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Condenan a dos testigos de Jehová por abuso sexual y corrupción de menores en Entre Ríos

Pedro Matías Vargas y Vito Luciano Panza fueron encontrados culpables de haber abusado de una joven de la congregación religiosa en la ciudad de Santa Elena, cuando tenían entre ocho y once años de edad.

Sábado 27 de marzo | 20:30

Foto ilustrativa

El Tribunal de Juicio y Apelaciones de la ciudad de La Paz, conformado por los jueces Carolina Castagno, Gustavo Pimentel y Elvio Garzón resolvió condenar a la pena de doce años de prisión a Matías Vargas por considerarlo "autor material y responsable de los delitos de abuso sexual gravemente ultrajado por la calidad de ministro de algún culto reconocido o no y corrupción de menores".

“Se ha demostrado que no era un mera ayudante, sino una persona considerada importante en el desarrollo del templo”, manifestó el fiscal Facundo Barbosa a la salida del tribunal.

En tanto que Vito Luciano Panza, menor de edad al momento de cometer los crímenes, fue declarado culpable del delito de “abuso sexual gravemente ultrajante en calidad de autor”. Se resolvió que los testimonios fueran remitidos al Juzgado Penal de niños, niñas y adolescentes para que se proceda a la integración de la sentencia.

La causa por la cual se los juzgó se inició en 2017 cuando Belén Sánchez contó en las redes sociales los abusos que sufrió por parte de estas personas cuando tenía entre 8 y 11 años, y participaba junto a su familia de la congregación Testigos de Jehová de Santa Elena donde Vargas y Panza cumplían funciones de liderazgo espiritual.

Gracias a su valentía por denunciar lo que padeció en su infancia, otras jóvenes se animaron y también denunciaron haber sufrido abusos por las mismas personas. Manoseos, preguntas sobre su sexualidad, encuentros a solas en espacios cerrados. “Había mucha confianza con ellos. Eran personas de la religión en la que yo me crié”.
Los abusos psicológicos y físicos que sufrió se fueron repitiendo a lo largo de varios años.

Las secuelas en su cuerpo no tardaron en llegar. Tristeza, aislamiento, falta de aire, pánico, desmayos: “Yo no sabía lo que me estaban haciendo, era una niña y ellos eran ejemplos frente a toda la gente. Cuando fui creciendo me di cuenta que ellos invadían mis espacios íntimos. Me aguanté mucho todo esto”.

Belén se acercó al Consejo de Ancianos, la jerarquía de esa congregación religiosa, y les relató lo sucedido. La respuesta de ellos fue un pasaje de la biblia: "a los ojos de Dios nada queda impune".

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A fines de abril de 2017, con el apoyo de la Secretaría de la Mujer de la municipalidad de Santa Elena, las jóvenes radicaron la denuncia penal. Como suele ocurrir en estos casos donde se busca desprestigiar el testimonio de víctimas de abusos sexuales por parte de miembros de las iglesias, los denunciados iniciaron una demanda por calumnias e injurias hacia Belén. En un procedimiento violento y de revictimización, el juzgado que intervino realizó una audiencia de mediación donde Belén debió enfrentar a sus abusadores. La causa no prosperó.

Al igual que sucede con la jerarquía católica y su manual de desprestigio a las víctimas y a la propia Justicia, la cúpula de la iglesia Testigos de Jehová de la ciudad del norte entrerriano optó por el silencio y el secreto decidiendo no brindar ninguna colaboración durante el proceso judicial. Llegaron a negar la participación de Vargas y Panza como activos colaboradores de la iglesia, aunque se supo que perdieron sus privilegios una vez que la denuncia tomó estado público.

Autoridades del templo de la ciudad de Santa Elena, los “ancianos”, se ampararon en lo que contempla el artículo 289 del Código Procesal de la provincia que menciona la abstención de declarar sobre hechos secretos que hubieran conocido “los ministros de un culto admitido”. Otra iglesia que sabía, otra iglesia que se amparó en el silencio y la complicidad.

Para Belén la condena alivianó la pesada mochila que cargó durante muchos años. Su verdad fue escuchada a pesar de los intentos de la iglesia por silenciar y esconder, algo que queda demostrado no es exclusivo de la jerarquía católica.

“Saqué fuerzas de donde no tuve. Tuve que poner la cara porque creo que es necesario hacer la revolución para que estas cosas salgan a la luz. Por eso estamos acá, para verles la cara, para que tengan vergüenza y sepan que no les tenemos miedo”.






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