CINE RESEÑAS

El buen patrón, cuando la crítica al mundo laboral llega a los Oscar

La película de Fernando León de Aranoa representa al cine español en los premios de la Academia. Buen cine de crítica social.

Lucía Nistal

@Lucia_Nistal

Viernes 5 de noviembre | 08:41

“Esfuerzo, equilibrio y fidelidad”. Ese es el lema de Básculas Blanco, una empresa modélica dirigida por ese Buen Patrón que hace favores a sus empleados, que los cuida como si fueran sus hijos, que piensa siempre en el bien común y a cambio solo pide eso, esfuerzo, equilibro y fidelidad.

Este es el escenario sobre el que aparentemente se desarrolla El Buen Patrón, la última película de Fernando León de Aranoa preseleccionada para representar a España en los Óscar y que cosechó grandes expectativas incluso antes de su estreno. Y no es de extrañar: veinte años después del interesantísimo largometraje Los lunes al sol Fernando León estrena lo que a todas luces parece la otra cara de la moneda. ¿Y lo es?

En primer lugar, es indudable que en esta ocasión el director opta por un tono cómico, muy conseguido, alejado de la película de 2002 donde no quedaba espacio para la risa. Pero no confundamos humor con superficialidad, Fernando León ha venido de hablar de un tema muy serio.

Por otra parte está claro que hay un desplazamiento del foco, si los trabajadores eran los protagonistas en Los lunes al sol, en este caso acompañamos en todo momento al patrón. Un Señor Blanco interpretado magistralmente por Bardem, por si no se había dicho lo suficiente, que se presenta como un personaje amable, un patrón que se preocupa por sus trabajadores, acompañado sin embargo por esa inclinación de la cabeza que tras una actitud amable de escucha oculta un cierto desequilibrio que trata de compensar durante todo el metraje.

Descompensación que encontramos también en esa pared de su casa, llena de premios, con varios focos de luz, uno de ellos iluminando un espacio vacío. El objetivo del Señor Blanco es llenar ese espacio con un premio más, el último al que la empresa ha sido nominada, y por el que se pasa toda la película tratando de apagar fuegos, que no son sino fruto de su propia gestión. El objetivo es tener todo bajo control cuando llegue la visita de la comisión que decidirá sobre el premio.
A través de este recorrido, frenético por momentos, vamos conociendo al bueno del Señor Blanco, que lo mismo no es tan bueno. Desde el comienzo resulta incómodamente reconocible ese falso discurso empresarial de jefe-patriarca que, chascarrillo en mano, pretende oscurecer la relación de explotación jefe-trabajador, bajo un aura de familia que trabaja unida por el bien común.

Ese es el mecanismo del que se sirve en todo momento el dueño de la empresa, que se cree con derecho de dirimir discusiones conyugales si afectan al rendimiento de sus empleados, porque todo vale -todo- para mantener el orden en su fábrica y sacar el máximo jugo a sus trabajadores. Para ganar más por menos o como diríamos si nos ponemos marxistas, para aumentar la tasa de ganancia: más plusvalía a cambio de unas sonrisas y discursos motivadores, vaya. Aunque haya quien diga que esta película es más hegeliana que marxista (sic), hay terreno para discrepar, aquí queda muy claro quién se enriquece y quién es despedido, o algo peor.

Eres de mi propiedad, bromea el patrón con una de sus becarias, que sube a la báscula como si fuese mercancía. “Estamos en deuda con usted, patrón”, le dice un trabajador profundamente agradecido al Señor Blanco. Así se desarrolla ese mecanismo del que hablamos, los pequeños favores del jefe-patriarca se convierten en deudas, no directamente económicas, como en el caso del Juego del calamar, pero sí sitúan a los empleados en una posición que por momentos se acerca al vasallaje, que convierten a los trabajadores en una propiedad.

Es el caso de Fortuna, probablemente el trabajador más mayor de la empresa, hombre para todo que no solo trabaja en la parte menos agradecida de la fábrica expuesto a ruidos insoportables durante toda su jornada, sino que acaba un fin de semana arreglando la depuradora de la piscina del patrón.

