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TRIBUNA ABIERTA

El levantamiento de la restricción laboral: un nuevo pisotón contra la clase obrera

La noticia del levantamiento de las restricciones laborales llega entre un aluvión de críticas internacionales. El diario británico The Guardian critica la tardía respuesta del gobierno español pese al ejemplo de otros países europeos. Diarios franceses como Le Monde o Le Figaro, o italianos como Corriere de la Sera y La Reppublica se suman a las críticas a la gestión española, e incluso el New York Times advierte a España sobre el peligro de esta acción.

Lunes 13 de abril de 2020 | 08:43

Por su parte, la OMS advierte también del riesgo de relajar las medidas de confinamiento en uno de los momentos más críticos, y de que hacerlo puede provocar un peligroso rebrote. Entre todo este aluvión de críticas a la decisión del gobierno nos preguntamos: ¿Por qué? ¿Por qué relajar las medidas justo ahora? Si lo importante son las personas ¿qué más da esperar un poco más?

Casi inmediatamente después del anuncio de prórroga del estado de alarma se anunció, también, la vuelta al trabajo finalizada la Semana Santa. Tan solo una voluntad firme de defender la economía por encima de las personas, como es natural en el capitalismo, puede explicar que incluso el gobierno considere que se debe mantener el confinamiento y aun así anuncie un regreso al trabajo no esencial.

Puede que, dentro de unos meses, cuando todo haya pasado, hablemos de la vulneración de derechos fundamentales como el de libre circulación, la militarización de las calles o el abuso de los cuerpos policiales mientras se obliga a la clase trabajadora a saltarse estas supuestas “medidas de contención”, todo para asegurar que los beneficios empresariales no decaigan. Evitar el contagio es una excusa útil para limitar derechos, siempre que no afecte a la economía.

Pese al discurso capitalista de que el empresario tiene derecho a apropiarse del trabajo ajeno porque es quien asume los riesgos, el gobierno anunció un paquete de 100 millones para las grandes empresas, tras lo cual el IBEX 35 subió un 6%. Al mismo tiempo, empresas con millones en beneficios anunciaban ERTEs que ya afectan a casi dos millones de personas.

Ante esto, las medidas “sociales” del gobierno “progresista” no han ido más allá del vaciado de las arcas públicas en concepto de prestaciones, a pesar de que las empresas podrían perfectamente asumir los sueldos, o de un falso e insuficiente permiso retribuido. Falso dado que los y las trabajadoras tendrán que recuperar esos días, perdiendo vacaciones o ampliando sus jornadas. Todo asegurando que el capitalista no arriesgue absolutamente nada.

Aún con el ejemplo de los demás países europeos, no fue hasta pasadas dos semanas, con más de 73.000 casos, que se anunció la “paralización económica”. Una paralización que no ha sido tal. El Decreto de Ampliación del Estado de Alarma del 28 de marzo situaba un abanico muy amplio para los sectores que consideraba “esenciales”, incluyendo la venta de prensa, gasolineras, estancos, mantenimiento tecnológico, telecomunicaciones, tintorerías y lavanderías, comercio por internet, abogacía, gestoría, sectores financieros, seguridad, industria manufacturera, limpieza, reparto de comida a domicilio…

En definitiva, los sectores más afectados por este “parón financiero” y que deben volver al trabajo el lunes son la construcción y la industria no productora de equipos sanitarios.

Quizás lo que deberíamos lamentar no es que el lunes se retome la vuelta al trabajo, sino que la supuesta “hibernación financiera” nunca fue tal, sino tan solo una cortina de humo en un vago intento de minimizar las aglomeraciones en el transporte público, tras las lamentables imágenes del Metro de Atocha y Barcelona pasado el primer fin de semana de confinamiento.

El motivo de que el gobierno haya decidido reactivar estos dos sectores no apunta tanto a la certeza de que los contagios no vayan a aumentar, si no al hecho de que, junto al comercio y el transporte, la construcción es el sector que más ha crecido en España en los últimos años.

Todo esto no significa que el amago de hibernación no haya tenido efectos en la movilidad. Estos dos sectores emplean a 4.063.100 personas (una cifra cercana a la pérdida de empleo provocada por la crisis de 2008), representan trabajos que no se pueden realizar desde casa y, además, como en el caso de la industria, los centros de producción tienden a concentrarse geográficamente, creando grandes aglomeraciones.

Aunque estas dos semanas no hayan representado un verdadero parón económico, demostrando que el gobierno ha hecho todo lo posible por mantener activa la maquinaria capitalista, significa la vuelta potencial al trabajo de cerca de cuatro millones de personas, si es que la misma no se salda con nuevos ERTEs masivos por falta de preparación empresarial en materia de prevención, como es el caso de las 9.844.000 mascarillas que faltan por repartir.

Antes de la “hibernación”, twitter y los noticieros se despertaban con imágenes de miles de trabajadores y trabajadoras hacinadas en vagones masificados por la reducción del servicio, que tampoco se ampliará para este lunes. Menos repercusión tuvieron los centenares de denuncias de los sindicatos por el incumplimiento de las medidas de prevención por parte de un elevado número de empresas, las cuales advierten que no han tenido tiempo ni material para prepararse en base a las medidas obligatorias anunciadas por el ministro Salvador Illa.

Dado lo poco que históricamente ha importado a los empresarios la seguridad de los y las trabajadoras, cuesta decidirse entre si preocupan más los nuevos ERTEs que podrían anunciar las empresas que no cumplan con las condiciones necesarias, o un nuevo incumplimiento de las medidas de prevención por parte de los empresarios.

Tanto si las medidas del gobierno resultan no empeorar la situación, como si acaba siendo un movimiento catastrófico, no cabe duda de que las mismas quedan muy lejos de estar meditadas desde un punto de vista humanitario, sino que son medidas pensadas puramente para proteger el engranaje económico del capitalismo, tal y como se está haciendo en la mayoría de países del mundo en un esfuerzo por proteger y perpetuar el sistema capitalista global.

Pese a que no es necesaria una pandemia mundial para demostrar que el capitalismo mata, estamos ante una nueva prueba, una nueva crisis, un nuevo azote para la clase trabajadora en un histórico de desastres en un sistema al que cada vez le cuesta más fingir que “funciona”.






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