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El capitalismo, un sistema para el sufrimiento psíquico

Organicémonos para acabar colectivamente con la explotación y la opresión, principales causantes del malestar psicológico.

Ainhoa Jiménez

Miércoles 12 de octubre de 2022
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Un total de 3.941 personas se suicidaron en el Estado español en 2020, según las últimas cifras anuales del Instituto Nacional de Estadística (INE), esta ya es, además, la primera causa de muerte entre los jóvenes (14-29 años). Los medios hablan de «pandemia silenciosa», han aumentado las campañas de prevención del suicidio, abandonando progresivamente el mito del «efecto llamada»—la falsa creencia de que hablar sobre suicidios puede inducir a más personas a cometerlos cuando lo único que se consigue es invisibilizar esta situación y avivar el estigma, dificultando que se pida ayuda—y cada día se llenan las redes sociales de mensajes que tratan el tema de la salud mental desde distintas ópticas.

Sin embargo, la visibilización de los trastornos mentales rara vez va ligada con una mejoría de la situación de aquellos que sufren sus efectos en este sistema despiadado.

Más bien lo que parece es que dada la mayor importancia que se les ha ido dando a estas cuestiones, desterrando—especialmente las generaciones más jóvenes—cada vez más el pacto de silencio que impedía hacer mención de la salud mental si no era al servicio de la burla, la opresión y la condena al ostracismo, ha terminado por construirse el relato de que la psicoterapia es la panacea para esta «pandemia silenciosa»—aunque sería más correcto decir «silenciada»—que nos aqueja. Y es que desviar el foco de atención del malestar social al individual es algo que a este sistema capitalista le encanta hacer.

De este modo, por un lado, se transforma el bienestar emocional en una «voluntad de mejora», donde la posibilidad de dejar de sufrir se convierte en una decisión exclusivamente individual que no solo es responsabilidad del sujeto sino que además también las posibles soluciones son individuales. De ahí la proliferación tanto de los libros de autoayuda, donde la «autogestión» emocional es la clave, como de una serie de productos y hábitos etiquetados como self care o «autocuidados» que, en su mayoría, van enfocados al reforzamiento del yo a través de consumo, como si el bienestar nos fuera a venir dado con solo darnos un baño de burbujas, ponernos una mascarilla cosmética y tomar té matcha.

Lo colectivo—en un sentido político, pero también afectivo—queda completamente desplazado por lo individual en un marco donde la psicoterapia se convierte también en un bien de consumo. Como consecuencia de esto, el placer y la felicidad se convierten en las únicas emociones admisibles y todo sentimiento no gratificante pierde su papel adaptativo para pasar a ser algo que debe ser eliminado de nuestras vidas para poder estar «sanos».

Así pues, todos los estados de ánimo son susceptibles de ser medicalizados y cada vez es mayor el número de problemáticas que se sobreinterpretan de manera psicológica: el exceso o falta de sueño, una ruptura amorosa, cualquier inseguridad, una discusión, eso que se ha llamado burn out o «síndrome del trabajador quemado» porque decir «explotación capitalista» vende menos libros, querer pasar tiempo con las personas a las que quieres e incluso las expresiones de machismo, racismo o lgtbifobia.

Todo puede potencialmente hacernos padecer y, al mismo tiempo, se puede solucionar mágicamente en consulta porque su causa empieza y acaba en nosotros, por lo tanto, todos deberíamos ir a terapia. Además, de esta forma se despolitiza el sufrimiento y queda anulada la búsqueda de soluciones colectivas para centrarnos únicamente en parches con los que tapar individualmente las grietas que el sistema ha provocado.

Las principales beneficiarias de este planteamiento son, claro está, las empresas farmacéuticas. Según un informe del Observatorio del Medicamento, en 2021 se produjeron una media de 4,2 millones de tratamientos mensuales con antidepresivos, unos 5,1 millones con ansiolíticos y 1,37 millones con antipsicóticos, lo que supone un aumento del consumo del 10%, 6% y 7% respectivamente en relación con el año anterior.

El discurso neoliberal que individualiza el malestar emocional vive en perfecta simbiosis con la concepción hegemónica de la psiquiatría de que los trastornos mentales tienen una causa biológica—y, por tanto, ahistórica y asocial—, que, como en el caso de la depresión, se debe a un desequilibrio químico en el cerebro que debe ser paliado por un medicamento, muchas veces prescrito sin la suficiente consideración con respecto a sus efectos adversos.

El sistema medicaliza de este modo los problemas sociales, cuya solución pasa bien por la adquisición de mecanismos de autogestión emocional, bien por la ingesta de fármacos o bien por un remedio híbrido; pero, en cualquier caso, estas medidas son siempre de carácter individual y van enfocadas, en última instancia, al mantenimiento de individuos «funcionales», a su reincorporación a la rueda de producción capitalista.

Pese a que la psicoterapia y la medicación (fundamentalmente si está acompañada de asistencia psicológica) puedan proporcionar un alivio en la situación vital de algunas personas, si no consideramos que el origen de su malestar psíquico hunde las raíces en un sistema que se sustenta en la opresión y explotación humanas, que nos conduce irremediablemente al padecimiento físico y mental, estamos desactivando el potencial políticamente transformador de aquellas soluciones colectivas que apuntan a la construcción de una sociedad radicalmente nueva basada en la asociación de seres humanos libres e iguales donde, si bien no dejarán de existir las inconveniencias de la mente humana, estas podrán ser abordadas de forma comunitaria atendiendo a las necesidades de las personas, es decir, una sociedad socialista.

