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OPINIÓN

El año nuevo, la crisis y la izquierda que necesitamos

Presupuestos, restauración autonómica y vacuna. El gobierno y el régimen respiran tranquilos, pero las tendencias de crisis histórica se mantienen. Nuevas oportunidades para una salida de fondo desde la clase trabajadora. La izquierda que necesitamos para abordar esta tarea estratégica.

Santiago Lupe

@SantiagoLupeBCN

Jueves 7 de enero | 10:53

Al final el 2021 no parece tan distinto al 2020. Empezamos el año en plena subida de la tercera ola, que amenaza con volver a colapsar una sanidad pública estenuada, con grandes crisis políticas nada menos que la principal potencia imperialista y una crisis que se agrava cada día que pasa, como muestra el crimen social de la Cañada Real.

El gobierno “progresista” se tomó las uvas con una sensación de “lo peor ha pasado”. La aprobación de los Presupuestos da luz verde para normalizar una gestión neoliberal “progre” de la crisis: grandes ayudas a las principales empresas con los fondos europeos y subsidios cada vez más exiguos para los sectores populares. El respaldo de ERC y PDCAT a las cuentas, junto a unas elecciones catalanas que apuntan a consolidar la restauración autonómica con Illa y Aragonés de operadores, deja atrás los años más convulsos de la crisis territorial. La Monarquía, a pesar del creciente cuestionamiento, aguanta el tirón. Y hasta la derecha parece más calmada, con un Cs que quiere colaborar y un PP que opta por separarse de los rasgos más estridentes y destituyentes de Vox.

El optimismo gubernamental se abona además con el inicio de la campaña de vacunación. A pesar del desastre de su arranque, la enésima expresión de los efectos de años de ajuste y vaciamiento de la sanidad pública, es posible que en los próximos meses -si el fármaco es todo lo efectivo que promete la propaganda de la farmaindustria- la pandemia retroceda. Antes, según dicen los expertos, ampliará en unos cuantos miles los muertos provocados por una tercera ola que se la debemos a los planes de rescate de los beneficios navideños y la perenne negativa a reforzar los sistemas de atención primaria, rastreo y transporte público.

Sin embargo la herencia del 2020 ha venido para quedarse. Para la clase trabajadora y los sectores populares “lo peor está por delante”. La crisis económica instalada no tiene recuperación a la vista hasta 2023 y ésta promete hacerse, como ya pasara con la de 2008-2012, a costa de un aumento de la precariedad laboral. El gobierno “progresista” ya ha anunciado sus primeras medidas de la agenda postpandemia, la acordada con la UE para poder seguir recibiendo los fondos que sanearan las cuentas de las grandes empresas. Un nuevo “pensionazo” y mantener el legado de una década de contrarreformas, incluyendo las laborales, es solo el primer plato. Todo acompañado del fin de las políticas de contención aplicadas hasta ahora, como las moratorias parciales de desahucios, cortes de suministro y, de especial importancia, los ERTEs, que pueden dejar paso a una cadena de cierres y EREs como la que ya se vivió en los primeros compases de la crisis anterior.

Como Zapatero en 2010, al tándem Sánchez-Iglesias se les puede acabar muy pronto el “relato progresista”. Hasta el momento Unidas Podemos ha mostrado una flexibilidad inacabable para tragar sapo tras sapo, más allá de las escenificaciones y filtraciones de diferencias calculadas. Además, el activo que ha supuesto para el gobierno el “consenso pandémico” llega a su fin. Si la crisis sanitaria va quedando atrás en los próximos meses, la resignación con la situación y el “ahora no toca movilizarse” que esgrimen desde la burocracia sindical y otras direcciones de movimientos sociales, llega también a su fin.

¿Será el 2021 el año en que la respuesta social a esta crisis empiece a manifestarse? Es posible, y sobre todo imprescindible. Algunos síntomas se empiezan a ver en múltiples luchas de resistencia contra cierres y despidos a lo largo y ancho del Estado, las protagonizadas por sectores feminizados contra la precariedad laboral. También en las acciones contra los desahucios que forzaron a que se reimplantara la moratoria parcial -aún a costa de sufragar con dinero público las rentas de los grandes tenedores- o ahora contra los cortes de luz en la Cañada Real. O las protestas de las y los sanitarios contra la precariedad laboral y la sobrecarga de trabajo, derivada de años de recortes y privatizaciones, o de la educación por un retorno seguro a las aulas.

En otras latitudes hemos visto como la pandemia no detenía la lucha de clases. En América Latina una ola de protestas ha recorrido el continente en los últimos meses, en EEUU el movimiento Black Lives Matter o en la vecina Francia con nuevas huelgas como la de los petroleros en estos días.

