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AMPLIACIÓN EL PRAT

El aeropuerto de El Prat como metáfora de la bancarrota procesista

Solo repasando la historia del aeropuerto de El Prat de los últimos 15 años podríamos reconstruir las principales estampas del procés y la relación entre los partidos históricos de la burguesía catalana y el Estado central. La República por una pista de aterrizaje, esas son las nuevas "monedas de plata".

Martes 3 de agosto | 12:18

Esta semana se ha conocido el acuerdo entre el gobierno "progresista" y la Generalitat para la ampliación de El Part. Un atentado ambiental al servicio de grandes fondos de inversión y el lobee turístico que perpetuará el modelo de precariedad laboral y degradación ambiental.

Pero además, este parece el "principio de una bonita amistad" y el final definitivo de un ciclo. El procés ha muerto, ¡Viva la Autonomía! Sobre todo cuando viene con millones bajo el brazo para los amigotes de siempre.

Repasemos las estampas que nos deja este aeropuerto a modo de réquiem y de apuntes o lecciones para retomar la lucha por las aspiraciones democráticas catalanas, esta vez sí, sin ir de la mano de estos extraños compañeros de viaje que no iban a Ítaca, sino a la casilla de salida.

·En 2006, el primer recorte que sufrió el Estatut catalán aprobado en el Parlament, incluyó la eliminación de las competencias aeropuertarias que la Generalitat quería para sí. Fue la gota que colmó el vaso para que ERC no pidiera el sí en el referéndum. Lo adornaron, como saben hacerlo, de argumentos patriotas, pero la verdadera razón era tan prosaica como esta: querían gestionar ellos mismos El Prat.

·En 2018, en el primer aniversario de las elecciones del 155, el gobierno de Pedro Sánchez quiso conmemorar la efeméride de aquel golpe institucional celebrando en Barcelona un Consejo de Ministros. Entre las intrascendentes medidas aprobadas estuvo la de renombrar al aeropuerto de El Prat como "Josep Tarradellas". Toda una declaración de intenciones. Eligieron el nombre del último president de la Generalitat en el exilio, que regresó en 1977 para ser el hombre de Suárez en Catalunya, pilotar su particular Transición hacia el autonomismo pujolista y morir con el carnet de ERC en una mano y el título de Marques de Tarradellas otorgado por Juan Carlos I en la otra.

·En 2019, bloquear el aeropuerto fue la primera gran movilización del otoño caliente que se desató a raíz de la sentencia del juicio del procés. Los alrededores de El Prat escenificaron la incipiente ruptura de una joven generación crecida durante el procesismo, pero que se enfrentó durante días a la represión conjunta de la Policía Nacional y los Mossos d’Esquadra. Lamentablemente aquel espíritu de El Prat, y días más tarde de Urquinaona, quedó huérfano políticamente. La CUP, que por momentos parecía que reveía su histórica política de "mano extendida", volvió a ella ya antes de la pandemia y la radicalizó en 2021.

·Y así llegamos a 2021. Después de una elecciones impuestas por la Judicatura, del fracaso de la Operación Illa y de la investidura de Pere Aragonés con los votos de ERC, JxCat y la CUP, los aires de restauración autonómica no solo se imponen sino que encuentran raíces, es decir millones, para asentarse. Las negociaciones entre Aragonés y Sánchez han incluido concesiones como los indultos – a cambio de olvidarse de la amnistía y de las más de 3000 personas represaliadas – y sobre todo una agenda que busca desarrollar un mega rescate de 140 mil millones de dinero público a las grandes empresas y lobbies capitalistas.

Si el mundo convergente y la misma ERC decidieron ponerse a la cabeza del vasto movimiento democrático catalán en 2012 no era para conquistar el derecho a decidir. Por un lado, lograban evitar que aquel movimiento empalmara con el malestar de las plazas indignadas y las huelgas generales contra los ajustes de Rajoy y Mas. Por el otro, esperaban que les sirviera para renegociar un mejor trato financiero con el Estado central, inversiones pendientes y nuevas competencias, entre ellas RENFE y los aeropuertos.

Lo primero lo lograron. Para lo segundo ha tenido que pasar casi una década, una pandemia y un paquete de rescate europeo que solo rivaliza en cantidad con los fondos de cohesión de los 90 que lubricaron el despegue del llamado “milagro español”, y que tuvo también su versión catalana para las grandes familias del 3%.

Hoy Aragonés se sienta con Sánchez. Le ofrece estabilidad al régimen y a su gobierno, sus votos para los Presupuestos y principales proyectos de Ley, como viene dándoselos Rufián. A cambio éste le da trato de favor en el reparto de fondos y se muestra dispuesto a entregarle las competencias con las que soñaban allá por 2006. En medio, los paganos, los que pierden: la clase trabajadora que seguirá condenada a un modelo basado en los trabajos basura y estacionales, las aspiraciones democráticas de todo un pueblo que vuelven a encajonarse bajo un candado dorado y todas las futuras generaciones que ven como el capitalismo, y sus partidos, no les puede garantizar ni un planeta donde habitar.

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