SUPLEMENTO

De Joker a Parasite: el miedo a la revuelta

Lucía Nistal

Ilustración: Diógenes Izquierdo

De Joker a Parasite: el miedo a la revuelta

Lucía Nistal

Las películas son productos culturales que hablan mucho de su tiempo. ¿Qué nos dicen las oscarizadas Joker o Parasite del nuestro? Entre la representación de la desigualdad del sistema, la advertencia del estallido social y la falta de una estrategia superadora del capitalismo.

Por fin he conseguido ir a ver Parasite. La película más comentada y debatida de las últimas semanas, incluso antes de conseguir nada menos que los dos premios Óscar principales, a la mejor película y al mejor director.

¿Se habrá vuelto la Academia antisistema? Podría parecerlo por los abundantes comentarios que describen a la película prácticamente como revolucionaria. Pero, y aquí va mi tesis, aunque tú y yo tengamos claro que los parásitos son los capitalistas que viven de nuestro trabajo, en la película es a los desheredados a los que se retrata como los verdaderos parásitos. Pero vayamos por partes (y aviso que vienen spoilers).

Parasite es una muy buena película, con un montaje efectivo y lírico, una fotografía más que interesante, cargada de simbología, con un buen guion… Una película que nos presenta una visión de la sociedad surcoreana y de la sociedad capitalista, en general, a través de dos familias, los Kim desempleados y viviendo en un semisótano de una zona terriblemente depauperada y los Park, una familia de la alta burguesía con una mansión y un cabeza de familia que dirige una empresa presumiblemente relacionada con las nuevas tecnologías.

Desde luego, la película de Bong Joon-ho sabe mostrar con maestría la desigualdad, la dramática diferencia de clases, con hermosas metáforas como aquella de que no llueve igual para todos: mientras las casas del barrio pobre han quedado anegadas en aguas fecales por la lluvia torrencial y las familias han pasado la noche en un polideportivo, Yeon-kyo, la madre de la familia Park, comenta lo limpio que ha quedado el aire gracias a esa misma lluvia.

Desde mi punto de vista, en esa representación descarnada de la desigualdad social está el aspecto más progresivo e incluso de clase de la película, desvelando la miseria, desautomatizando la naturalidad con la que aceptamos el orden de cosas. Pero ahí acaba. Desde luego, el origen de la desigualdad jamás es mostrado, el Sr. Park no ha amasado su riqueza explotando a otros, es tan solo un empresario que dedica muchas horas y atención a su negocio y su familia paga bien —incluso las horas extras, ¡milagro! — a los profesores particulares de sus hijos.

Por otra parte, como decía, creo que la representación de los desheredados ‒los perdedores de la globalización, al borde de dejar de ser clase trabajadora, sin acceso a estudios, desempleados, prácticamente en la marginalidad‒ es poco amable y bastante estereotipada, son los parásitos de la película, dispuestos a conseguir que despidan a otros trabajadores para lograr su puesto, a tomar la casa de los Park para beber su alcohol y romper las botellas en su salón e incluso a matar a otros desheredados para no ser descubiertos, si hace falta. Siguen apareciendo como parásitos incluso cuando se parten el lomo trabajando en casa de los Park, ¡hemos llegado al punto en el que conseguir un trabajo parece un lujo!

¿Y qué opciones tienen en la película los desheredados? Pueden aceptar vivir en el sótano de los ricos, alimentándose de sus sobras y agradeciendo su generosidad, como el marido de la anterior empleada doméstica, pueden competir hasta el asesinato para ser explotados por ellos, o pueden trabajar duro para acceder a la universidad, estudiar, conseguir un buen trabajo y ganar el dinero suficiente para comprar su casa y conseguir el ascenso social que permitirá al padre subir las escaleras y salir del sótano.

