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IDEAS DE IZQUIERDA MÉXICO

El “Sóviet de Seattle”

Con la reactivación de la lucha de clases en Estados Unidos, donde los manifestantes de Seattle se han apoderado de las calles y han establecido una Zona Autónoma libre de policía de varias manzanas, con epicentro en el barrio de Capitol Hill, resulta muy útil e importante rememorar al “Sóviet de Washington” de 1919, cuando la clase obrera de Seattle tomó el cielo por asalto.

Lunes 29 de junio | 13:32

En 1919 el ejemplo de la revolución bolchevique se expande por todo el mundo: insurrecciones en Alemania, Austria, Hungría, China y Finlandia; cientos de huelgas en Inglaterra; y el poderoso “Bienio Rojo” en Turín, que planteó el poder obrero en cada centro de trabajo, controlados por los consejos de fábrica. El mundo entero gira a izquierda y Estados Unidos no puede evitarlo. Dentro de los Estados Unidos, fue en Seattle donde el impacto del espíritu revolucionario golpeó con más fuerza.

Ciudad costera del noroeste del país, perteneciente al Estado de Washington, a inicios del siglo XX Seattle era ya un centro portuario importante. En gran medida, su impulso se debía al auge de la industria naval y la industria maderera. Además, su ubicación geográfica le permitía ser el principal puerto para el intercambio comercial con el norte de Asia y con Alaska.

Esta prosperidad económica convertía a Seattle en un fuerte polo de atracción de mano de obra local y migrante, contratada principalmente en los astilleros y aserraderos. Estas industrias experimentaron un potente crecimiento con el inicio de la Primera Guerra Mundial, siendo Seattle el puerto que más barcos construyó para la Armada.

La gran Huelga General en la “Queen City”, la más importante de los Estados Unidos para varios historiadores, no cayó como rayo de un cielo sereno. La clase obrera norteamericana ingresaba a 1919 con su músculo ejercitado en cientos de huelgas desde 1916 a 1918, en las que participaron más de 1 millón de obreros. Desde 1915 hasta 1918 la afiliación sindical creció cuatrocientos por ciento. A pesar de las brutales represiones, los trabajadores estadounidenses conquistaban jornadas de 8 horas y una larga lista de mejoras en sus condiciones laborales. Pero sobre todo, habían conquistado una conciencia de clase más radical, así como más confianza en sus propias fuerzas.

El estado de Washington era el epicentro de esta radicalidad. Una vez que Estados Unidos entró a la guerra, el sindicalismo combativo se intensificó en Seattle. El aumento de la conciencia de clase de los trabajadores chocaba con las pretensiones imperialistas del gobierno de Woodrow Wilson, quien no iba a permitir conductas “antinacionales” en plena guerra mundial.

El presidente Wilson había ganado la reelección de 1916 con la promesa de no participar en la Guerra. Sin embargo, rápidamente se olvidó de ella y para 1917 Estados Unidos ya mandaba sus primeros buques armados.

La nueva economía de guerra exigía una disciplina militar en todas las fábricas y centros de trabajo del país para garantizar armas, buques y víveres al frente de batalla, además de la contención salarial. Para ello contaba con la complicidad de los burócratas sindicales de la Federación Estadounidense del Trabajo (AFL), que ayudaban a las autoridades a controlar los salarios, así como bloquear y reprimir las huelgas.

Para el gobierno norteamericano, Seattle era un centro germanófilo y pro bolchevique. El Buró de Investigación en Washington DC se refería a los obreros de Seattle como “la escoria de la tierra”. Y es que esta ciudad podía presumir en aquellos años de una fuerte tradición izquierdista, donde el puerto era de propiedad municipal y se garantizaba el voto femenino.

Para el historiador Cal Winslow, los trabajadores de Seattle “crearon una cultura propia, que contaba con sindicatos ‘limpios’ y no dirigidos por gangsters; con un periódico de circulación masiva propiedad de los trabajadores, el Seattle Union Record, que terminó convirtiéndose en diario en 1918, único en su género, con escuelas socialistas donde se impartían clases tanto en sus aulas como al aire libre; habían coros de la IWW, bailes comunitarios y picnics. Diversos programas utópicos de reorganización de la tierra en los alrededores de Seattle atrajeron a librepensadores e idealistas”. [1]

El Partido Socialista de Washington tenía en Seattle su principal núcleo, con cerca de cuatro mil militantes obreros que cumplían con el pago de su cuota partidaria. Éstos representaban el ala izquierda del partido en todo el país, enfrentándose con su dirigencia nacional, mayoritariamente conservadora, en varias ocasiones. Principalmente, criticaban a su dirección por apoyar a Samuel Gompers, presidente charro de la AFL. Ya en 1912, la extrema izquierda había ganado la dirección del partido en Seattle.

