Internacional

DERECHOS DEMOCRÁTICOS

Diversidad funcional, capitalismo e izquierda

Un repaso al trato de la diversidad funcional en la revolución francesa, la revolución rusa y nuestros días. El reto de la izquierda de incluir sus demandas en la agenda política y entender que en la pelea contra el capitalismo y las opresiones éstas deben tener un peso específico

Marc Ferrer

Barcelona

Jueves 15 de octubre de 2015

Foto EFE

El concepto diversidad funcional es un término alternativo al de discapacidad. Impulsado por un sector de los propios interesados, difiere del anterior por partir de una visión social que incluiría al conjunto de la sociedad y que busca acabar con una terminología negativa no rehabilitadora. No se pone el acento en las “menores capacidades” (discapacidad) sino en logar que todos los individuos puedan desenvolverse plenamente por medio de los medios necesarios adaptados a su funcionalidad especifica.

La terminología empleada a lo largo de la historia para referirse aquellas personas diferentes a lo “normal” ha variado pero sin salirse de una clara concepción negativa: anormal, subnormal, retrasado, deficiente, inválido, incapaz, lisiado, impedido, idiota, disminuido, deficiente… Actualmente las más comunes son minusválido o discapacitado. Ambos términos siguen manteniendo una carga negativa.

No obstante la diversidad funcional va más allá de una cuestión puramente lingüística. Sus defensores consideran que para hacer real este término se debe trabajar por el derecho a una vida independiente y el respeto del conjunto de los derechos humanos que se vulneran diariamente a estas personas, bien sea por barreras arquitectónicas, falta recursos del Estado, estigmatización...

Cuando hablamos de diversidad funcional, hablamos también de opresión, una opresión que muchas veces no tiene nada que envidiar a otros colectivos oprimidos de esta sociedad como los inmigrantes, las mujeres, transexuales... Aquí es donde debe jugar un papel la izquierda política, como parte de la lucha por acabar con todas las opresiones. La izquierda debe tomar como una de sus banderas la lucha por una sociedad con diversidad funcional donde nadie quede excluido.

A lo largo de la historia la diversidad de términos aplicados para aquellas personas percibidas como diferentes en múltiples campos académicos (la medicina, la educación social, arquitectura, artes...) guardan relación con una práctica determinada. En algunos momentos se ha visto la diversidad funcional como seres deficientes, incapaces de poder desarrollarse plenamente. En los peores casos como algo a eliminar, afectando así a la vida de miles de seres humanos. Igualmente hay una relación muy estrecha entre el concepto y el contexto histórico.

Si miramos al comienzo de la historia contemporánea, la Revolución Francesa del 1789, la “igualdad, libertad y fraternidad” abrió el camino a una transformación de la sociedad y una mejora de las condiciones sociales respecto a la sociedad feudal. Ese momento de cambio tuvo su impacto también sobre los enfermos mentales. A partir entonces se comenzó a considerarlos como pacientes desde el punto de vista médico y a tratarlos como tales. Fue el médico francés Philipe Pinel el primero en quitarles las cadenas a sus pacientes del hospital de Bicetré en 1793 para empezar a tratarlos como enfermos.

Las ideas revolucionarias habían aportado nuevas formas de ver el ser humano y por lo tanto también a aquellas personas que se las consideraba diferentes. Sin embargo la nueva sociedad burguesa iba preñada de un mundo de miseria y violencia estructural que en la práctica significó para estas personas muy pocos cambios en su situación real.

La nueva visión humanista tenía grandes límites y más en el despegar del capitalismo. Se terminó con el encierro de estas personas en auténticas cárceles llamadas manicomios, dejando al colectivo siempre apartado de la sociedad. Con un modelo altamente segregado y paternalista, que trataba la enfermedad mental desde una perspectiva de control y separación del resto de la sociedad.

Por otro lado la sociedad burguesa trajo consigo el nacimiento de una nueva clase social, el proletariado. Un ejército industrial con un sector activo y otro de reserva. Al segundo pertenece en algún momento toda la clase obrera, ya sea cuando se encuentra desocupada o cuando trabaja a tiempo parcial. No obstante hay un sector tan marginado que no puede llegar a formar parte del ejército activo en ningún momento. Son las personas consideradas ya en aquella época discapacitadas, que no solo se veían imposibilitadas de ingresar al sistema de producción, sino que el mismo sistema al generar la separación del hogar y el trabajo -y como consecuencia del debilitamiento de la producción artesanal y el trabajo agrícola- les dejaba sin posibilidad de subsistencia y dificultándoles mucho el ingreso a la vejez.

