SUPLEMENTO

[Dossier] Trotsky y la poco explorada dimensión cultural de la revolución

Andrea Robles

TROTSKY
Ilustración: @flaviagregorutti

[Dossier] Trotsky y la poco explorada dimensión cultural de la revolución

Andrea Robles

Adelantamos aquí la presentación del volumen 14 de las Obras escogidas de León Trotsky publicadas por Ediciones IPS, de próxima aparición: Problemas de la vida cotidiana y otros artículos sobre la cultura en la transición al socialismo.

PRESENTACIÓN

Luchamos por el socialismo porque prepara la igualdad sobre la base de la potencia técnica, la satisfacción material y un alto nivel de cultura en general. León Trotsky

Al cumplirse el 81 aniversario del asesinato de León Trotsky a manos de un agente estalinista, presentamos una selección de artículos y discursos de la obra La cultura en el período de transición (Moscú-Leningrado, 1927), publicada por la editorial del Estado obrero ruso y revisada por el autor. Reúne trabajos escritos principalmente entre 1923 y 1925, la mayoría publicados en Pravda, el principal periódico del Partido Comunista ruso. Algunos de ellos fueron incluidos en distintos libros en esa misma época, como Problemas de la vida cotidiana (1923), Problemas del trabajo cultural (1923) y La generación de Octubre: discursos y artículos (1924). De estos textos, en castellano solo se conocían Problemas de la vida cotidiana y algunos artículos que se encontraban dispersos en diferentes publicaciones. Este nuevo volumen de las Obras escogidas, que incluye una buena parte de textos inéditos en nuestro idioma, traducidos especialmente para esta edición, ofrece un material de conjunto poco estudiado y, no obstante, esencial para pensar los problemas de la cultura en general y la dinámica de la revolución en particular.

La cultura en el período de transición, de 1927, es el volumen 21 de los 23 [1] que iban a componer en Rusia sus obras completas pero por orden de Stalin no fueron publicadas en su totalidad. El volumen 21 tiene cinco secciones, cada una trata una temática relativamente independiente, todas responden a la cuestión crucial de cómo avanzar hacia el socialismo. En esta compilación hemos conservado esa misma estructura y realizado una selección que incluye artículos relacionados a la problemática de la trasformación de la vida cotidiana; a la prensa como una de las principales palancas para elevar el nivel cultural de las masas; a la educación de la generación más joven; a la construcción económica, a la producción de la riqueza y al vínculo entre la ciudad y el campo; a la cuestión del rol del Estado; al lugar de la ciencia y la técnica y el socialismo, entre otros temas. Al igual que en Literatura y revolución, uno de los debates que recorre esta compilación es la controversia sobre la “cultura proletaria”, aunque el debate más importante es el que dio contra las tendencias burocráticas y cómo enfrentarlas, sobre cómo lograr una mayor participación de las masas y de la clase trabajadora.

Ilustracion: @flaviagregorutti
Ilustracion: @flaviagregorutti

En la obra, el autor busca dejar una muestra cabal de un combate de conjunto para un estadio inherente a la revolución y a la lucha revolucionaria, el de la revolución en el terreno de la cultura. Los textos están escritos en años decisivos y en condiciones completamente nuevas para la clase trabajadora que, aliada a las masas campesinas, expropia a la burguesía y a los terratenientes, crea su propio Estado y su propio Ejército, dirigidos ambos por los bolcheviques, implementa una economía planificada y el monopolio del comercio exterior. Pero la revolución enfrenta además grandes contradicciones: la falta de extensión de la revolución internacional y las derrotas de las revoluciones alemana de 1923 y china de 1925 fortalecerán las tendencias burocráticas, que se iban a consolidar políticamente en el Estado y en el Partido Comunista bajo la dirección de Stalin. A fines de 1927, Trotsky, al igual que sus seguidores –unos 8.000 militantes, destacados dirigentes de la revolución y la guerra civil–, fue expulsado del partido y de la III Internacional y, dos años después, desterrado del suelo ruso.

El período de transición: entre la toma del poder y el socialismo

Finalizada la guerra civil, Trotsky –quien junto a Lenin dirigió la revolución de Octubre de 1917, fundó y encabezó el Ejército Rojo que derrotó a las Guardias Blancas y a los ejércitos imperialistas– dedicó parte de su atención al desarrollo cultural para enfrentar los desafíos que tenía por delante el recién nacido Estado obrero.

El núcleo de sus trabajos en torno al problema cultural se centra en el vínculo existente entre el avance de la cultura y la construcción del socialismo durante el período de transición, o sea, el período comprendido entre la toma del poder y la consolidación del socialismo. El objetivo final de la lucha planteada por Trotsky y los bolcheviques, la abolición de todas las clases sociales, implicaba el impulso de la revolución socialista en los países más desarrollados del planeta, para así derrocar finalmente al capitalismo, estableciendo la sociedad comunista a nivel mundial.