También, la Industrial Workers of The World (IWW), creada por socialistas, anarquistas y sindicalistas revolucionarios para enfrentar por izquierda a la burocrática y pro patronal AFL, hacia 1917 contaba con una membresía de 150 mil miembros y Seattle era su centro de actividades de casi toda la costa oeste. Además, la IWW había logrado organizar a los leñadores de Washington y obreros de los aserraderos, conquistando mejoras salariales y laborales para el gremio.

Por su parte, el Estado respondió al aumento de la lucha de clases, en el marco de la Guerra Mundial, con más represión. Procesaron y encarcelaron a todos los dirigentes de la IWW y en Chicago, 101 afiliados fueron juzgados por delitos de conspiración antiamericana; el Secretario estatal del Partido Socialista en Washington, Emil Herman, fue encarcelado en la isla de McNeil.

La situación combinada de la influencia de la revolución de Octubre, por un lado, y la acelerada experiencia acumulada de los trabajadores, por el otro, resultaba explosiva. Ya en 1917, en vísperas de las fiestas navideñas, la convergencia entre la revolución y el proletariado de Seattle se sellaba con la llegada al puerto del carguero ruso Shilka que “herido” navegaba por el Pacífico. Miles de estibadores, metalúrgicos, camareras, aserradores y de otros oficios salieron al muelle a recibirlos calurosamente, con discursos y canciones y una gran bienvenida.

La Huelga General de Seattle se transforma en poder obrero

La prensa obrera en Seattle publicaba las cartas de Lenin. Los delegados de la ciudad en las convenciones nacionales de la AFL presionaban a sus dirigentes para que reconocieran oficialmente al nuevo Estado de los trabajadores en Rusia. Los estibadores interceptaban cargamento que contenía rifles y municiones con destino al ejército blanco en Siberia. La chispa que prendió la pólvora fue la huelga de enero de 1919 en la que los 35,000 trabajadores de los astilleros reclamaban el aumento salarial prometido por los sacrificios de guerra.

En un inicio, los astilleros enviaron a sus representantes al Consejo Central del Trabajo de Seattle (SCLC) para exigirles que convocaran a toda la ciudad a una huelga general en solidaridad. Presionados por las bases, el Consejo aceptó el llamamiento a la huelga general y enseguida bajó la convocatoria a los 110 sindicatos de la ciudad para que las bases lo decidieran.

El SCLC era una coordinación de los sindicatos de todos los gremios de la ciudad creada años previos con el fin de que cada negociación colectiva en una determinada industria conquistara un convenio unitario. Aquí participaban tanto delegados de la AFL como de la IWW. La existencia misma de esta coordinación revelaba la conciencia de clase que existía en la Seattle insumisa.

Masivamente, la base trabajadora votó a favor de la huelga. El Consejo Central del Trabajo instauró un Comité de Huelga General donde participaban los delegados de base de todos los sindicatos, un auténtico órgano de poder obrero semisoviético. Mientras duró, el Comité de Huelga General se encargó de dirigir toda la ciudad y los servicios esenciales, sin patrones, sin los partidos de la burguesía, sin policía.

De pronto, más de 100 mil trabajadores estaban en paro, una tercera parte de la población completa de la ciudad (300 mil). Por años, la AFL había mantenido una división racista en la clase obrera, separando de las asociaciones a los trabajadores no blancos. Ahora, hacerlo les resultaba imposible. Trabajadores japoneses de las barberías y de los restaurantes también se sumaban, desde sus propios sindicatos, a la huelga general. La muy reducida población de afroamericanos hacía lo propio.

Así cuenta Howard Zinn en su clásico libro “La otra historia de los Estados Unidos” cómo se vivieron esos 6 días gloriosos donde la clase obrera realizó enormes progresos revolucionarios:

“Entonces la ciudad dejó de funcionar, a excepción de los servicios organizados por los huelguistas para garantizar las necesidades esenciales. Los bomberos acordaron permanecer en su trabajo. Los trabajadores de las lavanderías sólo limpiaban ropa de hospital. Los vehículos autorizados para circular llevaban carteles en los que se leía “dispensado por el Comité General de Huelga”. Montaron treinta y cinco lecherías vecinales.