Un enorme obstáculo para que la clase trabajadora pueda entrar en escena y enfrentar el descargue de la crisis sobre los de siempre, siguen siendo las direcciones burocratizadas de los grandes sindicatos, CCOO y UGT. Sordo y Álvarez vienen jugando el papel de casi un ministro sin cartera, pactando todas las medidas propuestas por el gobierno y, sobre todo, mirando para otro lado mientras se dejaban indemnes las grandes fortunas que se han seguido enriqueciendo durante la pandemia y todo el legado de los ajustes de la década anterior.

Las luchas defensivas contra despidos y cierre son conducidas al aislamiento y a negociaciones sin salida, donde a lo máximo que estas direcciones apuntan es a mejores indemnizaciones, como vimos en Nissan y las subcontratas. Los otros graves problemas sociales de vivienda, pobreza o cortes de luz son totalmente ajenos de su agenda corporativa. Lo mismo que la defensa de los temporales, los falsos autónomos y el resto de precarios y precarias que son una parte cada vez mayor de la clase trabajadora.

La pelea contra esta casta sindical sigue siendo capital. Denunciar su política cómplice y exigir que los grandes sindicatos convoquen jornadas de lucha y moviliazación por un programa para que la crisis la paguen los capitalistas, en la perspectiva de una huelga general que ponga sobre la mesa la derogación de todas las contrarreformas laborales y de pensiones y medidas urgentes como el reparto de horas de trabajo sin merma salarial para acabar con el desempleo masivo. La izquierda sindical y los sectores críticos a estas direcciones, junto a la izquierda anticapitalista, tenemos por delante esta batalla, a la vez que avanzamos en la organización de los sectores que salen a luchar, su coordinación y la solidaridad con las luchas que se den de parte de otros sectores populares y de la juventud.

A su vez la participación de Unidas Podemos en el gobierno deja al desnudo que las recetas reformistas solo conducen nueva vez más, a que gobiernos “progresistas” sean los mejores aplicadores de la agenda de las grandes empresas y la banca. Por eso construir una alternativa política que supere el ya viejo neorreformismo es una tarea urgente del próximo periodo.

En la izquierda de todo el Estado esta cuestión se abre camino como debate y ganará peso conforme al experiencia con el gobierno de coalición se profundice. Hay quienes plantean abiertamente que se necesita refundar un proyecto político como el Podemos de los orígenes. Es el caso de Anticapitalistas, que intenta esto en Andalucía con “Andalucía no se rinde” con sectores de la izquierda andalucista o en Catalunya negociando con Comunistes, una de las formaciones que han sido parte de diferentes gobiernos con el PSC, desde el Tripartir al Ayuntamiento de Barcelona. Una suerte de revival de un proyecto de reformas dentro de lo posible y por la vía institucional que, después del fracaso de su experiencia en Podemos, solo nos conduciría al mismo punto.

Otras formaciones, como la CUP, han optado por un “nuevo ciclo” orientado a coaligarse con sectores del neorreformismo minucipalista -Guanyem-, aceptar la negociación con el Estado y la posibilidad de cogobernar con el procesismo y los Comunes y limitar su programa social a medidas ajustadas al marco legal y autonómico vigente.

Desde la CRT venimos planteando a la izquierda anticapitalista la necesidad de poner en pie una alternativa superadora, tanto del neorreformismo como de la ilusión procesista de una ruptura de la mano de los partidos de la burguesía catalana. Para las elecciones catalanas del 14F planteamos a grupos como Lucha Internacionalista o Corriente Roja la propuesta de formar un frente común con un programa anticapitalista y de independencia de clases. Lamentablemente esta necesidad no era compartida por ellas y el frente no salió.

Pero en 2021, tanto en Catalunya como en el resto del Estado, seguiremos insistiendo a toda la izquierda que no comparte las ilusiones en un cambio gradual y desde la gestión del Estado capitalista, la necesidad de avanzar en un reagrupamiento en esta dirección. Una izquierda que convierta en eje el desarrollo de la movilización y autoorganización obrera y popular, la pelea por un programa transicional y la perspectiva de conquistar gobiernos de las y los trabajadores sobre las ruinas de este régimen.

El escenario que deja la pandemia y la crisis económica, no solo en el Estado español, sino en todo el planeta, es una actualización de los rasgos de nuestra época de crisis, guerras y también revoluciones. Un terreno en el que las salidas intermedias cada vez tienen menos y más corta cabida, y en el que o la clase trabajadora imponemos una salida de fondo, o los capitalistas y la reacción querrán imponernos la suya.

Analizar la coyuntura más allá de lo coyuntural, es el único método que nos puede permitir preparar la izquierda que necesitamos. Una izquierda que prepare la victoria de las revoluciones del siglo XXI como una tarea estratégica, para lograr terminar con los gobiernos de los capitalistas y abrir camino a repúblicas de las y los trabajadoras que den una salida a esta crisis sistémica a favor de las grandes mayorías.






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