Fue enemigo de concebir la regimentación de las costumbres, de cualquier tipo de reglamentación oficial del modo de vida, como sucedió después en nombre de la concepción ajena al marxismo de “socialismo en un solo país”, partidario de la más absoluta libertad de la sociedad comunista. Sus concepciones muestran, casi un siglo después de haber sido plasmadas en sus escritos, no solo la falsedad de la caricatura intencionada de sus detractores que pretendieron igualarlas a las del estalinismo, sino también que el pensamiento marxista continúa siendo el más avanzado a la hora de proyectar una sociedad donde el progreso común supone el crecimiento individual y el de las relaciones entre las personas.

Cuando nosotros decimos que, en el camino hacia el socialismo y el comunismo totales, el Estado como un aparato de coerción desaparecerá gradualmente, también estamos diciendo que la fuente de la disciplina necesaria para la nueva sociedad será completamente interna, en lugar de externa.
Dependerá del grado de cultura de cada ciudadano individual. Así como las personas en un coro cantan armoniosamente no porque se vean obligadas a hacerlo, sino porque les resulta agradable, así bajo el comunismo la armonía de las relaciones responderá a las necesidades personales de todos y cada uno de los individuos [2].

Desde el punto de vista comunista, la toma del poder en un país atrasado, como era Rusia, volvía más difícil el desarrollo socialista que en aquellos países industrialmente más avanzados; en realidad, no hacía más que plantear las condiciones para comenzar esa lucha.

El socialismo es un orden social superior al capitalista, al que sustituye, no solo porque elimina la explotación y produce la igualdad social. Este criterio, tomado aisladamente, no es decisivo. No queremos una igualdad basada en la pobreza y la ignorancia ya que, además así, es irrealizable. (…) Luchamos por el socialismo porque prepara la igualdad sobre la base de la potencia técnica, la satisfacción material y un alto nivel de cultura en general.

Por eso, los bolcheviques dirigidos por Lenin y Trotsky consideraban que el Estado obrero, que se sustentaba en la hegemonía del proletariado sobre el campesinado, era una fortaleza de la clase obrera mundial. En función de esos objetivos –o sea, desde una cosmovisión internacionalista, a la espera activa de la extensión de la revolución en los países avanzados–, la revolución en la República Soviética debía proponerse el mayor desarrollo de las fuerzas productivas, y para hacerlo debía apostar a incorporar los avances técnicos alcanzados en el mundo.

El capitalismo preparó las premisas técnicas para un progreso sistemático y global, pero él mismo es incapaz de llevarlo a cabo. En primer lugar, no fue capaz de elevar la agricultura ni siquiera al mismo nivel al que había elevado la industria. El capitalismo trasladó la carga principal de la agricultura y la ganadería a los pueblos más atrasados, prefiriendo explotarlos con las ventajas de su primacía industrial. Superar la contradicción mundial entre la ciudad y el campo es lo mismo que superar la contradicción entre Occidente y Oriente, entre las naciones explotadoras y las colonias oprimidas. Solo el socialismo puede hacerlo. No es casualidad que la primera revolución proletaria haya estallado en Rusia, en la gran confluencia del Occidente capitalista y el Oriente colonial.

Los problemas del Estado, del gobierno y su hegemonía, cuando la dictadura la ejerce el proletariado y no la burguesía, están atados indisolublemente a la “revolución permanente”, hacia al conjunto de la sociedad y a su extensión en el plano internacional. Ambas, en base a la iniciativa de las masas, se entrelazan en forma dialéctica, se alimentan mutuamente, bajo la dirección del partido revolucionario.

Bajo las condiciones heredadas del régimen zarista –una economía semifeudal, aunque con una alta concentración industrial; una burguesía débil, dependiente del imperialismo europeo; una cultura atrasadísima hegemonizada por una educación y costumbres religiosas patriarcales con altos índices de analfabetismo y alcoholismo–, la revolución podía superar el desarrollo de los países capitalista avanzados en algunos campos y en otros no lograrlo, como efectivamente sucedió [3]. Como afirma Trotsky en “Nuestras contradicciones culturales”:

Nuestras formas sociales están en transición hacia el socialismo y, por ende, son incomparablemente superiores a las formas capitalistas. En este sentido, nos consideramos, con derecho, como el país más avanzado del planeta. Pero la técnica, que está en la base de la cultura material y de todo tipo, en nuestro país se encuentra sumamente atrasada en comparación con la de los países capitalistas avanzados. Allí reside la principal contradicción en nuestra realidad actual. La tarea histórica que se deriva de esto consiste en elevar nuestra tecnología a la altura de nuestra formación social.