El patrón, que es patriarca, es también cacique. Las llamadas al alcalde y al director del periódico dejan patente esta relación de compadreo que es en realidad el control del empresario sobre los poderes políticos y mediáticos, que podemos llamar caciquismo o conjugar en presente.

¿Pero no hay resistencia? ¿Funciona este sistema instaurado por Blanco a la perfección? Bueno, se abren algunos agujeros. Aquí entra la figura de José, un trabajador que lleva toda la vida en la empresa, con dos hijos pequeños, divorciado, que el buen patrón no duda en despedir, porque no le sirve, porque eso es lo que hacen los jefes, aunque sea con una sonrisa. Solo que esta vez José no piensa resignarse y se planta frente a la entrada de la fábrica con una tienda de campaña y unas pancartas.

¿Qué dicen las pancartas? Pues nos contesta el Señor Blanco: “Lo que dicen siempre las pancartas, nada bueno”, para el patrón, añadimos. Resulta muy interesante este personaje de José, que por momentos parece ridículo, hablando en un plural que no existe, gritando solo con su megáfono, pero que expresa esa dignidad del trabajador que dice basta. No pactamos, dice, y es que su lucha ha dejado de ser sindical y ha pasado a ser política: allí dentro mandas tú, pero aquí no, y no está dispuesto a volver al vasallaje ni a la explotación.

No vamos a negar que se echa aquí de menos una organización, una solidaridad de clase que estaba en Los lunes al sol y que aquí queda reducida a las aportaciones para las pancartas del segurata-poeta. Pero tal vez la ausencia de organización sindical es en sí misma una crítica interesante que pensar, tal vez con un poco menos de pesimismo del que expresa el propio director que, en una entrevista para Público, comparando ambas películas afirma: “Hoy no hay ese apoyo ante situaciones de despido, no hay esas redes, no hay ese tejido de solidaridad y eso hace que lo tengamos más difícil. Es casi lo contrario”.

Tal vez sea este pesimismo generalizado el que más nos pesa de esta historia, que por momentos carga demasiado las tintas en la falta de conciencia de clase, como el director ha afirmado en varias ocasiones, que genera un todos contra todos que puede oscurecer que en realidad se trata de un uno contra todos.

No es José el único personaje que resiste. También nos encontramos con Liliana, una becaria que el patriarca, ahora depredador disfrazado de jefe cautivador, no es la presa que el Señor Blanco esperaba, y da la vuelta a la jerarquía “natural”, llegando a tambalear la estructura vital del jefe y consiguiendo un ascenso, eso sí, siempre en el plano individual.

No obstante, Blanco es capaz de usar eso a su favor, y convertir a su vez el triunfo de la becaria en un ejemplo de feminismo que mostrar ante la comisión, de la misma manera que muestra el ascenso de un trabajador de origen migrante motivado única y exclusivamente por cálculos empresariales como ejemplo de la importancia que la empresa da a valores como la interculturalidad. Se agradece este desvelo del uso empresarial de un supuesto progresismo vacío al que nos tienen acostumbradas las Anas Botines “feministas” y personajes similares.

Blanco, ese hombre hecho a sí mismo que ha triunfado gracias a su esfuerzo -pero si heredaste la empresa de tu padre, le recuerda su mujer-, consigue en definitiva devolver el equilibrio a la báscula que adorna la entrada a la fábrica y que se pasa toda la película desbalanceada. Se mancha de mierda por el camino y acaba usando una bala de contrapeso, pero lo consigue.

La escena final, sin embargo, nos deja unos puntos suspensivos en el aire: la mirada de Fortuna, taladradora en mano, que ha perdido todo por el bien común que resultaba ser el bien del Señor Blanco. No descartamos que la siguiente escena, de haberla, nos hubiera recordado al desenlace de Parásitos.

Una película formalmente impecable, que tal vez podía haber arriesgado más allá de la corrección, que podría haber escogido una banda sonora menos directiva, pero que contribuye a abrir debates más que necesarios en un contexto en el que los patrones han vuelto a ganar terreno, también en la esfera privada que tanto se ha invadido por el teletrabajo, y en el que los grandes sindicatos parecen habernos abandonado. Es para pensar que una película que desmonta tan claramente la figura del (buen) patrón sea la preseleccionada para ir a los Óscar. Lo celebramos.






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