Sociedad

OPINIÓN

De cayetanos y cacerolas, o cómo las manis de la derecha muestran el carácter de clase de la policía

Las manifestaciones de la derecha y la extrema derecha dejan a desnudo, una vez más y por si hiciera falta, la naturaleza social que tiene la institución de la policía y otras fuerzas de seguridad en el Estado capitalista.

Viernes 22 de mayo | 13:05

¡Vivimos tiempos de revolución! Al menos eso afirman los tertulianos y periodistas de derechas, que cacerola en mano salen a las calles, maravillados quizás de descubrir dichos instrumentos de cocina, que su criada o su mujer les han enseñado por primera vez en la vida (quizás si es joven el aspirante a perro de presa de la burguesía, se lo habrá enseñado su madre, al final hay mucho youtuber joven de derechas).

Si la toma de la Bastilla iluminó los corazones de las masas en toda Europa en 1789, hasta el punto de que el historiador francés Jules Michelet hablaba de que hasta la zarina Catalina II de Rusia, en la otra punta de Europa, tembló de miedo al oír las noticias mientras se aseguraba de evitar que el hecho supusiese una revuelta de su pueblo, si la historia la escribiera la extrema derecha la cacerolada de Núñez de Balboa iría camino de similares halagos en futuros libros de historia. Mientras la Libertad - representando los anhelos de la burguesía contra el viejo orden-, guiaba al pueblo fusil en mano en el albor de la Edad contemporánea contra las tropas contrarrevolucionarias al servicio del Luis XVI, esta vez la burguesía maneja utensilios de cocina, aunque los más avispados han descargado una aplicación móvil que les permite hacer el mismo ruido sin el desgaste físico (hasta ese mínimo trabajo manual saben ahorrarse los cayetanos, el más listo de todos seguro que ha sido el que ha creado en primer lugar la aplicación y se está lucrando de la lucha de sus “hermanos de clase”).

¿Por qué los cayetanos no empuñan el fusil?

Es una buena pregunta. Como decía la famosa cita de Mao, el poder nace de la boca de un fusil. La cuestión es que un cayetano no tiene que rebajarse a ese nivel, porque para eso tiene a la policía y al resto de cuerpos de seguridad del Estado, entre ellos quienes saben manejar muy bien sus fusiles, el Ejército español. Y es que por desgracia para las fervorosas mentes de individuos cercanos a Vox como Negre o Carles Enric, no estamos viviendo una revolución -ni tampoco una contrarrevolución-. Lo que estamos viendo en Madrid y otras provincias del Estado es el malestar, expresado en las calles, de parte de la burguesía y las clases medias acomodadas que manifiestan su enfado ante la incapacidad de ejercer sus privilegios de clase. Los señoritos están acostumbrados a dominar el espacio público y no admiten estar confinados en sus lujosos apartamentos ¡No abre ni el Corte inglés! Exclamaba una de las “revolucionarias” en Madrid (¡Es hora de poner la guillotina en la Puerta del Sol!)

Esto ha sido utilizado por la extrema derecha para azuzarlos a las calles, siguiendo la estrategia conjunta de Vox y del PP de desgastar al Gobierno del PSOE-Unidas Podemos al que identifican con el social-comunismo, aunque no haya prueba alguna para semejante acusación.

Esto nos indica una estrategia que prevé un mayor conflicto con el Estado por parte de las fuerzas de la derecha, que quieren convertirse en portavoces del descontento popular iniciando un proceso de lucha propio que por momentos tiene reminiscencias al Tea Party norteamericano. No en vano, Vox trataba de reapropiarse hace unos días del “espíritu” impugnador del 15M, en su noveno aniversario, a través de varias acciones en redes sociales.

En cierta forma, esta operación puede ser una manera de adelantarse a los acontecimientos y emular la forma que tuvo Marine Lepen en Francia para acercarse a los chalecos amarillos en su lucha contra Macron por el control del Estado francés. Sin embargo, parece difícil copiar el modelo francés -que por lo demás tampoco le salió muy bien a Lepen- si empiezas la “revuelta” en uno de los barrios más ricos del país que en modo alguno puede actuar como representación de los sectores populares de todo el Estado.

Aunque debemos permanecer atentos a la evolución de esta polarización del conflicto con el Gobierno, hemos de señalar las contradicciones de esta iniciativa, y es que con tal de confrontar con el Gobierno de Sánchez e Iglesias, los cayetanos han terminado estropeando una de las mayores operaciones de marketing del Estado español en los últimos años, que además se había acentuado con la cuarentena: convencer a la población de que la policía está al servicio de toda la ciudadanía y que para nada son el brazo armado de los ricos.

Se le cae la pintura nueva a la vieja policía

Un fenómeno que es posible observar desde el inicio de la cuarentena es el intento por parte del Estado y de los partidos de la burguesía por lavarle la cara a las fuerzas de seguridad del Estado. Con constantes apariciones televisas donde aparecen como una pata más en la lucha contra el coronavirus y con intentos de colocarlos al nivel de los sanitarios (quienes justamente reciben el apoyo de la ciudadanía desde el principio), ejemplos infinitos de policías que se pasean a las 20:00 por los barrios fingiendo que los aplausos van con ellos o buscando quizás algún elogio para ellos (piensen en lo triste de la imagen).

Todo ello contrasta con la militarización del espacio público, el aumento de la represión arbitraria por parte de la policía, con también multitud de ejemplos en redes sociales de policías golpeando o multando de forma aleatoria a los transeúntes, tratando de imponer su poder en las calles e incluso en los domicilios a los que trataban de acceder hasta que eran parados por algunas personas que sabían que estaban cometiendo una ilegalidad ( quien no tenía la suerte de conocer sus derechos se comía una intervención policial en casa). Toda una demostración de cómo la burguesía se prepara para futuros estallidos de la población cuando se harte de sus medidas.

El problema que sufre la policía ahora mismo en términos de imagen es que se ha visto obligada a admitir públicamente, sin quererlo, que son servidores de una única clase social: la burguesía. Que más allá de buscar aplausos todas las tardes a las 20:00 o de salir en la tele afirmando estar ayudando al esfuerzo contra el coronavirus, son fieles guardianes de la propiedad privada y de los privilegios de los ricos. La tele y las redes sociales nos muestran continuamente en los últimos días lo que más usualmente sólo se muestra en procesos de lucha de clases: que el poli protege al rico y golpea al pobre, que son en esencia -y para desgracia de algún estalinista que trata de teorizar lo contrario-, enemigos de la clase obrera y un obstáculo en transformar la sociedad para eliminar las opresiones y las injusticias. No por nada el monopolio de la fuerza y sus “destacamentos especiales de hombres armados” (Lenin dixit) son las bases en las que se sustenta la maquinaria del Estado capitalista.

Siempre les quedará cantar eso de “todos mis amigos se llaman cayetano…” igual se llevan propina por los servicios prestados, de mientras los trabajadores y la juventud tendremos que ver una salida propia al margen de los cayetanos, los Borjas, las Ana Botín, de sus pistoleros con placas, de los lamebotas que se adjudican títulos de periodista o expertos… y también de los neoliberales progres que gobiernan para los capitalistas, pero tratan de que no se note.

Porque frente a la derecha y la extrema derecha, y también frente a la izquierda domesticada por el régimen, lo que hace falta es una izquierda valiente que se proponga tomar las calles. Esa es la izquierda que hay que construir sin demora.






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