Pero a su vez,

La vanguardia del proletariado, que aplica directamente la dictadura, no puede ordenar a las masas de una población enredada en las redes del pasado: ¡renuncien a sus antiguas técnicas y relaciones económicas hasta que yo lo rehaga todo! El problema se convierte en otro: la construcción de una nueva sociedad debe combinarse con el mantenimiento de aquellas funciones de la vieja sociedad cuya interrupción dejaría inevitablemente a las grandes masas del pueblo sin luz, sin agua, sin pan.

Sin pensar jamás que el socialismo se pudiera construir en un solo país –como poco después proclamó Stalin liquidando así la estrategia revolucionaria de los bolcheviques–, Trotsky consideraba que la Revolución rusa debía seguir avanzando y enfrentar un sinnúmero de contradicciones. La construcción cultural, en el plano interno, se vuelve uno de los problemas de primer orden de un Estado obrero.

La permanencia de la revolución en la construcción cultural

En 1923, en uno de sus últimos escritos, “Sobre las cooperativas”, antes de un nuevo ataque cerebral del que no se recuperaría más, Lenin escribió “(…) se precisa toda una revolución, toda una etapa de desarrollo cultural de las masas del pueblo” [4]. Pasados dos años de finalizada la guerra civil y de la implementación de la Nueva Política Económica (NEP) [5], esta tuvo sus primeros éxitos conjuntamente con el fortalecimiento de los sectores burgueses y pequeñoburgueses (nepmen) que se beneficiaron con ella, aunque todavía con altos niveles de inflación y carencias para la población. Lenin había planteado la NEP y las posibilidades de un desarrollo industrial en Rusia en estrecha relación con la ayuda de la revolución socialista internacional. Justamente, el retraso de esta última volvió más aguda la pelea por el avance de la revolución en el plano nacional. Decía Lenin:

… nos vemos obligados a reconocer el cambio radical que se ha operado en todo nuestro punto de vista sobre el socialismo. Ese cambio radical consiste en que antes poníamos y debíamos poner el centro de gravedad en la lucha política, en la revolución, en la conquista del poder, etc. Ahora el centro de gravedad se desplaza hacia la labor pacífica de organización “cultural”. Estoy dispuesto a afirmar que el centro de gravedad se trasladaría en nuestro país hacia la obra de la cultura, de no ser por las relaciones internacionales, de no ser porque hemos de pugnar por nuestras posiciones a escala internacional. Pero si dejamos eso a un lado y nos limitamos a nuestras relaciones económicas interiores, el centro de gravedad del trabajo se reduce hoy en realidad a la obra cultural.

Trotsky, por su parte, generalizará poco después su teoría de la revolución permanente [6] basada fundamentalmente en tres leyes unidas dialécticamente –la toma del poder, la permanencia de la revolución en su extensión internacional y en el plano nacional– y con ello formulará este último plano de la siguiente manera:

A lo largo de un período de duración indefinida y de una lucha interna constante, van transformándose todas las relaciones sociales. La sociedad sufre un proceso de metamorfosis. Y en este proceso de transformación cada nueva etapa es consecuencia directa de la anterior. Este proceso conserva forzosamente un carácter político, o lo que es lo mismo, se desenvuelve a través del choque de los distintos grupos de la sociedad en transformación. A las explosiones de la guerra civil y de las guerras exteriores suceden los períodos de reformas “pacíficas”. Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio. En esto consiste el carácter permanente de la revolución socialista como tal [7].

Si la concepción marxista considera que la emancipación de la clase obrera debe ser la obra de las trabajadoras y los trabajadores mismos, Trotsky pone de manifiesto esta cuestión como una clave en los textos que aquí presentamos. Lo hace a través de distintas políticas que abarcan planos tan vastos como la reconstrucción material y los cambios de subjetividad. Y es que la necesidad de la participación de las masas en el “gobierno de su propio destino” no obedece a una cuestión idealista. Por el contrario, no es posible conquistar el socialismo “desde arriba” ni la revolución implica de por sí una guía de cómo deben vivir las masas. A diferencia de la burguesía, que como clase poseedora ya tenía desarrollada una cultura burguesa: instituciones, teorías e intelectuales que la representaban antes de hacerse con el poder; la clase obrera como clase explotada y desposeída recién con la toma del poder puede adquirir los medios para dejar plasmada su perspectiva histórica en la producción cultural. En Rusia, ese desarrollo se agravaba por el atraso:

Se puede decir que mientras más rica es la historia de un país y, por consiguiente, la historia de su clase obrera, mientras más educación, tradición y habilidades ha adquirido, cuanto más antiguos son los grupos, más difícil resulta constituirla en una unidad revolucionaria. Tanto en historia como en tradiciones, nuestro proletariado es muy pobre. Esto es lo que ha facilitado, sin duda alguna, su preparación revolucionaria para la revolución de Octubre. Esto es también lo que ha hecho más difícil su trabajo de construcción después de Octubre.