Sin embargo, ni siquiera estas salidas que pueden suponer una mejora individual del malestar psicológico son accesibles para todo el mundo. En la sanidad pública solo hay 6 psicólogos y 11 psiquiatras por cada 100.000 habitantes en el Estado español, con un tiempo entre sesiones de meses y una duración por consulta de entre 15 o 20 minutos. La falta de atención psicológica en los centros educativos también es acuciante. La alternativa a este servicio público abrumadoramente insuficiente es recurrir a la asistencia psicológica privada, donde, sí, las sesiones pueden llegar a ser quincenales o incluso semanales, pero el coste de cada una de ellas supone una media de 60€. Esta circunstancia deja, por tanto, a la mayoría de la clase trabajadora sin la posibilidad de recibir asistencia psicológica.

No solo es necesario, ante semejante tesitura, luchar por un completo reforzamiento de la sanidad pública, con la incorporación de mucho más personal psi y sanitario para poder reducir los tiempos de espera y brindar una mejor atención y más personalizada, sufragada mediante impuestos a los beneficios empresariales, por intervenir el sector privado y la expropiación de las farmacéuticas; sino que también es necesario llevar a cabo un cambio radical de las condiciones materiales que nos ha impuesto este sistema depredador.

Porque la salud mental va a seguir siendo la gran ausente en la vida de la clase trabajadora mientras los salarios sigan siendo insuficientes para afrontar el coste de la vida, brecha cada vez más amplia en un momento de estanflación como en el que nos encontramos; mientras las horas de trabajo no se repartan para que trabajemos menos y trabajemos todas; mientras no seamos soberanas de nuestro tiempo porque nos vemos obligadas a emplearlo en que alguien se haga más asquerosamente rico a costa de nuestro trabajo; mientras sigamos teniendo reformas laborales que perpetúan la temporalidad de los contratos y la precariedad.

Mientras haya 3,4 millones de viviendas vacías y, al mismo tiempo, personas, muchas de ellas jóvenes que no pueden independizarse, a veces para escapar de una mala situación familiar, que no pueden pagar los precios abusivos de un alquiler o una hipoteca, personas a las que desahucian de sus casas; mientras la ley de extranjería siga vigente, condenando a la precariedad, a la exclusión e incluso a la muerte a millones de migrantes; mientras el modelo universitario siga excluyendo a les hijes de la clase trabajadora.

Mientras la única realidad histórica que haya conocido la juventud sea una sucesión de crisis constantes; mientras este sistema siga destruyendo el planeta en su afán de crecimiento económico ilimitado; mientras la insatisfacción corporal sea un nicho de mercado; mientras no acabemos, en definitiva, con la explotación capitalista y las opresiones—hacia las mujeres, personas racializadas y personas lgtbi—que le son funcionales.

Pero, por otro lado, es insuficiente la reivindicación aislada de un aumento del personal sanitario sin llevar a cabo también una revisión crítica profunda de las disciplinas psi, sus conceptos y sus métodos, que, en ocasiones, en lugar de suponer una mejora en la salud mental de las personas, ejercen y perpetúan la violencia contra ellas, a veces incluso de formas que pueden resultar mortales, como fue el caso de la joven, a la cual se le aplicó la llamada «contención mecánica», que murió de meningitis en una unidad psiquiátrica hace un par de años.

No se trata, en ningún caso, de demonizar la terapia o la medicación, sino de ser conscientes, en primer lugar, de que estas soluciones, por muy efectivas que puedan llegar a ser en el ámbito individual, solo serán un parche si no se acaba colectivamente de raíz con el sistema que engendra el padecimiento y lo cronifica; y, en segundo lugar, que las disciplinas psi, a lo largo de la historia, pero también en el presente, han sido utilizadas también como herramientas de dominación contra los oprimidos, bien a través del estigma, invalidación de sus experiencias y marginalización, bien de forma directamente violenta como la contención mecánica o los electroshocks.

Por lo tanto, una solución que realmente trate de poner remedio al padecimiento psíquico también tendrá que propiciar un cambio en las relaciones «médico-paciente» y el método mismo en el que se aborda la salud mental, poniendo en valor lo colectivo, y donde los usuarios, con el acompañamiento de los profesionales de la salud, en una relación de horizontalidad, estén en el centro de la toma de decisiones con respecto a la construcción de nuevos métodos, alternativas y posibilidades de tratamiento de la salud mental.

El acceso a una ayuda psicológica de calidad es necesario y para ello hay que exigir el aumento de los recursos en la sanidad pública. Pero no todo se arregla hablando, ni tampoco medicando y sobremedicando para que unas pocas farmacéuticas sigan haciendo negocio.

Si no luchamos por acabar con la explotación, la opresión, la destrucción del medio ambiente, las desigualdades y el consumo irracional desenfrenado que el capitalismo nos ofrece no podremos solucionar hasta el final los problemas psicológicos que afectan cada vez a más personas.

Sabemos que es posible crear una sociedad nueva, donde la planificación racional de los recursos naturales y de la producción nos permita liberarnos el tiempo que ahora nos roban los capitalistas y así desarrollarnos de una forma verdaderamente plena, donde no dejarán de existir las inconveniencias de la mente humana, pero donde podremos tratarlas de forma comunitaria, desde la honestidad con esmero y con verdadero interés.


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