El primer gran hito para el avance de los derechos de estas personas fue la la Revolución Rusa de 1917 y la construcción del primer estado obrero. Durante sus primeros años se creó la seguridad social soviética donde se aprobaron 100 decretos y leyes. Una obra a cargo del "Comisariado del Pueblo para la Asistencia Social", con Alexandra Kollontai a la cabeza.

Para los discapacitados y sus familias esas nuevas medidas supusieron un paso de gigante. En la jóven Unión Soviética los discapacitados tenían la protección total del Estado, como la pensión de por vida garantizada y gratuidad de todos los tratamientos. Existían tres grados de discapacidad: total, parcial y relativa. El Estado se encargaba de facilitar trabajos adaptados a los discapacitados en donde podían cobrar el salario de su trabajo y además su pensión.

Estas medidas alcanzaban a todo el colectivo. Unas medidas inimaginables en la época del zarismo, y tampoco en las principales potencias capitalistas del momento. No obstante este florecimiento quedó cortado con el triunfo y consolidación del estalinismo en la segunda mitad de los años 20. Se frenó en seco el desarrollo de estos derechos y como pasarán con otras conquistas -como la despenalización de la homosexualidad o el derecho al aborto- muchos quedaron anulados.

Paralelamente a la reacción estalinista surgiría en Alemania la versión más aberrante contra este colectivo oprimido. Con el ascenso del nazismo se estableció el conocido como modelo estético. Adolf Hitler en una carta fechada el 1 de septiembre de 1939 decretaba que eran “autorizados a ampliar las responsabilidades que los médicos han de asignarse, de tal forma que los pacientes, la enfermedad de los cuales- de acuerdo con la más estricta aplicación de juicio humano- se incurable, se les conceda la liberacion por la vía eutanasia”. Una de las primeras proclamas que abrirían la espita al exterminio de cientos de miles de enfermos mentales y discapacitados en los años siguientes.

Durante el siglo XX el movimiento por los derechos de las personas con diversidad funcional se fue desarrollando en los mismos tiempos que otros movimientos sociales en defensa de colectivos oprimidos. Como producto de sus luchas y reivindicaciones se ha logrado una mejora material de sus vidas en los países centrales, si bien en la inmensa mayoría de los países semicoloniales su situación de marginación sigue siendo extrema.

No hay que tener una falsa visión de que con el tiempo irán mejorando las condiciones por inercia. Sin ir más lejos en el Estado español se viene retrocediendo al calor de los recortes. La aplicación de la ley de dependencia ha sido un fracaso ya que no se está garantizando ni el mínimo de las ayudas económicas. Solo hay que encender el televisor para conocer todos los días algún nuevo caso de una mujer mayor subiendo por las escaleras a su hijo con parálisis cerebral diariamente, por poner un ejemplo. Y es que la opresión es doble si no tienes recursos, una por tu clase social, otra por tu tipo de diversidad funcional y no hablemos sí eres mujer, la mitad de la población siempre condenada a atender los "cuidados" de los que el Estado no se hace cargo.

El verdadero sujeto de cambio está en las personas que han luchado para dar voz de su realidad y cambiar la sociedad. Es por eso que sigue siendo una tarea fundamental el recoger las demandas de uno de los sectores más oprimidos de la sociedad. Es necesario conjugar la pelea por reivindicaciones concretas y urgentes, como la socialización de los cuidados, la pelea por una educación realmente inclusiva o el fin de la estigmatización. Y a la vez ligar esta lucha democrática con la perspectiva de construir otra sociedad.

El capitalismo no ofrece cabida a la diversidad funcional. Su lógica condena a seguir siendo tratado como un discapacitado por improductivo. Y muchas veces las medidas vendidas como “integradoras” son meras tretas en favor de muchas empresas y fundaciones que se aprovechan para obtener mano de obra barata para cubrir puestos de trabajo de lo más alienante. Esta sociedad no permite algo tan básico como el derecho a tener una vida independiente para toda la población. Una independencia como la que se plantea desde las voces partidarias de la diversidad funcional, como N.Gomez que la explica de la siguiente forma: "la idea que tenemos de independencia hace referencia al derecho a ser quien se cree ser y al derecho a decidir y auto-gobernarse sin someterse a la autoridad del otro, definiciones que son compartidas en nuestra colectivo para hablar de la soberanía e independentismo de las naciones pero cuyo significado acabamos desvirtuando si se trata de personas."

La izquierda anticapitalista y revolucionaria peleamos por un nuevo modelo de sociedad. Y éste debe plantear y ofrecer una alternativa real que de la voz también a todos los sectores oprimidos para acabar con esa situación. Ya lo sean por su diversidad funcional, por su condición sexual o de género, racial, nacional... La izquierda tiene que tomar en su agenda política la diversidad funcional, denunciando la exclusión sufrida por este colectivos y peleando por sus demandas..






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