Y en este mismo sentido, Trotsky señala:

Hemos tratado con desprecio a aquellos que predicaban que el proletariado ha tomado el poder “demasiado pronto”, como si la clase revolucionaria pudiera tomar el poder cuando quisiera y no cuando la historia la forzara a ello. Pero al mismo tiempo, nunca dijimos y no lo decimos ahora tampoco, que nuestra clase obrera haya alcanzado una madurez plena y pueda llevar a cabo, como un juego de niños, todas las tareas y resolver todas las dificultades. El proletariado y, sobre todo, las masas campesinas, solo han emergido recientemente, después de todo, de muchos siglos de esclavitud y soportan todas las consecuencias de opresión, ignorancia y oscurantismo. La conquista del poder, en sí misma, no transforma a la clase obrera en absoluto, y no le confiere todos los logros y cualidades que necesita: la conquista del poder apenas abre para esta la posibilidad de estudiar realmente, desarrollarse y resolver sus falencias históricas.

En consonancia con los últimos artículos de Lenin, Trotsky plasma en estos textos el combate político contra las tendencias burocráticas que permeaban al Estado y al Partido Comunista ruso, que pronto provocarían el comienzo de su degeneración. La burocracia se veía fortalecida por distintas expresiones de la cultura rusa, que provenían de la burocracia clerical y del Estado zarista. A estas se sumaba la del Estado obrero, debido al atraso heredado y a la debacle económica que dejaron la Primera Guerra Mundial y la guerra civil. Esta última, en particular, había significado la desaparición de una parte importante de la vanguardia obrera y dejado agotadas a las masas tras años de duros sacrificios. El burocratismo brotaba por todos los poros de la sociedad soviética. Un fenómeno inevitable en las condiciones de aislamiento en las que se encontró a los pocos años del triunfo de la revolución. El burocratismo se afianzaba y avanzaba en el terreno político en medio de la escasez y la pobreza, del retroceso de la revolución, bajo la amenaza de la burguesía internacional y las presiones burguesas que existían al interior.

En octubre de 1923, ya siendo el dirigente de la Oposición de Izquierda y enfrentando a quien consolida la dirección burocrática dentro del Partido Comunista, Stalin, Trotsky buscó ganar a la vanguardia para enfrentar los desafíos y los peligros que se cernían sobre la revolución. Introducirá cuestiones que implican desde la importancia de la calidad de todo lo que se produce y de los “pequeños detalles”, en la fábrica, en las tareas militantes, las vías para elevar el nivel cultural de sectores de masas, y hasta en la superación de la fragmentación del trabajo científico. Bregará por la formación revolucionaria e internacionalista de la vanguardia obrera, en un proceso histórico que es enteramente nuevo.

La pelea por el cuerpo y el alma de la revolución

Citando la obra rusa de 1927, en su reconocida biografía de Trotsky, Isaac Deutscher afirma que en su pelea contra la burocracia Trotsky convirtió “la lucha por el poder en una lucha por el ‘alma’ de la revolución” [8] y, agregamos nosotros, por “el cuerpo”. Trotsky se dirige con estos textos “a los miembros del partido, a los dirigentes de los sindicatos, de las cooperativas y de los organismos culturales”. Se trataba de lograr los volúmenes de fuerza para fortalecer la lucha revolucionaria, para lo cual era preciso enfrentar las tendencias burocráticas que la frenaban. La obra rusa de 1927 muestra ese proceso vivo y el combate de quien después de Lenin fuera el dirigente de mayor prestigio del partido y de la vanguardia:

Que nuestro partido transfiera su atención al dominio cultural no implica en absoluto que debilite su papel político. Históricamente, el rol dirigente (es decir, político) del partido se manifiesta precisamente en el desplazamiento lógico de su atención al dominio cultural. (...) En lo inmediato, el partido debe conservar íntegramente sus características principales: cohesión ideológica, centralización, disciplina y, como resultado, eficiencia en el combate. Esas inapreciables virtudes comunistas podrán conservarse y desarrollarse en las nuevas condiciones, si las necesidades económicas y culturales se satisfacen de una manera más completa y hábil, más exacta y minuciosa. Considerando justamente esas tareas, a las que hay que conceder la preeminencia en nuestra política actual, el partido reúne y distribuye sus fuerzas, educando a la nueva generación. Dicho de otro modo: la gran política exige que todo el trabajo de agitación, de propaganda, de reparto de los esfuerzos, de aprendizaje y de educación esté basado en las tareas y exigencias de la economía y de la cultura, y no en las exigencias “políticas” en el sentido estricto y particular del término.