¿Organizarse y luchar para reventar este sistema que asegura que unos pocos vivan con lujo y la mayoría quede en la miseria? Seguro que muchos estábamos esperando que la familia Kim se aliara con la anterior empleada doméstica y su marido para darle la vuelta a la tortilla, pero no parece una opción. Lo que vemos, en cambio, es el estallido desorganizado y con resultados desastrosos para todos. Ya se lo dice Ki Taek, el padre de la familia Kim, a su hijo, es mejor no tener plan, siempre sale mal.

Desde este punto de vista, la película casi parece una advertencia: no os excedáis, o los de abajo van a estallar. Un artículo publicado en The Guardian ya menciona la tesis de que esta película parece exponer el peligro de confiar en la clase trabajadora. Al fin y al cabo, ¿por qué acaba estallando Ki Taek y atacando a su jefe? No es contra la explotación ni para cambiar el orden de cosas, es porque ha rebasado los límites aceptables insistiendo en su mal olor, olor de pobre que viaja en metro, olor que le repugna mientras busca las llaves debajo de un cadáver para llevar a su hijo al hospital sin importarle que la hija de su chófer se esté desangrando. Ese gesto de desagrado por el mal olor es el límite: una cosa es explotarnos y vivir de nuestra miseria, otra es dejar claro el asco que os damos.

Pero Parasite no es una excepción, las películas, como productos culturales que son, nos hablan de su tiempo, más allá de las intenciones concretas del autor. Y hay varias películas de los últimos meses que dejan ver la tensión social a punto del desborde, de la revuelta. Joker es un buen ejemplo.

Joker, otra gran película que ganó dos premios Óscar, al mejor actor y a la mejor banda sonora, es capaz de mostrar con mucha fuerza las miserias de la sociedad capitalista estadounidense que deja fuera a aquellos que no sirven para extraerles beneficios, como un joven con desequilibrios mentales.

Abusan de él, le pegan una paliza, le despiden, se ríen de él, le desprecian, a él y a su madre enferma. Y lo hace la sociedad, pero también un presentador famoso y un ricachón poderoso concreto. ¿Cuál es la salida? El estallido como fin en sí mismo, el asesinato a sangre fría y la revuelta, esta vez no en forma de alegoría, como en Parasite, sino una revuelta en toda regla que toma las calles e incendia la ciudad. La masa, enmascarada, informe, se deja llevar por la violencia.

Es cierto que a lo largo de la película hemos empatizado con Arthur ‒también pudimos empatizar con la familia Kim‒, hemos sufrido con su abandono y su tragedia y somos capaces de comprender su estallido, casi lo celebramos. Pero de nuevo, la salida representada es una especie de violencia que puede salpicar a cualquiera y sin objetivo. De nuevo parece advertir: cuidado, estamos fabricando una bomba de relojería. Arthur, poco antes de convertirse en el Joker lo deja claro: “¿Qué te parece un último chiste, Murray? ¿Qué ocurre cuando te cruzas con un solitario enfermo mental al que el sistema ha abandonado y le tratas como si fuera basura? Lo que pasa es que obtienes lo que te mereces”. Y ya sabemos lo que pasa después.

Si habéis tenido la oportunidad de ver Los Miserables, película francesa también de 2019, expresa también algo de esto. Un policía nuevo llega a la brigada de la lucha contra la Delincuencia de una banlieu, un suburbio parisino. La tensión entre los vecinos, todos migrantes, y la policía es evidente, y el típico policía racista, misógino y violento es representado con un realismo apabullante. La cuestión es que, sin entrar en muchos detalles, un “error” policial que es más bien uno de los frecuentes abusos policiales en las banlieu francesas ‒tal vez recordéis el terrible caso de la sospechosa muerte del joven Adama Traoré en una comisaría‒ desencadena una verdadera revuelta violenta de los jóvenes del barrio.

Un ataque sin objetivo más allá de la venganza, y que como nos advierte el “poli bueno” unas secuencias antes, no va a servir de nada más que para acabar con las instalaciones del barrio quemadas y más represión, como en 2005.

