Juventud

EN PRIMERA PERSONA

El Nestlé Jungly y la crónica de una juventud sin futuro

Donde algunos ven mera nostalgia, lo que delata la fiebre de esta tableta de chocolate tras más de un año de pandemia es el desesperado intento de una generación por volver a un lugar feliz.

Irene Olano

Madrid

Martes 13 de abril | 12:54

Me llamo Irene y soy una del casi millón de estudiantes que compagina los estudios con el trabajo (según datos de 2019). Encontré trabajo en mitad de la segunda ola de la pandemia, momento en el que empecé también un máster en la universidad. Se trata de un máster que ya no se parece mucho a aquel en el que yo quise matricularme: por la pandemia ha habido cambio de profesores, de horarios, cancelación de prácticas, cambio de calendario de entregas...

También se me negó el acceso a una beca de investigación para la que tenía algunas opciones, porque la reanudación de plazos tras el Estado de Alarma era tan confusa que decenas de estudiantes "entendimos mal" los mismos. La universidad, que es un organismo al servicio de las grandes empresas y no de los intereses de los estudiantes e investigadores, no hizo nada por subsanar el error de fechas que constaba en su página.

Como me quedé sin beca, desde entonces trabajo en algo que nada tiene que ver con lo que he estudiado, como gran parte de la juventud que trabaja. También he tenido que mudarme para volver a dormir un número decente de horas al día, y con lo rápido que se aproxima junio, parece que eso tampoco va a ser suficiente.

En medio de esta crisis sanitaria donde mi situación, ni es la más crítica (vivimos en un país donde diga lo que diga el gobierno se siguen efectuando desahucios), ni es la más dura (sólo hay que pensar en las trabajadoras de limpieza de los hospitales, que trabajaron sin EPIs, a las que no vacunaron al principio, que han visto desbordado su mal pagado trabajo), se dan fenómenos relacionados con la juventud a los que los "boomers" (más bien, los boomers de derecha), esa generación que vivió la formación de un Estado emergente y de neoliberalismo incipiente, pero no sus consecuencias más dramáticas, tachan de infantiles, de peligrosos o de exagerados.

La fiebre del Nestlé Jungly es uno de estos fenómenos y no puede entenderse aisladamente de la situación dramática que vive la juventud. En todo caso, se trata de un intento por parte de una multinacional monstruosamente grande de capitalizar el descontento de la juventud y su profunda desesperación.

Las multitudinarias movilizaciones en defensa del rapero Pablo Hasél son otro de esos fenómenos. Fenómenos que son muestra de un intento desesperado por habitar otro mundo. Uno en el que no hay pandemia, como es el caso de consumir compulsivamente el chocolate Jungly, pero también uno en el que no hay represión policial, ni un paro juvenil del 40%. Un mundo donde los y las jóvenes no tenemos que abandonar los estudios para trabajar, donde no tenemos que trabajar gratis para las empresas que firman contratos de becas con los centros de estudios o un mundo donde seguimos teniendo una monarquía corrupta y millonaria mientras en la Cañada Real, los niños llevan cuatro meses sin luz.

Igual que con las movilizaciones de Hasél decíamos que no era sólo por Hasél y que algunas manifestantes ni siquiera le habían oído rapear, sino que mostraba un descontento mayor, con el chocolate podemos decir lo mismo: no es por el chocolate, es por el capitalismo. Y achacar este tipo de fenómenos a mera nostalgia es de un paternalismo recalcitrante.

En mis andanzas por el mercado laboral, que empezaron al mismo tiempo que mis estudios universitarios, he tenido la oportunidad de ser precarizada y explotada por varias empresas. Da la casualidad de que Nestlé es una de esas. Nestlé es propietaria de numerosísimas marcas, entre las cuales está la marca de máquinas de café y cápsulas Nespresso.