Uno de los sectores donde se hallan las reservas de la revolución es la juventud. En aquel caso, la juventud del Partido Comunista, la Komsomol, a quien se dirige Trotsky en varios de los textos, instándola a ocupar la primera línea de la lucha cultural:

La acumulación socialista primitiva dejará muchas cicatrices en las espaldas de la clase trabajadora y su juventud, la educación de sus elementos más conscientes representa para nosotros una cuestión de vida o muerte. La historia de estos cinco años de revolución deberá proveer el material básico para esta educación. Deben estar plenamente conscientes de su posición en el espacio y en el tiempo. ¿Para qué sirve el entrenamiento, el estudio y la educación? Estas son las habilidades necesarias para desarrollar la capacidad de orientarse en las condiciones del tiempo y el espacio. (…) Todo este conocimiento deberá ser apropiado por cada joven trabajador, ya que aún quedan en el camino muchas batallas, y el desarrollo de la revolución en Occidente avanza de forma sistemática, pero más lentamente de lo que esperábamos.

Trotsky prestará mucha atención a los obreros “sin partido”, aquellos que simpatizan con el Partido Comunista, pero que no se sienten atraídos a ingresar en sus filas. La influencia y la construcción del partido en este sector es estratégica, para el partido y para el Estado, como sostén central de la dictadura del proletariado. Por eso, llama al partido y en especial a la juventud a conquistarlos ideológicamente, para que tomen consciencia de la vinculación que hay entre su papel en la producción, en la fábrica, y la construcción del socialismo, mostrando los múltiples desafíos que ello implica. En este sentido, resaltará la novedad de la formación de las nuevas generaciones y de su avance en la conciencia bajo las nuevas condiciones ya que, mientras que la vieja generación se formó desde su ingreso a la “escuela” de la fábrica capitalista hasta en la generalización de su experiencia en acontecimientos de gran envergadura de diez o veinte años previos a la toma del poder, ahora debían partir en primer lugar de la condición más general del Estado obrero y sus contradicciones respecto de la arena mundial, para comprender su lugar en la fábrica y avanzar en la comprensión del que ocupa en el conjunto en la sociedad.

Hay una enorme cantidad de obreros sin partido profundamente dedicados a la producción, al aspecto técnico de su trabajo. Solo se puede hablar condicionalmente de su “apoliticismo”, es decir, de su falta de interés por la política. Los hemos visto a nuestro lado en todos los momentos importantes y difíciles de la revolución. (…) Más tarde, regresaron al trabajo pacífico. Se les dice –no del todo sin razón– apolíticos, porque colocan su trabajo o su interés familiar por sobre su interés político, por lo menos en períodos “calmos”. (…) La lucha por la conquista ideológica de los trabajadores industriales “apolíticos” debe y puede ser librada por distintos medios.

Las mujeres de vanguardia también están llamadas a jugar un papel primordial en la lucha contra el atraso social y el patriarcado, cuya influencia cultural respecto de las costumbres de la vida familiar es colosal, discusiones que Trotsky desarrolla sobre todo en el capítulo “Problemas de la vida cotidiana” de esta edición.

En este combate por reunir fuerzas para la lucha “cultural”, el fundador de la IV Internacional debate contra dos tendencias que se expresan en el Partido Comunista y que políticamente, desde ángulos opuestos sustituyen, o terminan sustituyendo, la participación consciente de las masas en la construcción socialista.

La primera es la que apunta a desarrollar una “cultura proletaria” y considera que el nuevo “espíritu comunitario” de las masas ya estaría dado sobre los nuevos cimientos del modo producción y de la vida soviética, por lo que el problema se reduciría a la falta de medidas acordes por parte del Estado. Esperando soluciones rápidas, concebía que se podían crear artificialmente las condiciones de una nueva cultura y de un “hombre nuevo”, desde ideas de laboratorio de un grupo separado de la experiencia de las masas. Trotsky tenía una concepción opuesta, como lo demuestra su biógrafo, Baruch Knei-Paz, que escribe al respecto:

Las revoluciones exitosas despiertan expectativas de posibilidades ilimitadas; llevados por su impaciencia y sus expectativas, no pocos entre los bolcheviques creen que, a raíz de Octubre, estaba a punto de iniciarse una nueva era, que un nuevo hombre socialista estaba a punto de ser creado, y que sobre las ruinas de la vieja sociedad surgiría inmediatamente una nueva. No tanto para sofocar este entusiasmo –porque nadie fue un revolucionario más entusiasta– sino para encauzarlo hacia una tarea inmediatamente esencial y productiva, Trotsky desde el principio instó a una valoración realista de las posibilidades de la sociedad rusa en el ámbito del cambio cultural y la innovación. (…) Si Trotsky era el más inequívoco defensor de la “dictadura del proletariado”, era también el más abierto oponente de una cultura de la “dictadura del proletariado” [9].

