quieren arrebatarle la dirección de la Junta de acción local. Las autoridades hicieron caso omiso y hoy Jhon se encuentra en un hotel bajo una protección precaria, y aunque fuera de peligro, sus condiciones físicas y emocionales son muy malas. Tres individuos irrumpieron en su casa en la noche del miércoles 25 de marzo y lo agredieron con armas blancas.

Dos cosas terribles –si, otra vez esa palabra- están presentes hoy en la historia de Jhon: esa violencia inherente en la historia de mi ciudad, que se materializa mil veces más fuerte contra las personas que como él, luchan a favor de la expresión de una sexualidad que contraría la lógica goda y machista que caracteriza la “cultura paisa”. Y las tremendas desigualdades que esta pandemia está dejando al descubierto de una manera dramática. Decir a los demás “quédate en casa” es para una cierta élite que ni siquiera es consciente de serlo. No todos tienen casa para quedarse en ella, no todos están seguros en su casa, no todos tienen la posibilidad de que la comida –el sustento básico- les llegue hasta su casa.
Hoy en día Jhon tiene una gran incertidumbre por su futuro. Y lo más impresionante es que, cuando hablo con él, lo que más le preocupa es la situación de los otros. Haré lo que esté en mis manos por ayudarle porque él es uno de esos imprescindibles de los que habla Bretch en su poema: él lucha todos los días…






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