Organizaron una Guardia Obrera de Veteranos de Guerra para mantener la Paz. En la pizarra de una de sus sedes se ponía:

El propósito de esta organización es preservar la ley y el orden sin el uso de la fuerza. Ningún voluntario tendrá poder ni se le permitirá llevar ningún tipo de armas. Sólo se le permitirá usar la persuasión”. Durante la huelga decreció el número de delitos ocurridos en la ciudad.” [2]

Acá se demostraba la capacidad potencial que tiene la clase obrera para dirigir la sociedad. Sin embargo, con direcciones conservadoras al frente de sus sindicatos nacionales y con la cúpula del Partido Socialista todavía atada a los prejuicios socialdemócratas, éste ejemplo no podía durar. Las directivas de la AFL y de la dubitativa IWW presionaron, cada uno de los 6 días que duró lo que finalmente pasó a la historia como el Sóviet de Washington, para que los trabajadores pusieran fecha final a este ensayo de poder obrero en Estados Unidos.

Para comprender qué paso, hay que considerar que, a la par del Comité de Huelga General, se creó un comité directivo paralelo conocido como “el Comité de los Quince”, integrado por los principales representantes de la aristocracia sindical. Este órgano se encargó de socavar todo desafío a la autoridad y a la antidemocracia de las cúpulas laborales para que la insurrección planteada por el Comité de Huelga General no se extendiera en el tiempo (y el espacio). Finalmente, los dirigentes burócratas lograron su objetivo y se negaron a extender el ejemplo a todo el vasto territorio. Pudiendo convertir el Sóviet de Washington en bastión e impulso para la revolución en Estados Unidos, la burocracia sindical capituló.

Al final, los trabajadores volvieron a laborar dándose cuenta que no habían obtenido ninguna de sus demandas. Sin embargo, el experimento del Consejo de Huelga General controlando la ciudad entera por varios días quedó marcado para la historia.

Hoy día, esa vieja experiencia de lucha de debería ser un punto de referencia ineludible para una nueva generación de jóvenes y de trabajadores que en Estados Unidos protagoniza una profunda oleada de movilizaciones, en una verdadera rebelión contra el racismo estructural, impulsados por la causa de los Black Lives Matter. Este movimiento debe empaparse de las lecciones del Sóviet de Washington, hoy más latentes que nunca, pues cada nuevo avance en la lucha de las masas, “nuevos viejos” desafíos se presentan.

Una tarea impostergable para el actual movimiento en EEUU es impulsar la entrada en escena de la base trabajadora de los sindicatos, pues son ellos quienes encabezar una alianza con los cientos de miles de jóvenes que se movilizan en todo el país, y en el caso de Seattle, liderar, como hace cien años, una verdadera zona autónoma libre de policía, no ya de unas cuantas manzanas, sino de todo Seattle. Esto no es una tarea imposible o postergable para una situación “más madura”. Ya empiezan a surgir sectores de la clase trabajadora que se han movilizado a pesar de la política de las direcciones burocráticas, como en Minnesota y otros lugares, y se abre el debate sobre la necesidad de que la policía sea expulsada de las centrales sindicales bajo la consigna “los policías no son trabajadores”. Por otro lado, varios empleados de Microsoft están exigiendo a la empresa que cancele los contratos con el Departamento de Policía de Seattle y con otras agencias del Estado.

Tanto la historia del “Sóviet de Seattle” como la experiencia de las últimas semanas nos advierten que, en situaciones explosivas, la conciencia de las masas puede avanzar aceleradamente. El repudio al asesinato de George Floyd escaló de forma rápida al cuestionamiento de todo el sistema policial, y de ahí a la exigencia extendida de abolir la policía. Los 50 estados de Norteamérica se encuentran movilizados, desafiando el toque de queda impuesto por Trump.

Hay que recordar también que el movimiento obrero no parte de cero. Viene de protagonizar una importante experiencia durante el 2018-2019 con la lucha de los maestros, y más recientemente con la huelga histórica de los trabajadores de General Motors, la más larga en 50 años. Ahora, con la crisis que abrió el Covid-19 en Estados Unidos, trabajadores de distintas empresas encabezaron duras peleas para que las consecuencias económicas de la crisis no sean descargadas sobre sus espaldas.

Sin duda, es fundamental que la juventud que protagoniza la rebelión y el movimiento obrero converja. Para avanzar en ese camino, es necesario impulsar la autoorganización y la independencia política respecto al partido demócrata, en una perspectiva socialista y revolucionaria.



[1Cal Winslow, “¿Ciudad corporativa? Espectros del pasado insurgente de Seattle”, New Left Review, 112, Londres, 2018.

[2Howard Zinn, La otra historia de los Estados Unidos, 1980





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