En varios artículos como “El leninismo y los clubes obreros”, o en la última sección del libro, “La construcción socialista y el problema de los vínculos culturales”, Trotsky discute los fundamentos por los que una verdadera nueva cultura debía estar sustentada en una sociedad sin clases. Como marxista clásico concebía que el socialismo tiene que desarrollarse asimilando las conquistas de la civilización anterior, ya que no se puede construir una nueva sociedad y una nueva cultura haciendo tabla rasa. Contra las concepciones obreristas o populistas que embellecen a la clase obrera y las costumbres campesinas como modelo de cultura superior –y que pueden llegar a despreciar toda construcción cultural anterior, si es creada en sociedades de explotación y opresión–, Trotsky y Lenin concebían que, aunque la revolución había permitido ahorrarles a las masas las circunstancias terribles del capitalismo, no debía crearse una nueva cultura de clase, sino una cultura libre, universal.

El arte de los siglos pasados hizo al hombre más complejo y flexible, elevó su mentalidad a un grado superior y lo enriqueció en todos los órdenes. Este enriquecimiento constituye una preciosa conquista cultural. El conocimiento del arte del pasado es, por lo tanto, una condición necesaria tanto para la creación de nuevas obras artísticas como para la construcción de una nueva sociedad, ya que lo que necesita el comunismo son personas con mentalidad muy desarrollada. ¿Pero puede el arte del pasado enriquecernos con un conocimiento artístico del mundo? Puede precisamente porque es capaz de nutrir nuestros sentimientos y educarlos. Si repudiáramos el arte del pasado de modo infundado, nos empobreceríamos espiritualmente.

La otra tendencia –mayoritaria– contra la que discute Trotsky es la burocrática, que considera que los trabajadores y la juventud deben adquirir la comprensión del marxismo y de sus tareas como una verdad revelada, “como si la verdad fuera algo inflexiblemente fijado y dado para siempre”, diciéndole a la gente: “‘¡Esta es la verdad, arrodíllense ante ella!’. No, tomamos el mundo como es, y de manera práctica, activa, extraemos de los cimientos de este mundo vivo los medios para construir uno nuevo”.

El principal objetivo de la organización soviética del Estado es atraer a las amplias masas populares a la dirección y enseñarles a gobernar. Bajo ninguna circunstancia debemos perder de vista este objetivo. Pero la experiencia de los últimos años nos ha demostrado que arribar a una solución práctica de este problema es mucho más difícil de lo que imaginamos al comienzo de la revolución. Somos demasiado atrasados, ignorantes, analfabetos y habitualmente inertes, mientras que los problemas prácticos de la construcción económica, por otro lado, son demasiado agudos y urgentes. Este es el manantial del que fluye la tendencia al burocratismo, es decir, la resolución de problemas a través de las oficinas estatales, sin los trabajadores y a sus espaldas. Aquí, el periódico entra como un poderoso correctivo al funcionamiento del aparato estatal.

En la sección que Trotsky dedica a la prensa habla de esta como arma para la formación política e ideológica de la clase obrera y también para llegar a las comunidades campesinas, destacando para eso la actuación de los corresponsales. Al constituir el nexo que une al aparato estatal y al partido con la vanguardia y los sectores de masas, la prensa revolucionaria del Estado obrero es una forma de medir la salud del régimen de la dictadura de la clase. En la sociedad capitalista, la mentira de la democracia encuentra en la falta de libertad de prensa una fiel muestra de su naturaleza. No por casualidad tomar el control de la prensa y prohibir la publicación de artículos de los dirigentes de la Oposición de Izquierda fue una de las primeras medidas de la burocracia estalinista. Por el contrario, es a través de la prensa donde tienen que expresarse los “correctivos” a los múltiples problemas de la sociedad soviética y a su vez ella debe actuar en pos de la educación de amplios sectores a los que busca influir.