Esa es la visión que plantean cada vez más películas últimamente. Por un lado, no pueden ignorar la enorme tensión a la que han llevado estos treinta años de políticas neoliberales, con situaciones de precariedad y desigualdad insostenibles, en las que la obscenidad de los que viven a costa de la mayoría es difícilmente soportable, igual que la falta de servicios sociales como la sanidad pública digna para todos o la represión policial marcada por la clase y el origen.

Pero, al mismo tiempo, estas películas parecen centrarse en el peligro de estar fabricando esta bomba de relojería, en la violencia de las masas en el estallido, dejando de lado además que, como la historia nos ha dejado claro, la violencia más brutal ha venido de la fuerza represora.

Parecen centrarse en explicar que la gente no es mala por naturaleza, que los excesos del sistema nos hacen violentos, nos llevan a la locura. La frase de Victor Hugo con que cierra la película francesa insiste en esta idea: “No hay malas hierbas ni hombres malos, solo malos cultivadores”. Y está bien indagar en los condicionantes sociales del comportamiento, pero el problema aquí es que estas películas parecen estar más bien advirtiendo de que tal vez haya que darnos algunas migajas para evitar el estallido. Como los "Millonarios Patriotas", el grupo de Wall Street que quiere pagar más impuestos. ¿Por altruismo? No, porque se dan cuenta de que hay lucha de clases y la están ganando demasiado, tanto como para provocar un estallido.

Es cierto, la revuelta está al pie de la calle, y si no veamos Chile, con el pueblo valiente resistiendo una represión brutal porque no están dispuestos a seguir sufriendo la precariedad impuesta por el régimen heredero del pinochetismo. Y veamos Francia también, con los chalecos amarillos primero, pero ahora con la huelga más prolongada desde mayo del 68, con los métodos de la clase trabajadora y la lucha de clases haciéndose carne en un enfrentamiento contra la reforma de las pensiones, pero también contra la democracia para ricos que hoy preside Macron y mañana presidirá otro si no la hacemos estallar.

Pero es esta centralidad de la clase trabajadora y la lucha de clases la que queda ausente de estas películas ganadoras de los Oscar. Como mucho pueden celebrar el estallido casi más como acto estético que político, pero desde luego, y ya estoy siendo generosa, reforzando la ilusión de la revuelta sin plantear ni cómo llevarla adelante ni, por supuesto, el poder de la lucha para crear otra sociedad.

¿Para cuándo un director que se atreva a mostrar que otra sociedad es posible y que se puede luchar por ella? ¿Que el estallido puede ser dirigido contra el corazón del sistema? ¿Es que no es suficientemente cinematográfico mostrar a los trabajadores de las eléctricas francesas en lucha que devolvieron la luz a hogar pobres en Navidad? Yo diría que sí. Se puede mostrar la solidaridad de clase, se pueden explorar alternativas a este sistema, se puede imaginar un reparto de la riqueza y una ruptura radical de la sociedad de clases.

Las distopías son capaces de imaginar los apocalipsis más diversos, pero siempre dentro del capitalismo, lo que ha sido una línea ficcional muy seguida durante años. Ahora parece haber un cambio de paradigma, pero las críticas a la desigualdad parecen quedarse en señalar los excesos. Sin duda las películas de las que hemos ido hablando en este artículo abren debates muy interesantes, ayudan a la reflexión y levantan algunos velos que tapan situaciones de desigualdad y miseria. Pero la Academia no se ha vuelto antisistema ni mucho menos socialista o revolucionaria. Tal vez es hora de que también surjan productos culturales en el cine o la literatura que no se queden en el reflejo y busquen imaginar una alternativa, plantear una estrategia para vencer.

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Lucía Nistal

@Lucia_Nistal
Madrileña, nacida en 1989. Teórica literaria y comparatista, investigadora en la Universidad Autónoma de Madrid. Milita en Pan y Rosas y en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT). Portavoz de Referéndum UAM.
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