Trabajé para Nespresso dos meses en 2018, en una campaña de primavera, promocionando una máquina nueva. Trabajé PARA la marca y ella fue quien me dio la formación y las instrucciones, pero me pagaba una empresa privada llamada Eulen. Eulen es ampliamente conocida por ser una de las empresas más roñosas con los derechos de los empleados del mundo de las ETTs. Es la responsable de las malas condiciones en que se encuentran las camareras de piso (las ’kellys’) en numerosos hoteles y cuentan con numerosos servicios del mismo estilo: todos trabajos remunerados por debajo de los convenios y con malas condiciones.

Nunca he cobrado tan poco por hora en la vida. En neto no llegaba a los 5€. Ni siquiera estoy segura de que aquello fuera legal, teniendo en cuenta que mi horario de trabajo incluía festivos. Pero el sueldo no es lo que más recuerdo.

Recuerdo la formación, donde nos contaban las maravillas de Nespresso y de Nestlé: un contacto directo con los caficultores africanos, un sistema de reciclaje propio de las cápsulas de aluminio, un compromiso con la sostenibilidad. La realidad de mi puesto de trabajo era muy distinta. Nespresso tiene un sistema propio de reciclaje de cápsulas que no funciona porque para reciclarlas hay que llevarlas a puntos oficiales de reciclaje. Se pueden imaginar que mi puesto de trabajo: un mueblecito diminuto en la esquina del FNAC de un centro comercial de periferia no era uno de esos puntos oficiales. Lo tirábamos todo al mismo sitio: el aluminio de las cápsulas, los residuos orgánicos de la leche (dejaron de traerme, si quería ofrecerla tenía que pagarla de mi bolsillo) y los numerosos plásticos, porque todo venía en monodosis envueltas en plástico.

Con la fiebre del Nestlé Jungly, que sigue agotado semanas después de su relanzamiento, en Redes se han vertido análisis mucho más sofisticados sobre la falta de ética empresarial de Nestlé, comenzando por el hecho de que el cacao que utilizan es extraído, a menudo, por menores de edad en condiciones infrahumanas de semiesclavitud. Otros jóvenes han hecho suya aquella frase: "lo saben, pero lo hacen", señalando que son conscientes de la falta de ética de la marca y preguntándose qué marca es ética bajo la tiranía del capital.

La atmósfera con todo este tema puede asemejarse, en ocasiones, a aquella frase con la que Thatcher inauguraba décadas de neoliberalismo: "There is no alternative". O el chocolate Jungly y un vago recuerdo de un pasado feliz, o la depresión, o peor aún, el suicidio. O el consumo o la depresión. En ocasiones, los jóvenes no pueden escoger y se ven abocados a ambas cosas, pero existe otro mundo posible y mejor.

Las multinacionales y los gobiernos no dejan alternativa. No hay un reducto de consumo al margen del capitalismo, pero no es cierta aquella frase de Tatcher: sí hay alternativa. La alternativa que empezamos adivinar en la ruptura de la paz social por parte de la juventud, la alternativa de un movimiento de mujeres que no acató las prohibiciones del Gobierno en el 8 de marzo y salió igualmente a las calles, la alternativa de una clase trabajadora feminizada y migrante que le organiza secciones sindicales y huelgas al gigante de Amazon.

Hay alternativa y es la de la organización. La de organizar la rabia, como el compañero de Contracorrent, Pablo Castilla, declaraba en TV3 el otro día. Organizar toda esa rabia que nos hace salir a las calles, todo ese descontento. Vencer el impulso de no hacer nada sumidos en la ansiedad y la depresión, que cada día sufren más jóvenes.

Por eso, Contracorriente y Pan y Rosas, que son dos agrupaciones a las que pertenezco hemos organizado un encuentro estatal online el 9 de mayo. Para organizarnos y ser esa alternativa que el sistema no puede ofrecer. No queremos vivir más bajo un capitalismo que, mientras el mundo que conocemos se desmorona, solo sabe ofrecernos chocolatinas. Nos organizamos porque no nos resignamos a comernos el jodido Nestlé Jungly. Queremos comernos el mundo.






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