Sí, el monopolio de la prensa está en manos de ese partido a través del cual la clase obrera ejerce su poder, su dictadura. La prensa es uno de los instrumentos más importantes de la dictadura de clase. Sin embargo, esta herramienta conserva su vitalidad mientras sirva no solo para transmitir ideas, consignas y resoluciones desde arriba hacia abajo, sino también para la libre expresión de opiniones, evaluaciones y críticas desde abajo hacia arriba. Sí, tenemos inconmensurablemente más libertad de expresión para el abajo que en cualquier país capitalista.
Por supuesto, no permitiremos la agitación contra el dominio de los trabajadores, es decir, la agitación que busca restaurar el dominio de los terratenientes y capitalistas. Pero debemos asegurar por todos los medios la libertad de criticar y denunciar todo lo que obstaculiza la dictadura obrera, socava esa dictadura, la distorsiona y la compromete a los ojos de tal o cual sector de los obreros y campesinos. Esta es nuestra libertad de prensa. No necesitamos otra. Y esta es la que nos esforzamos por garantizar, y al final la garantizaremos en forma plena, total.

La relación entre las condiciones objetivas y el rol subjetivo

Como explica Trotsky a lo largo del libro, si bien el papel del Estado en el período de transición es inconmensurable, no obstante, no existe el menor fetichismo estatista por parte del marxismo. Bajo ningún punto de vista, este puede sustituir la creatividad y la participación de las masas, que debe abarcar los diferentes ámbitos de la sociedad, ni definir por decreto los cambios en las formas de vida de su población. También discute con quienes son indiferentes a las cuestiones culturales, esperando que el desarrollo económico las resuelva mecánicamente:

… el caso es que sin política no se cambiará la base, porque es la política el instrumento para cambiar la base económica. Lo mismo ocurre con la vida cotidiana: las costumbres y los hábitos se configuran a partir de una determinada forma de producción, y es necesario impulsarlos con un látigo revolucionario. Y si la revolución está en el poder, puede hacerlo mediante la presión organizada, el poder del ejemplo, mediante la propaganda, etc.

Es claro que hay una distancia crucial entre la teoría y el programa y su comprensión por parte de la clase obrera y las masas: allí es donde los elementos conscientes son claves. “El hecho es que entre el vago sentido de comunidad y la determinación de reconstruir conscientemente el modo de vida hay un camino histórico enormemente largo. Y es en este mismo camino donde la actividad de nuestro partido encuentra su lugar”. Así como es imposible la realización del socialismo en un solo país tampoco la dinámica revolucionaria es un proceso automático o espontáneo. Muy por el contrario, el factor consciente –el partido, el Estado, la clase obrera– juega un rol decisivo para el avance de la revolución.

Para Trotsky, la creación de una nueva cultura no es una tarea independiente, que se pueda completar más allá del desarrollo económico y social en su conjunto. La “revolución cultural” debe implicar la posibilidad de un acceso real de las masas a la cultura, que requiere de mayores condiciones materiales y, al mismo tiempo, de la intervención activa de los sectores más conscientes para ponerse a la cabeza de todos los desafíos de la nación. En este sentido es que la lucha por la técnica también se convierte en “la lucha por el socialismo, con el que está estrechamente vinculado todo el futuro de nuestra cultura”.

Impulsar la vida para que no quede rezagada de los logros técnicos es su tarea más importante, ya que la vida cotidiana es terriblemente conservadora, incomparablemente más conservadora que la tecnología. Para el hombre y la mujer campesinos, para el hombre y la mujer obreros, no hay modelos de primera mano de lo nuevo que les atraiga a fuerza de ejemplos, por lo que no sienten ninguna necesidad imperiosa de seguir tales modelos. En lo que respecta a la tecnología, Estados Unidos nos dice: “construye Shatura [10], o nos comeremos tu socialismo, con huesos y todo, y no dejaremos ni rastro de él”. Pero la vida diaria, cotidiana, parece haber sido preservada dentro de una ostra, esto es así porque no se perciben aquellos golpes directamente. Por lo tanto, la iniciativa del trabajo social es especialmente necesaria en este dominio.

Sobre esta dialéctica entre los elementos objetivos y el rol subjetivo en la lucha revolucionaria, Trotsky volverá una y otra vez en sus artículos y en los discursos pronunciados en conferencias y congresos, frente a distintos públicos del mismo Partido Comunista, frente a la juventud y a aquellos que no están en el partido, frente a sectores avanzados de los organismos soviéticos y sindicales, en cooperativas, clubes obreros, comités fabriles, asociaciones de mujeres y de científicos, entre otros.

* * *

Pasados casi cien años, podría concluirse rápidamente que la obra tiene solo un valor histórico. Sin embargo, a la luz de la experiencia de todo el siglo pasado y de las dos primeras décadas del siglo XXI, alejados de cualquier mirada centrada en una transcripción, que sería una visión mecánica o dogmática del marxismo, el criterio de selección de textos –artículos y discursos– se realizó en función de su actualidad para pensar el proyecto socialista. Por un lado, la vigencia del método para abordar los problemas de la cultura y de la vida cotidiana contemporáneos, bajo el imperio de un capitalismo en plena decadencia, muestra la vigencia de la perspectiva del socialismo: no hay duda de que los planteos y debates de la sociedad revolucionaria rusa siguen siendo de avanzada. La obra que presentamos atestigua las verdaderas concepciones de los bolcheviques, es decir, del marxismo revolucionario en el poder y en uno de los terrenos, como es la cultura, más bastardeado y deformado, tanto por las burocracias estalinistas en sus distintas versiones –maoístas, castristas, titoístas– como por el amplísimo abanico de defensores del sistema capitalista.

