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El príncipe: amor y crimen en el Chile de los 70

“El príncipe” es el debut en largometraje del director artístico Sebastián Muñoz que lleva a cabo la varias veces acariciada adaptación de una novela de Mario Cruz, ambientada en la comuna de San Bernardo en Santiago de Chile, a principios de los años setenta, y se apoya en un elaborado guión del dramaturgo Luis Barrales.

Eduardo Nabal

Burgos | @eduardonabal

Lunes 3 de agosto | 11:19

El filme es a la vez una historia de amor y dolor, ambientada principalmente en el interior de una prisión, espacio que el realizador desmenuza con suma atención todos los rincones del lugar, y también se sumerge con detalle en los recuerdos de Jaime, el protagonista, apodado entre rejas como “El príncipe”.

Sexualmente explícito, el filme narra sin tapujos, las relaciones homosociales entre hombres en el interior de la cárcel y se centra en el amor y la amistad entre el joven Jaime y un hombre maduro llamado “El Potro” (un intenso trabajo actoral de Alfredo Castro), que ejerce el liderazgo en el interior de su celda y cuya arrolladora personalidad acabará imitando el protagonista.

“El príncipe” denuncia los malos tratos y la crueldad por parte de los funcionarios de prisiones, la violencia y las jerarquías entre las cuatro paredes de la institución y también la tensión subyacente entre algunos de los reclusos que acaban cobrando mayor relevancia en el transcurso del relato.

Narrada con dureza pero con una sutil atención a los momentos de dolor y ternura, ironía y pasión, el filme —a través de la memoria de Jaime y en cuidadas transiciones hacia el pasado— nos acerca a las motivaciones íntimas de un asesinato que lo han convertido en un preso más, en un joven con un futuro marcado para siempre . Un crimen pasional de un muchacho que, al tiempo que descubre su homosexualidad, se enamora ciegamente de su mejor amigo al que desgarra el cuello en un súbito ataque de celos, mientras éste baila despreocupadamente con otro hombre en el interior de un bar.

La película de Sebastián Muñoz se introduce, aunque de forma algo incompleta, en ese extraño romance y fidelidad “a prueba de bomba” entre el joven “príncipe” (que aparece, casi siempre, vestido de azul) y su mentor y confidente “El Potro”, al que finalmente pierde en extrañas circunstancias tras una violenta pelea con otro recluso en el interior de la prisión.

El joven protagonista masculino, obsesionado por su imagen y su proyección hacia el exterior, se mira varias veces en diversos espejos, situados en diferentes lugares de la narración, que le devuelven casi siempre una imagen incompleta de un ser que evoluciona en una sociedad dividida entre el hastío, la pobreza y la esperanza de un inminente cambio social con la llegada al poder de Salvador Allende, que oímos por la radio y con la que concluye el filme.

Rodada con aplomo y una extraña mezcla de ternura y desconfianza hacia sus personajes, la película de Muñoz retrata uno de los sectores y microcosmos más desfavorecidos del Chile del momento, sin caer en el exceso o el histrionismo.

Un debut sorprendente que nos descubre a un narrador a la vez hábil, incisivo y sensible capaz de lidiar con materiales ásperos o marcados por la desesperanza sin perder de vista la penetración sutil y caustica en la psicología de sus personajes y sus movimientos, interiores y exteriores, en el tiempo y el espacio.






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