A fines de los años ‘70, el intelectual marxista Perry Anderson concluía que: “La escala histórica de las realizaciones de Trotsky es aún difícil de apreciar hoy (…) Algún día esta otra tradición –perseguida, mutilada, aislada y dividida– tendrá que ser estudiada en toda la diversidad de sus canales y corrientes subterráneas. Puede sorprender a los historiadores futuros con sus riquezas” [11]. Desde aquel momento hasta el presente, con la apertura de archivos y la digitalización de muchos de los trabajos de Trotsky, vastos estudios, investigaciones y publicaciones han ido dando cuenta de ello. No obstante, su producción teórica y política del período ruso, desde el fin de la guerra civil hasta su obligado exilio (1922-1929), todavía conserva un lugar que merece seguir siendo explorado, crucial en la historia de la revolución y en la lucha contra el estalinismo desde la perspectiva trazada por la teoría de la revolución permanente. La publicación de ensayos e investigaciones sobre este período que viene realizando Ideas de Izquierda es un aporte que, junto a las posibilidades de acceso a las fuentes rusas, permite desarrollar nuevos estudios y publicaciones. Parte de esos desarrollos decanta en este volumen 14 de las Obras escogidas de León Trotsky. Acercamos a los lectores y lectoras un campo de textos novedosos en esta tradición, que permiten profundizar acerca de sus concepciones sobre la revolución. Esperamos contribuir con nuevos argumentos para dar las peleas y los debates que se asuman para terminar con este sistema de explotación, de opresión y de destrucción de nuestro planeta, cada vez más irracional, hacia la instauración del socialismo.


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NOTAS AL PIE

[1Divididos a su vez en series. La serie seis, dedicada a la cultura, contiene cuatro volúmenes: La cultura en el viejo mundo (vols. 19-20), La cultura en el período de transición (vol. 21) y Literatura y revolución (vol. 22).

[2Los textos citados sin fuente de referencia pertenecen al libro que próximamente saldrá publicado.

[3Además de conquistas históricas como el reparto de la tierra y demandas democráticas como los derechos de las mujeres, Trotsky resalta en estos textos, por ejemplo, los altos índices de reducción de mortalidad infantil. Es conocido que la superación del analfabetismo en la URSS, hasta el día de hoy es estudiado como uno de los casos más espectaculares de la historia, supera de lejos las mejores experiencias en países capitalistas.

[4Se refiere al artículo “Sobre las cooperativas”, 6 de enero de 1923, en Obras Completas de V. I. Lenin, Tomo 45, Editorial Progreso, Moscú, 1987, p. 392.

[5La NEP fue considerada un “retroceso táctico” porque, aunque las palancas centrales de la economía y la industria seguían en manos del Estado obrero, introducía elementos de una economía de mercado o capitalista y concesiones a sectores burgueses residuales y a capas acomodadas del campo y la ciudad para aumentar sustancialmente la producción y el abastecimiento a las ciudades.

[6Ver “¿Qué es la revolución permanente? (Tesis fundamentales)” en Trotsky, León, Teoría de la revolución permanente (compilación), Buenos Aires, Ediciones IPS, 2011, pp. 354-358.

[7Trotsky, León, Teoría de la revolución permanente (compilación), ob. cit., p. 255.

[8Deutscher, Isaac, Trotsky, el profeta desarmado, Buenos Aires, Ediciones IPS-LOM, 2020, p. 157.

[9Knei-Paz, Baruch, The social and political thought of Leon Trotsky, Londres, Oxford University Press, 1979, p. 281-2.

[10Central hidroeléctrica de alta tecnología.

[11Anderson, Perry, Consideraciones sobre el marxismo occidental, México D. F., Siglo XXI editores, 1979, p. 121.
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Andrea Robles

@RoblesAndrea
Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Integra el Centro de Estudios e Investigaciones y Publicaciones en 1999 y Ediciones IPS-CEIP desde 2006. Prólogo y editó el libro El caso León Trotsky (2010) y participa del equipo de compiladores y editores de la colección Obras escogidas de León Trotsky (2012). Es querellante en la Causa Triple A por el asesinato de su padre César Robles. Escribió "Triple A. La política represiva del gobierno peronista (1973-1976)" en el libro Insurgencia obrera en la Argentina (2009).
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